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| Tango IV. Oleo sobre tela de Fabían Pérez. |
“El tango es
una danza, quizás una de las más terribles, dramáticas y contundentes.
Necesitas valor para bailar tango y el juego es mortal, pues hacen falta dos.
Para sentir el tango debes tener el corazón abierto. Gózalo, vívelo y luego...
luego cuenta tu historia”.
Ese tipo de cosas son las que Daza, la
reina del tango, se había dicho una y otra vez durante los últimos diez años.
Eran pensamientos que aprendió desde muy joven, y que había creído sin
discusión alguna. Se los repetía siempre en voz baja, como si de rezos
religiosos se trataran, para poder sostenerse cada noche sobre el escenario.
Cuando el bandoneón callaba, las luces se apagaban y los aplausos penetraban en
sus oídos, recordándole que era perfecta para el tango —justo como todos los
críticos y sus antiguos maestros decían—, era cuando más necesitaba de aquellos
dogmas.
Esa noche, la noche de su primera
presentación en México desde que era la reina del tango, en un escenario
secundario del Auditorio Nacional, los aplausos y vítores ocurrieron como
siempre. Su pareja de baile en esa presentación era un caballero de mediana
edad técnicamente capaz; su nombre no
aparecía en el cartel publicitario del espectáculo: era lógico, la gente iba a
verla a ella y a nadie más. Cada detalle estaba pensado para su lucimiento personal: la iluminación, los tangos, el vestuario...
El vestido elegido era negro, ceñido hasta la cintura, con una abertura en el
volado que comenzaba en el límite inferior —a la altura de la rodilla— para
luego subir con vértigo y de forma sugerente por el costado izquierdo justo
hasta su cadera. Al frente, un ligero escote remataba la prenda, dándole a su
busto un aspecto algo indecente pero, al mismo tiempo, misterioso y
sugestivo. El vestido, que había sido
confeccionado en una de las mejores sastrerías de Argentina, tenía incrustadas
por todas partes pequeñas piedrecillas brillantes en color rojo intenso, que
emulaban los más asombrosos rubíes y que tiritaban como estrellas en un cielo
negro cada vez que un haz de la luz discreto del teatro chocaba contra ellas.
El vestuario en su conjunto hacía que la figura de Daza resaltara de una forma
sensual que ardía cuando bailaba tango. Sobre su cabeza, un pequeño y discreto
tocado recogía su cabello negro y bien planchado, coordinando así en tragedia
danzante con el espectacular vestuario. El maquillaje incrementaba la
composición con sombras fuertes para acentuar el drama, y los brazaletes
cerraban de manera exacta el espectáculo asombroso de su vanidad. No obstante,
lo más importante eran los zapatos: tacones altos, forrados de fina piel y sin
plataforma, para así sentir cada imperfección del suelo; unas correas largas,
que se enredaban graciosamente hasta más arriba de sus tobillos, y una suela
especial libre para girar. No solo eran unos zapatos bonitos, eran los mejores
zapatos de tango que el dinero podía comprar. Al zapatero, un uruguayo entrado
en años y que llevaba más de treinta de esos ciclos confeccionando zapatos de
tango, le habían hecho el encargo advirtiéndole que eran los que usaría Daza,
la nueva reina del tango. El zapatero sabía que los argentinos se tomaban muy
en serio eso de la inmortalidad de los bailarines, así que dejó en la
manufactura de ese calzado todo su talento y calidad, y entregó su trabajo con
amor y gusto por los pequeños detalles. Al dárselos, le dijo al mensajero:
—Dígale a Daza que con estos volará. No se equivocó.
La hermosura de Daza era tal que algunos,
los más enamorados por supuesto, se atrevían a decir que el tango solo la
completaba. Esa noche, todo iba de acuerdo con el libreto: mucha pasión,
coreografía y espectáculo. Todo era belleza. La orquesta, conformada por un
bandoneón, una guitarra y una cantante temeraria, tocó la penúltima pieza, una
milonga bastante divertida, ya sin el nerviosismo de lo que era su primera gran
presentación. Y es que la elección de la orquesta había sido, como siempre, un
capricho de Daza, quien decidió prescindir de la orquesta que la acompañaba al
resto del mundo, pues aseguraba que lo de México era especial, y quería músicos
mexicanos para tan extraordinaria ocasión. Aunque no fue fácil, finalmente
lograron encontrarle una orquesta aceptable.
