jueves, 16 de abril de 2020

8 MAGDA



El domingo, sin saber qué fuerza extraña me motivaba, estuve puntual en la puerta del deportivo Carranza. Llevaba ropa deportiva, cosa que me era fácil pues si Magda me hubiese pedido ropa formal o muy fashion ahí sí que hubiera tenido bastantes problemas. Ella por su parte llegó cinco minutos tarde pero la acompañaban otras cuatro chicas, todas ataviadas con el mismo diseño de ropa deportiva y voluminosas maletas que parecían contener más artículos del kit deportivo. Magda me presentó de manera rápida a todas, tan rápido que no pude memorizar sus nombres, parecían eso sí, chicas enrolladas; ya saben, eran simplemente parte de la tribu femenina urbana de México. Al parecer había prisa, corrimos todas hasta lo que parecía ser el gimnasio del deportivo, yo aún no sabía qué demonios hacía ahí, entramos y entonces vi otro grupo de chicas que practicaban en una cancha de basquetbol. La duela de la cancha era linda, de esa que brilla y no rechina. Las chicas parecían estar calentando aunque no se veía por ningún lado a su rival.

—¡Hey!, creo que no ha llegado su rival —dije en forma medio burlona.

—Su rival somos nosotras —me dijo Magda al tiempo que se quitaba los pantalones deportivos que traía puestos y dejaba ver el uniforme rojo de básquetbol que llevaba debajo. Aquello me dejó helada, pero aún más cuando me dijo que tomara mi uniforme y que podía irme a cambiar al baño que estaba al fondo del pasillo principal del gimnasio.

—Espera, espera, ¿yo voy a jugar ahora?

—No la primera mitad, pero seguramente en la segunda. ¿Te sabes las reglas del juego?

Las sabía, eran parte básica de la materia de educación física de todas las escuelas de educación media de todo el país, pero una cosa era conocer las reglas y otra jugar, si bien había jugado alguna vez con mis amigos y otras veces en la escuela, este era sin duda mi primer juego oficial, árbitro incluido.

—Sí, me las sé, pero me hubieras dicho…

—No había tiempo —contestó Magda y con un gesto de autoridad me pidió que me apresurara.

Las otras chicas ya estaban en el campo y yo procedí a buscar el dichoso baño que me serviría de vestidor. Lo encontré y comencé a ponerme el uniforme, me habían dado el número trece en el dorsal. En el espejo del sanitario me vi vestida y pensé que era yo un total desastre, me veía ridícula. Con toda la vergüenza del mundo regresé por ese interminable pasillo por el que casi nadie pasaba pero desde el cual ya se escuchaba el rumor del juego: los gritos de las chicas, el murmullo del público, los silbatazos de los árbitros. De regreso a la cancha me puse a mirar el espectáculo aquel, por fortuna Magda había dicho que yo no jugaría la primera mitad así que eso en cierta manera me daba quince minutos de confort, un triste consuelo. La historia se repetía, estaba yo otra vez en un lugar donde no quería estar, apunto de realizar una actividad por la cual yo no tenía ningún interés.

Traté de recordar cómo debía botarse el balón y traía a mi mente todo lo que había aprendido en mis clases de deportes que eran, después de todo, una farsa. Mi mente se bloqueaba y regresaba a estar nerviosa, una ansiedad me embriagaba el cuerpo y mi vista se dirigía totalmente a la duela que estaba debajo de mis pies. Entonces levanté la vista y traté de mirar un poco el juego, lo cierto es que estas chicas tampoco eran tan buenas. Yo era más alta que casi todas ellas. Comencé a notar que Magda era la estrella del juego, participaba siempre a la defensa y al ataque, su mejor ayudante era un chica morena y bajita pero igual de habilidosa y que todas llamaban Ester, las otras tres chicas cometían errores que me parecían básicos, noté entonces que una de las chicas no eran tan “chica”, era más una mujer de cincuenta años de edad y era de las que más errores cometía. Por su parte el equipo contrario era también un corolario de talento y estupidez que pronto comenzó a darme confianza. Sentí entonces que no estaba tan fuera de lugar, y definitivamente no podría ser más inepta para el juego que algunas de las chicas que estaban ahí dentro.

