jueves, 18 de octubre de 2018

1 PRELUDIO

Tango IV. Oleo sobre tela de Fabían Pérez.


“El tango es una danza, quizás una de las más terribles, dramáticas y contundentes. Necesitas valor para bailar tango y el juego es mortal, pues hacen falta dos. Para sentir el tango debes tener el corazón abierto. Gózalo, vívelo y luego... luego cuenta tu historia”.

     Ese tipo de cosas son las que Daza, la reina del tango, se había dicho una y otra vez durante los últimos diez años. Eran pensamientos que aprendió desde muy joven, y que había creído sin discusión alguna. Se los repetía siempre en voz baja, como si de rezos religiosos se trataran, para poder sostenerse cada noche sobre el escenario. Cuando el bandoneón callaba, las luces se apagaban y los aplausos penetraban en sus oídos, recordándole que era perfecta para el tango —justo como todos los críticos y sus antiguos maestros decían—, era cuando más necesitaba de aquellos dogmas.



     Esa noche, la noche de su primera presentación en México desde que era la reina del tango, en un escenario secundario del Auditorio Nacional, los aplausos y vítores ocurrieron como siempre. Su pareja de baile en esa presentación era un caballero de mediana edad técnicamente capaz;  su nombre no aparecía en el cartel publicitario del espectáculo: era lógico, la gente iba a verla a ella y a nadie más. Cada detalle estaba pensado para su lucimiento personal: la iluminación, los tangos, el vestuario... El vestido elegido era negro, ceñido hasta la cintura, con una abertura en el volado que comenzaba en el límite inferior —a la altura de la rodilla— para luego subir con vértigo y de forma sugerente por el costado izquierdo justo hasta su cadera. Al frente, un ligero escote remataba la prenda, dándole a su busto un aspecto algo indecente pero, al mismo tiempo, misterioso y sugestivo.  El vestido, que había sido confeccionado en una de las mejores sastrerías de Argentina, tenía incrustadas por todas partes pequeñas piedrecillas brillantes en color rojo intenso, que emulaban los más asombrosos rubíes y que tiritaban como estrellas en un cielo negro cada vez que un haz de la luz discreto del teatro chocaba contra ellas. El vestuario en su conjunto hacía que la figura de Daza resaltara de una forma sensual que ardía cuando bailaba tango. Sobre su cabeza, un pequeño y discreto tocado recogía su cabello negro y bien planchado, coordinando así en tragedia danzante con el espectacular vestuario. El maquillaje incrementaba la composición con sombras fuertes para acentuar el drama, y los brazaletes cerraban de manera exacta el espectáculo asombroso de su vanidad. No obstante, lo más importante eran los zapatos: tacones altos, forrados de fina piel y sin plataforma, para así sentir cada imperfección del suelo; unas correas largas, que se enredaban graciosamente hasta más arriba de sus tobillos, y una suela especial libre para girar. No solo eran unos zapatos bonitos, eran los mejores zapatos de tango que el dinero podía comprar. Al zapatero, un uruguayo entrado en años y que llevaba más de treinta de esos ciclos confeccionando zapatos de tango, le habían hecho el encargo advirtiéndole que eran los que usaría Daza, la nueva reina del tango. El zapatero sabía que los argentinos se tomaban muy en serio eso de la inmortalidad de los bailarines, así que dejó en la manufactura de ese calzado todo su talento y calidad, y entregó su trabajo con amor y gusto por los pequeños detalles. Al dárselos, le dijo al mensajero: —Dígale a Daza que con estos volará. No se equivocó.



     La hermosura de Daza era tal que algunos, los más enamorados por supuesto, se atrevían a decir que el tango solo la completaba. Esa noche, todo iba de acuerdo con el libreto: mucha pasión, coreografía y espectáculo. Todo era belleza. La orquesta, conformada por un bandoneón, una guitarra y una cantante temeraria, tocó la penúltima pieza, una milonga bastante divertida, ya sin el nerviosismo de lo que era su primera gran presentación. Y es que la elección de la orquesta había sido, como siempre, un capricho de Daza, quien decidió prescindir de la orquesta que la acompañaba al resto del mundo, pues aseguraba que lo de México era especial, y quería músicos mexicanos para tan extraordinaria ocasión. Aunque no fue fácil, finalmente lograron encontrarle una orquesta aceptable.



