miércoles, 19 de diciembre de 2018

5 MILONGA



Como se había pactado, Miranda, Alina y yo, nos quedamos de ver cerca de un parque del centro histórico de la ciudad, en la parte mona, la que está libre de vendedores ambulantes y en cambio tiene museos que ocupan edificios históricos de los siglos XVIII y XIX con una memoria tan basta que se les doblan los cimientos. En la planta baja de aquellos viejos edificios abundaban los cafés bohemios y los restaurantes con platos considerablemente caros pero no necesariamente buenos. Gracias al nuevo gobierno había ya varias calles peatonales lo que le daban a esa parte de la ciudad un respiro, un lugar de paz entre su bullicio de bocinas automovilísticas. Por esas calles la gente caminaba sin estrés y compraban chuchería y media; un abuelo melancólico vería esas calles con agrado, había cierto desfase entre el mundo violento y globalizado de todos los días y esas librerías que aún existían a lado de los cafés. Yo disfrutaba aquel paseo con mis nuevas amigas. Alina era la que estaba más ansiosa por llegar al lugar que era un parque que había sido habilitado como tal luego de que un edificio se había derrumbado durante el terremoto de hacía ya más de veinte años; ahí donde había habido tantos cadáveres ahora había árboles y pasillos de adoquín, y en el centro un espacio lo suficientemente grande había sido improvisado como una pista de baile de tango.
Mis únicos antecedentes de tango eran una película de Al Pacino y poco más en YouTube, nunca le había puesto atención ni sabía absolutamente nada de su historia, sabía que era argentino por mera casualidad y a decir verdad no me causaba el menor interés.

Sin embargo, ahí estaba una veintena de personas bailando como si en ello se les fuera la vida, con pasión, mucha pasión. Recuerdo que pensé, —vamos están en un parque y nada más, no se hagan los faroles. Aquel era un grupo predominantemente de adultos de entre treinta y cincuenta años. Los más viejos eran la excepción pero los jóvenes eran una rareza exquisita. Además de mis dos amigas y yo había algunas chicas más y uno que otro muchacho que no pasaba de los treinta. Aquello me pareció lógico: música de viejos en el club senil. Todos iban decentemente vestidos, nada ostentoso. Si había alguien ahí que tenía dinero no lo quería presumir. La mayoría de las mujeres iban de falda y tacones medianos de entre 5 y 10 cm, predominaban el rojo y el negro en sus atuendos, los hombres tenían pantalones oscuros, la mezclilla era reprobada y casi todos vestían camisa en negro o blanco, uno que otro portaba un sombrero de esos de tiempos antiguos y europeos que le daban más porte. La música salía de un viejo y pequeño amplificador conectado al sistema de iluminación nocturna del parque. Estas personas seguramente habían tramitado algún permiso para estar ahí. Todos se movían cadenciosamente al compás de una estructura musical que me pareció sencilla y nada extraordinaria la primera vez.
Alina nos invitó a sentarnos en una de las bancas que rodeaban la improvisada pista, estas bancas eran espacios codiciados pues no todas las mujeres bailaban, había más mujeres que hombres y las que sobraban tenían que esperar su turno sentadas o de pie. Alina saludó a algunas personas que no se preocupó en presentarnos, todas la trataban con naturalidad como si su rostro no tuviera ni una sola marca. En cuanto llegamos pasaron dos canciones y un joven apuesto sacó a bailar a Miranda, aunque mi amiga mencionó que no sabía bailar aquello, el joven insistió. No había duda, mi amiga, era por mucho, la más bonita del grupo y aquí nadie sabía de su nariz. Pero el problema no eran ellas, ni Miranda ni Alina, era yo… verán, yo iba con mi peor aspecto, nunca me esforzaba en verme elegante, con la gente de mi barrio no lo necesitaba y menos en domingo. Ustedes me entienden, el domingo es para estar relajada, vestir ropa cómoda y es un buen día para no peinarse y solo amarrase el cabello y listo; no hablemos de tomar una ducha. Al ver a todas esas personas bien vestidas como en una pantomima de los años veinte, me di cuenta de que había cometido un error al traer mis jeans rotos y una blusa lisa y sin chiste; pero lo peor eran mis botas estilo militar, que si bien eran una sensación en un hoyo punk, aquí daban risa. Estaba fuera de lugar, ni más ni menos.
La música era aburrida, la gente era aburrida, el lugar era aburrido y mientras mis amigas bailaban una pieza tras otra, yo calentaba la banca. Para colmo, no había traído conmigo ninguna lectura. Me estaba hartando. Había pasado cerca de una hora sentada con mi jeta de molestia cuando decidí ir a buscar una tienda de abarrotes para comprar cigarros y una cerveza; se los juro, me tardé lo más posible, hasta entablé una pequeña conversación con unos albañiles que trabajaban en la fortificación de la estructura de un viejo edificio colonial. Me sentí más cómoda ahí con el humo de mi tabaco, el sabor amargo de mi Modelo clara y la plática con groserías y albures de esas personas. Pero debía regresar.
Al volver la gente seguía bailando pero mis amigas estaban sentadas en la banca. Cuando me les uní me dijeron que me habían estado buscando; les expliqué sin culpa alguna que solo había ido por una cerveza. Ya más tranquilas me hicieron espacio en la banca para sentarme y con tristeza noté que hablaban de ese horrible baile… ¡maldición! Alina, que no se quitaba su pañoleta del rostro, le explicaba a Miranda los cánones del baile del tango, que si la postura, el tiempo, la cadencia y otras madres que Miranda entendía por sus clases de ballet y danza jazz. Luego se echaron flores una a la otra durante largo tiempo, que eres una gran bailarina, que parecía que tenías años bailando, que el chico aquel dijo que lo haces muy bien, y que la chingada. Me aburría enormemente y no tenía más dinero para regresar a la tienda. Entonces, un hombre maduro, de los que usaban el clásico sombrero e iba elegantemente vestido, con su expresión sería y franca, tendió su mano frente a mí y me preguntó si quería bailar… Casi me cago de risa, volteé a ver a mis amigas que me dijeron que me animara. ¡Qué diablos!, si esto tenía algún sentido lo sabríamos en ese momento. Tomé la mano del hombre y traté de hacer todo lo que había visto en dos horas de tortura.