México era el pecado original que le permitía
vivir tranquila en Argentina, sin ser hostigada por los paparazzi de aquel país, que ven a
los del nivel de Quino o Maradona como dioses con su propia religión. Daza era
mexicana de nacimiento, y los argentinos, en el mejor de los casos, trataban de
ignorarla y no darle mucha publicidad: la dejaban en paz esperando que un día
despertarían y ella ya no estaría ahí. Y es que era un insulto que una
extranjera fuera la nueva reina del tango. Vamos, si se tratara de alguna
francesa o inglesa, lo hubiesen
soportado mejor; pero era una vil mexicana. A ella, que acababa de entrar a los
30, y por lo que todos creían que sería eterna, poco le importaban las críticas
de los inventores del tango, pues realmente disfrutaba bailar. Sin embargo, su
mirada triste y su humor, similar al de los de los árboles de un sendero viejo,
no pasaban desapercibidos para la gente, que notaban en cada una de sus
apariciones la mirada baja, el espíritu perdido y el eterno juego de los
delicados dedos de sus manos —esas manos que lo percibían todo, que descifraban
la intención de cualquier bailarín—. Todo mundo intuía que en Daza había una
antigua tragedia que ella contaba en cada presentación con su baile. Algunos
argentinos muy sabios en el tango pensaban que eso era justamente lo que la
diferenciaba de las demás bailarinas, argentinas o extranjeras: ¡la mexicana
era un mar de tristezas!, de ahí su maestría. Sus allegados le preguntaban
constantemente si se sentía bien, a lo que ella contestaba asintiendo y
disculpándose, afirmando que solamente estaba cansada. Siempre estaba
cansada... Aunque casi todos le creían y no especulaban más, algunos juraban
que ella debía estar muriendo lentamente de desamor. La hipótesis se sustentaba
en que, de hecho, en cinco años de carrera brillante, e incluso desde antes,
nunca se le había conocido ningún romance. Era una solitaria. No solo carecía
de una pareja sentimental, tampoco tenía una pareja de baile fija. En realidad
no la necesitaba, ya que los mejores bailarines del mundo, incluso aquellos que
tenían una pareja fija, se peleaban por bailar y hacer presentaciones o giras
con ella. (Por supuesto que esa noche no era la excepción: uno de los mejores
profesionales del tango en México la acompañaba). En el tango de escenario eso
era igual a la promiscuidad, pero en ella no se castigaba. Su mito comenzaba a
ser tan enorme que sus detractores primero tendrían que matar su nombre antes
que otra cosa, y eso se antojaba ya de por sí imposible. Terminó la milonga, la
orquesta respiró, ella se quedó como estatua en la escultórica postura final y
el público explotó en aplausos otra vez.
En esa noche de primeras veces en México,
con su cielo despejado y su tráfico pesado e insufrible de viernes, los
aplausos que recibía eran especiales porque la hacían sentir que después de
todo regresaba triunfal a su país. Y
justo cuando esta confianza la embargaba en la última pieza de la noche
—“Cumparsita” de Gerardo Matos—, vio entre las caras del público rostros
conocidos. La sangre se le heló, y terminó la “Cumparsita” sin pasión. Su
compañero la miró extrañado al sentir su desvarío. Daza soltó un suspiro al
notar que el error había pasado desapercibido para el público, o si lo notaron,
no habían dejado de aplaudir con extraordinario ahínco. En medio del último
aplauso, pensó en los viejos días, esos que a nadie había contado. Había roto
casi todo vínculo con su pasado. Esa noche era su primera vez en México desde
que había salido con rumbo a Buenos Aires, hacía ya diez años. Solo llamaba a
sus padres en Navidad, una llamada breve después de la cual siempre lloraba.
“Si no es un regreso triunfal, al menos es un regreso”, se consolaba a
sí misma.
Algo era cierto: era una diosa en lo suyo,
y por ello todos la trataban de maravilla. Hombres y damas la admiraban y
extendían alfombras rojas a su paso. A ella le gustaba alardear de eso con sus
compañeros de baile, pero siempre terminaba diciendo: —Exagero un poco, no soy
una actriz de Hollywood, aunque más de una vez me han pedido ser la
protagonista de alguna película.
Era un humor realista, pues su fama se
reducía al círculo de la danza internacional, además de que era ignorada en
Argentina, la cuna de la danza que interpretaba; de hecho, tenía más seguidores
en Estados Unidos que en ningún otro país latino o tanguero. No obstante, también era verdad que le habían ofrecido dos
filmes y ella había rechazado esas ofertas, ya que en el fondo únicamente se
sentía segura bailando tango. Actuar le daba pánico; de solo pensarlo, una
angustia le invadía el cuerpo. Aunque a veces lo reflexionaba y comprendía que
en realidad gran parte de su vida era una burda actuación.