     México era el pecado original que le permitía vivir tranquila en Argentina, sin ser hostigada por  los paparazzi de aquel país, que ven a los del nivel de Quino o Maradona como dioses con su propia religión. Daza era mexicana de nacimiento, y los argentinos, en el mejor de los casos, trataban de ignorarla y no darle mucha publicidad: la dejaban en paz esperando que un día despertarían y ella ya no estaría ahí. Y es que era un insulto que una extranjera fuera la nueva reina del tango. Vamos, si se tratara de alguna francesa o inglesa,  lo hubiesen soportado mejor; pero era una vil mexicana. A ella, que acababa de entrar a los 30, y por lo que todos creían que sería eterna, poco le importaban las críticas de los inventores del tango, pues realmente disfrutaba bailar. Sin embargo, su mirada triste y su humor, similar al de los de los árboles de un sendero viejo, no pasaban desapercibidos para la gente, que notaban en cada una de sus apariciones la mirada baja, el espíritu perdido y el eterno juego de los delicados dedos de sus manos —esas manos que lo percibían todo, que descifraban la intención de cualquier bailarín—. Todo mundo intuía que en Daza había una antigua tragedia que ella contaba en cada presentación con su baile. Algunos argentinos muy sabios en el tango pensaban que eso era justamente lo que la diferenciaba de las demás bailarinas, argentinas o extranjeras: ¡la mexicana era un mar de tristezas!, de ahí su maestría. Sus allegados le preguntaban constantemente si se sentía bien, a lo que ella contestaba asintiendo y disculpándose, afirmando que solamente estaba cansada. Siempre estaba cansada... Aunque casi todos le creían y no especulaban más, algunos juraban que ella debía estar muriendo lentamente de desamor. La hipótesis se sustentaba en que, de hecho, en cinco años de carrera brillante, e incluso desde antes, nunca se le había conocido ningún romance. Era una solitaria. No solo carecía de una pareja sentimental, tampoco tenía una pareja de baile fija. En realidad no la necesitaba, ya que los mejores bailarines del mundo, incluso aquellos que tenían una pareja fija, se peleaban por bailar y hacer presentaciones o giras con ella. (Por supuesto que esa noche no era la excepción: uno de los mejores profesionales del tango en México la acompañaba). En el tango de escenario eso era igual a la promiscuidad, pero en ella no se castigaba. Su mito comenzaba a ser tan enorme que sus detractores primero tendrían que matar su nombre antes que otra cosa, y eso se antojaba ya de por sí imposible. Terminó la milonga, la orquesta respiró, ella se quedó como estatua en la escultórica postura final y el público explotó en aplausos otra vez.



     En esa noche de primeras veces en México, con su cielo despejado y su tráfico pesado e insufrible de viernes, los aplausos que recibía eran especiales porque la hacían sentir que después de todo regresaba triunfal a su país. Y  justo cuando esta confianza la embargaba en la última pieza de la noche —“Cumparsita” de Gerardo Matos—, vio entre las caras del público rostros conocidos. La sangre se le heló, y terminó la “Cumparsita” sin pasión. Su compañero la miró extrañado al sentir su desvarío. Daza soltó un suspiro al notar que el error había pasado desapercibido para el público, o si lo notaron, no habían dejado de aplaudir con extraordinario ahínco. En medio del último aplauso, pensó en los viejos días, esos que a nadie había contado. Había roto casi todo vínculo con su pasado. Esa noche era su primera vez en México desde que había salido con rumbo a Buenos Aires, hacía ya diez años. Solo llamaba a sus padres en Navidad, una llamada breve después de la cual siempre lloraba. “Si no es un regreso triunfal, al menos es un regreso, se consolaba a sí misma. 



     Algo era cierto: era una diosa en lo suyo, y por ello todos la trataban de maravilla. Hombres y damas la admiraban y extendían alfombras rojas a su paso. A ella le gustaba alardear de eso con sus compañeros de baile, pero siempre terminaba diciendo: —Exagero un poco, no soy una actriz de Hollywood, aunque más de una vez me han pedido ser la protagonista de alguna película.



     Era un humor realista, pues su fama se reducía al círculo de la danza internacional, además de que era ignorada en Argentina, la cuna de la danza que interpretaba; de hecho, tenía más seguidores en Estados Unidos que en ningún otro país latino o tanguero. No obstante,  también era verdad que le habían ofrecido dos filmes y ella había rechazado esas ofertas, ya que en el fondo únicamente se sentía segura bailando tango. Actuar le daba pánico; de solo pensarlo, una angustia le invadía el cuerpo. Aunque a veces lo reflexionaba y comprendía que en realidad gran parte de su vida era una burda actuación.