—No tengo ni puta idea ¿sabes? —le dije mirándolo a los ojos.

—No importa, pon tu mano aquí en mi hombro, pon los pies juntos y trata de seguirme.

La música comenzó pero él no se movió, luego de unos segundos trató de caminar hacia atrás pero yo no lo seguí, nuestros pies chocaron y se notó que a él le había dolido el punta pie, me sentí tan estúpida que por un instante quise salir de ahí corriendo, pero él lo volvió a intentar y esta vez yo ya había aprendido, así que saqué mi pie derecho hacía atrás y comenzamos a caminar. Él me corregía constantemente mi postura y me pedía escuchar la música y seguir el ritmo. Y ahí todo comenzó a tener sentido, empecé a escuchar la música, esa que me había aburrido tanto, comencé a sentirme cómoda y ligera a pesar de mi calzado tosco. Él tenía una habilidad increíble para hacerme saber lo él que quería que yo hiciera. Luego de un minuto de tango el asunto ya estaba en otro nivel y comencé a sentir que flotaba en esa pista de la cual desaparecieron todos, incluyendo mis amigas. Entonces, el hombre me llevó un poco más rápido y cuando la música había llegado a un momento dramático yo ya estaba enamorada. Dentro de mi había sentido una revolución, una cambio de perspectiva tan enorme que tuve conciencia de que mi vida no volvería ser igual nunca más. Fue tan agradable esa sensación de estar con él, con la música, que no pensé en nada más. Cerré mis ojos. Todo el universo se había ido a la mierda y sonreí, lo juro por esta mano que escribe ahora. Durante toda la pieza puse una sonrisa grande y placentera.
La música acabó. Dos minutos de vértigo. Un sueño. La adrenalina al tope, nada tenían que ver la cerveza ni la nicotina, estaba en un punto sin retorno. Pero entonces vi a mis amigas, se reían, y algunos otros también. El hombre me dio las gracias y me llevó, de la mano, hasta mi lugar otra vez y en ese trayecto noté que la gente me miraba con picardía. Me sentí mal, ridícula; caí en cuenta de mi horrible vestimenta, de mis botas enormes y varoniles que nada tenían que ver con lo que había sentido unos segundos antes.

—Bien hecho —me dijo Alina.

—Si Cris, bien… bailado —secundó Miranda con una risita.

—¡A la mierda! ¡Váyanse al diablo! Estúpidas.

Se quedaron calladas ante mi seriedad, hasta ese momento me habían visto molesta todo el tiempo, iracunda algunas veces, pero nunca había sido en contra de ellas. Entonces, una bella mujer, una de las que se veía no pasaba de los treinta se nos acercó, vestía de manera un poco más sport pero sin perder la elegancia y el porte. Por supuesto, todo el atuendo correspondía con el disfraz: falda y blusa en negro, una mascada roja rompía la impresión de un triste funeral en aquel atuendo y su cabello largo, castaño negro y recogido le daban el aire de juventud que resaltaba al mismo tiempo con su piel perfecta y sus rasgos faciales finos. Era alta y delgada, parecía bastante hábil y caminaba con gracia. Postura totalmente erguida. Esto último era su rasgo más notable, la mujer, era la encarnación del canon de las proporciones femenino pero hasta ese momento yo ni la había notado.

—Chicas —dijo Alina —ella es mi maestra, Jordana.

—Hola, chicas —dijo Jordana. Su voz era dulce.

—Maestra —continuó Alina—, esta es mi amiga Miranda y quiere tomar clases, le dije que podía unírsenos.

Miranda se puso de pie y saludó a Jordana de mano y con una sonrisa.

—Ya veo, estará muy bien —dijo jordana un poco más seria —¿y qué hay de ti? Si tú, la chica de negro.

