jueves, 16 de abril de 2020

9 PAPÁ y MAMÁ



En los últimos años mamá se había vuelto una figura extraña para mí. Prácticamente habíamos dejado de ser madre e hija para convertirnos en roommates convencionales. No nos veíamos ni nos hablábamos. Para empezar, yo todos los días tenía que ir a la escuela y eso implicaba levantarme a las seis de la mañana, hora en que mamá todavía estaba dormida. No requería de ella para preparar mis cosas y hacerme un desayuno decente, en eso yo era autosuficiente y en el refrigerador siempre había todo lo necesario, aunque en realidad nunca me pregunté de dónde salía toda esa comida, sabía que mamá la compraba en algún momento del día pero fuera de eso para mí era un hecho normal que ese refrigerador estuviera siempre lleno de comida. La última vez que habíamos cruzado palabra ella y yo, había sido cuando me habían expulsado de la escuela; esa ocasión había sido un monologo de su parte acompañado de un llanto amargo y efectivo que me hizo sentir culpable y me había comprometido a ser “mejor hija”, sea lo que sea que eso significaba. El domingo era el único día que ella no salía de casa, por ello yo buscaba estar fuera durante los fines de semana, de lo contrario me lo pasaba enclaustrada en mi cuarto con enorme letrero de “No molestar” en la puerta.

El domingo siguiente al juego de básquetbol y antes de verme con mis amigas para la milonga a la que les había prometido acompañar, mamá y yo nos encontramos casualmente en el comedor. Ella preparaba una especie de emparedado y se servía una copa de vino. Siempre había vino en la casa y esa era una ley divina para ella que esa mañana estaba todavía vestida con su bata de dormir y era evidente que no se había duchado pero siempre se lavaba la cara tres veces al día. Su cabello estaba teñido de un color marrón que a mí me parecía horrible y lo llevaba sujeto con un prendedor sin gracia. Mamá trataba de parecer la joven rebelde que había sido durante los ochenta pero su intento era realmente lamentable a mis ojos. Sus uñas delataban que ayer, o quizás antier, había tenido una sesión de manicure, pero el barniz ya estaba cuarteado y maltratado debido a que la mayor parte de su tiempo sus dedos presionaban a velocidad impresionante las teclas del teclado de la computadora. En esas manos se leía ya la edad, comenzaban a presentar arrugas y manchas mismas que se repetían en sus párpados y comisuras de la boca.

—Hola —dije con cierta timidez. Ella levantó la vista y me miró inexpresiva, luego puso el emparedado terminado en un plato y me lo acercó.

—Come —me dijo—, es de jamón serrano.

Luego comenzó a preparar otro. Yo por mi parte miré aquel alimento sin mucho entusiasmo, no tenía idea de que el mentado jamón serrano era un lujo en un país como el nuestro, y además acababa de levantarme y no tenía hambre. Yo había ido a la cocina para sacar del refrigerador una cerveza que había colocado ahí la semana pasada.

—Mamá, ¿dónde está la cerveza que estaba aquí hace tres días? —dije con las manos en los bolsillos y con un poco de temor, odiaba esa sensación de temor cada que hablaba con alguno de mis padres.

—No sé de qué me hablas. Además aquí no puedes beber.

—Mamá, lo que hace que en este refrigerador no quepa nada más son tus botellas de vino. Yo solo había guardado una cerveza que me había sobrado.

—Cristina, no hay discusión posible contigo.

—Bueno, mamá, parece que tampoco contigo.

Ella se acomodó los lentes que regularmente usaba para que el monitor de la computadora no le terminara de arrebatar la vista antes de cumplir sesenta.

—Como quieras, pero no sé de qué cerveza hablas. Quizás se la bebió tu papá.

—¡Maldición!

Me senté en una de las sillas del comedor frente al emparedado que ella me había preparado, o que mejor dicho me había ofrecido por cortesía. Entonces pensé que eso no era tan malo, era de hecho algo lindo: ¡Mamá había hecho algo lindo por mí! Claro si olvidábamos lo de la cerveza que seguramente no se la había bebido mi papá. Pero aun así…

—Gracias por el sándwich, Mamá. ¿Y cómo te ha ido?

Ella se acomodó los lentes otra vez, era su muletilla para indicar que había recibido un estímulo que la perturbaba.

—¿Hiciste algo malo Cristina? ¿Ahora qué ocurrió? —preguntó ella con desanimo, como preparándose para una embestida.

—No, nada esta vez, de hecho creo que voy bastante bien. No me han reportado ni nada en la escuela, mamá. Solo te preguntaba que cómo estabas y ya…

—Era lo que menos podíamos esperar, es tu responsabilidad, Cristina. Lo único que realmente tu padre y yo podremos dejarte es tu educación.

Esa idea me la había repetido mi madre mil veces la última vez que habíamos hablado, esa ocasión el discurso tenía sentido: me acababan de expulsar del colegio pero en ese momento la frase me pareció trillada y vacía, me molestó en sobremanera.