Las ofertas del cine no eran casualidad.
Su nombre aparecía en cualquier buscador de internet, su biografía en Wikipedia
era extensa y detallada —excepto en el ámbito personal— y los vídeos de sus
presentaciones en YouTube se utilizaban en varios institutos de danza alrededor
del mundo para mostrar, tanto a principiantes como a avanzados, cómo hacer
correctamente una castigada, respetar la pausa, mantener el porte, en resumen,
cómo bailar buen tango. Incluso los maestros del tango en Argentina, si bien se
cuidaban de aplaudirla, no podían dejar de darle su crédito: “A pesar de todo
es la mejor”, decían.
—¡Por Dios, vivo de bailar! ¡El dinero me
sobra por bailar! Muy pocos padres de esta sociedad lo creerían —decía
continuamente con su característico humor negro en las cenas de gala a las que
era invitada.
A pesar de la vida que llevaba, algo
silvestre aún quedaba en ella. Rasgos íntimos del viejo barrio hacían sospechar
a sus admiradores de su arduo origen. No obstante, nadie se burlaba o hablaba
de ello. Las carcajadas demasiado fuertes, las malas palabras y cualquiera de
sus deslices simplemente se pasaban por alto. Y es que ella tenía una pequeña
licencia para el desdén, el ridículo o la extravagancia.
En medio de esa opulencia de ego, Daza
tenía mucho tiempo libre que ocupaba nadando en las piscinas de fondo azul
turquesa de los numerosos hoteles en los que se hospedaba durante sus continuas
giras alrededor del mundo. Recorría esas mansiones públicas y se metía,
literalmente, hasta la cocina donde pasaba algunos minutos platicando con los gourmets
para aprender cómo era su vida en un ajetreado día. Nunca conseguían que Daza
pusiera un gramo de sal a ningún platillo. Ella no quería aprender cocina. No.
Lo que quería era conocer la simple y sencilla vida de esos asalariados, la
vida lejos del mundo de las celebridades o los ricos como ella. Los empleados
veían en Daza solamente a la famosa curiosa de turno y se esforzaban en
consentirla.
El tiempo en casa, en Buenos Aires, no era
mejor. Casi nunca salía de su propiedad, pues los habitantes de la ciudad le
resultaban ajenos. Lo cierto era que le daba miedo que al salir a la calle
algún celoso tanguero, de esos que presumían pureza, la reconociera y la
cuestionara. Su servidumbre la consideraba una maldita bruja. Como vivía sola,
su papel de déspota se acentuaba. Un buen día, Daza se cansó de todo eso.
Desesperada, pidió consejo a su brillante
representante, un argentino de unos cincuenta años, despiadado para los
negocios, al que apodaban El Padre, pero que se comportaba más que nada como un
carcelero. El Padre era un hombre regordete y mirada dura, que padecía de
diabetes y mal humor. Siempre vestía trajes en colores aburridos y lisos.
Trataba a todo el mundo con desdén, excepto cuando de negocios se trataba, en
esos casos lanzaba el anzuelo de la amabilidad para luego encajar la mordida.
En su lógica mercantil, se le ocurrió que Daza podía hacer más dinero con su
tiempo libre si daba clases, una especie de cursos rápido —que él llamaba “La
clínica de tango”— impartidos por la mismísima reina del tango. Se cobraría una
fortuna. La idea le encantó a Daza, mas no por el dinero, sino por la
posibilidad de tener nuevamente contacto con un mundo más real, más como lo que
ella recordaba que eran las personas. El primero de esos cursos se llevó a cabo
en Buenos Aires y, justo como su representante predijo, fue un éxito económico.
Lo que él no pudo imaginar fue el éxito emocional: un éxito para aliviar de a
poco el corazón de Daza. Ella, que se sentía en contacto con gente más viva y
real, no sabía que en realidad aquellas personas tenían más dinero que ella y
que habitaban en casas diez veces más grandes que la suya, por eso podían pagar
su curso. Lo mejor era la alegría que experimentaba cuando sus alumnos le
agradecían los consejos y le aseguraban que no solo era la mejor bailarina del
mundo, sino también una excelente maestra. El día que Daza se dio cuenta de que
sus alumnos eran todos millonarios, decidió poner a prueba el genio obtuso de
su representante: le pidió que bajaran los costos de las clínicas de tango. Por
supuesto que El Padre se negó rotundamente pero como sabía que estaba
acorralado, pues Daza siempre se salía con la suya cuando de sus caprichos se
trataba, le dijo:
—Tú eres una reina, no puedes dar nada
gratis. Pero en compensación te ofrezco que pasemos una temporada en México, tu
país. Daremos precios especiales en la clínica a tus amigos y algunos
descuentos ocasionales. Pero, por piedad, ¡olvídate de ser embajadora de los
pobres!