La primera mitad terminó y al parecer íbamos ganando. Las chicas regresaron a la banca donde yo estaba sentada y se notaban agotadas. De las maletas sacaron varias botellas de agua de las cuales bebían copiosamente.  Magda dio algunas instrucciones a las chicas y luego se refirió a mí.

—Cristina en dos minutos entras por Lisa —no había ubicado quién era Lisa, pero ese no era el mayor de mis problemas —. Vas de poste —continuó Magda refiriéndose a mí. ¿Poste? ¿Qué demonios se hacía en la posición de poste? No me atreví a preguntar.

La segunda mitad comenzó, mis nervios aumentaron, pensé en salir huyendo de ahí pero en esos planes de escape andaba cuando al parecer habían pasado los dos minutos y Lisa, la mujer que aparentaba cincuenta años, me pidió el cambio totalmente exhausta. Entré al juego y Magda me indicó que siempre me colocara debajo de la canasta y así lo hice al ataque y a la defensa. Corría con el resto siguiendo el movimiento del juego que asimilaba a un oleaje de mar agitado y me bastaron dos esprintes para quedar totalmente vacía de fuerzas. Magda se me acercaba constantemente para decirme que lo estaba haciendo bien y creo que al fin no eran halagos fáciles, realmente lograba estorbar el trabajo del equipo contrario, no recuperaba ningún balón pero mi altura les hacía imposible pensar en tirar a la canasta delante de mi persona. Una pausa en el juego me dio un respiro y pensé en pedirle a Lisa el cambio nuevamente pero Lisa ya estaba en el campo y ahora la que estaba en la banca era otra chica exhausta, eso arruinaba mis planes de huida otra vez. Corrí de lado a lado del campo durante lo que me pareció una eternidad y me contentaba con ser un estorbo eficiente; pero entonces, estando al ataque logré capturar un rebote debajo de la canasta y rápidamente, en un solo movimiento, estiré mis manos lo mejor que pude para dirigir el balón hacía el aro y la bola entró luego de coquetear un poco con el tablero. Me sentí increíble. Un sentimiento de satisfacción me dio renovadas fuerzas, el cansancio se fue al demonio y la adrenalina me hizo correr con más fuerza. Se acercaban los últimos instantes del partido y Magda parecía muy nerviosa, daba gritos a todas y por fortuna Ester, la chica morena y bajita, seguía siendo su socia más efectiva.

—¿Qué sucede? —pregunté durante un tiempo fuera a Magda.

—Vamos ganando por una canasta, ya no tienen tiempo, es su último ataque. Debemos defendernos bien —explicó.

Entendí la gravedad del asunto, era una de esas jugadas que les encantaban a los cronistas deportivos, pero esta era solo una liga local femenina amateur de discutible nivel. Aun así, para mí el caso tomaba proporciones épicas.

El otro equipo inició su ataque desde la mitad del campo, mi labor era estorbar lo más posible a la jugadora contraria que me había sido asignada, por fortuna a esta no le dieron el balón que tampoco pasó por mis manos en esos últimos segundos del juego. Y al final, Magda recuperó el balón y aunque fallamos el último tiro, el partido había acabado.
Cuando los árbitros decretaron el final, Magda dio un salto grande de festejo, las otras chicas corrieron a abrazarla y yo con más calma me acerqué hacía esa felicidad representada por cinco mujeres, cinco desconocidas, con las que ahora había formado un equipo. ¡Carajo, el triunfo se sentía tan bien!