—Ella es mi amiga Cristina, pero no le gusta el baile —dijo Alina, tratando de regresar al asunto de Miranda, de hecho Miranda era el asunto no yo, pero…

—Tranquila, Alina, solo le estoy preguntando ¿No te gusta el baile, Cristina?

Quede un poco sorprendida. Al principio pensé que era una típica maestra de baile tratando de hacerse de más alumnos por el simple hecho de que un alumno más es un pago más, pero…

—Nunca he bailado nada —dije contundentemente

—No pregunté eso —dijo ella también contundentemente.

—Bueno, sí, no me gusta. No se ofenda pero esto es de viejitos…

—Eso no fue lo que vi hace un momento —dijo la maestra y luego se dirigió a Alina—. Asegúrate de traerla el martes.

Jordana dio media vuelta y justo cuando pensábamos que se iba solicitó una cosa más a Alina.

—¡Y que se consiga unos zapatos!

Mis dos amigas estaban más sorprendidas que yo. Ese día no hablamos más del asunto. Cuando llegó el punto en que las tres tomaríamos caminos distintos para ir cada una a nuestras casas, Alina finalmente me dijo, y digo finalmente porque parecía haberlo pensado mucho:

—Cristina, el martes a las siete te veré en el metro Chapultepec. ¿De qué número calzas? Te conseguiré unos zapatos…

—Del siete Alina pero ¿quién te dijo que yo voy a ir…? No mames.

—Cristina —intervino Miranda—, no digas nada, a veces no puedes contradecir al destino. Nos veremos el martes a las siete.

Miranda puso su típica sonrisa, con la que parecía decretar cada cosa que se debía hacer y cumplir mientras sobaba uno de sus dijes de Wicca. Suspiré y tomé camino a casa sin decir nada más.



Ese martes fuimos a la colonia Roma. El lugar de la clase era una casona del porfiriato muy bien conservada. Su esencia era tranquila a pesar de los muros gruesos y tenía muchas macetas con plantas de ornato ligeramente secas y descuidadas, además de pinturas de pintores anónimos en las paredes, era una “casa de la cultura”, etiqueta que reservaba el gobierno a las actividades artísticas o lo que es lo mismo, a todo aquello que no sirve para hacer dinero. La gente que caminaba por los pasillos de este centro era muy distinta a la que caminaba por mi barrio, desde su manera de vestir hasta la forma de hablar; era gente adulta y que parecía tener buena posición económica, o al menos el tiempo para aprender pintura, música o baile.
Llegamos puntuales, eso había sido siempre una de mis cualidades y al parecer mis amigas también tenían la misma virtud. Luego de subir unas escaleras inmensas y anchas de mármol llegamos al salón, un amplio espacio de techo alto con piso cubierto de duela y espejos en las paredes.
Adentro ya estaba Jordana y algunos otros alumnos, reconocí a algunos que habían estado el domingo en la milonga del parque del centro histórico. Cuando me vieron, algunos de estos alumnos se rieron. Me habían reconocido. Sentí rabia, cerré los puños.
Alina saludó a varios de estos alumnos separándose de nosotras y cuando saludó a la maestra me señaló como diciendo “cumplí el mandato”. Jordana me pidió a mí y a Miranda que nos acercáramos.

—Esta clase la pueden tomar gratis, pero las siguientes las deberán pagar ¿entienden?
Miranda dijo que sí pero yo fui insolente.

—Yo pensé que nos las daría todas gratis.

—El buen conocimiento no es gratis. Aquí no vas a aprender algo que puedas aprender allá afuera por nada —dijo ella sin molestarse en lo absoluto.

—Está bien, era una broma —dije mientras Alina me miraba de forma reprobatoria y me daba mis zapatos.

Estos zapatos eran unos sencillos con tacón mediano en color negro, cerrados y de mi número, con una correa que se ataba por encima del empeine y que los hacía más justos a mi planta y talón. Me los probé y eran cómodos, me quedaban, pero…

—¡Mierda! —le dije a Miranda —casi nunca había usado tacones en mi vida. Esto es horrible. ¿Por qué tú traes esos zapatos?

—Son zapatos de jazz. Recuerda que practicaba danza antes.

—Si ya sé.

La maestra ordenó que todos se reunieran al centro del salón, yo caminé como pude.

—Bienvenidos. Tenemos tres  alumnos nuevos: Oscar, Miranda y… ¿me repites tu nombre?

¿Me repites tu nombre? Maldita bruja, ni mi nombre se había aprendido, me di cuenta de que había sido yo un timo, era la estrategia perfecta de marketing, se los dije: un alumno más, una paga más. Y además se reía de mí. Ya no traía las botas, pero de nueva cuenta mi atuendo era inadecuado: pantalones deportivos, blusa lisa sin chiste (otra vez) y nada más.

—Cristina —dije sin bajar la cabeza pero con el deseo enorme de desaparecer de ahí.