Daza aceptó el trato al instante, y en su
mente pasaron imágenes de su añorada y contaminada Ciudad de México. A pesar de
que el tango no es buen negocio en un país como México, pues no deja las
entradas que dejan París, Moscú o Berlín, El Padre cumplió su promesa seis
meses después. Gustosa, Daza hizo sus maletas para volver a México. Llamó a sus
padres para darles la buena noticia. Según su representante, todos los lugares
para el curso se habían vendido sin necesidad de hacer descuentos a nadie, solo
los padres de Daza habían recibido entradas gratuitas para una, y solo una, de
sus presentaciones. La noche antes de partir, mientras una copa de vino tinto
se calentaba en sus manos, Daza se petrificó pensando en su pasado y en todo
aquello que no había enfrentado desde su salida de México. Luego de tratar de
enterrar todo ese pesar en lo más profundo de su mente, Daza y todo su séquito
de técnicos, maquillista, bailarines y utileros, partieron rumbo a México una
mañana extrañamente soleada para a ser invierno en el Río de La Plata.
La visita no fue como ella había esperado.
Pese a la poca difusión del tango en México, su visita estuvo llena de
conferencias de prensa, cenas exclusivas, actos de publicidad y nada,
absolutamente nada de tiempo libre, ni siquiera para ver a sus padres. Se
sentía embaucada y ya pensaba seriamente en reclamarle a ese jodido y
hambriento de avaricia que era su representante, cuando llegó el día de la
presentación en el Auditorio Nacional. La rutina y frustración pronto se fue
enterrando ante la emoción de estar actuando frente a los suyos. Cuando la
presentación llegó a su fin, la carretada de aplausos fue tan grande que a los
organizadores del evento, El Padre y un entusiasta empresario mexicano dueño de
varios supermercados, se les ocurrió la genial idea de un improvisado encore.
Al principio, Daza no comprendió y se mantuvo en el centro del escenario, mientras
El Padre tomaba el micrófono para dar al público la increíble noticia:
—Buen pueblo mexicano, vos han hecho muy
feliz a Daza y a todos los que conformamos esta compañía. Para complacerlos
queremos ofrecer un último tango, pero esta pieza Daza la bailará con algún
caballero del público que así lo solicite, y que crea tener la capacidad
suficiente para llevar a la reina del tango. Es sabido que siempre se la ha
criticado por ser una experta en coreografías, pero ustedes deben de saber que…
¡Daza es la mejor en absolutamente todas las variantes del tango!
El público aplaudió aún más. Daza no salía
de su asombro. La elección no fue difícil. De la trigésima sexta fila de
butacas, un seguro y altivo hombre, joven y alto, vestido de traje negro, se
encamino rápidamente por el pasillo lateral del auditorio hasta llegar al borde
del escenario. El personal de seguridad le permitió completar su trayecto luego
de hacerle una rápida revisión; una vez arriba, el hombre entró en el dominio
de la luz de las tablas. Su rostro, cubierto por la misma barba de tres días;
sus ojos, soñadores como antaño, y su cabello, bien peinado como siempre,
hicieron que Daza supiera de inmediato
de quién se trataba. Casi se va de espaldas.
—Díganos, caballero, ¿cuál es su nombre?
—preguntó El Padre al voluntario que le
pareció de primera instancia un joven estúpido.
—Dante, señor.
El Padre se sentía un poco atrapado, pues
había esperado que algún hombre de edad avanzada, un conocedor del tango de
milonga, de esos que hablaban de baldosas y de los proverbios de Gardel en un
lunfardo clásico, aceptara el reto, y en cambio tenía a ese joven que se veía
de la misma generación de Daza. Le pareció un atrevimiento y ahora se
arrepentía de su improvisación. Sin embargo, dominó sus prejuicios y nunca
quitó la sonrisa, ni siquiera cuando, sin el micrófono como testigo, le
preguntó al oído si sabía bailar tango. Dante respondió afirmativamente y hasta
tomó el micrófono para pedir a la orquesta el “Bandoneón de Arrabalero”. Esto
hizo que las dudas de El Padre comenzaran a disiparse, para morir
definitivamente cuando el público aplaudió con efusión la valentía del
muchacho.