     Las ofertas del cine no eran casualidad. Su nombre aparecía en cualquier buscador de internet, su biografía en Wikipedia era extensa y detallada —excepto en el ámbito personal— y los vídeos de sus presentaciones en YouTube se utilizaban en varios institutos de danza alrededor del mundo para mostrar, tanto a principiantes como a avanzados, cómo hacer correctamente una castigada, respetar la pausa, mantener el porte, en resumen, cómo bailar buen tango. Incluso los maestros del tango en Argentina, si bien se cuidaban de aplaudirla, no podían dejar de darle su crédito: “A pesar de todo es la mejor”, decían.
   
  —¡Por Dios, vivo de bailar! ¡El dinero me sobra por bailar! Muy pocos padres de esta sociedad lo creerían —decía continuamente con su característico humor negro en las cenas de gala a las que era invitada.



     A pesar de la vida que llevaba, algo silvestre aún quedaba en ella. Rasgos íntimos del viejo barrio hacían sospechar a sus admiradores de su arduo origen. No obstante, nadie se burlaba o hablaba de ello. Las carcajadas demasiado fuertes, las malas palabras y cualquiera de sus deslices simplemente se pasaban por alto. Y es que ella tenía una pequeña licencia para el desdén, el ridículo o la extravagancia.



     En medio de esa opulencia de ego, Daza tenía mucho tiempo libre que ocupaba nadando en las piscinas de fondo azul turquesa de los numerosos hoteles en los que se hospedaba durante sus continuas giras alrededor del mundo. Recorría esas mansiones públicas y se metía, literalmente, hasta la cocina donde pasaba algunos minutos platicando con los gourmets para aprender cómo era su vida en un ajetreado día. Nunca conseguían que Daza pusiera un gramo de sal a ningún platillo. Ella no quería aprender cocina. No. Lo que quería era conocer la simple y sencilla vida de esos asalariados, la vida lejos del mundo de las celebridades o los ricos como ella. Los empleados veían en Daza solamente a la famosa curiosa de turno y se esforzaban en consentirla.



     El tiempo en casa, en Buenos Aires, no era mejor. Casi nunca salía de su propiedad, pues los habitantes de la ciudad le resultaban ajenos. Lo cierto era que le daba miedo que al salir a la calle algún celoso tanguero, de esos que presumían pureza, la reconociera y la cuestionara. Su servidumbre la consideraba una maldita bruja. Como vivía sola, su papel de déspota se acentuaba. Un buen día, Daza se cansó de todo eso.



     Desesperada, pidió consejo a su brillante representante, un argentino de unos cincuenta años, despiadado para los negocios, al que apodaban El Padre, pero que se comportaba más que nada como un carcelero. El Padre era un hombre regordete y mirada dura, que padecía de diabetes y mal humor. Siempre vestía trajes en colores aburridos y lisos. Trataba a todo el mundo con desdén, excepto cuando de negocios se trataba, en esos casos lanzaba el anzuelo de la amabilidad para luego encajar la mordida. En su lógica mercantil, se le ocurrió que Daza podía hacer más dinero con su tiempo libre si daba clases, una especie de cursos rápido —que él llamaba “La clínica de tango”— impartidos por la mismísima reina del tango. Se cobraría una fortuna. La idea le encantó a Daza, mas no por el dinero, sino por la posibilidad de tener nuevamente contacto con un mundo más real, más como lo que ella recordaba que eran las personas. El primero de esos cursos se llevó a cabo en Buenos Aires y, justo como su representante predijo, fue un éxito económico. Lo que él no pudo imaginar fue el éxito emocional: un éxito para aliviar de a poco el corazón de Daza. Ella, que se sentía en contacto con gente más viva y real, no sabía que en realidad aquellas personas tenían más dinero que ella y que habitaban en casas diez veces más grandes que la suya, por eso podían pagar su curso. Lo mejor era la alegría que experimentaba cuando sus alumnos le agradecían los consejos y le aseguraban que no solo era la mejor bailarina del mundo, sino también una excelente maestra. El día que Daza se dio cuenta de que sus alumnos eran todos millonarios, decidió poner a prueba el genio obtuso de su representante: le pidió que bajaran los costos de las clínicas de tango. Por supuesto que El Padre se negó rotundamente pero como sabía que estaba acorralado, pues Daza siempre se salía con la suya cuando de sus caprichos se trataba, le dijo:



     —Tú eres una reina, no puedes dar nada gratis. Pero en compensación te ofrezco que pasemos una temporada en México, tu país. Daremos precios especiales en la clínica a tus amigos y algunos descuentos ocasionales. Pero, por piedad, ¡olvídate de ser embajadora de los pobres!



