En la
tortería las Camelias, ubicada en uno de los extremos de la plaza que la gente
llamaba “del Pancho Villa” pero que en realidad llevaba el nombre oficial de
Gustavo Díaz Ordaz, Daza se citó con Miranda. La reina del tango llegó tarde
treinta minutos y cuando arribó no dio ninguna disculpa o excusa, era la falta
de costumbre de no tenerle respeto a nadie. Al entrar al lugar le pareció
mundano y no adecuado para tener una charla, no había otros clientes pues no
era horario del almuerzo pero extrañaba el ambiente de los cafés de Buenos
Aires y la limpieza, sobre todo la limpieza de los restaurantes caros a los que
se había vuelto adicta. Sabía que aquella tortería era un símbolo en su vida y
que por ello Miranda la había citado ahí mismo, de hecho le dio la impresión de
que aquello era un viaje en el tiempo y que ella volvía a tener diecisiete
años, además el local tenía exactamente el mismo aspecto de hacía diez años ya
que la raquítica situación económica de un país que prostituía sus recursos
naturales no había dado pie a ninguna mejora para la tortería ni para nadie en
ese desorden corrupto que era México.
—Pensé que no vendrías —dijo Miranda al ver llegar a Daza.
—¡Hola! —respondió una bien vestida Daza—, che, me acuerdo de este lugar. Aquí en esa plaza le rompimos el hocico a Rizo, y aquí también vinimos a hablar luego de haber estado enojadas mucho tiempo.
—Yo no estuve enojada contigo, Cristina. Esa vez, tú te apartaste porque tú así lo quisiste, pero nadie estaba enojado contigo. Y años después, hiciste exactamente lo mismo. Cristina, te miraba por televisión, te leía en las entrevistas que te hacían, estabas tan triste y esa no fue la mujer excepcional que se hizo mi amiga. ¿Te acuerdas cómo eras?
—Culera, vos no me conociste desde antes, pero yo era culera —dijo Daza perdiendo todo el buen humor que le quedaba.
—No, yo conocí a una persona que bromeaba todo el tiempo, una persona que te ayudaba a resolver problemas. Eras alegre y siempre estabas tratando todo el tiempo de rimar las palabras. Te recuerdo con tus audífonos disfrutando tu música.
El teléfono celular de Miranda sonó la melodía de un viejo grupo de rock, ella se puso de pie para contestarlo, mientras tanto, un mesero bonachón y bigotudo, tan similar a la figura del Pancho Villa de bronce del centro de la plaza, le preguntó a Daza:
—¿Va a ordenar, reinita?
—Sí, vos por favor me puedes preparar una torta de jamón.
—Inmediatamente, ¿de dónde es usted?
—Pues soy de Arg… viví en Argentina mucho tiempo, pero la verdad soy de aquí.
El mesero entonces perdió toda la atención en la muchacha que pedía una simple torta de jamón, pensó que era guapa, pero era, después de todo, una simple mexicana con aires de grandeza.
—Ella ya viene, pero debo decirte que vienen juntos —dijo Miranda sin sentarse, preocupada por la reacción que Daza pudiese tener.
—Que vengan, en la Argentina aprendí a tratar con cosas peores —dijo Daza con semblante seguro, pero que en el fondo se moría del miedo.
La torta de jamón llegó antes que el resto de los invitados a la mesa y Daza la despachó casi de inmediato al bote de la basura sin probarla.
—El problema de este país es que no saben hacer nada bien —decía la reina mientras sacudía las migajas de pan de su ropa cara y exclusiva.
—Bueno, ¿qué te puedo decir?
—Dime, ¿qué pasó con Magda?
—Ya te lo dije y no quiero hablar de eso. Murió en su viaje alrededor del mundo.
—¿Todavía estabas con ella?
—No, llevábamos varios años de haber terminado.
—Yo le quedé a deber muchas cosas a esa niña. Nunca le di las gracias por haberme ayudado a bajar de peso.
—A ella no le importaba tu peso, Cristina. Le importaba tener una miembro más en su equipo, ¿qué te ocurre? ¿Ahora vienes aquí a decirnos que todo en este país está mal hecho solo porque no te gustó la torta? ¿Vienes a presumir que tienes el cuerpo de una jovencita todavía?
—¿Qué tiene de malo decir las verdades?