Por su parte, Daza casi soltaba las
lágrimas, mientras miraba fijamente al voluntario. Era ese instante el primer
golpe a la cara de parte de su pasado. Recordó de inmediato sus primeras
milongas cuando todos la miraban mal y hablaban de su extraño aspecto, cuando
nadie bailaba con ella y la dejaban sentada todas las largas horas que duraban
las reuniones. Sintió un dolor en sus pies que le recordó los duros ensayos,
aquellos en que en vez de bailar caminaba por horas, envidiando a las otras
chicas que ya practicaban pasos más avanzados. En su boca sintió de nuevo el
dulce sabor de los labios de Dante y el frío de otoño en avenida Reforma,
mitigado por los largos brazos del caballero que, luego de diez años, estaba
otra vez de pie frente a ella. Sin poder evitarlo más, una lágrima salió de su
lagrimal izquierdo. Por fortuna, El Padre estaba ocupado preguntando a la
orquesta si podían tocar “Bandoneón de Arrabalero”. Entretanto, Dante miraba a
Daza con los ojos bien abiertos como si estuviera frente a un espectro. La
banda asintió, dando a entender que no había problema, así que El Padre dio el
visto bueno y alcanzó a decirle otra vez al oído a Dante.
—Si la cagas, muchacho, yo mismo te mato.
Dante no le puso atención, solo miraba a
Daza. En su mente no había miles de personas mirándolo y esperando que hiciera
el ridículo, en su mente solo existía Daza. Entonces, la orquesta comenzó. Uno,
dos, tres tiempos se fueron…
—Por favor —rogó Dante a Daza, al tiempo
que le ofrecía su mano izquierda.
—Yo no puedo… —fue lo primero que Dante
escuchó decir a Daza en diez años.
—Sí puedes, es tu favorito. Y hazme un
favor: que no quede nadie vivo —dijo Dante de la forma más dulce que pudo.
Entonces, Daza tomó la mano de Dante,
luego comenzaron el abrazo, cerrado, como les gustaba. Dante puso toda su alma
en ese tango, no por el público, sino porque era el momento más importante de
su vida, un instante que había anhelado durante muchas noches de insomnio a lo
largo de diez años en que solo encontraba consuelo en el recuerdo de la joven
Daza.
Esa noche, la gravedad no fue más... El
futuro, pasado y presente huyeron por la puerta de atrás. Quince mil
espectadores guardaron religioso silencio para esos dos bailarines que se
convirtieron en la única expresión de toda la existencia.
El Padre miraba todo aquello desde un
extremo del escenario y también lo notó, a su modo, claro:
—Estos dos bailan como la verdad. Podemos
sacarle oro a esto…
El público también estaba impresionado:
ahí no había coreografía, ni complicados splits o acrobacias; era tango
de calle, de ese que gasta las suelas de los zapatos. Uno que otro lo notó y
aseguró que esos dos ya habían bailado juntos y que todo ya estaba preparado;
pero nadie en ese recinto podía imaginar la verdad de que, 16 años antes, esa
misma melodía había bastado para hacer estallar una pasión y un amor que, luego
de todo ese tiempo, no había terminado.
La orquesta calló. Otra vez el aplauso.
Dante apretó la mano de Daza con especial afecto y por primera vez en mucho
tiempo ella escuchó su verdadero nombre.
—Gracias Cristina —dijo Dante aún sin
dejarla ir.
Inmediatamente
llegó El Padre y los presentó ante el público que seguía aplaudiendo. Dante
salió de su éxtasis y soltó la mano de Cristina. Dos hombres corpulentos
rodearon a Dante y le pidieron que saliera del escenario, pues la orquesta, el
resto de los bailarines y principalmente Daza recibirían los respectivos
honores por su magnificencia; él, Dante, no era parte de ese festín de egos. El
joven bajó del escenario para encontrarse con el resto del público que lo
felicitaba y le preguntaba qué se sentía bailar con la reina del tango.
Mientras tanto, todavía en el escenario,
Daza parecía muerta. Estaba pálida y estoica. No sonrió ni siquiera cuando le
dieron el ramo de flores. En cuanto el show de los agradecimientos y vítores
terminó, corrió hasta su camerino y de ahí no salió hasta luego de un par de
horas. En ese tiempo recordó todo lo que había pasado cuando ella solo era una
estudiante más en la Nacional de Danza. Pensó en Dante y también en Toño. Su
espíritu se inundó de un mar de culpas y rencores, pero también de risas y
buenos tiempos. El sabor agridulce de esos recuerdos le extasiaron el alma y le
dieron las fuerzas que necesitaba para salir de aquel camerino y dar la cara a
las personas que ahora eran su vida: su representante y la prensa.
