En los argumentos que había
utilizado para con Buenfil en el caso de Alina yo había dicho que la violencia
de los estudiantes contra ella podría ser aplastante, no lo dije sin
conocimiento de causa, yo ya lo había visto y conocía la estupidez de los
jóvenes de mi edad, yo misma en ocasiones anteriores había colaborado en la
crueldad contra los desafortunados disfrutando del morbo y saña que ocasionaba
la humillación de otro ser humano. Pero lo que pasó rebasó toda expectativa. A
la par de que íbamos a las clases de tango las cosas en la escuela comenzaron a
ir mal ¿qué tan malo?, tan malo que luego se puso mucho peor. El comienzo fue
suave: risas y algunas indirectas. Luego pasaron a las miradas despectivas y
las burlas más directas. Alina era una autoridad en las clases de tango, la
segunda de abordo, pero en la escuela era la escoria, la inmundicia, la mierda
que todos debían pisar por deber ser. Yo trataba de estar junto a Alina el
mayor tiempo posible pues eso disuadía a los cobardes, pero un maldito día de
abril me dio gripa y les juro que no me pude levantar, falté dos días al
colegio, recuerdo haber pedido a Miranda que cuidara de Alina pero
definitivamente el aspecto tímido de la Wicca no tenía el mismo efecto que
causaba mi ceño fruncido. Luego de esos dos días regresé al colegio y la cosa
había empeorado: le daban empellones en la cabeza, ya tenía una variedad grande
de apodos (decenas de variantes de “cara de coladera”) y algunos chicos le
hacían bromas realmente pesadas y molestas. Miranda me explicó que no sabía
cómo solucionar eso, Buenfil no era un aliado y los maestros pecaban de
indiferencia y algunos hasta solapaban por pura pereza los abusos en contra de
Alina. Así pasaron varios días, poco a poco le molestaban aún en mi presencia.
El peor de todos era Rizo. El maldito llevaba cuatro años en el colegio (estaba
en guerra con Buenfil), era el típico pendejo que no tiene vida propia y hace
de bufón para divertir a los demás, para colmo este tipo de personajes tienen
actitudes de malos y rebeldes que, en el círculo ingenuo de los jóvenes, les da
estatus social. Rizo vestía de forma estereotipada del modo punk pero de hecho
no tenía ni puta idea de lo que ser punk significaba, no era muy guapo pero su
estatura y corpulencia lo hacían atractivo y de temer al mismo tiempo. Sus
actitudes de patán coincidían con su gusto por los dijes y cadenas de Heavy
Metal (les dije que el tipo no tenía ni idea). Sobra decir que era un bruto en
las clases y faltaba frecuentemente, pero su record de peleas era admirable en
cuanto a que se mantenía invicto y pocos quedaban en la escuela con valor para
retarlo. El tipo tenía su sequito de hombres y mujeres que jugaban a ser malos,
pantomima que elaboraban con obstinación y sin conciencia de su
autodestrucción; fumaban, se embrutecían de alcohol y drogarse era un acto de heroísmo
entre ellos. Dentro de sus actividades sociales estaba la de reafirmar su lugar
en lo alto de la cadena alimenticia del bachillerato haciendo pedazos a todos
los que no eran como ellos. Si la persona en cuestión no solo no era como ellos
sino que rompía el paisaje con alguna característica especial esto la hacía
vulnerable y el desastre ocurría. Las burlas para con Alina eran ya de mal
gusto y le minaban la autoestima; ella, de a poco iba perdiendo el piso y
cayendo en la desesperación. Al parecer Rizo y sus secuaces eran lo más radical
que ella había tenido que soportar. Un día de abril, Rizo se plantó durante el
descanso enfrente de Alina, Miranda y yo. Detrás de él tenía su sequito de
fracasados.
—Haber muñecas, préstenme veinte pesos para unos tabacos —dijo con todo cinismo, autoridad y conciencia de su total impunidad. Ninguna de las tres respondimos. Me había dado cuenta de que el silencio y la indiferencia eran lo mejor en los casos cuando tratas con estúpidos, pero el insistió y tomó mi mochila…
—¡Chinga, deja ahí! —le grité. Los demás dieron un largo “uhhhh” en señal de que me esperaba un buen castigo.
—¿Cómo ven? la neandertal, la nariz de plástico y la mujer elefante… ¿es lindo, no?