—¡Deja de hablar con ese tonto acento argentino! El día de la clínica no había ninguna mujer segura de sí misma, yo no vi a una persona adulta en ese camerino ¿y ahora quieres que te crea toda esta facha de mujer segura y de mundo? Cristina, mírame, yo soy Miranda, tu amiga, la Wicca.
La reina del tango asimiló cada palabra proveniente de su amiga que ahora, con las ojeras consecuencia de ser madre de dos niños pequeños lucía más creíble que sobrenatural. Daza se tomó el cabello y no pudo atinar a decir nada inteligente. Se encontraba acorralada por Miranda como muchas veces le había ocurrido en su pasado pre-estrellato.
Entonces las voces de unos niños pequeños llegaron hasta el interior de la tortería.
—¡Cristina, hazle caso a tu mamá! —gritó sin autoridad una voz que Daza reconoció de inmediato.
Daza comenzó a temblar. Tomó las manos de la Wicca y se confesó.
—Wicca, tienes razón, soy una pendeja absoluta. No estoy lista, no puedo verlos, maldita sea, Wicca, no puedo verlo.
—Pues tendrás que, Cristina.
Toño entró a la tortería con una niña de cinco años en brazos. Daza reconoció de inmediato esa mirada tierna y picara en el hombre que acababa de entrar, esa mirada no había cambiado en nada y hubiera enamorado otra vez a Daza de no haber sido porque ese rasgo, que era la prueba más contundente de que era Toño, era lo único que no se había marchitado en él, lo demás era totalmente irreconocible para Cristina; Toño había perdido casi todo el cabello, se había dejado el bigote y se había inflado como pelota, su piel lucía enferma y grasosa; su vestir tampoco decía nada a su favor pues se seguía vistiendo como hacía diez años, pero ahora ese estilo infantil se miraba mal en un hombre de su edad. Lo peor era que entre el cinturón de su pantalón y su playera de algodón, se asomaba el ombligo. El recuerdo gallardo que Cristina tenía de ese hombre se terminó de escapar cuando la saludó ofreciéndole su única mano libre con la palma totalmente manchada de grasa negra.
—¡Hola, Cristina!
Cristina tomó la mano pero no pudo decir ninguna palabra. En ese momento, en su cerebro, una ilusión celestial era sustituida por la cruda y simple realidad.
—¿¡Se llama cómo yo, papa!? —gritó estridentemente la pequeña Cristina.
—Sí, se llama como tú. Por ella te pusimos ese nombre.
—¿Cómo? —preguntó la niña.
—Ya te explicaré luego, mira siéntate. Dile a tu mamá que ya puede pasar, dile que no se la van a comer.
—¡Mamá! ¡Dice papá que nadie te va a comer! —gritó la pequeña que daba toda la facha de tener el don de la hiperactividad conflictiva.
—Entonces, Cristina. ¿Cómo estás? —dijo Toño desparramando su obesidad sobre una silla.
Cristina ahora estaba totalmente bien, en su cuerpo parecía que la sangre volvía a correr por sus arterías. Se dio cuenta de que Toño ya no le ocasionaba ninguna perturbación como en los viejos tiempos en que le bastaba solo verlo para perder totalmente la cabeza.
—¡Estoy muy bien, güey!
La Wicca se quedó boquiabierta, esperaba que Daza se derrumbara en lágrimas o se abalanzara en besos sobre Toño, pero en lugar de eso lo llamaba güey con todo su acento mexicano.
—Me alegra. ¿Ya viste a mis hijos? La pequeña se llama como tú y…
—Y el mayor se llama Agustín —dijo Alina al entrar.
Alina tenía ahora unas caderas enormes y sus jeans ajustados no le ayudaban en nada a darle estética a su cuerpo. Llevaba lentes oscuros y el cabello recogido. Tomado de la mano estaba el pequeño Agustín de diez años de edad. Cristina se puso de pie y entonces le dio la impresión de que Alina era demasiado baja de estatura. Durante diez años, Cristina había tenido grabada en la cabeza la estampa de Alina como una bailarina furiosa, delgada y frágil pero muy peligrosa y terrible. Ahora no había eso, frente a ella se encontraba una mujer de esas como había tantas por las calles de los barrios de Ciudad de México, salvo que Alina aún llevaba algunas marcas en su rostro como evidencia de su terrible accidente cuando se había destrozado todo el maxilar inferior.