—¡Mamá, solo quiero hablar contigo! ¡No hice nada malo! No siempre ando haciendo…

—¿Pendejadas? ¿Qué? ¿Use un lenguaje muy fuerte? No pongas esa cara Cristina, te he oído hablar con tus amigos. Es lamentable.

Ahora se metía con mi forma de hablar, me sentía hostigada, yo había arribado a la cocina sin ninguna intención de pelear y ella me jodía.

—Mamá, escucha, tranquilízate, solo te pregunte algo para hacer plática.

—¿Qué cosa? ¿De verdad quieres hablar conmigo? —preguntó ella interesada, al parecer el que yo le preguntara cualquier cosa era algo era totalmente bizarro.

—Bueno, pues tú eres escritora…

—Si escribir horóscopos en las revistas que leen los pasajeros en los aviones es ser escritora, sí, soy escritora.

Aquella declaración me había caído de sorpresa, yo imaginaba a mi madre escribiendo en periódicos serios hablando sobre los derechos de las mujeres.

—Pero también escribes otras cosas ¿no?

—No… no más, desde hace años.

—Pero papá me dice que tú escribes en periódicos y todo eso… que tienes libros escritos…

—¿Eso te dice tu papá? ¡Me parte un rayo!, aún me quiere. No, Cristina, escribo lo que los Cáncer deben decir a las Géminis si quieren tener sexo con ellas. Cosas así. Pero es un buen trabajo, pagó el jamón serrano que por cierto ni siquiera has probado.

—Mamá, no tengo mucha hambre, lo comeré más tarde ¿ok? Pero ¿Qué hay de los libros? ¿Si escribiste no?

—Sí, hace veinte años, antes de que nacieras, pero dudo que haya ediciones nuevas, hace mucho que no recibo un cheque de regalías y la verdad nunca se vendió tanto. ¿Pero todo esto a que viene? ¿Qué te sucede?

—Nada —dije ahora no muy segura de esgrimir una respuesta. Además, la imagen de mi madre como oráculo de sabiduría se había ido por el caño, y el que se sirviera otra copa de vino no ayudaba en nada restaurar mi temerosa admiración por ella; en cambio me hacía verla solo como una fracasada. Pero, ¡al diablo! Decidí tratar de ver hasta dónde podía llegar aquella “plática”.

—¿Tú qué opinas de… —caí en cuenta de que no tenía idea de qué preguntar, así seguí el tema más fácil que Magda me había dejado el día del juego—las mujeres?

Mi madre dio un sorbo a su bebida, me miró de reojo y luego de poner la copa otra vez en la mesa con ligera fuerza para que esta produjera un sonido de casi romperse me dijo.

—¿Qué mujeres?

—¿De todas?

—¿De todas? Si es así no tengo una opinión concreta, hay muchos tipos de mujeres, de países diferentes, culturas, edades, circunstancias de vida. Tu pregunta no tiene una respuesta. Cristina, no te has embarazado ¿verdad? tuvimos está platica hace unos años ya. No me digas que la tendremos que repetir.

En efecto la habíamos tenido, una plática enorme, de casi tres horas en dónde se me dieron instrucciones precisas de cómo usar una toalla femenina, condones femeninos y masculinos, un reporte completo de los cambios físicos que entonces me esperaban, mucha biología y términos extraños para mí en ese entonces, pero al final todo me había quedado muy claro: iba a estar cabrón eso de la sexualidad. 

—No, mamá, no estoy embarazada y el que pienses eso es una tontería.

Mamá dio otro sorbo al vino, miró a la mesa, respiró, parecía que iba a decir algo importante.

—Pon el sándwich en el refrigerador sino te lo vas comer ahora —dijo, eso sí, muy seria.

—¡Mamá! —exclamé desesperada mientras ella se escapaba por el pasillo hacía su cuarto.

—¡Mamá, creo que debes saber que tengo nuevas amigas y que bailo tango!, o al menos intento aprender. ¡También estoy en un equipo de básquetbol y en la escuela hay un prefecto terrible pero no he pisado su oficina en todo este tiempo!

Mamá se detuvo en su escape, no volteó a verme.

—Es bueno saberlo. Es agradable saberlo, ¿y el amor?

Un tirabuzón me había dado en la cara, mamá hacía una pregunta muy íntima, pero decidí abrirme, además se había dado vuelta y me miraba como hacía mucho lo hacía. Le dije lo que ni siquiera le había dicho a Alina o a Miranda:

—Creo que estoy enamorada de Toño.

—Qué curioso, ¿no habían terminado?

—Sí, pero creo que me he dado cuenta de que lo quiero y él también me quiere.

Quisiera decirles que el resto de la mañana mi mamá y yo estuvimos platicando muy a gusto sobre un montón de cosas de madre e hija, pero no puedo: ella se metió a su cuarto y solo salió cincuenta minutos después para buscar otra botella de vino. Yo me puse mis audífonos y aproveché para hacer algo de tarea atrasada, pensé que al menos alguna de las dos inquilinas de la casa debía comportarse como un adulto responsable. 