Vaya, el tipo tenía saña, sabía manejar la espada. Pero yo ya tenía experiencia con estos…
—A ver, “ricitos” —dije ya harta de seguir los pasos de Gandhi —esta es mi gente y con ellas no te metes ¿entiendes? ¿No te parece muy infantil molestar a los demás? ¿Tu papá te golpea o te mete la verga? Ah, ya sé… mira que para…
Entonces Rizo me tomó de la quijada, eso no me lo esperaba, yo me solté con movimiento violento, entonces Alina y Miranda trataron de ayudarme para no caer al suelo. Alina recibió en la maniobra un golpecito en la cabeza de uno de los secuaces de Rizo y eso hizo que volteara de manera intempestiva hacia su agresor quién la tomó del brazo y se lo torció.
—¡Ya estuvo, ya estuvo…! —vociferé —suéltala güey. Rizo dile por favor que la suelte, la está lastimando.
—Ahora sí ¿no? ¡Estás pendeja, pinche Troll!
—Güey, ya, te lo pido, perdóname. Aquí están los veinte pesos que quieres. No hay pex dile que la suelte.
Rizo miró entonces hacía la oficina del prefecto y dio la orden de retirarse. Aún no sé por qué miró hacia ese lugar, si lo hizo por precaución de que nadie viera lo acontecido o para decir —misión cumplida. Inmediatamente fui hasta Alina y la ayudé a incorporarse. Tenía lágrimas en los ojos pero inmediatamente se las secó. Entonces, Miranda aconsejo ir con Buenfil pero yo estaba llena de ira…
—No, esto se arregla en los mismos términos —dije.
Esa misma tarde pedí a mis
amigas me acompañaran a recorrer el tianguis del Chopo; si, yo y mis tianguis,
pero estaba vez no buscaba ropa. Entre los puestos y la aglomeración entramos a
una casona de esas viejas y en ellas pregunté por la persona que buscaba, nos
dieron las referencias correctas y en ese laberinto de pasillo entramos a un
cuarto donde se escuchaba a todo volumen la narración de un partido de fútbol.
En ese momento Wayne Rooney acababa de hacer un gol y el éxtasis de tres voces
masculinas era mayúsculo. Al parecer, la anotación del ídolo inglés con el
Machester United había sido mayúscula, cuando entramos seguía la algarabía. Ahí
había mucha pasión, un sofá, un televisor de plasma, botanas y muchas botellas
de cerveza ya vacías. El éxtasis no les permitió a mis anfitriones percatarse
de mi arribo, así que pude ver su ridícula celebración.
Ahí estaba Toño, con sus cabellos rizados color castaño claro, su rostro amable y su incipiente barba, traía puesta la playera roja del United, sus típicos jeans y sus tenis converse originales. Como siempre me parecía hermoso y mi vagina comenzaba a hidratarse tan solo con verlo. A su lado estaba Penagos, alto y grande como era, con su playera negra, más fiel a su pasión de música metalera (este si sabía de lo que hablaba), con su expresión sería a pesar del gol. Y dando giros alrededor de la mesita de centro donde descansaban las botellas de cerveza, estaba Rogelio, medio obeso con una camisa también de fútbol aunque de la Universidad Nacional.
—¡Pinche golazo cabrón! —gritaba Toño.
—La mierda, la mierda —decía Penagos.
—¡Ay güey…! —dijo Toño cuando me vio en la puerta del cuarto—, bájale el volumen Rogelio.
Rogelio cumplió lo que le pidieron, además puso pausa al videojuego, así era, no había ningún partido real, era solamente su copia pirata del videojuego de alta resolución de la FIFA. Penagos se puso de pie y serio. Toño me miraba nervioso.
—Cristina —anunció Toño
Devolví el saludo y luego Penagos y Rogelio me saludaron también de lejos.
—¿Podemos pasar? —pregunté.
—Sí, claro —dijo Toño que aún parecía sorprendido.
—Ella es mi amiga Miranda y ella es mi amiga Alina. Amigas ellos son Toño, Penagos y Rogelio.
Cada uno de ellos nos examinó con la mirada. No dudo que Penagos y Rogelio analizaran a mis dos amigas como todo hombre hace cuando ve una mujer nueva y seguramente notaron el defecto de Alina de inmediato, ellas en cambio estaban petrificadas, no era su sitio. Toño solo tenía ojos para mí.
—Quiero pedirles ayuda, Toño —dije yendo al grano—. Hay un grupo de pendejos que nos amenazan, hoy le lastimaron a mi amiga su brazo, no tienen reparo en lastimarnos aun siendo mujeres. Son unos idiotas y la verdad yo no puedo con eso ¿me lio a golpes con ellos? Llevo las de perder.