—Gracias. Y Cristina. Mis alumnos míos, el tango es una danza, quizás una de las más terribles, dramáticas y contundentes. Necesitas valor para bailar tango y el juego es mortal pues hacen falta dos. Para sentir el tango debes tener el corazón abierto; gózalo, vívelo y luego cuenta tu historia. Hagamos honor a eso y demos lo mejor de nosotros en esta clase. Ustedes, los nuevos vengan conmigo. Alina, que el resto caminen.

Los tres nuevos fuimos apartados. El chico nuevo era un pecoso sin mucha gracia pero sin duda encajaba más que yo.
Jordana nos explicó la postura del cuerpo y luego de eso nos unimos a la caminata alrededor del centro del salón. Yo era un caso de desequilibrio.

—Cristina, alza la cabeza, no te encorves —me dijo una vez.

—Cristina, levanta el torso —me dijo otra vez.

—Cristina, estira bien la pierna —eso me dijo unas seis veces al menos.

Entonces Jordana llamó a los alumnos avanzados al centro del salón y los tres nuevos seguimos caminando. Esa fue la parte más frustrante, mientras los demás veían pasos de baile los tres nuevos pasamos toda la clase caminando. Yo era especial blanco de Jordana en correcciones, no solo verbales, cada cuanto caminaba hacia mí y con sus propias manos acomodaba mi cuerpo en la postura correcta.
Al final de la clase Miranda, Alina y yo nos acercamos a despedirnos de Jordana.

—Asegúrate de que vega mañana —ordenó Jordana con todo su don de mando a Alina refiriéndose a mí.
El miércoles ahí estuve, era una cuestión de orgullo. Y camine todo el día. Alina se aseguró de que yo estuviera ahí el jueves. Ese jueves camine todo el día, pero lo peor del jueves es que Miranda avanzó un nivel y se reunió con los que ya hacían pasos. Y el viernes nuevamente a caminar, pero ahora hacia atrás.

—¡Sobre metatarsos, Cristina! —me indicaba constantemente Jordana. Era una mujer dura, una piedra en el zapato y yo comenzaba a odiarla.

La siguiente semana caminé hacia atrás y hacia adelante. Y la siguiente semana también y esa era toda la clase para mí. Para mi fortuna nunca estaba sola en esa horrible rutina, siempre había gente nueva. A favor mío se podía decir que mientras muchos nuevos no regresaban yo no me rendía. Una ira me impulsaba a no claudicar y a pagar por cada clase, el dinero no era problema, realmente las clases costaban bastante poco pero al final de cada sesión mis pies me dolían y me sentía tremendamente cansada, con ganas de no regresar nunca más. Al mes llegué a mi punto muerto.

—¡Estoy harta, Alina! No voy a volver jamás a esa chingadera —dije a mi amiga al final de una de las clases.

—No te rindas…

—¡A la mierda con eso! ¡¿Qué estoy haciendo aquí?! ¡Esto ni siquiera me gusta, odié este puto baile desde el principio y lo odio ahora, detesto a esas personas que se ríen de mí y detesto a Jordana, esa bruja que…! ¡Me caga!

Luego de un silencio insoportable Alina se atrevió a decir algo…

—Aunque no lo creas ella nota lo que estás haciendo. Lo valora. Debes esforzarte, no rendirte…

—¡¿Para qué chingados?!

—¡Porque ella vio algo en ti! Y te caga y te caga porque le importas. Ni siquiera conmigo fue o es así. Un día yo seré la mejor bailarina de tango de este país y se lo deberé todo a Jordana. Todo lo que soy se lo debo a ella, solo te pido que tengas paciencia. Ella sabe lo que hace.

Al escuchar eso casi se me sale una lágrima: la veneración de mi amiga por su maestra era entendible pero Alina tenía el sueño de ser la mejor en esto, al menos del país, y yo de inmediato pensé que ella nunca podría serlo con el rostro así como lo tenía, no la dejarían nunca ser la mejor. Me pareció tan inocente. En cambio, para mí la motivación era puro coraje y orgullo, realmente no tenía mucha importancia a dónde acabaría esto ni sabía exactamente en qué punto podría yo declararme vencedora o algo por el estilo. La vida simplemente me había enseñado a ser una mula terca.

Cumplido el mes, llegó la clase del lunes, un lunes cualquiera. La misma rutina de siempre, caminar y entonces todos se reúnen al centro para comenzar a practicar los pasos. Yo ni me inmuto, sigo concentrada en caminar. Las rodillas derechas, pisar con metatarso, el abdomen firme, los hombros hacia adelante, vista al frente… tenía pesadillas en la noche con eso. Mis pies, que ya me dolían menos, habían hecho callos. La envidia me come, odio a Miranda que es la novedad del grupo: chica bonita y que tiene facilidad para el baile, odio a Alina que siempre es usada para poner el ejemplo del nuevo paso y se da el lujo de ayudar a los más inexperimentados, la odio porque en esa clase de baile ella no es la vulnerable y tímida Alina de la escuela y de la calle, ahí no siente vergüenza de su cara deforme, ahí la desgraciada soy yo, la que ocupa el último lugar soy yo, Cristina Daza. Las odio con toda mi alma durante esas dos horas que dura la clase pero luego son ellas las que me consuelan, me consienten en el camino de regreso a casa… les doy lastima. Y entonces…

—Cristina, ven al centro —me ordenó Jordana. Casi no la escuché, pensé que quizás me mandará por un encargo. Así fui al centro del salón.