—Hola, Cristina —dijo Alina con una sonrisa y luego ordenó a su hijo—. Saluda, Agustín.
—No sé quién es, mamá.
—Tú saluda, caray. Es… una amiga.
Alina comenzó a llorar. Miranda se levantó a tratar de consolarla. El pequeño Agustín se angustió por aquello y Miranda tuvo que pedirle al niño para distraerlo, que la llevara afuera y le mostrara la bicicleta que le habían dado en su cumpleaños. Así, la Wicca salió de cuadro junto con los niños y en la mesa quedaron solamente los tres involucrados de un triángulo amoroso que había derramado tantas lágrimas hacía diez años.
—Yo solo tengo una pregunta para ti Alina —dijo Cristina que parecía regresar en el tiempo a cuando ella no era bailarina ni estaba enamorada de Toño, era la Cristina de la parada de autobús afuera de la preparatoria privada comandada por Buenfil y que tenía a Rizo como capataz—, y esa pregunta es: ¿Cómo es que si te saco una cabeza de estatura pudiste darme la madriza de mi vida esa noche en la terraza del hotel en San Francisco?
Cristina rio a carcajadas como no lo había hecho en mucho tiempo y Alina reconoció en ese chiste negro a la misma chica de aspecto temible que la había defendido de los abusos de los demás hacia diecisiete años, por lo tanto le fue fácil acompañar la alegría y ponerse de pie nuevamente para abrazar a Cristina efusivamente. Ambas personas se pidieron perdón mutuamente mientras Toño las miraba sorprendido, aquel abrazo significaba el armisticio de años de lucha, de intrigas, de celos y de competencia feroz sobre las tablas de la pista de baile.
—¿Sabes? —le dijo Alina a Cristina—, esa noche me salvaste la vida una vez más. De no haber llegado tu yo simplemente me habría arrojado. Cuando me dijiste que habías besado a mi esposo fue como recobrar toda la fuerza que había perdido. Le dejé de hablar como por tres meses y me fui de la casa, pero cuando regresé y nos reconciliamos comenzó un cambio total en mi vida. No somos muy religiosos pero creo que Dios me ayudó en ese momento en la terraza de ese hotel en San Francisco. Luego nació mi primer hijo y ya no hubo más. Nunca te di las gracias por nada y en realidad me salvaste muchas veces.
—Bueno, muchas veces fue sin querer —dijo Daza conmovida—. Perdón por haberte quitado la posibilidad de haber ganado y haberte hecho enojar de esa manera. Yo debí respetar que pues Toño era tu pareja y todo eso... De robarte tú sueño.
—No me robaste mi sueño, exageré con eso. Yo solo quería ser la mejor bailarina de todo México y lo fui por un tiempo, cuando tú te fuiste claro. Todos decían ahí está Alina, la que fue vencida por Daza. Un día, mi hijo Agustín entró al cuarto donde yo estaba planchando y estaba viendo la final del Mundial de Tango, la última que ganaste, y recuerdo que le dije, ¿sabes hijo?, ella me ganó. Y él me preguntó emocionado ¿a poco bailaste así en esos concursos, mamá? Y luego me dijo que yo era increíble. Cristina, eso me hizo ser la persona más feliz del mundo.
Hubo una pausa, Cristina realmente no sabía bien que decir, siempre que recibía halagos le parecían furtivos y superficiales, pero ahora, en esa mesa vulgar de tortas de jamón para el olvido, le habían dado el perdón, las gracias y los halagos más sinceros que ella jamás había recibido.
—¿Sigues bailando? —finalmente se atrevió a preguntar.
—Siempre, cada vez que tenemos tiempo vamos a las milongas de cada día. ¿Quieres ir a la de hoy?
—No, debo regresar a mi hotel. Se supone que salgo mañana para Cancún, estaré unos días en la playa.
—¡Fantástico! Disfruta mucho. Te mereces unas vacaciones.
Al salir de la tortería, Cristina buscó el momento adecuado para decirle a Toño algunas cosas que no quería que Alina escuchara.
—Güey —comenzó ella—, fui muy pendeja siempre ¿verdad?
—No, lo normal —contestó él.
—Necesito que me digas que me perdonas todo. Aunque tú no creas que yo te hay hecho algo. No te volveré a buscar nunca más.