     Daza aceptó el trato al instante, y en su mente pasaron imágenes de su añorada y contaminada Ciudad de México. A pesar de que el tango no es buen negocio en un país como México, pues no deja las entradas que dejan París, Moscú o Berlín, El Padre cumplió su promesa seis meses después. Gustosa, Daza hizo sus maletas para volver a México. Llamó a sus padres para darles la buena noticia. Según su representante, todos los lugares para el curso se habían vendido sin necesidad de hacer descuentos a nadie, solo los padres de Daza habían recibido entradas gratuitas para una, y solo una, de sus presentaciones. La noche antes de partir, mientras una copa de vino tinto se calentaba en sus manos, Daza se petrificó pensando en su pasado y en todo aquello que no había enfrentado desde su salida de México. Luego de tratar de enterrar todo ese pesar en lo más profundo de su mente, Daza y todo su séquito de técnicos, maquillista, bailarines y utileros, partieron rumbo a México una mañana extrañamente soleada para a ser invierno en el Río de La Plata.



     La visita no fue como ella había esperado. Pese a la poca difusión del tango en México, su visita estuvo llena de conferencias de prensa, cenas exclusivas, actos de publicidad y nada, absolutamente nada de tiempo libre, ni siquiera para ver a sus padres. Se sentía embaucada y ya pensaba seriamente en reclamarle a ese jodido y hambriento de avaricia que era su representante, cuando llegó el día de la presentación en el Auditorio Nacional. La rutina y frustración pronto se fue enterrando ante la emoción de estar actuando frente a los suyos. Cuando la presentación llegó a su fin, la carretada de aplausos fue tan grande que a los organizadores del evento, El Padre y un entusiasta empresario mexicano dueño de varios supermercados, se les ocurrió la genial idea de un improvisado encore. Al principio, Daza no comprendió y se mantuvo en el centro del escenario, mientras El Padre tomaba el micrófono para dar al público la increíble noticia:



     —Buen pueblo mexicano, vos han hecho muy feliz a Daza y a todos los que conformamos esta compañía. Para complacerlos queremos ofrecer un último tango, pero esta pieza Daza la bailará con algún caballero del público que así lo solicite, y que crea tener la capacidad suficiente para llevar a la reina del tango. Es sabido que siempre se la ha criticado por ser una experta en coreografías, pero ustedes deben de saber que… ¡Daza es la mejor en absolutamente todas las variantes del tango!



     El público aplaudió aún más. Daza no salía de su asombro. La elección no fue difícil. De la trigésima sexta fila de butacas, un seguro y altivo hombre, joven y alto, vestido de traje negro, se encamino rápidamente por el pasillo lateral del auditorio hasta llegar al borde del escenario. El personal de seguridad le permitió completar su trayecto luego de hacerle una rápida revisión; una vez arriba, el hombre entró en el dominio de la luz de las tablas. Su rostro, cubierto por la misma barba de tres días; sus ojos, soñadores como antaño, y su cabello, bien peinado como siempre, hicieron que Daza supiera  de inmediato de quién se trataba. Casi se va de espaldas.



     —Díganos, caballero, ¿cuál es su nombre? —preguntó El Padre al voluntario  que le pareció de primera instancia un joven estúpido.



     —Dante, señor.



     El Padre se sentía un poco atrapado, pues había esperado que algún hombre de edad avanzada, un conocedor del tango de milonga, de esos que hablaban de baldosas y de los proverbios de Gardel en un lunfardo clásico, aceptara el reto, y en cambio tenía a ese joven que se veía de la misma generación de Daza. Le pareció un atrevimiento y ahora se arrepentía de su improvisación. Sin embargo, dominó sus prejuicios y nunca quitó la sonrisa, ni siquiera cuando, sin el micrófono como testigo, le preguntó al oído si sabía bailar tango. Dante respondió afirmativamente y hasta tomó el micrófono para pedir a la orquesta el “Bandoneón de Arrabalero”. Esto hizo que las dudas de El Padre comenzaran a disiparse, para morir definitivamente cuando el público aplaudió con efusión la valentía del muchacho.