Magda me ofreció una botella de agua que bebí tan rápido que ni me di cuenta. Algunas de las chicas iban al baño a cambiarse y yo pensé en hacer lo mismo para regresar el uniforme, así lo hice y cuando se lo entregué a Magda ella no me lo aceptó.

—Ahora es tuyo —me dijo. Entonces todas nos dirigimos hacia afuera del gimnasio, aún estaba esa felicidad en cada una. Entre ellas platicaban cosas del partido y se hacían bromas, algunos de sus chistes yo no los entendía pues hacían referencia a cosas anteriores que como grupo ellas habían vivido, eso me recordaba que yo era nueva en el grupo, una completa extraña, pero cuando cada una se despidió de mi lo hizo dándome un abrazo y un beso, era curioso ser extraña y recibir tan cálido trato.

Finalmente quedamos yo y Magda a solas. Yo necesitaba algunas respuestas así que…

—¿Por qué no me dijiste que era un juego de basquetbol?

—Ya te dije, no tuve el tiempo pero ¿te gusto? ¿No?

—Bueno, sí, fue emocionante.

—Bien. Ahora, entrenamos los miércoles y viernes aquí en las canchas de afuera, a las cinco, por favor no faltes. Como te decía nos faltaba una como tú: una guerrera alta.

Magda dijo eso con su rostro iluminado por una sonrisa. Me dio tanta curiosidad esa niña que no pude evitar preguntar más por su vida.

—Entonces bailas tango y juegas basquetbol ¿no?

—Sí, y otras cosas, la escuela, por ejemplo.

—¿Desde cuándo juegas basquetbol, Magda?, lo haces muy bien. Eras todo un espectáculo hace rato.

—No sé, en la escuela.

—Sí, pero vamos, ¿desde cuándo? Lo hacías todo muy fácil.

—No lo sé, Cristina. Me gusta y ya, tu necesitabas hacer deporte y a mí me faltaba una jugadora para el equipo. Y nos fue bien.

—¿Yo necesitaba hacer deporte?

—Bueno, te preocupaste por tener cuerpo de vaca; además, no te ofendas pero se nota que no haces mucho deporte y he visto que fumas. Hoy sudaste litros y litros pero con el tiempo te irás sintiendo mejor.

—Sí, ¡maldición!, siento que la cabeza me va a estallar…

—Hoy duérmete temprano. Mañana el cuerpo te dolerá mucho pero eso es solo al principio, ya verás cómo te sentirás mejor.

—¿Me vas a pedir que deje de fumar, Magda?

—No, al carajo, yo no soy una puta doctora.

Magda caminaba rápido por los caminos para corredores rodeados de árboles del deportivo, yo apenas si podía mantenerle el paso. Entonces llegadas a un prado ella se detuvo, puso sus cosas en el suelo y se sentó sobre el césped. Yo la seguí.

—Entonces ¿te gusta mucho esto del deporte? —insistí.

—Pues lo hago diario. Esto, fútbol, patinar, andar en bicicleta, todos los deportes que pueda hacer y que no necesitan mucho dinero. Es lo que sé hacer, me vale mierda que me digan que eso no es de mujeres. Pero yo sé que al mismo tiempo los güeyes sueñan conmigo y se masturban pensando en mí, hijos de su puta madre… 

—Sí, ya había notado que eres bonita… —y ahora, además, me parecía pretenciosa.

—Ves…

—Eso sí, la otra chica Ester, es también muy buena, la morenita…

—Pinche Ester, es mi mejor amiga, es igual que yo, le entra a todo, la invito siempre a todos los equipos y siempre dice que sí y es muy buena la cabrona, pero a ella sus papás si la quieren meter al COI ¿Sabes qué es eso?

—No, ni puta idea.

—Es el instituto del deporte, donde te preparan para las olimpiadas.

—¿Qué a ti tus papás no te ayudan? ¿No ten enseñaron ellos esto del deporte?