—Bueno, te perdono todo. Te perdono todo lo que me hiciste, lo que le hiciste a los demás, lo que me haces y que me vas a hacer, porque eso sí, no quiero que digas esas cosas de “nunca más”, es muy tanguero pero por favor, déjanos verte más seguido. La primera comunión de Agustín será en un año más o menos, se su madrina, por favor. Ese tipo de cosas Cristina, esas cosas que hace la gente, déjanos hacerlas también contigo.
Cristina no era religiosa, era hija de padres leninistas y nunca supo lo que era recibir regalos en navidad, pero decidió que bien podría entrarle a eso de las pachangas de los bautizos y primeras comuniones. Aceptó y ambos se dieron un abrazo. Luego, Toño y su sagrada familia se fueron en bicicleta, todos montados en una de dos ruedas, a casa. Miranda y Cristina quedaron solas y la tortería ya iba a cerrar.
—¿Entonces te vas mañana? —preguntó Miranda decepcionada porque no podría pasar más tiempo con Cristina.
—Sí, le pedí a mi representante permiso para tomarme una semana en la playa.
—¿Permiso? ¿Es tu representante o tu carcelero?
—Este es el mundo real, Wicca, tengo que hacer dinero para comer. Bailar es lo que hago.
—Cuando eras niña tu papá te aseguró la supervivencia, luego vendiste un coche, después tuviste un novio rico y más tarde fama. ¿Y ahora, me dices que temes que una semana de vacaciones amenace tu supervivencia? Es poco creíble, ¿no crees?
—Wicca, me encanta cuando eres tú.
—No creo que el dinero sea tu problema. Dime, ¿cómo va el amor?
La pregunta tomó a Cristina por asalto y en curva peligrosa y peraltada, no había nada que decir ahí, sucedía que Dante había sido su último novio por lo que había un abismo nefasto de soltería pues esta era una soltería por lamentación y no por libertad.
—Bueno, no… pues… nada.
—¿Nada?
—Sexo. En ocasiones.
—¿Pero no tienes a alguien? ¿No has tenido a alguien?
—No, no por ahora, no en los últimos… diez años. Me gustaría ser como tú, Wicca. Tú puedes andar con hombres o con mujeres.
—Magda fue la única mujer con la que estuve. Pero el asunto no está en lo que te guste o no.
—¿En qué está el asunto?
—En que no pienses tanto.
El dueño de la tortería se impacientó y les pidió a las dos mujeres abandonar el local al ritmo de la cumbia que sonaba en la radio. Cristina y Miranda se miraron solas en la acera y con la noche ya en apogeo.
—Bueno, ahí tienes, antes de pensar en si el dinero desaparece de tu vida quizás deberías ocuparte de compartir con alguien. Cristina, una vez me pediste que fuera tú amiga por siempre, nunca he faltado a esa promesa, si regresas o no yo estaré aquí para lo que necesites. Ahora debo irme y tú también, ¿tomaras un taxi verdad?
—Sí, ahorita prendo uno.
—Bien, yo debo correr a ver si todavía alcanzo el metro. Mañana temprano regreso a dar clases en la universidad pero debo seguir llevando a mis niños al kínder.
Miranda se alejó a paso veloz de Cristina que sintió un dolor en su corazón al verla partir.
—¡Espera! ¡Oye, Wicca, regresaré, te lo prometo! ¡Quiero que me cuentes de tu esposo, de tus hijos, quiero que me cuentes lo que pasó con Magda y quiero contarte si alguna vez encuentro otra vez el amor!... Quiero.
Miranda le hizo una seña de pulgar arriba y luego continuó su camino. Cristina tomó un taxi como había dicho y esa noche durmió relajada, situación que era todo un suceso en su vida.
A la mañana siguiente preparó sus maletas. Tenía todo listo, miró desde la ventana de su habitación el cielo de la ciudad y en ese justo momento rompió el boleto de avión a Cancún. Un instante después buscó dentro de su bolso, un Prada color marrón, y sacó las reservas de vuelo de su regreso a Argentina, también las rompió. Luego de desayunar sin prisa pidió otro taxi y esta vez fu al parque donde cada domingo estaba, sin falta y siempre estoica, la milonga. Cristina se acercó hasta el grupo de bailarines y durante unos instantes pasó desapercibida entre los mirones. Se percató que no estaban ni Miranda ni Alina y apenas podía reconocer unos pocos rostros, entre ellos el de Olager el viejo que bailaba orillero. Entonces, algunos comenzaron a mirarla y ella pensó que no pasaría nada, no se había vestido elegante pero si con el atuendo necesario para bailar cómoda; el sonido de la milonga interrumpió la música y anunció.