     Por su parte, Daza casi soltaba las lágrimas, mientras miraba fijamente al voluntario. Era ese instante el primer golpe a la cara de parte de su pasado. Recordó de inmediato sus primeras milongas cuando todos la miraban mal y hablaban de su extraño aspecto, cuando nadie bailaba con ella y la dejaban sentada todas las largas horas que duraban las reuniones. Sintió un dolor en sus pies que le recordó los duros ensayos, aquellos en que en vez de bailar caminaba por horas, envidiando a las otras chicas que ya practicaban pasos más avanzados. En su boca sintió de nuevo el dulce sabor de los labios de Dante y el frío de otoño en avenida Reforma, mitigado por los largos brazos del caballero que, luego de diez años, estaba otra vez de pie frente a ella. Sin poder evitarlo más, una lágrima salió de su lagrimal izquierdo. Por fortuna, El Padre estaba ocupado preguntando a la orquesta si podían tocar “Bandoneón de Arrabalero”. Entretanto, Dante miraba a Daza con los ojos bien abiertos como si estuviera frente a un espectro. La banda asintió, dando a entender que no había problema, así que El Padre dio el visto bueno y alcanzó a decirle otra vez al oído a Dante.



      —Si la cagas, muchacho, yo mismo te mato.



     Dante no le puso atención, solo miraba a Daza. En su mente no había miles de personas mirándolo y esperando que hiciera el ridículo, en su mente solo existía Daza. Entonces, la orquesta comenzó. Uno, dos, tres tiempos se fueron…



     —Por favor —rogó Dante a Daza, al tiempo que le ofrecía su mano izquierda.
     —Yo no puedo… —fue lo primero que Dante escuchó decir a Daza en diez años.
     —Sí puedes, es tu favorito. Y hazme un favor: que no quede nadie vivo —dijo Dante de la forma más dulce que pudo.



     Entonces, Daza tomó la mano de Dante, luego comenzaron el abrazo, cerrado, como les gustaba. Dante puso toda su alma en ese tango, no por el público, sino porque era el momento más importante de su vida, un instante que había anhelado durante muchas noches de insomnio a lo largo de diez años en que solo encontraba consuelo en el recuerdo de la joven Daza.



     Esa noche, la gravedad no fue más... El futuro, pasado y presente huyeron por la puerta de atrás. Quince mil espectadores guardaron religioso silencio para esos dos bailarines que se convirtieron en la única expresión de toda la existencia.



     El Padre miraba todo aquello desde un extremo del escenario y también lo notó, a su modo, claro:



     —Estos dos bailan como la verdad. Podemos sacarle oro a esto…



     El público también estaba impresionado: ahí no había coreografía, ni complicados splits o acrobacias; era tango de calle, de ese que gasta las suelas de los zapatos. Uno que otro lo notó y aseguró que esos dos ya habían bailado juntos y que todo ya estaba preparado; pero nadie en ese recinto podía imaginar la verdad de que, 16 años antes, esa misma melodía había bastado para hacer estallar una pasión y un amor que, luego de todo ese tiempo, no había terminado.



     La orquesta calló. Otra vez el aplauso. Dante apretó la mano de Daza con especial afecto y por primera vez en mucho tiempo ella escuchó su verdadero nombre.



     —Gracias Cristina —dijo Dante aún sin dejarla ir.



Inmediatamente llegó El Padre y los presentó ante el público que seguía aplaudiendo. Dante salió de su éxtasis y soltó la mano de Cristina. Dos hombres corpulentos rodearon a Dante y le pidieron que saliera del escenario, pues la orquesta, el resto de los bailarines y principalmente Daza recibirían los respectivos honores por su magnificencia; él, Dante, no era parte de ese festín de egos. El joven bajó del escenario para encontrarse con el resto del público que lo felicitaba y le preguntaba qué se sentía bailar con la reina del tango.



     Mientras tanto, todavía en el escenario, Daza parecía muerta. Estaba pálida y estoica. No sonrió ni siquiera cuando le dieron el ramo de flores. En cuanto el show de los agradecimientos y vítores terminó, corrió hasta su camerino y de ahí no salió hasta luego de un par de horas. En ese tiempo recordó todo lo que había pasado cuando ella solo era una estudiante más en la Nacional de Danza. Pensó en Dante y también en Toño. Su espíritu se inundó de un mar de culpas y rencores, pero también de risas y buenos tiempos. El sabor agridulce de esos recuerdos le extasiaron el alma y le dieron las fuerzas que necesitaba para salir de aquel camerino y dar la cara a las personas que ahora eran su vida: su representante y la prensa.