—No, ¡al carajo!, ellos no hacen nada. Fue la calle. Ahí aprendí a hacer todas estas madres y así creo que me entretuve más y no fui tan pendeja para embarazarme luego, luego. El puto deporte lo aprendí en la calle, con la banda.

Ahí estaba otra chica que en la calle había encontrado su vocación.

—¿Y por qué bailas tango? Eso no es tan barato y no se aprende en la calle.

—Bailo otras cosas, el tango es solo lo de hoy, pero he tomado clases de todo, se bailar salsa, chachachá, reggaetón, electrónica y hasta tomé clases de jazz, tu amiga no fue la única… —dijo Magda en clara alusión a Miranda y sus zapatos de jazz.

—¡Puta madre, eres muy activa! Ya me dijiste que no eres pendeja para embarazarte pero ¿A poco no has tenido sexo?

—¿Sexo? Sí, claro, pero no tengo tantos novios como tú  —Magda río un poco, pero creo que notó que aquello me había molestado así que bajo la mirada en un acto de vergüenza impulsivo.

—¡Hey!, ¿cómo sabes que yo tenía muchos novios?

—Me lo dijo tu amiga, la rubia. No te enojes, le pregunté muchas cosas sobre ti, no te iba a invitar a mi equipo así nada más —Magda dijo eso último a manera de chiste, como riéndose, pero en su gesto había algo de verdad, parecía una persona que quería tomarme confianza pero al mismo tiempo tomaba sus precauciones.

—¿Has hablado mucho con ellas?

—¿Con tus amigas? No tanto, le hablo más a la rubia, no te ofendas pero a tu amiga Alina no le agrado.

—¿De verdad? ¿Por qué?

—Pues porque a ella simplemente no le caigo. Es una larga historia.

—¿Cómo sabes que no le caes? ¿Te ha hecho alguna jodida cosa?

—Digamos que la conozco hace mucho.

—¿Hace mucho?... ¿Cuánto?

—Desde la primaria creo.

—¿Entonces sabes lo que le pasó?

—Sí. Vivimos muy cerca, es mi vecina. Antes de tener la cara así, se pasaba de cabrona, se creía la gran verga en todo. A veces pienso que eso de la cara le vino bien pero luego pienso: chale ¡qué culero! En verdad era una tipa insoportable y pues yo no me quedo callada, nos peleamos varias veces de mocosas y ya más grandes ni nos hablábamos.

—¿Hace cuánto le pasó el accidente?

—No tendrá dos años. La verdad qué culero que se quede así, pero en parte se lo merece. Se daba muchos aires y pues si estaba bonita la chava pero ni al caso, vivimos en una colonia bien culera y esos aires de grandeza ahí no quedan. Muchos pensarían que es el puto karma. Pero ha aguantado la cabrona, no dejó el tango. El día en que tomé mi primera clase con Jordana ella no dejó de mirarme, yo al principio no la reconocí pues tenía un putero de no verla porque ya no íbamos a la misma escuela y unos años yo me fui a vivir con unos tíos mientras mis jefes se divorciaban. Pero luego me acordé quién era y pues con lo de su cara yo ni la reconocía, no quería ni mirarla, pero ya ves que es como la asistente de la maestra. Tu amiga quiere ser la mejor bailarina de tango ¿sabes? Se lo ha dicho a la misma Jordana. No creo que pueda ser tan buena pero si tiene éxito que chido, aunque con esa cara… Pero nel, yo mejor tranquis, no me meto en chismes.

Magda miraba al horizonte que en realidad no tenía ningún atractivo: un prado verde donde algunos chicos jugaban fútbol y unas señoras improvisaban una clase de yoga muy aburrida.

—¿Tu otra amiga, la rubia, qué onda con ella? —preguntó entonces Magda.

—Bueno, no lo sé, sabes la conozco hace poco, además yo tampoco me meto en chismes —dije con cierto ánimo de venganza de que ella no había querido seguirme contado. Ella solo río y no dijo nada más —. ¿Y tú Magda? ¿Qué onda contigo? ¿Qué quieres de la vida?