—Queridos compañeros, me es grato anunciarles que tenemos una gran invitada sorpresa el día de hoy, nada más y nada menos que la reina del tango, ¡la señorita Daza!
Y entonces todos la miraron, se comenzaron a acercar a ella como en oleada y se escucharon algunos aplausos.
Para Daza fue terrible, trató de explicar que ella solo quería bailar un poco, pero ahora su persona era todo el espectáculo. Luego de unos veinte minutos de autógrafos y fotos los organizadores de la milonga trataron de improvisar que Daza bailara con alguno de los mejores bailarines de la milonga pero Cristina, ya harta, le explicó de la mejor manera que ella solo bailaría en rueda de milonga, es decir, junto a todos los demás.
—Como la gente decente —remató bromeando y tratando de ser Cristina.
Los organizadores respetaron tal decisión y ante el desaire del público Daza pudo disfrutar de una milonga callejera, con mucha baldosa como solía decir el maestro Agustín.
Ya noche y todos con los pies molidos de tanto bailar, se dio por terminada la milonga. Cristina regresó en taxi a su hotel, estaba extasiada y más feliz que nunca, ya en el lobby de hotel, y para su sorpresa, encontró a Dante. La gente de la recepción le informó que el caballero la había estado esperando por más de seis horas.
—Hola, ¿qué haces aquí? —preguntó Cristina.
—¿Estamos siendo francos?
—Seamos francos.
—Quiero darte algo.
—Está bien. Dime.
—Bueno, vamos a mi auto.
—¡Tú no tienes carro!
—Muchas cosas cambiaron, Cristina. Ahora tengo un carro y lo que quiero darte está en mi departamento.
Cristina aceptó acompañar a Dante a su departamento, lo cierto es que el chico le seguía inspirando toda la confianza del mundo. Además, no había dejado de ser apuesto y como los buenos vinos había mejorado. El que el automóvil que abordaron fuera un familiar y no un deportivo no lo notó Cristina que estaba dispuesta a recibir todo lo que Dante le diera esa noche. Una buena señal fue que Dante se detuvo para comprar una botella de buen vino en el camino, en el pasado esa era la señal de “que esta noche no se termine nunca”. Por Cristina comenzó a correr un sentimiento de ansiedad y emoción, si Dante era su destino ella estaba dispuesta a no echarlo a perder de nuevo; solo se lamentaba de no estar bien vestida y de haberse puesto un sostén que no hacía juego con sus pantaletas, de hecho eran totalmente de colores y estilos diferentes, pero no importaba pues Dante ya conocía toda su arquitectura y ella la de él. Luego de veinte minutos llegaron a un condominio de la Del Valle.
—¿Ya no vives en Polanco?
—No, la situación está difícil. Entra por favor.
Cristina entró al departamento quitándose la chaqueta de piel y dejando descubiertos sus hombros, miró a Dante entrar al departamento y pensó en acorralarlo ahí en la puerta cuando… pisó algo y casi tropieza, lo peor es que ese algo era un juguete.
—¡Cuidado! —la atrapó Dante entre sus brazos para evitar que Cristina cayera al suelo.
—Gracias, no lo vi ¿vinieron tus sobrinos?
Dante se rascó la cabeza y entonces Cristina dio una mirada de 360° al departamento que estaba lleno de juguetes y cosas de bebé, incluyendo un bambinete. Entonces supo que toda la fantasía estaba completamente derrumbada.
—Dante ¿qué quieres? —dijo Cristina, realmente incapaz de comprender todo aquello.
—Los juguetes son de mis hijos. Mi esposa esta…
—¿Esposa?
—Sí, esposa. Lo siento, Cristina, lo siento si pensaste otra cosa.
Dante fue hasta la cocina y descorchó el vino, se sirvió una copa y le sirvió una a Cristina, después la invitó a sentarse en el sofá no sin antes despejarlo de todos los artículos de bebé que yacían sobre este. Cristina se sentó pero no veía el vino.
—¿Estamos siendo francos? —preguntó Dante.
—Sí, seamos… por favor.