—Bien, ya estamos completos, la semana pasada vimos la castigada

—¿Jordana, qué quieres? —pregunté confundida.
Jordana me lanzó una mirada de fuego pues la había interrumpido.

—Que te quedes, toma una pareja.

¿Había sido cierto lo que había dicho? Creí que estaba soñando. Quedé en estado de shock por unos segundos…

—Cristina si sientes nostalgia por seguir dando vueltas alrededor del salón puedes regresar a hacerlo —me dijo Jordana al sentir mi duda.

—No, lo siento —Miranda me abrazó. Alina me miró con gusto. Y yo ingenuamente creí que a partir de ahí todo sería más fácil. Pero no, ya nunca sería fácil. Nunca.

lunes, 3 de diciembre de 2018

4 MIRANDA



Al día siguiente a Miranda solamente pude hablarle hasta el descanso entre clases. En ese lapso de entropía estudiantil, la abordé cuando ella estaba sentada en una de las bancas del patio escolar. Decidida a resolver el misterio me vi obligada a interrumpir su almuerzo que consistía en una ensalada de zanahoria muy abundante servida en uno de esos recipientes caseros de plástico que resistían las microondas. Me paré enfrente de ella sin sentarme a su lado. La curiosidad me mataba ¿sería su padre algún diputado, senador o político influyente para poner así, como un manso gatito, a Buenfil? Miranda comía con delicadeza ese vegetariano festín cuando le pregunté súbitamente.

—Miranda ¿Quién es tu papá?

Ella lo tomó con calma, se llevó otra cucharada de zanahoria a la boca pero no dejaba de mirarme mientras masticaba su bocado. Finalmente, ya sin bocado me condicionó:

—Si te lo digo, no se lo dirás a nadie —y apartó su vista de mí para seguir comiendo.

—¿Es un criminal o qué? —bromeé.

—No, pero no se lo dirás a nadie y lo tienes que prometer —dijo esta vez con algo de comida en su boca pero llevándose la palma de la mano cerca de su rostro para cubrir el pecado de hablar con la boca llena.

—Lo prometo —y le mostré mis manos para evitar sospechas de cruzar los dedos.

—Está bien —dijo, luego me tomó de las manos desatendiendo ahora si totalmente su almuerzo —Cristina, mi papá es… el dueño de esta escuela.

—¡El dueño de la escuela! ¡Santa mierda! —exclamé.

—Shhh. Baja la voz. Bueno, no solo de esta escuela, tiene otras escuelas como ésta en el país…

—¡Santa madre de dios! Espera, ¿por qué nadie lo sabe? ¿Por qué no nos dijiste nada?

Ella solo se encogió de hombros y me invitó a sentarme a su lado. Entonces, como teníamos todo el descanso, comenzó a contarme su vida.
Miranda había nacido unos meses después que yo, justo el 20 de diciembre, en el seno de la familia de un empresario, de esos creyentes estoicos de que las buenas relaciones en los negocios harían mejorar, quién sabe cómo, el nivel de vida de todos los seres humanos. Todo mundo lo admiraba por su capacidad para llegar a acuerdos aun en las circunstancias menos favorables. Cuando ya era alguien con un nombre en el mundo de los negocios, conoció a la que sería la madre de Miranda; se llamaba Eloísa y había sido hija de un político muy influyente del Priismo duro que había ocupado el cargo de subsecretario de educación. No hizo falta mucho esfuerzo para el amor entre los padres de Miranda; las dos familias vieron conveniente el matrimonio y les otorgaron todo el apoyo financiero y moral. Miranda fue la menor de dos hermanas. Desde su niñez estuvo acostumbrada a una vida con bienes, diversiones y conceptos típicos de una clase social pudiente. Ella se desenvolvió en todo ese universo de abundancia como todos esperaban que fuera: una niña bien. Tuvo clases de ballet y cuando quiso fue a clases de pintura y aleatoriamente fue a clases de piano cuando no estaba en clases de natación. Su niñez fue feliz pero incluso ya desde entonces aborrecía su nariz aguileña, herencia de la familia de su padre y de unos juguetones genes de Euskadi. Por supuesto, esa broma del destino de darle una nariz tan fea a ella nunca le dio risa. A su amargura se agregaba que su hermana mayor tenía una nariz hermosa. El complejo creció conforme llegó a la adolescencia y se hizo insoportable la envidia. Eso la apartó de tener muchas amigas y ser parte de la elite popular de los lugares que frecuentaba. Su madre y su hermana trataban de animarla diciéndole que aun así, fea como ella se sentía, era hermosa y pronto los chicos comenzarían a frecuentarla; pero esas palabras no le parecían lo suficientemente válidas y pensaba que solo se lo decían porque la querían. En parte, tenía razón. Contrario a lo que podía pensarse, su problema en realidad no era tan grave y de hecho casi ninguno de sus compañeros de escuela se lo hacían notar; incluso Miranda ignoraba que, de hecho, había más de un chico que la miraba desde lejos sin valor para poder hablar con ella y declararle su amor. Durante la adolescencia Miranda tomó el hábito de leer, iba a las mejores escuelas privadas y sacaba buenas notas casi siempre salvo por descuidos ocasionales producto de sus depresiones por los complejos de su aspecto. Con todos los miembros de su familia tenía buena relación: amaba a su madre y admiraba a su padre, su hermana era como un modelo a seguir para ella aunque la envidia que sentía a veces la ponía en serio predicamento. Su hermana conocía el sentir de Miranda y en lugar de retarla siempre trataba de ayudarla y buscaba hacerla sentir mejor. Realmente le preocupaba que el complejo de su hermana pudiese ocasionar daños mayores; una pista alarmante era que en toda la secundaria Miranda no había tenido ningún novio. Al cumplir trece años su hermana habló con ella para decirle que no tenía por qué sentirse así:

—Un día —le dijo a Miranda— tendrás un novio guapo y galante, irás a fiestas y a conciertos, y ¿sabes por qué lo sé? ¡Porque hay cirugía plástica, hermanita!

La idea de la cirugía plástica se volvió una obsesión para Miranda desde entonces y aunque sus padres trataron de pedirle que esperara a tener más edad, Miranda no tenía intenciones de ceder. Había un destino manifiesto en riesgo y ella ansiaba todas esas cosas que su hermana había dicho. La falta de novio de Miranda en su adolescencia temprana no solo obedecía al complejo de Cyrano de Bergerac, la otra razón, y quizás la de mayor peso, era que Miranda no se había enamorado ni una sola vez en su corta vida. Eso cambió justo cuando ya tenía la obsesión de la cirugía plástica. El chico era, para sorpresa de todas sus amigas, uno no muy notable; aunque tenía su encanto y unos enormes ojos color ámbar, pertenecía al grupo de los chicos tímidos y que frecuentemente era presa de los abusadores, pero de eso no se enteró Miranda en todo el tiempo en que derramó miel por el chico. Él era delgado, de buenos modales y de los que practicaba deporte. En algo no había duda: el susodicho no era una lacra. Lo del deporte era una bendición para Miranda pues el chico, de nombre Cisco, jugaba fútbol en la hora de descanso en una de las canchas que había en la escuela. Había dos certezas absolutas en el universo en ese entonces, una era que Cisco siempre estaba en esa cancha cada descanso para perseguir una pelota y la otra que Miranda siempre lo observaba desde afuera del aquel perímetro, admirándolo y llenándose la cabeza de ilusiones. La primera en notar el cambio de ánimo en Miranda fue su hermana: primero se dio cuenta de la ausencia en ánima de Miranda quien siempre estaba ahí, en la cocina, en el comedor, en la sala; pero al mismo tiempo no estaba ahí. Un día, la hermana mayor trató de jugarle un chiste a Miranda pero esta estaba tan en otro mundo que no se dio cuenta de la broma. Fue entonces que la hermana de Miranda comenzó a contar las horas que la enamorada pasaba encerrada en su cuarto escuchando música pop con temas de amor.

—Tú estás diferente —le dijo un día que Miranda salía de tomar una ducha y se preparaba para ir a la escuela. Miranda negó que hubiese algo diferente y su hermana tuvo que presentar sus pruebas como la fiscal más calificada del distrito.

—Si lo estás. Mírate, te arreglas para ir a la escuela y sí, siempre lo haces, pero ahora te tardas veinte minutos más. Además, no dejas de escuchar esas canciones rosas con letras de amor. Otra cosa es que ya no estudias tanto y cuando te encuentro sola tienes la vista así como perdida, sin mirar nada. Para mí aquí solo hay de dos sopas: o estás “chipil” o estás enamorada.

Miranda se sintió descubierta. Aunque sabía que todo lo que había dicho su hermana era discutible y podía ser refutado sin mucha dificultad quería ser descubierta ¡ansiaba ser descubierta! El sentimiento que guardaba dentro la sofocaba de una forma que para ella era desconocida. Necesitaba urgentemente confesarse y así lo hizo esa mañana con su hermana, pero como era tarde para ir a la escuela solo pudo decir:

—Sí, me gusta uno.

Eso le bastó. Ese día Miranda se sintió más libre y fue más feliz en el descanso mirando a Cisco. Luego de esa confesión a su hermana les dijo a sus amigas que Cisco le gustaba. Ellas ya lo sabían pero aun así se hicieron las sorprendidas.