Hubo un silencio pequeño, Penagos y Rogelio no iban a decir palabra hasta que Toño declarara su posición, ellos sabían muy bien lo que yo le había hecho a Toño en dos años y medio de conocernos: primero lo tuve un año en la palma de mi mano: enamorado como estaba me llenó de regalos, paseos y los mejores minutos de su vida; cuando al final di el sí, lo traté con la punta del zapato y hacía cada berrinche y chantaje para demostrar mi poder sobre él, la gente de nuestro circulo pedía compasión para el más fiel de mis novios pero yo solo disfrutaba más de mi poder. Finalmente, él se enteró que yo tenía más novios aparte de él y se tiró al drama y a la depresión por meses. Cuando al final lo hubo superado… o al menos eso creíamos, seguía tratando de reconquistarme, pero un día se cansó y simplemente no supe nada de él en cuatro meses… y ahora estaba yo ahí pidiéndole ayuda.
—A ver… —dijo al fin Toño—¿Quieres mi ayuda? ¿De verdad quieres mi ayuda? ¿Luego de todo lo que ha pasado quieres mi ayuda? MC barata, vete por el pinche caño.
Vaya, realmente se había escuchado contundente. Subió el volumen del televisor, desactivó el modo de pausa y trató de seguir jugando pero Penagos y Rogelio seguían mirando a mis amigas y ellas seguían petrificadas. Entonces entré de lleno a la habitación y me planté enfrente de Toño.
—Toño, escúchame, estos tipos son cosa sería, realmente necesito su ayuda, podrían matarnos…
Toño seguía mirando la TV, pero ahora tomaba el control y cambiaba de canal compulsivamente al ver que no podía seguir jugando sin sus compañeros…
—Toño de verdad necesito tu ayuda, es por una buena causa yo te…
—¡Chinga, que no, güey! —respondió exaltado—, ¿acaso somos unos pinches guaruras? ¿Me quieres ver la cara de pendejo? Te lloré Cristina, pinche vieja culera y egoísta, te lloré un chingo y ahora no puedes venir aquí a pedirme que te ayude… no soy un pinche pendejo, no soy tu pinche gato…
En todo tenía razón, al fin vi que había sido un error, entonces intente algo de mi nueva yo.
—Tienes razón, Toño. No merezco tu ayuda….
—¡Ah, ya ves, tienes cerebro…!
—…pero si sirve de algo, te pido perdón. Te trate muy culero y lo cierto es que… sí, debería irme de aquí, pero perdóname.
De pie, ahí, delante de él, me sentí imbécil por haber pensado que todo sería tan fácil, era cierto todo lo que decía, realmente pensé en salir de ahí sin nada más que decir. El apagó el televisor con el mando. Se quedó mirando el suelo. Hizo una mueca y preguntó:
—¿Cuántos son?
Se me iluminaron los ojos.
—A lo mucho cinco, siempre están juntos, nadie los ayudará, los odian.
—¿Dónde y cuándo?
—A la salida es lo más seguro, en la explanada de la parte trasera de la escuela, en el monumento a Pancho Villa ¿lo conoces? Si lo conoces, has pasado por ahí, el caso es que ahí se reúnen a fumar, son presa fácil, no cambian la rutina, puede ser mañana mismo. Es importante que no haya violencia. Solo necesito que vean que hay gente sería respaldándome. Una amenaza y listo. Otra cosa, yo no puedo estar presente, ni ninguna de mis amigas, estamos condicionadas, si nos metemos en líos nos expulsan. A mi amiga la lastimaron del brazo…
—¿Quién es tu amiga? ¿A quién lastimaron del brazo?
—A mí —dijo Alina.
—¿Cómo decías que te llamas?
—Alina.
—Tú, la güera —dijo Toño dirigiéndose a Miranda—, ¿es cierto todo lo que dice esta puta, pinche zorra e hija de la chingada de Cristina?
Miranda no abrió la boca, parecía totalmente impresionada y definitivamente el que Toño me llamara puta la había molestado, sin embargo, un segundo después asintió con la cabeza.
—Bueno, te veo mañana en el lugar que dices a la hora que dices, pero ahorita por favor vete ya Cristina.
Concedí el irme y mis amigas me siguieron. Ni Penagos ni Rogelio dijeron nada pero seguían mirando a Alina y a Miranda. Salimos de ahí y di instrucciones de que el día de mañana estuviéramos todas juntas sin separarnos ni un instante, al momento de la salida era importante que ellas se fueran a casa lo más rápido posible, yo esperaría a Toño y señalaría a Rizo y sus secuaces, ellos los amenazarían en nuestro nombre y eso frenaría en algo sus ataques, al menos hasta que se me ocurriera algo mejor.
Al día siguiente todo iba
conforme al plan. Era la hora. Alina y Miranda ya se habían ido, yo esperaba a
Toño y no perdía de vista a Rizo y su grupo que ese día particularmente no
habían intentado nada en contra de nosotras.