—Tú me sigues ocasionando muchas cosas, pero debo cerrar contigo. Nunca terminamos realmente, te fuiste sin decir nada, me dejaste sin pareja para el Mundial. Ni siquiera me diste tiempo de decidir si te perdonaba o no. Pero todo eso ya pasó, cuando me enteré de que vendrías a México supe que era la oportunidad de por fin terminar con todo esto.
—¿Estás rompiendo conmigo?
—Luego de diez años… Sí, parece que sí. Cristina, jamás voy a volver a amar a alguien como te amé a ti pero ahora tengo una familia y estoy decidido a respetar eso.
—¿Entonces para qué…?
—Ya te lo dije, debo darte algo, pero también quiero decirte algo más que me pidieron como un favor especial.
—¿Qué cosa? ¿Quién?
—El maestro Agustín. Antes de morir, él me pidió que si te veía otra vez te dijera que aquella vez en el parque, cuando te pidió que bailaras con él, fue porque observó que nadie bailaba contigo. Te tuvo compasión y además, cuando hizo saber sus intenciones a Jordana de sacarte a bailar los demás le apostaron que ni él podría hacer que tú bailaras. Tomó la apuesta y la ganó. Eso es lo que él me pidió que te dijera.
Cristina comenzó a derramar lágrimas de forma tranquila y sin aspavientos. Encorvó el cuerpo, perdió la elegancia y se desparramó sobre el sofá sin querer saber nada más. Puso la copa de vino sobre la mesa de centro de la sala y se decidió a salir de ahí lo más pronto posible.
—¿¡A dónde vas?! —la detuvo Dante.
—Quiero irme.
—Está bien, pero te he dicho que debo darte algo. Acompáñame.
Dante y
Cristina salieron del departamento, tomaron el ascensor y caminaron por el
oscuro pasillo de la planta baja del condominio hasta la cochera del mismo.
Caminaron entre los automóviles y llegaron hasta donde había uno cubierto en su
totalidad por una manta que lo protegía contra el polvo. Dante retiró el
protector y al descubierto, ahí frente a Cristina, estaba el Mustang.
—¿¡Lo compraste?!
—No, nunca lo vendimos.
—¡¿Qué!?
—Nunca se vendió. Permaneció todo el tiempo aquí. Mi tío fue la persona que me ayudó a hacer el teatro, él si vende automóviles, pero por supuesto yo no quería venderle el coche, solo quería hacerte creer que lo estábamos vendiendo.
—¿De qué hablas? ¿Y todo el dinero que nos pagaron? Me gasté gran parte de ese dinero, Dante, y luego se lo dimos a Toño para que…
—Cristina, nunca hubo una venta. Yo te pagué esos trescientos cincuenta mil, aunque para mi valías más que eso. En ese entonces yo ganaba muy bien, no fue problema. Hoy no podría hacerlo aunque quisiera, mi esposa actual tuvo que conformase con un cortejo más económico.
Entonces, Dante sacó las llaves de su bolsillo y se las dio en la mano a Cristina.
—La factura y todo está en regla. Están en la guantera.
—Dante, si todo lo que me dices es verdad, este auto es tuyo, tú lo compraste.
—Sí, así lo pensé en un instante, hubiese sido tu regalo de bodas, si te fijas está restaurado. Luego pasó lo que pasó… y pues.
—¿Y ahora me lo das así nada más? No puedo aceptarlo… ¡Es mucho dinero, es un clásico!
—No es un auto de edición exclusiva si a eso te refieres. Hubo más de cien autos como este, quizás hay cientos de miles todavía por el mundo. Si tratas de venderlo no pidas más de doscientos mil por él, nadie te pagará trescientos cincuenta mil por este auto aunque está restaurado. Ahora, abre el maletero.
Cristina
tomó las llaves y abrió el maletero, dentro estaba la bicicleta que Toño le
había regalado.
—¿Por qué me estás haciendo esto?
—Tú lo dijiste, estoy rompiendo contigo. Lo siento Cristina. Ahora, por favor, vete.
—¿Este fue el último tango en verdad? —preguntó Cristina otra vez con las lágrimas reavivadas.
Dante no contestó, tomó el mando automático y abrió la puerta del garaje. Cristina subió al automóvil y lo encendió. Era una máquina perfecta, soltó el embrague, prendió los faros y el Mustang rodó nuevamente. El automóvil ronroneó un poco cuando Cristina se detuvo a la altura de donde estaba Dante, ella bajó la ventanilla y le preguntó.