Al día
siguiente Cristina Daza no pudo levantarse tarde como hubiese querido. El Padre
la había mandado despertar temprano porque esa mañana había un nuevo compromiso
que cumplir. Cristina estaba cansada y le preguntó a El Padre cuál era el
compromiso, tenía la esperanza de que si se trataba de otra aburrida entrevista
podía cancelarla sin más, pero El Padre le informó que ese día era la clínica.
Cristina repensó el cansancio y se levantó de la cama con el entusiasmo de un
niño al que le han anunciado que es hora de jugar. Luego de darse una ducha,
Cristina llamó a su asesora de imagen porque ese día quería llamar la atención
con un vestido blanco, un color poco socorrido en el tango. La asesora de
imagen soportó la tozudez de su jefa y encontró la mejor combinación de
accesorios para el vestido seleccionado que no era ni siquiera un vestido de
tango. Más como contrargumento que como verdadera preocupación por Cristina, la
asesora de imagen le dijo que el vestido podía cansarla luego de un periodo de
cierta actividad física pero aun así, Cristina no cedió. En cambio, salió del
hotel vestida de blanco y al verla, EL Padre solo pudo exclamar.
—México te
hace mal, Daza.
El automóvil
que los llevaba hacía la clínica recorrió algunos puntos importantes de la
ciudad, esos que son obligados para los visitantes y los tours turísticos: la
Alameda del centro con sus jardines de encinos y sus pasillos de adoquín blanco
recién restaurados; la abstracta estatua del Caballito con su color amarillo
chillante que lastimaba los ojos; la columna de la independencia con la imagen
de la Minerva vigilando desde lo alto el proceder diario de una ciudad
imposible desde el principio mismo de su concepción. El automóvil que
transportaba a Cristina entró a los terrenos del bosque de Chapultepec con sus
museos, juegos para niños y los abundantes y clásicos vendedores de globos
multicolores. El aire, más fresco en esa parte de la ciudad, reconfortaba a
Cristina que llevaba la ventanilla del auto ligeramente abierta. Por su parte,
El Padre, trataba de hacer la plática con su bailarina estrella con temas que a
ella muy poco le interesaban: que si el calor de esta ciudad era infernal, que
si la mugre y los mendigos daban un aspecto deplorable a la que se suponía era el
polo económico de América Latina, que si las ganancias de ese año iban bien y
que sí eso continuaba así, el año siguiente podrían ir a ciudades que
verdaderamente valieran la pena como Praga o Viena.
El recinto
donde se llevaría a cabo la clase era un gran salón de duela desgastada que
rechinaba ruidosamente al paso de los que la pisaban. Por los grandes
ventanales del salón se podían observar los eucaliptos centenarios pero
enfermos y el lago artificial con sus patos adaptados al engaño del llamado bosque
de Chapultepec. Al ser verano, el calor dentro del salón era insoportable y eso
se combinaba con la organización del evento que era nefasta. En ese lugar
alrededor de cien personas esperaban la llegada de la reina del tango ataviados
con sus mejores zapatos para bailar. Era evidente que el espacio era
insuficiente y poco adecuado para una clase de tango con tantos alumnos. Cuando
llegaron Cristina Daza y El Padre, notaron el desorden, y este último se puso a
dar órdenes para tratar de salvar la situación insalvable desde el punto de
vista de la física clásica. Cristina, en cambio, fue conducida por una chica
que hacía las veces de hostess hacia un diminuto cuarto sin ventanas que
tendría que usar como camerino y que parecía más bien una cámara de tortura para
claustrofóbicos. Dentro de ese reducido espacio estaba colocada, junto a la
pared del fondo, una mesa de madera sin ningún chiste y a su lado descansaba un
perchero, un espejo de cuerpo completo se acomodaba en la pared izquierda
mientras que el resto de la habitación carecía de nada más. Una silla de madera
estaba colocada cerca de la mesa y sobre esta había dos botellas de agua de
medio litro de marca conocida. Era una mala imagen y Cristina decidió
únicamente dejar sus cosas ahí y salir lo más rápido posible de ese cuartucho
pues, además, ahí el calor era todavía más insoportable. Entre toda esa serie
de molestias, Cristina esbozó una sonrisa y se dijo —esto es México ¿qué
esperabas?