Toño arribó en su Mustang amarillo, su auto de siempre, venía solo. Me abrió la puerta del pasajero y se estacionó en un lugar desde donde se podía ver la estatua del general Villa. En la plaza había poca gente, algunos vendedores ambulantes y alumnos de la escuela. La plaza estaba rodeada por árboles y jardineras en dónde había algunas bancas de herrería de esas que son típicas en los parques de México. Hacía calor, ni una nube en el cielo, la estatua del general Villa que servía de reposo a algunas palomas debía estarse asando ahí en medio de esa loza de concreto en la que había bastante espacio libre para practicar skate.
—Hola —saludé—, gracias por venir.
Toño no me contestó. Yo no quería forzarlo a decir más palabras pero una duda fundamental me asaltaba.
—¿Y los demás?
—No vienen —dijo Toño secamente.
—¿Entonces qué hacemos aquí?
—Hablar —dijo él.
—Está claro que tú no quieres hablar.
—Cristina, ¿por qué? ¿Por qué me hiciste todo eso?
—Toño, ahorita no es el momento tenemos que…
—No, si es aquí y ahora. No pienses que te creo tu perdón y toda esa pendejada que dijiste ayer en casa de Penagos. Pinche Cristina, te conozco y tú nunca pides perdón, antes te mueres.
Permanecí en silencio.
—Tu silencio me caga —dijo Toño—. Conozco este lugar, la pinche estatua del Pancho Villa, en esa tienda hace un año compramos una chelas y este coche estaba estacionado más adelantito de donde estamos ahora… te cogí ese día Cristina, fue uno de los días más felices de mi puta vida, pero tú todavía me preguntas si conozco este lugar… lo tengo tatuado en mi alma Cristina, pero para ti aquello… ¡ni te acuerdas, pinche vieja!
Toño tenía razón en todo,
otra vez.
—¡Puta!, fue bien cagado ese día, pero me hiciste feliz Cristina, pensé que aquello duraría para siempre. Te escribí canciones y sé que toco bien culero la guitarra pero güey… o sea, me hubieras dicho que no desde el principio, pero ni aun cuando te buscaba me decías que me fuera… ¿Qué te pedía? ¿Te acuerdas?
—Que te dijera que te fueras…
—¿Y por qué nunca lo hiciste, cabrona? ¿Por qué ese afán de maltratar al prójimo? Eres culera Cristina, Dios sabe que lo eres, una puta de mierda…
Toño… seguía teniendo la
razón en todo.
Entonces el asunto con Rizo se me olvidó, lo de Alina, lo de Buenfil, lo de mi expulsión… miré en retrospectiva lo que había sido y en efecto era yo una persona horrible. Quizás porque mi padre me ponía poca atención yo era tan cruel con los chicos, quizás porque mi madre siempre me decía que tuviera cuidado de los hombres yo siempre disparaba antes de preguntar. Analicé el por qué yo era así y me dio asco, no había justificación.
—Neta… perdón, Toño.
Y entonces el silencio me dejó con la boca seca, tenía ganas de darme un tiro, era yo ante un espejo y no podía soportarlo.
—Te va a sonar pendejo, Toño, pero te quiero.
Y no había mentira, Toño no solo me ponía caliente, me volvía loca, yo ponía una barrera cada vez que su recuerdo me asaltaba y me ponía a bravuconear conmigo misma. Pero era cierto, completamente cierto… Toño me gustaba y mucho, teniendo muchos novios, no había sido casualidad que acudiera a él a pesar de todo.
—Sí, suena bien pendejo, Cristina ¿Cómo te atreves a venir a decirme que me quieres si yo te rogué tanto y jamás me hiciste caso?
Era un abismo de verdad. Entonces prendió la radio del auto y comenzaba a sonar la Rapsodia Bohemia de Queen. Escuchamos los primeros versos en silencio y entonces aparecieron en la explanada Rizo y su gente, con toda su pompa y ego superfluo, eran los mismos cinco hombres ojetes que cada día me hacían la vida imposible en la escuela.
—Eran esos cabrones los que te decía —dije señalando a Rizo sin ninguna esperanza de que Toño hiciera nada. Pero entonces mi caballero andante se bajó del auto y caminó hacía la explanada…
—¡¿Toño, a dónde vas?!