Al día siguiente Cristina Daza no pudo levantarse tarde como hubiese querido. El Padre la había mandado despertar temprano porque esa mañana había un nuevo compromiso que cumplir. Cristina estaba cansada y le preguntó a El Padre cuál era el compromiso, tenía la esperanza de que si se trataba de otra aburrida entrevista podía cancelarla sin más, pero El Padre le informó que ese día era la clínica. Cristina repensó el cansancio y se levantó de la cama con el entusiasmo de un niño al que le han anunciado que es hora de jugar. Luego de darse una ducha, Cristina llamó a su asesora de imagen porque ese día quería llamar la atención con un vestido blanco, un color poco socorrido en el tango. La asesora de imagen soportó la tozudez de su jefa y encontró la mejor combinación de accesorios para el vestido seleccionado que no era ni siquiera un vestido de tango. Más como contrargumento que como verdadera preocupación por Cristina, la asesora de imagen le dijo que el vestido podía cansarla luego de un periodo de cierta actividad física pero aun así, Cristina no cedió. En cambio, salió del hotel vestida de blanco y al verla, EL Padre solo pudo exclamar.



—México te hace mal, Daza.



El automóvil que los llevaba hacía la clínica recorrió algunos puntos importantes de la ciudad, esos que son obligados para los visitantes y los tours turísticos: la Alameda del centro con sus jardines de encinos y sus pasillos de adoquín blanco recién restaurados; la abstracta estatua del Caballito con su color amarillo chillante que lastimaba los ojos; la columna de la independencia con la imagen de la Minerva vigilando desde lo alto el proceder diario de una ciudad imposible desde el principio mismo de su concepción. El automóvil que transportaba a Cristina entró a los terrenos del bosque de Chapultepec con sus museos, juegos para niños y los abundantes y clásicos vendedores de globos multicolores. El aire, más fresco en esa parte de la ciudad, reconfortaba a Cristina que llevaba la ventanilla del auto ligeramente abierta. Por su parte, El Padre, trataba de hacer la plática con su bailarina estrella con temas que a ella muy poco le interesaban: que si el calor de esta ciudad era infernal, que si la mugre y los mendigos daban un aspecto deplorable a la que se suponía era el polo económico de América Latina, que si las ganancias de ese año iban bien y que sí eso continuaba así, el año siguiente podrían ir a ciudades que verdaderamente valieran la pena como Praga o Viena.



El recinto donde se llevaría a cabo la clase era un gran salón de duela desgastada que rechinaba ruidosamente al paso de los que la pisaban. Por los grandes ventanales del salón se podían observar los eucaliptos centenarios pero enfermos y el lago artificial con sus patos adaptados al engaño del llamado bosque de Chapultepec. Al ser verano, el calor dentro del salón era insoportable y eso se combinaba con la organización del evento que era nefasta. En ese lugar alrededor de cien personas esperaban la llegada de la reina del tango ataviados con sus mejores zapatos para bailar. Era evidente que el espacio era insuficiente y poco adecuado para una clase de tango con tantos alumnos. Cuando llegaron Cristina Daza y El Padre, notaron el desorden, y este último se puso a dar órdenes para tratar de salvar la situación insalvable desde el punto de vista de la física clásica. Cristina, en cambio, fue conducida por una chica que hacía las veces de hostess hacia un diminuto cuarto sin ventanas que tendría que usar como camerino y que parecía más bien una cámara de tortura para claustrofóbicos. Dentro de ese reducido espacio estaba colocada, junto a la pared del fondo, una mesa de madera sin ningún chiste y a su lado descansaba un perchero, un espejo de cuerpo completo se acomodaba en la pared izquierda mientras que el resto de la habitación carecía de nada más. Una silla de madera estaba colocada cerca de la mesa y sobre esta había dos botellas de agua de medio litro de marca conocida. Era una mala imagen y Cristina decidió únicamente dejar sus cosas ahí y salir lo más rápido posible de ese cuartucho pues, además, ahí el calor era todavía más insoportable. Entre toda esa serie de molestias, Cristina esbozó una sonrisa y se dijo —esto es México ¿qué esperabas?