Magda pensó un poco la respuesta pero al final solo dijo —no tengo ni puta idea. ¿Y tú?

Tomé el boomerang que Magda me lanzaba de la manera más sería. Pensé un momento en lo que había dicho sobre Alina, sobre su aguante a pesar de lo que le pasaba y como la vida le había cambiado de forma imperdonable y aun así seguía soñando con ser la mejor bailarina de tango. También recalé en lo poco que conocía a Miranda y sus aspiraciones, estaba segura que mi amiga no querría ser bruja ni tampoco parecía querer ser una gran bailarina ni una gran artista aunque sin duda, de las tres, era la que más sensibilidad mostraba ante las artes. Por mi parte, si me hubiesen hecho esa pregunta apenas unos meses atrás, quizás hubiese dicho que grabar un disco de hip hop y vivir escribiendo rimas sin preocuparme por nada más, pero caí en cuenta de que tenía varios días sin hacer eso y en realidad no había hecho nada serio para poder ser una MC respetable, además de que no sabía absolutamente nada sobre grabar discos. Luego entonces, solo pude decir:

—No, yo tampoco tengo ni puta idea de qué quiero con mi vida.

—Una cosa sí sé —dijo Magda—, no quiero quedarme aquí, en esta ciudad, en este puto país.

—¿Por qué?

—Porque es una mierda, Cristina; está lleno de gente pendeja. Todos tienen caca en el cerebro.

—¿Pero cómo sabes que en otros lugares es diferente?

—Pues yo creo…

—¿Qué conoces? ¿A dónde has ido?

—No más allá de Cuernavaca.

—Entonces, si ni de Cuernavaca has pasado ¿ahora te vas a ir a París? —pregunté escéptica.

—No, París también es horrible —dijo Magda de la famosa ciudad luz—. Hay turistas por todas partes. Eso me contó un brother que fue para allá hace no mucho. No. Voy ir a ciudades más pequeñas en donde la vida es buena y no te joden si haces tal o cual deporte o si tienes la cara hecha mierda como tú amiga.

—Tendrías que ahorrar muchísimo y trabajar…

—¡Al carajo!, iré caminado.

—¿Qué? ¡¿Caminando?! ¡¿Hasta China o esas madres?! ¡Estás bien pinche loca, Magda!

—Sí, así ya es más barato ¿no…?

Casi me cago de la risa de la loca idea de esta chica pero pensé que si alguien podía hacerlo era ella. Entonces, Magda se levantó súbitamente y desde donde estábamos les gritó a los chicos que jugaban fútbol que les faltaba un jugador, luego del apunte matemático pidió permiso para unirse al juego y ellos entre risas le dijeron que estaba bien. Yo no podía salir de mi sorpresa.

—¡¿Vas a jugar?! ¡¿Con ellos?!

—Sí, ¿quieres jugar?

—No —dije luego de tartamudear un poco— son hombres, Magda.

—¿Y?

—Bueno, tu eres mujer y…

—Cristina —me dijo Magda ya encaminándose hacia el terreno de juego—, dijiste que te gusta leer, pues vas a tener que leer mucho sobre lo que una mujer es y puede hacer si vamos a ser amigas. ¡Nos vemos el lunes en la clase!

Dicho esto comenzó a jugar con los hombres fútbol. Yo tomé mis cosas y comencé a recorrer mi camino a casa pero escuche a Magda gritar un gol y alcancé a escuchar a uno de los chicos gritar —¡Pinche vieja, es buena la cabrona!

Al parecer si iba a tener que leer mucho, lo que más me daba coraje es que en realidad no podía decir lo que una mujer era y podía hacer y se suponía que yo era una y además vivía en casa con una mujer feminista: mi madre. Por otra parte, una pregunta había nacido en mi mente ¿Qué demonios quiero con mi puta vida?

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