No me contestó. Conforme se acercaba más y más al grupo de Rizo a mí me subía la adrenalina. Se puso enfrente de ellos que, como ya dije eran cinco, el más grande y feo, el que había lastimado a Alina del brazo, encendía un cigarro, uno flaco y de aspecto desagradable, casi tan alto como el grande, desaprobaba con gesticulaciones la presencia de Toño, los otros dos eran más bajos y tenían una obesidad vergonzosa y se reían copiosamente del aspecto del más fiel de mis exnovios. Rizo permanecía serio e inmutable mirando a Toño, ese extraño que con toda desfachatez se plantaba delante de ellos. Toño les dijo unas palabras. Nunca supe que les dijo pero ellos rieron, hasta Rizo; entonces, Toño hizo algo de lo más extraño, comenzó a hacer la danza de la lluvia al estilo indio alrededor de Rizo quien de nueva cuenta se puso serio y desconfiado. Cuando Toño completó una vuelta de su ridículo baile y ya todos se burlaban de él, se puso de nueva cuenta de frente a Rizo y de pronto propinó un golpe seco y sorpresivo sobre su cara. Rizo se fue al suelo de bruces con un gesto de dolor angustiante. Toño alcanzó a dar un golpe más a otro de los secuaces aprovechando el factor sorpresa. La batalla había comenzado; pero eran cinco contra uno… Salí del auto lo más rápido que pude dispuesta a hacer cualquier cosa que emparejara más el asunto; pero entonces, a la velocidad del rayo y en sus patinetas aparecieron Penagos y Rogelio, este último asestó un tremendo golpe en la cara con su tabla al tipo que le había lastimando el brazo a Alina, se escuchó un crack, algo se había roto ahí y no había sido la tabla.
Me quedé a medio camino, gustosa de ver el arribo de la ayuda. La gente que en su mayoría eran compañeros de escuela, comenzó a concentrarse alrededor de la contienda tapándome la visibilidad. Regresé al auto asumiendo que tendría que haber una huida rápida, por fortuna ese auto era el único que había manejado en mi vida, lo conocía muy bien. Rapsodia Bohemia estaba en la parte de las guitarras metálicas. Así, encendí el auto y lo subí a la acera para colocarlo lo más cerca de donde estaban peleando. Con el rugido del motor la gente agolpada se asustó y me abrió paso para ver una escena pletórica digna de una película de acción… Toño bailaba otra vez la danza de la lluvia india alrededor de un noqueado Rizo que no se había levantado del primer golpe recibido, Rogelio con la nariz ensangrentada golpeaba en la cara a uno de los de Rizo que aún no se rendía; Penagos estaba de pie, vigilando a los otros tres que yacían sobre el suelo lastimosamente. Cuando Toño terminó su danza de la lluvia, tomó de las solapas al caído Rizo y le dijo…
—Esto es por Alina, Miranda y Cristina, ¡pendejo!
Dicho eso azotó la cabeza de Rizo contra el suelo y se acercó al Mustang. Me miró con su cara llena de sudor, sus mejillas rojas por el esfuerzo, jadeaba pero no tenía ni una gota de sangre, estaba contento, en el éxtasis de la adrenalina y de cuando las cosas peligrosas te salen bien. Penagos y Rogelio abordaron el auto y Toño subió al asiento del pasajero.
—Vamos por unas chelas, chofer… creo que esos pendejos no volverán a molestarla nunca más ni a usted ni a sus amigas —y me acarició la pierna.
El general Villa despidió nuestra huida con su bronce deteriorado. El Mustang voló por las calles del barrio y yo feliz por primera vez en mucho tiempo. ¡Muy feliz!
Toño me pidió bajar la
velocidad. Seguía extasiado. Penagos lanzaban vítores de victoria y hasta
entonces no habíamos reflexionado en las bajas de nuestro ejército.
—Güey… llévame al hospital —dijo doliente Rogelio. Entonces todos volteamos a verlo, seguía sangrando demasiado y ya había manchado la ya de por si lastimada tapicería del auto.
—¡No mames, Rogelio! ¿Cómo al hospital? —dijo Toño —. Nada más te está sangrando la pinche nariz.
—Güey, no puedo respirar.
—¡Puta madre! ¡¿Dónde lo llevamos?! —preguntó Penagos.
—A Xoco —dijo Toño y di vuelta en “U” para regresar. Pensaba que si tomaba una avenida tal y luego por la lateral de “x” calzada llegaría rápido, pero no conté con el estúpido amontonamiento de autos de mi ciudad. Atorados en el tráfico todo el buen humor se me escapó. El calor de las tres de la tarde solo empeoraba las cosas. Odiaba a todos los automovilistas del mundo, tan patéticos y dependientes de sus máquinas con las cuales intercambiaban su salud y calidad de vida por un poco de autoestima y la ilusión de “llegar a tiempo” a todas partes.