El Padre mandó abrir los grandes ventanales del salón y la brisa de medio día calmó un poco a todos los impacientes concurrentes. En ese leve momento de tregua, Cristina Daza se presentó ante los que ese día serían sus alumnos. Todos aplaudieron como sucedía siempre en todas partes donde ella salía a escena y la reconocían; pero aquí, en México, un chiflido de júbilo hizo especial el momento y le recordó a Cristina Daza que estaba en casa. Así, comenzó el guion que se había preparado y practicado varias veces en Argentina y que había dado tantos buenos resultados económicos a El Padre. Los alumnos eran todos grandes aficionados del tango y algo no cambiaba, eran casi todos de edad madura y con una billetera muy gorda. El acento del español mexicano y la cordialidad expresada por los alumnos, hacían feliz a Daza. Luego de varios consejos, correcciones y un paso nuevo jamás visto —estrategia publicitaria del curso —las dos horas oficiales del curso terminaron. Muchas de las personas se acercaron al final de la clase para felicitar a la reina del tango y para ver si prendían algún autógrafo de la musa o, mejor aún, ver si podían tomarse una foto con ella para luego presumirla efusivamente en las redes sociales a las cuales Cristina era totalmente ajena. Cristina Daza trataba de atender todo eso con la mayor disposición y actitud positiva que le permitía su ánimo, pero entonces, tuvo su segunda aparición espectral en menos de dos días. Entre todas esas caras de opulentos desconocidos, ella reconoció en una mujer de cabello castaño claro a su antigua amiga de la adolescencia, Miranda. Durante dos segundos, Cristina Daza permaneció inmutable; observando aquel fantasma del pasado con la boca abierta. El pulso se le fue al cielo cuando Miranda comenzó a acercársele. Cristina bajó la cabeza como si fuera un cachorro regañado por su amo cuando tuvo a Miranda enfrente de ella. Cuando tomó valor para volver a alzar la vista, Cristina tomó la mano de Miranda y la guio súbitamente, primero a través del salón y luego a través del pasillo, hasta lo que era su improvisado y pequeño camerino; todo eso, ante la mirada incrédula de toda la gente que la siguió hasta la misma puerta que ella cerró bruscamente en sus caras. Ya en la confianza de la privacidad, Cristina tomó la otra mano de Miranda y se la besó. Las lágrimas ya corrían su maquillaje y Miranda en cambio no decía ni hacía nada, estaba igual de asustada que Cristina pero más estoica aguantaba mostrar todavía todas sus cartas. Desde que Miranda se había enterado que la reina del tango, otrora una de sus mejores amigas de la vida, venía a México, había tomado la decisión firme de cerrar un ciclo que continuaba doliendo luego de mucho tiempo. Primero había pensado, como muchos que la conocían y que habían estado entre el público la noche anterior, en ir a la presentación en escenario de tango; pero luego de meditarlo un poco con la taza de té limón que siempre tomaba en las mañanas, concluyó que tenía más posibilidades de acercarse a Cristina si asistía a la clínica de baile. Por supuesto, la diferencia del costo de una y otra cosa era totalmente abismal: la clínica era bastante cara como ya se ha dicho, por lo que, desde cuatro meses antes de la llegada de Cristina, Miranda había ahorrado cada centavo que su economía como ama de casa le permitía. Al principio, Miranda no pudo quitarse el nerviosismo, no estaba completamente segura de qué haría si, para empezar, Cristina no lograba reconocerla o si quería recibirla. En su mente planteó varios escenarios, pero en ninguno de estos las lágrimas de su amiga y una huida por entre los admiradores estaban contempladas, por ello los sollozos de Cristina le conmovían hasta lo más profundo de sus huesos.



 —Wicca —se le escapó decir a Cristina con un sollozo.



Ese era el sobrenombre con el que solamente las amigas muy cercanas a Miranda la llamaban.



—Hola —dijo Miranda forzándose a no doblar la voz.



Entonces, Cristina llevó su cabeza contra el hombro de Miranda y comenzó a llorar como una niña pequeña. Miranda consoló lo mejor que pudo a esa alma abierta que se desahogaba en su regazo. 



Entonces, El Padre tocó la puerta y preguntó desde afuera si Daza estaba bien.



—Sí. Todo está perfectamente —dijo Cristina tratando de disimular su voz quebrada. No recibió respuesta así que invitó a Miranda a sentarse en la única silla que había en el cuarto. Miranda aceptó la atención mientras Cristina tomaba un pañuelo de su bolsa para limpiarse la mezcla de rímel y lágrimas. Luego de esa limpieza facial improvisada que les sirvió a ambas para pensar un poco, comenzaron las explicaciones y preguntas guardadas durante años.