El Padre
mandó abrir los grandes ventanales del salón y la brisa de medio día calmó un
poco a todos los impacientes concurrentes. En ese leve momento de tregua,
Cristina Daza se presentó ante los que ese día serían sus alumnos. Todos
aplaudieron como sucedía siempre en todas partes donde ella salía a escena y la
reconocían; pero aquí, en México, un chiflido de júbilo hizo especial el
momento y le recordó a Cristina Daza que estaba en casa. Así, comenzó el guion
que se había preparado y practicado varias veces en Argentina y que había dado
tantos buenos resultados económicos a El Padre. Los alumnos eran todos grandes
aficionados del tango y algo no cambiaba, eran casi todos de edad madura y con
una billetera muy gorda. El acento del español mexicano y la cordialidad
expresada por los alumnos, hacían feliz a Daza. Luego de varios consejos,
correcciones y un paso nuevo jamás visto —estrategia publicitaria del curso —las
dos horas oficiales del curso terminaron. Muchas de las personas se acercaron
al final de la clase para felicitar a la reina del tango y para ver si prendían
algún autógrafo de la musa o, mejor aún, ver si podían tomarse una foto con
ella para luego presumirla efusivamente en las redes sociales a las cuales
Cristina era totalmente ajena. Cristina Daza trataba de atender todo eso con la
mayor disposición y actitud positiva que le permitía su ánimo, pero entonces,
tuvo su segunda aparición espectral en menos de dos días. Entre todas esas
caras de opulentos desconocidos, ella reconoció en una mujer de cabello castaño
claro a su antigua amiga de la adolescencia, Miranda. Durante dos segundos,
Cristina Daza permaneció inmutable; observando aquel fantasma del pasado con la
boca abierta. El pulso se le fue al cielo cuando Miranda comenzó a acercársele.
Cristina bajó la cabeza como si fuera un cachorro regañado por su amo cuando
tuvo a Miranda enfrente de ella. Cuando tomó valor para volver a alzar la
vista, Cristina tomó la mano de Miranda y la guio súbitamente, primero a través
del salón y luego a través del pasillo, hasta lo que era su improvisado y
pequeño camerino; todo eso, ante la mirada incrédula de toda la gente que la
siguió hasta la misma puerta que ella cerró bruscamente en sus caras. Ya en la
confianza de la privacidad, Cristina tomó la otra mano de Miranda y se la besó.
Las lágrimas ya corrían su maquillaje y Miranda en cambio no decía ni hacía
nada, estaba igual de asustada que Cristina pero más estoica aguantaba mostrar
todavía todas sus cartas. Desde que Miranda se había enterado que la reina del
tango, otrora una de sus mejores amigas de la vida, venía a México, había
tomado la decisión firme de cerrar un ciclo que continuaba doliendo luego de
mucho tiempo. Primero había pensado, como muchos que la conocían y que habían
estado entre el público la noche anterior, en ir a la presentación en escenario
de tango; pero luego de meditarlo un poco con la taza de té limón que siempre
tomaba en las mañanas, concluyó que tenía más posibilidades de acercarse a
Cristina si asistía a la clínica de baile. Por supuesto, la diferencia del
costo de una y otra cosa era totalmente abismal: la clínica era bastante cara
como ya se ha dicho, por lo que, desde cuatro meses antes de la llegada de
Cristina, Miranda había ahorrado cada centavo que su economía como ama de casa
le permitía. Al principio, Miranda no pudo quitarse el nerviosismo, no estaba
completamente segura de qué haría si, para empezar, Cristina no lograba
reconocerla o si quería recibirla. En su mente planteó varios escenarios, pero
en ninguno de estos las lágrimas de su amiga y una huida por entre los
admiradores estaban contempladas, por ello los sollozos de Cristina le
conmovían hasta lo más profundo de sus huesos.
—Wicca —se le escapó decir a Cristina con un
sollozo.
Ese era el
sobrenombre con el que solamente las amigas muy cercanas a Miranda la llamaban.
—Hola —dijo
Miranda forzándose a no doblar la voz.
Entonces,
Cristina llevó su cabeza contra el hombro de Miranda y comenzó a llorar como
una niña pequeña. Miranda consoló lo mejor que pudo a esa alma abierta que se
desahogaba en su regazo.
Entonces, El
Padre tocó la puerta y preguntó desde afuera si Daza estaba bien.
—Sí. Todo
está perfectamente —dijo Cristina tratando de disimular su voz quebrada. No
recibió respuesta así que invitó a Miranda a sentarse en la única silla que
había en el cuarto. Miranda aceptó la atención mientras Cristina tomaba un
pañuelo de su bolsa para limpiarse la mezcla de rímel y lágrimas. Luego de esa
limpieza facial improvisada que les sirvió a ambas para pensar un poco,
comenzaron las explicaciones y preguntas guardadas durante años.