—¡Ah, odio esta ciudad! ¡Muévete imbécil! —vociferé ya fuera de control.
—Eso no ayuda en nada ¿sabes? —dijo Toño sin mirarme, harto por el smog pero, irónicamente, fumando un cigarrillo al mismo tiempo.
Y es que los autos no avanzaban. Todo era una mezcla de ineficiencia urbana y torpeza al volante de los conductores que, para colmo, daban cátedra de incivilidad y egoísmo, aumentando el caos en el que todos estábamos inmersos. ¡Y Rogelio no dejaba de sangrar!
En rápida carrera Toño bajó del auto y en una farmacia compró algunas vendas y gazas para tratar de contener la hemorragia. La nariz de Rogelio se había roto en varios puntos y alguna astilla había lastimado algún vaso sanguíneo, por supuesto todo eso lo supimos solo hasta llegar a urgencias, dos horas después de la pelea.
Rogelio tardó dos horas más en ser atendido y yo estaba que echaba lumbre, no podía creer la ineficacia del sistema de salud de mi país con las recepcionistas más inhumanas del mundo protegidas por el poder de sus ventanillas. Me peleé con dos o tres y solo recibía la misma respuesta: hay gente más grave que su amigo. El maldito problema era que yo no veía cuál era esa gente, nadie en la sala de espera entraba a ser atendido.
—No has cambiado nada, en estos cuatro meses no has cambiado nada —me decía Toño al verme histérica.
Por fin Rogelio salió con una enorme venda en la cara. No podía hablar. Lo llevamos a su casa y ya era de noche. Penagos se quedó con él para tratar de explicar a los padres de Rogelio qué es lo que había pasado o más bien que debían creer los padres de Rogelio que había pasado: caída de la patineta, algo bastante creíble para la personalidad extrema de Rogelio. Yo regresé con Toño en el Mustang pero esta vez él tomó el volante. Durante toda la espera en la clínica médica habíamos platicado de música, de su sucia guitarra y mis agresivas rimas, pero en el trayecto para llevarme a casa estaba serio. Así, yo tuve que romper el hielo, un tempano más grande que el que hundió al Titanic.
—¿Por qué bailaste una danza india?
—¿Qué?
—En la pelea, bailaste como un indio de las películas.
—Pues soy así, ya sabes, lo difícil tengo que hacerlo un chiste. ¿Sabes?, siempre que vamos a madrearnos con alguien sentimos eso, nerviosismo, un putero de miedo; tú no lo entiendes porque nunca te has agarrado de las greñas con alguien. Por eso trato de reírme en todo momento. Desahogo algo de estrés así. Y aquí entre nos, tú también tienes cosas muy locas e incomprensibles.
—¿Cómo cuales, Toño?
—Pues primero… pediste ayuda. Tú nunca haces eso, siempre solucionas todo desde cero y cuando no puedes lo ignoras. Hoy vi a esos pendejos y pensé: esto no puede ser un verdadero problema para Cristina. Rizo y esos güeyes son unos pendejos. ¿Cómo esos putos te metieron en problemas? no lo sé bien, pero como sea, tú nunca pides ayuda. Cuando estás enfadada te pones roja como tomate. Tus pelos se erizan más y tus ojos se ponen negros. Usas palabras de sabiondo cómo tu papá y eso hace que casi nadie te entienda, así intimidas a la gente, los pones como pendejos. Lees mucho y escribes poco, aunque dices que quieres ser una MC no haces mucho por serlo, solo improvisando en tu cuarto… ahí, sola… no vas a llegar muy lejos, güey. Y no me digas que el novio ese que tenías o tienes, no sé y no me importa ya, es un MC porque el estúpido tampoco ha grabado nada ni ha hecho nada.
Mientras me decía todo eso, Toño tenía esa sonrisa de autocontrol en su rostro, tomaba el volante del Mustang con una mano y con la otra sostenía su cigarro. El auto entró a los carriles centrales de Avenida Mixcoac y al ser ya tarde la vía estaba libre. Toño aceleró. El motor del Mustang rugió buscando mayor comodidad en la caja de cambios para circular a esa alta velocidad.
—Yo te conocí, Cristina —continuó Toño—. Antes de que escribieras rimas, te vistieras de negro y tuvieras esa actitud a la defensiva. ¡Esa puta actitud a la defensiva! Me caga esa puta actitud que tienes. Les muestras a todos lo mala que eres, pero no tienes ninguna causa ni razón por la cual estar así. Lo tienes todo, no te falta el dinero, no tuviste una familia culera y al ser hija única siempre tuviste la atención de tus padres y no me vengas con que no fue así. Si hoy casi ni se hablan no ha sido porque ellos lo quisieron así, es porque tú te cierras.