—Tranquila —dijo finalmente Miranda con voz suave —Te ha ido bien. No era necesario que te apartaras tanto. La única que miró todo lo que pasó tan grande, fuiste tú. Escucha, estoy aquí porque quiero saber si podemos hablar todos juntos y arreglar las cosas…
Cristina continuó con la vista abajo y se dio un instante para preguntar:



—¿Sigue con él?



Cristina levantó el rostro y en este se notaba una ira extraña. Por las venas de la reina del tango comenzó a ascender un resentimiento amargo y todos los músculos de su rostro se tensaron dándole un aspecto frío y macabro.



—Sí. Aunque no sé si eso importa mucho —dijo Miranda sin darse valor para tocar de nueva cuenta a Cristina —. Tú siempre decías una cosa, pensabas otra y terminabas haciendo otra totalmente inesperada. ¡No puedes seguir enamorada de un hombre que no has visto en más de diez años! ¡Por amor de Dios!, tienes ya ¿cuántos? ¿Treinta y tres años? Amiga, suelta, suéltalo ya. Somos adultos, ya no somos tontas estudiantes, no puedes seguir así con ese rencor. Ella te ha perdonado ¿sabes?



—Lo que le hice —dijo Cristina, ya sin llanto y con tono firme— es imperdonable, ella misma me lo dijo. Le quité lo que más quería, justo como ella lo hizo conmigo.



—Muy buena telenovela amiga. Tu siempre tan exagerada y dramática. Ahora, por favor, acepta hacer “las pases”.
—¿Te casaste? —preguntó Cristina para así evadir la pregunta que no quería contestar en ese preciso momento.
—Sí, tú sabes.
—¿Con…?
—No, tú no lo conoces.
—¿Tienes hijos?
—Dos. Ya te presentaré a mi familia.
—¿Seguiste…?
—Respóndeme, por favor…
—No lo sé. Soy la ladrona de los sueños de otros.
—No, solo fue el destino, tu nunca lo planeaste así. Perdón, pero no eres tan poderosa Cristina. Y nada es tan importante como la amistad ¿no decías tú eso? ¿Le robaste su sueño? ¿Por qué estás tan segura? Acaso no sabes que en realidad le ayudaste más que ningún otro ser humano a construir lo que más necesitaba. Vamos, amiga, vamos a reunirnos las tres…
—Las cuatro querrás decir.
—Cristina, ¿no lo sabes? Magda murió hace tres años, en su viaje por el mundo.
La noticia de la muerte de otra de sus amigas ablandó a Cristina. Esa funeraria nota que ella desconocía hizo que el rencor fuese sustituido nuevamente por el pesar.
—¡¿Cómo?!
—Ya te contaré los detalles. Ahora, es importante que hables con Alina. Hablemos las tres, yo, tú y Alina.
—Lo pensaré.
—Bueno. No tardes mucho. Te ha ido bien, sigues haciendo todo con tanta pasión. Ahora, tengo que irme, tengo que recoger a mis hijos de la escuela, van en kínder. Si no estoy ahí a tiempo se armará un berrinche tremendo.



La Wicca, Miranda, se levantó y le dio una sonrisa sincera a la reina del tango. Cristina notó que Miranda estaba un poco pasada de peso y que su mirada se había apagado un poco. Ya no le pareció tan juvenil como en la primera impresión. Antes de dar los últimos pasos hacía la puerta, Miranda dejó un pequeño papel post-it sobre la pequeña mesa al tiempo que le decía a Cristina:



—Aquí está mi número, llámame —entonces Miranda abrió la puerta y ya no había nadie afuera.
—¡Espera, Wicca! ¿Todavía bailas? Me refiero, al tango ¿todavía bailas?
La Wicca puso otra sonrisa digna de la Madre Teresa, ese era uno de sus más grandes atributos: trasmitir paz a los demás.
—Sí, cada día.



Dicho eso, salió y cerró la puerta cuidando de no hacer ningún ruido. Cristina corrió precipitadamente hacia la mesa y tomó el papel con el número de teléfono anotado. Luego, las emociones se le derramaron sobre el alma. Se sentó en el suelo y, sin dejar de mirar el papelito aquel, no pudo evitar que un pensamiento en concreto la lastimara: se había robado el sueño de otra persona.