—¿Todavía bailas?
—No. Cristina, dejé de bailar desde que ganamos la Preliminar del Mundial en San Francisco. Yo si cumplí pero el mundo supongo te agradece no haber cumplido tu promesa. Se hubieran privado de tu talento. La otra noche en el Auditorio Nacional, me dio miedo fallar, pero creo que “nadie quedó vivo” ¿cierto?
Cristina fue ahora la que no contestó, aceleró el automóvil y salió a la calle con destino a cualquier parte. Dante quedó recargado sobre la puerta de la cochera del condominio por varios minutos en la oscuridad y llorando por última vez a Cristina.
Cristina
aparcó el automóvil en cuanto se supo lejos de Dante. Luego tomó su teléfono y
llamó a Miranda.
—Wicca, ¿puedo quedarme en tu casa hoy?
—¿Qué no estás en Cancún?
—No, no di el paso. Decidí que ya no voy a dejar que me lleven. ¿Puedo?
—Sí, claro, mi casa está en…
Y así fue, luego de que la Wicca le presentó a su familia y que cenaron algo, las dos mujeres se sentaron a ver una película.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó la Wicca ignorando totalmente el filme que además era aburrido.
—No sé. No tengo ni puta idea.
—Bueno, no sé si aquí puedas ganar tan bien como allá en Argentina. Te puedes quedar a vivir aquí hasta que encuentres algo y puedas…
—Sí, ya sé.
—La clase de Jordana está vacante ¿sabes?
—¿Qué pasó con ella?
—Se fue, nadie sabe a dónde. No fuiste la única que huyó, debes saber que no solo de ti se podrían escribir tangos.
—Wicca, ¿tienes impresora y esas cosas?
—Sí, ¿por?
Al día
siguiente, el Mustang aparcó justo enfrente de la Casa de la Cultura ******.
Cuando Cristina hubo bajado del auto recordó que no había tomado su bolso.
Trató de abrir el automóvil pero olvidó desactivar el sistema de seguros
eléctricos del automóvil que era complicado y descubrió que, en efecto, no
podía desactivar los seguros. Estaba frustrada y apretaba en diferente orden
los botones del control remoto de los seguros sin éxito.
—¡Me lleva la chingada! ¡Ábrete! —le dijo al automóvil mientras se colocaba delante del cofre de este.
—¡¿Y tú eres todo lo que yo saco de todo esto?! ¡Todos tienen familia e hijos, yo en cambio no tengo a nadie y ya ni trabajo tengo, lo único que tengo es a ti, pinche coche de mierda que no se abre!
Entre su enojo Cristina apenas si notó que la observaban dos individuos, para cuando lo notó uno de esos individuos ya le olfateaba los zapatos, era un hermoso perro con pinta de pastor inglés. Cristina nunca tuvo fascinación por los perros pero ese le parecía hermoso y le acarició la melena. Entonces alzó la vista y miró al otro individuo que llevaba una correa en la mano.
—¡Clarión, ven! —ordenó al perro un hombre de mediana edad que no era singularmente atractivo pero que tenía un aire de intelectual que lo hacía interesante.
—Hola, discúlpelo. Su conversación con su automóvil le llamó la atención. ¿Discute así todo el tiempo con su auto? —bromeó el hombre.
—No, es solo que no lo puedo abrir.
El hombre se acercó hasta ella y le pidió las llaves.
—¿Me deja intentarlo?
Cristina le dio las llaves y el hombre tampoco pudo encontrar el mecanismo correcto para abrir el Mustang.
—Me lleva la chingada, no se abre. Bueno, una cosa es segura, nadie lo robará. Escuche, yo vivo cerca de aquí y se dónde hay un cerrajero. Voy a llamarlo y mientras él llega usted puede hacer lo que iba a hacer en la casa de la cultura. Viene aquí, ¿cierto?
—Sí, vengo a pedir trabajo.
—Ah, ¿es usted artista?
—Bueno, bailo.
—Felicidades, yo tengo problemas para coordinar mis pies, soy lo que llamarían alguien con dos pies izquierdos. Apenas si los coordino para caminar
—Bueno, no es tan difícil.
El hombre llamó al cerrajero a través de su celular. Cristina, tenía en la mano su currículo y así decidió entrar a la casa de la cultura.