Nunca has trabajado ni sentido necesidad. No eres estúpida, podrías tener buenas calificaciones con la mano en la cintura pero eres tan tú… Tuviste suerte en la puta vida pero quieres que nos creamos tu tragedia, ¡pero nada malo te ha pasado jamás!, y quizás por eso estas tan encabronada, no tienes las luchas sociales de tus padres, no tuviste un 68, ningún gobierno te ha dado en la madre, no fuiste golpeada ni madre soltera, no saliste puta ni pendeja, ni india, ni pobre y para colmo, ¡no te falta sexo! Tampoco eres idealista ni jamás pensaste en hacer alguna lucha justa. Mira tus pinches rimas ¿tú les entiendes? Pinches palabras surrealistas, no mames Cristina, te faltó carencia… se me hace que por eso no tienes sentido, resulta que la vida te lo puso fácil. Esta cabrón ¿no? Si eres pobre luchas por ser rico, si eres puto luchas por no ser rechazado, si tu papá es adicto luchas contra las adicciones o apoyas a grupos de autoayuda y así; pero a ti no te tocó ni madres de eso y por eso no sabes qué hacer con tu puta vida. Es una mierda de pesadilla para ti. Aun así, creo que eres extraordinaria, eres diferente, güey, me enamoré de ti desde el primer día que te vi. Como siempre te veía leyendo libros pensé que debía ponerme a la par y comencé a leer ¿puedes creerlo? Desde entonces eras inteligente pero no eras tan agresiva, no sé qué te puso así ni que chingaos pasó con tu vida, pero seguí enamorado de ti a pesar de que cambiaste. Y toda esa bola de pendejos con los que me engañabas, esos tipos demuestran que no eres ni un gramo de ambiciosa ni pareces tener amor propio Cristina ¿te has fijado bien en esos tipos con los que andas? El hijo del pinche carnicero de la 34, el idiota que trae el pan, el estúpido grafitero ese del Alberto, puros hijos de la chingada que solo te ven como alguien que le rostice su verga. Estoy seguro de que tampoco te son fieles y que ni les importas. Yo no soy la puta verga, pero tengo este auto, mi guitarra, mi computadora, rento un cuarto y aunque dejé la escuela en el último año la dejé porque quise y porque soy bueno arreglando coches. ¿Cuántos de ellos además de mi te regalaron cosas chidas? Pura pinche droga es todo lo que esos pendejos te compran. ¡Así vas derechito al éxito Cristina!
El Mustang rechinó las llantas cuando entró a calzada de Tlalpan por la curva de un trébol; al retomar la recta la ajuga del velocímetro marcaba los 130 km/h. Los pocos automóviles que había eran fáciles de esquivar, las luces del alumbrado público pasando a gran velocidad daban al interior del auto un tono espectral. Yo solo escuchaba a Toño que cada vez me acuchillaba más y más hondo.
—Mírate, siempre tienes una respuesta bien cabrona para todo pero estas bien pinche miedosa cuando te hablan de algo que no está en tus libros. Vales verga Cristina… Y si hoy te ayudé fue porque siempre es bueno estar en forma para los chingadasos. ¿Tienes miedo? ¿Quieres que baje la velocidad? ¿No te quejabas de lo estúpida que es la gente para manejar? Tú crees que todo el mundo es pendejo, pero no tienes nada que ofrecer más que tus críticas, eres incapaz de ayudar a alguien…
—Bueno, Alina… —dije tratando de decir algo a mi favor.
—¿Qué con tu amiga?
Pensaba decirle a Toño que ahora en estos meses yo había ayudado a alguien en lugar de mostrarme indiferente; y lo había disfrutado, me había sentido bien. Pero él se adelantó.
—Me sorprendió verte con tus amigas —dijo Toño—. Un síntoma de lo podrida que estás es que no tenías amigas. Quizás realmente si vas agarrando la onda, quizás esas chicas solo son como tú… Aun así te…
El Mustang había devorado toda la longitud de Calzada de Tlalpan y había entrado estrepitoso y ruidoso en la calle principal del centro de la ciudad sin bajar la velocidad. Las luces de los semáforos ya estaban intermitentes, así que cuando Toño estaba por cruzar Avenida Izazaga apenas si alcanzó a mirar por el parabrisas que esta avenida estaba ocupada. Un instante eterno duró el enfrenón. Las llantas echaron humo en su desesperado intento por no patinar sobre el asfalto. Toño no perdió nunca el control del auto y este nunca perdió la dirección, jamás él había tomado con tanta fuerza ninguna cosa como el volante de ese auto. Cuando al final el deportivo sesentero se detuvo, el cofre sacaba humo. Yo aún estaba asustada, había pensado en una colisión, estaba feliz de haber usado el cinturón de seguridad, sin duda de haberlo omitido habría salido por el parabrisas y habría rodado más de diez metros por la fría calle. Toño también lo había usado así que cuando levantó sus ojos por encima del volante y miró aquello, pareció tener una visión religiosa.