—Tranquila
—dijo finalmente Miranda con voz suave —Te ha ido bien. No era necesario que te
apartaras tanto. La única que miró todo lo que pasó tan grande, fuiste tú.
Escucha, estoy aquí porque quiero saber si podemos hablar todos juntos y
arreglar las cosas…
Cristina
continuó con la vista abajo y se dio un instante para preguntar:
—¿Sigue con
él?
Cristina
levantó el rostro y en este se notaba una ira extraña. Por las venas de la
reina del tango comenzó a ascender un resentimiento amargo y todos los músculos
de su rostro se tensaron dándole un aspecto frío y macabro.
—Sí. Aunque
no sé si eso importa mucho —dijo Miranda sin darse valor para tocar de nueva
cuenta a Cristina —. Tú siempre decías una cosa, pensabas otra y terminabas
haciendo otra totalmente inesperada. ¡No puedes seguir enamorada de un hombre
que no has visto en más de diez años! ¡Por amor de Dios!, tienes ya ¿cuántos?
¿Treinta y tres años? Amiga, suelta, suéltalo ya. Somos adultos, ya no somos
tontas estudiantes, no puedes seguir así con ese rencor. Ella te ha perdonado
¿sabes?
—Lo que le
hice —dijo Cristina, ya sin llanto y con tono firme— es imperdonable, ella
misma me lo dijo. Le quité lo que más quería, justo como ella lo hizo conmigo.
—Muy buena
telenovela amiga. Tu siempre tan exagerada y dramática. Ahora, por favor,
acepta hacer “las pases”.
—¿Te
casaste? —preguntó Cristina para así evadir la pregunta que no quería contestar
en ese preciso momento.
—Sí, tú
sabes.
—¿Con…?
—No, tú no
lo conoces.
—¿Tienes
hijos?
—Dos. Ya te
presentaré a mi familia.
—¿Seguiste…?
—Respóndeme,
por favor…
—No lo sé.
Soy la ladrona de los sueños de otros.
—No, solo
fue el destino, tu nunca lo planeaste así. Perdón, pero no eres tan poderosa
Cristina. Y nada es tan importante como la amistad ¿no decías tú eso? ¿Le robaste
su sueño? ¿Por qué estás tan segura? Acaso no sabes que en realidad le ayudaste
más que ningún otro ser humano a construir lo que más necesitaba. Vamos, amiga,
vamos a reunirnos las tres…
—Las cuatro
querrás decir.
—Cristina,
¿no lo sabes? Magda murió hace tres años, en su viaje por el mundo.
La noticia
de la muerte de otra de sus amigas ablandó a Cristina. Esa funeraria nota que
ella desconocía hizo que el rencor fuese sustituido nuevamente por el pesar.
—¡¿Cómo?!
—Ya te
contaré los detalles. Ahora, es importante que hables con Alina. Hablemos las
tres, yo, tú y Alina.
—Lo pensaré.
—Bueno. No
tardes mucho. Te ha ido bien, sigues haciendo todo con tanta pasión. Ahora,
tengo que irme, tengo que recoger a mis hijos de la escuela, van en kínder. Si
no estoy ahí a tiempo se armará un berrinche tremendo.
La Wicca,
Miranda, se levantó y le dio una sonrisa sincera a la reina del tango. Cristina
notó que Miranda estaba un poco pasada de peso y que su mirada se había apagado
un poco. Ya no le pareció tan juvenil como en la primera impresión. Antes de
dar los últimos pasos hacía la puerta, Miranda dejó un pequeño papel post-it
sobre la pequeña mesa al tiempo que le decía a Cristina:
—Aquí está
mi número, llámame —entonces Miranda abrió la puerta y ya no había nadie
afuera.
—¡Espera, Wicca!
¿Todavía bailas? Me refiero, al tango ¿todavía bailas?
La Wicca
puso otra sonrisa digna de la Madre Teresa, ese era uno de sus más grandes
atributos: trasmitir paz a los demás.
—Sí, cada
día.
Dicho eso,
salió y cerró la puerta cuidando de no hacer ningún ruido. Cristina corrió
precipitadamente hacia la mesa y tomó el papel con el número de teléfono
anotado. Luego, las emociones se le derramaron sobre el alma. Se sentó en el
suelo y, sin dejar de mirar el papelito aquel, no pudo evitar que un
pensamiento en concreto la lastimara: se había robado el sueño de otra persona.