Entonces llegó papá. Él tenía llaves de la casa así que no lo escuché cuando entró. De hecho, él tuvo que gritarme para sacarme de mi mundo privado de hip-hop.

—¿¡Qué?! ­—dije cuando el levantó uno de los audífonos de mi oreja.

—¿Qué haces? —dijo papá sentándose en uno de los sillones que la componían.

—Tarea.

—¡¿En serio?!

—¡Papá! ¿¡Qué tiene de impresionante?!

—Nada, nada… ¿Dónde está tu mamá?

—Arriba. Pero te advierto: se subió el vino a su cuarto.

—¿Me adviertes? Me encantan las mujeres embriagadas con vino.

—¡Papá, no me hables de eso! ¡Soy tu hija! Por cierto, hablando de mujeres embriagadas. ¿Tú te tomaste mi cerveza?

—¿Qué? No, yo no tomo esas cosas, ¿era Sol no?

—No es tan mala, Papá. Pero no me das dinero como para comprar cosas más finas…

—En unos años Cristina, todavía no eres adulta.

—Ni cuando sea adulta me darás dinero, Papá.

En eso mi mamá apareció. Era la primera vez en el año que estábamos reunidos, la última vez había sido la glamorosa cena de navidad del sindicato petrolero a la que Papá había sido invitado.

—Si le das dinero solo la echaras a perder más de lo que ya está —dijo mi mamá sosteniendo con una de sus manos el cuello de la botella de vino vacía. Luego se sentó en el sofá.

—Pero podemos darle en especie —dijo ella.

—¿En especie? —preguntó Papá.

—Baila tango ¿sabes?

—¿Tango? ¿Qué pasó con el hip-hop, la poesía mundana de la calle?

—A mí me gusta más que baile tango.

—Bueno, que haga lo que quiera pero que lo haga. Eso es mejor que cuando está encerrada en su cuarto todo el día. Y no me mires así Cristina, digo la verdad. Ya era tiempo de que encontrarás algo que te apasionara pero que no solo lo dijeras de dientes para afuera. Si en la escuela eres un desastre es quizás porque a lo mejor eres bailarina, el sistema educativo no está diseñado para la gente artista, quizás por eso has fallado tanto…

—¡Hey, escuchen, yo no soy apasionada del tango, solo lo bailo y ya!

—¿Y ya? ¿Cómo que “y ya”? —preguntó Papá—, si no te gusta no lo hagas. Es la cosa más ridícula hacer lo que a uno no le gusta cuando nadie o nada le obliga  a hacerlo.

—Como Mamá —dije con cierta molestia.

—No. A tu madre le gusta escribir…

—Horóscopos —recalqué.

—Cristina, ¿qué pretendes? —preguntó Mamá con toda la calma que le daba el sopor de la vid.

—Bueno, que ustedes no son así como que el mejor ejemplo de hacer lo que les gusta. Tú escribes horóscopos y pareces odiar eso, por eso bebes esa cosa todo el tiempo. Y tu Papá, no tienes trabajo.

—Estoy en la lucha social…

—Pero nadie te paga por eso…

—Porque…

—¡Porque eres rico! Pero a tu familia no le das nada de lo que tienes porque según tu eso sería traicionar tus principios, como si tener pobre a tu familia fuera muy socialista…

—No soy socialista, Cristina, y si no despilfarramos el dinero en esta casa es porque…

—¡Esta no es tu casa, Papá! En tu casa hay muebles mejores que estos —dije señalando el viejo pero estoico sofá de nuestra sala.

Ya está, se los había dicho, todo lo que tenía escondido, todo lo que tenía reservado. Los dos me miraban sin decir palabra. Por primera vez en mi vida les había ganado un debate. Durante mucho tiempo había estado molesta con ellos y los había tolerado porque en realidad sabía que yo también era un desastre. Entonces, me levanté como una persona que se había liberado: yo era al fin una emancipada, les había dicho a mis padres sus verdades y…

—¿A dónde vas? —preguntó Mamá, al ver que iba hacía la calle.

—Bueno…

Pensé un momento: era horrible, iba a la milonga a bailar tango, justo lo que odiaba hacer y nadie me obligaba a hacer.

—¡Mierda! —exclamé y me fui azotando la puerta.

Luego, recordé que había olvidado los pinches zapatos de tango y tuve que volver a entrar a esa sala.

—¿Qué pasó? —preguntó esta vez Papa.

—Olvidó sus zapatos —apuntó Mamá.

Fui por los zapatos a mi cuarto y cuando bajé ellos seguían ahí.

—Buen martirio tengas, hija —dijo Papá con una sonrisa burlona.
Eso me hizo detenerme un momento en la puerta, sin cerrarla, entonces alcancé a escuchar…

—Me gusta que baile tango a mí también. Pero ¿por qué es tan complicada? —preguntaba mi Papá a Mamá.

—No metas cuestiones de género o tendremos un debate muy intenso en la cama…

Y harta, molesta y frustrada fui a hacer algo que en realidad a mí también me estaba gustando, de a poco, pero me estaba gustando.

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