Una caravana de ciclistas era lo que habíamos evitado. Una de las chicas ciclistas saludó a Toño y agradecía que hubiese “cedido” el paso. Otros no evitaron decirnos algunas groserías, realmente los habíamos espantado. Aquella caravana no era peregrina sino burguesa, algunos grupos de ciclistas se reunían todas las noches en la ciudad para rodar multitudinariamente, este grupo que nos habíamos encontrado era de alrededor de unas cincuenta personas. Toño los seguía mirando impávido por el parabrisas pero luego de unos minutos, cuando el grupo terminó de pasar enfrente de nosotros, Toño abrió la puerta de su lado y bajó del auto, sin dar ningún paso continuó observando a la caravana de ciclistas que se alejaba entre risas.
—¿Viste eso? —me preguntó Toño.
—Toño, pudimos haberlos matado…
—No. Ni queriendo los hubiéramos matado…
Toño estaba serio pero parecía extasiado. Entonces me pidió que yo manejara. Yo iba rumbo a mi casa pero entonces me dijo que lo llevará a él primero a su casa. Obviamente aquello no era lógico, le pregunté por el auto y me dijo que me lo llevara, que ya al otro día vería qué hacer con eso. Era tan raro, pero así era Toño, por la mañana me había hecho polvo y por la noche me encargaba su más valiosa posesión.
Manejé el Mustang hasta mi casa y ahí estuvo tres días estacionado frente a mi zaguán, entonces al tercer día Toño reapareció. Me puse feliz de verlo. Lo invité a pasar y tomar una cerveza, él aceptó, amaba la cerveza.
—Es un gran auto, Toño —le dije mirando la pintura amarilla del bello auto que reflejaba los rayos del sol matutino.
—Lo he vendido Cristina —dijo Toño luego de dar un sorbo a su cerveza, yo me reí pues pensé que estaba bromeando.
—¿Qué hiciste qué cosa? —pregunté ya más seria viendo que él no se reía.
—Lo vendí —confirmo él con voz suave, sin dramas.
—Toño —le dije casi saltando de mi asiento—, pusiste tu amor en ese auto.
—Y también en ti y ya ves. No siempre las cosas salen como esperas y a veces tienes este tipo de presentimientos.
—¡Toño! —miré mi cerveza, lo que había dicho era duro, me había dolido. Pero entonces, con la mente nublada solo se me ocurrió una pregunta irrelevante para el caso.
—¿A quién se lo vendiste?
—Al Pitayas…
—¡¿Al Pitayas?! ¡Toño, es el tipo del deshuesadero!
—Sí, ¿te imaginas qué va hacer con él? Me da un poco de tristeza, pero él era el único que me podía pagar rápido el dinero.
—¿Cuánto le estás pidiendo?
—Veinte…
—¡¿Veinte?! ¡Toño estás loco! ¡A ese coche le metiste más lana que eso!
—Sí, pero con eso me alcanza para lo siguiente que voy a hacer, no necesito más.
—Toño, pusiste tu vida en ese auto, no pudiste haberlo vendido así nada más, eso es muy raro, cabrón.
—Seguiré trabajando en el taller de la Goodyear, pero solo hasta ahorrar lo suficiente ¿Quieres saber para qué…?
—¡Toño, no me escuchas! ¡Ese auto valía mucho más! Yo no sé nada de piches coches pero ese carro estaba re-bonito y eso que no lo terminabas todavía de restaurar…
—Ya veo. Bueno… ya es del Pitayas.
Ya no dije nada. Lo había
vendido. Yo por mi parte no extrañe tanto al Mustang como a Toño, tan pronto
terminó su cerveza abrió la puerta del zaguán y subió al Mustang, lo encendió y
me dijo que en menos de un mes el Pitayas tendría el dinero y se lo pagaría,
después de eso, el Mustang sería solo chatarra. Toño hizo ronronear el Mustang
y se fue, se perdió en el final de mi calle. Los siguientes días yo lo soñaba y
añoraba el aroma de su cuerpo, Toño era mi Mustang y desde hacía tiempo lo
había echado al deshuesadero, me había dado de cuán estúpida había sido. Esa
semana terminé con los tres novios que tenía en turno y estaba decidida a ser
la mujer de Toño para siempre.

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