Como Cisco no sabía que Miranda existía, las amigas armaron toda una serie de estrategias para forzar un encuentro entre ambos. Durante semanas las amigas realizaron intentos infructuosos que fracasaban una y otra vez. Esos juegos de cortejo infantil que emocionaban a sus amigas pronto hartaron a Miranda que por primera vez en su vida tomó las riendas de un asunto serio que directamente le competía. Un día lunes habló directamente con quien ella pensaba era un amigo de Cisco, un chico de nombre Rafael que iba en el grupo de Cisco y que además era primo de la amiga de la amiga de una de una de las amigas de Miranda. Ese parentesco lejano había bastado para que un año antes, Rafael y Miranda, hablaran casualmente en una tardeada escolar. Esa charla trivial y sin importancia había ocurrido cuando Miranda todavía no era presa del amor por Cisco. Entonces, un año después, en medio de los sentimientos ardientes de pasión juvenil, Miranda se plantó ante Rafael para pedirle el inmenso favor de que le presentara a Cisco. Rafael a duras penas si recordó a Miranda pero, sin nada que perder, decidió ayudarla solo porque era amiga de su prima, o al menos eso había entendido él. Lo que Miranda no sabía es que Rafael no era amigo de Cisco, de hecho, Cisco lo consideraba su peor enemigo pues Rafael era el tipo que más bromas pesadas le jugaba y no pocas veces, Cisco, había soñado con matar a Rafael a puñaladas para luego arrojar su cadáver a un río.
Unos pocos días antes de las vacaciones decembrinas, Rafael interceptó a Cisco en uno de los pasillos escolares. A sus espaldas estaba Miranda que esa mañana había puesto todo su esfuerzo en verse linda. Ella estaba escoltada por cuatro de sus amigas que no querían perderse el hecho. Cisco pensó que era otra emboscada de su abusador, pero particularmente ese día no estaba de humor y de hecho se sentía listo para, al fin y de una vez por todas, lidiarse a puños con su abusador.

—Güey, quiero presentarte a alguien —dijo  Rafael a Cisco.

El tímido chico se sorprendió, no estaba preparado para algo así. Notó a Rafael muy distinto, parecía que le mostraba respeto. Entonces Rafael le pidió a Miranda que se acercara.

—Cisco, ella es Miranda. Miranda él es Cisco —dijo Rafael con toda decencia.

Cisco quedó sin reacción. No le interesaba en lo más mínimo Miranda. Entonces, su odio por Rafael regresó y su actitud defensiva le ordenó salir de ahí de inmediato. Rafael lo prendió por el brazo tan solo Cisco había dado unos cuantos pasos.

—¡Güey, te estoy presentando a alguien! ¡Por lo menos saluda! —dijo Rafael cerrando su puño y mostrándoselo a Cisco de forma amenazante.

La cobardía regresó a Cisco tan solo vio el puño cerrado de Rafael. Torpemente regresó hasta Miranda y sin verla a los ojos le dijo.

—Hola.

Y eso fue todo.
Cisco caminó sin voltear a ver aquella tragedia que había dejado a su paso. Miranda quedó en ridículo. Rafael trató de alcanzar a Cisco, no para hacer que volviera sino para darle un puñetazo en el rostro, pero recordó que estaba en pleno pasillo escolar, un sitio que las autoridades escolares tenían bien vigilado. Las amigas de Miranda quedaron tan petrificadas como ella y no atinaron a decir ninguna palabra de consuelo. En ese momento el corazón de Miranda cauterizo de golpe la herida pero eso no la exentó de llorar un río sobre ese pasillo escolar. Cuando llegó a su casa ese día se encerró en su cuarto y no salió hasta la tarde siguiente. El encierro fue uno de los episodios más amargos de su vida. La hermana explicó a sus padres todo el asunto pues el chisme del fracaso amoroso se había extendido como mecha de pólvora por la escuela. Los padres entonces decidieron animar a Miranda a cualquier precio o mejor dicho, al precio que costara una nueva nariz.