—El cerrajero tardará veinte minutos, yo lo esperaré aquí con Clarión, usted vaya, vaya…
—Es usted muy amable. No sé cómo agradecerle.
—No tiene que hacerlo, pero si me deja luego tomar un café con usted yo sería un hombre afortunado.
Cristina esbozó una sonrisa y el caballero le devolvió otra más grande.
—Sí, está bien.
—Gracias, espero que consiga el trabajo, estoy seguro que se lo van a dar.
—Gracias, y bueno usted… huele bien.
El caballero se sonrojo y Cristina también, ella salió huyendo o, mejor dicho, entró huyendo a la casa de la cultura mientras se decía así misma —Estúpida, eres una estúpida ¿huele bien? ¿Qué clase de respuesta es esa?
Pero se iba
riendo, estaba ilusionada.
Esa mañana, Daza, la ex reina del tango, entró por la puerta de estilo colonial de la casa de la cultura ***** y ahí pidió hablar con la administradora del lugar. Era esta una mujer de mediana edad con amplia experiencia burocrática pero que al ver el currículo de Daza no pudo dejar de sentir curiosidad.
—¿Por qué me muestra usted esto?
—Sé que el espacio de la clase de tango está abierto. Quería, ocuparlo.
—Sí, se ve que usted tiene una amplia experiencia en eso. Campeona mundial, programas de televisión. ¿Por qué alguien como usted, sobre-calificada, querría enseñar en esta escuela?
—Bueno, yo di mis primeros pasos en este lugar. En el salón del segundo piso. Con la maestra Jordana.
La burócrata miró a Daza y notó en los ojos de la bailarina la primera cosa autentica en todos esos años que llevaba administrado aquel inmueble gubernamental. Dos días después, la clase de tango de la casa de la cultura ***** estaba otra vez abierta. Daza se presentó un martes a dar su primera clase. Solo había cuatro alumnos inscritos: una mujer divorciada pasada de los cincuenta años y los ochenta kilos; un hombre oficinista de esos que viven atrapados por la rutina del yugo de los supervisores despóticos y que vestía una traje imitación Armani gastado y de colores tristes; un hombre canoso sin chiste, de vestimenta insípida y actitud distraída; y un joven de gafas y con la cara tapizada de granos.
—¡Buenas tardes! —comenzó a decir la nueva maestra—, el tango es una danza, quizás una de las más terribles, dramáticas y contundentes. Necesitas valor para bailar tango y el juego es mortal, pues hacen falta dos. Para sentir el tango debes tener el corazón abierto. Gózalo, vívelo y luego...
Una chica vestida con jeans rotos, botas estilo militar y un vestido tan roto como los jeans, azotó la puerta al entrar al salón e interrumpió a Daza.
—Disculpa ¿estás inscrita?
—No, es mi hija —explicó apenada la mujer divorciada.
Daza entonces se acercó hasta la joven que no pasaba de los veinte años.
—¡Oye! —le gritó para que esta le prestara atención y se quitara los audífonos—¿Bailas tango? ¿Cómo te llamas?
—¡¿Qué?! Me llamó Jessica. No. No vengo a bailar, solo vine a acompañar a mi mamá. No se ofenda pero esto es un baile para viejitos. Mi mamá lo ama, pero yo odio este baile.
—¿Ah, sí? ¿Qué tipo de música escuchas tú?
—Reggeton y esas cosas.
—Escucha, la primera clase la puedes tomar gratis, pero las siguientes las tendrás que pagar ¿de acuerdo?
—No, ¿quién le dijo que yo quería bailar esto?
—Ya veremos; eres alta, tienes el porte y la actitud. Podrías ser muy buena en esto. Cuando quieras puedes unirte al grupo.
Daza se alejó de la chica para continuar la clase, Jessica por su parte se quedó impresionada pues por primera vez escuchó de alguien que podía ser buena en algo. Y el piso de mosaico de aquel lugar volvió a tener vida y por las ventanas de ese salón hacia el exterior se volvieron a escuchar tangos todos los días a partir de las siete de la noche, el Mustang aparcado siempre en el mismo sitio, y de vez en cuando los ladridos de Clarión interrumpían al triste bandoneón que ya no era más arrabalero. Y la rueda de milonga fue.
—¡Jessica, sobre metatarsos, espalda derecha, camina, uno, dos, tres; al tiempo, uno, dos…!

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