Llegó la navidad y se suponía que al pie del árbol de plástico donde regularmente se colocaban muñecas, juegos de té y ropa fina, ese año habría un cheque que cubría los honorarios del cirujano. Pero la navidad no fue así. Miranda vio a su hermana por última vez la mañana de ese 24 de diciembre. Se suponía que la hermana iría al centro comercial con sus amigas y regresaría para la hora de la comida. Cuando no llegó a comer, la madre de Miranda no se preocupó: pensó que seguramente su hija mayor estaría en casa de alguna de sus amigas y la habrían invitado a quedarse a comer. Entonces se acercó el momento de la cena, el padre de Miranda, que para entonces ya era responsable de varias escuelas privadas como había dicho Miranda, se encontró con la sorpresiva ausencia de su hija. A su vez, Miranda, no tenía preocupación; en ella solo cabía la emoción de su regalo: una hermosa nariz.
Los padres llamaron a la casa de las amigas de la hermana de Miranda. El asunto se fue al traste cuando una de las adolescentes que verían a la chica en la plaza aseguró que ésta nunca llegó a la cita. La madre perdió el control y se angustió, entonces llamaron a todos los familiares, al novio, a los compañeros de la escuela… a todos. Miranda fue testigo del derrumbe de sus padres en esos minutos atroces cuando la pesadilla comenzaba, nunca más recuperarían lo que habían sido antes de esos minutos de horror. La policía llegó horas más tarde, hicieron las preguntas de rigor y Miranda fue interrogada; lloraba, y no era por su hermana, el sobre con el dinero de su operación seguía al pie del árbol y no podía dejar de mirarlo pero la navidad se había fugado para siempre.
La búsqueda se extendió al día siguiente y para entonces la casa ya estaba atiborrada de policías, familiares y amigos. Todos ayudaron, menos Miranda quién pasó ese día en su cuarto con la esperanza de que su hermana regresara, la reprenderían, ella no le hablaría en una semana por haber arruinado la navidad y el regalo de su operación se pospondría tan solo hasta el seis de enero, día de los reyes magos. Pero esa fecha se cumplió y no había pistas de su hermana, lo que si había eran anuncios en cada poste con la foto de la chica perdida. Poco a poco la fatalidad se fue haciendo rutina. Miranda prácticamente fue ignorada por sus padres todo ese tiempo, de la misma forma la casa, la servidumbre y los respectivos trabajos de sus padres fueron descuidados al límite. Al año, la familia estaba en bancarrota, la búsqueda había agotado todos los recursos, habían tenido que pedir prestado y eso solo empeoró la situación.
En ese mar de soledad, y por increíble que parezca, Miranda sobrevivió y mantuvo la cordura. Lo más extraordinario de todo fue que nunca se quejó. Aprendió a vivir sin padres y sin servidumbre, atendió todas sus necesidades y cubrió todos los trámites correspondientes a su escuela; a falta de dinero, ella misma se inscribió al bachillerato en una de las escuelas que aún estaban bajo la administración de su padre, quien como puede entenderse delegó prácticamente todas sus funciones a una serie de directores, prefectos y gente como Buenfil. Miranda dejó de asistir a clases de esto y aquello pero en cambio comenzó a sembrar y cuidar árboles en el jardín familiar. También visitaba a su abuela materna que se convirtió para Miranda en una de las pocas personas con las que podía cruzar una conversación de más de dos palabras. Su misma abuela la inmiscuyó en el rito y la cultura wicca de hechicería y pronto, lo que era un pasatiempo, Miranda lo adoptó como principio de vida; ya saben, respeto por la vida, creencia en un universo o entidad suprema, equilibrio y poder de la naturaleza. Eso explicaba el porqué de sus dijes y demás ornamentos que solía portar con regularidad.
Un buen día los tres miembros restantes de la familia coincidieron en espacio y tiempo en el comedor de la casa, algo que era ya muy raro y casi imposible. Habían pasado dos años, tres meses y veinticuatro días de intensa búsqueda y no había habido ningún resultado. Y entonces ahí estaban esas tres almas en la misma mesa de comedor. Sus padres habían envejecido al menos diez años y sus rostros se veían extenuados debido al efecto severo de la sombra abrupta en las cuencas de sus ojos. Miranda no les dirigía la palabra pues había aprendido que eso no le garantizaba una respuesta de sus padres. Tomó un tazón de cerámica turca, vertió leche en él y se sirvió cereal que ella misma se había encargado de comprar con dinero que pedía prestado a su abuela. Y justo cuando se disponía a regresar el cubo de leche al refrigerador notó que su padre no apartaba su vista de ella. Su madre en cambio estaba perdida acomodando rebanadas de jamón sobre un duro pan blanco para emparedados.

—¿Quién compró ese cereal? —preguntó su padre.

Miranda dudo un poco en responder y al fin lo hizo con su voz calmada y apacible.

—Yo lo compre, pueden tomar.

Su padre no respondió, seguía mirándola fijamente. Era un alma regresando a una realidad que había casi olvidado y por primera vez en dos años caía en cuenta que tenía otra hija. Era evidente que la independencia de Miranda sorprendía a su padre que se preguntaba para sí, ¿cómo había Miranda logrado sobrevivir sin ellos? Todo ese tiempo el silencio de su hija menor había resultado cómodo pues de esa forma la pareja había podido concentrarse en la hija perdida. Su padre sintió culpa y fascinación al mismo tiempo y los ojos se le pusieron brillosos de lágrimas mientras Miranda sorbía leche de su plato con cereal. Por su parte, su madre seguía atendiendo el emparedado.

—Estás más alta… —dijo al fin su padre. Luego preguntó —¿cómo ha estado la escuela?

Aquello sorprendió a Miranda, pero al mismo tiempo un enojo le subió por la médula, no era que la pregunta de su padre le supiera a hipocresía o mentira, sino que era tan absurda, verdaderamente absurda. Miranda miró fijamente a su padre, por ello derramó un poco de leche sobre la mesa, eso la sacó de su asombro y corrió por una servilleta. Su padre se sintió igual de incomodo así que fue al grano.

—Hemos decidido abandonar la búsqueda de tu hermana —dijo con la voz entrecortada.

Entonces, su madre soltó un amargo llanto. El padre de Miranda fue a consolarla y abrazar aquel drama. Miranda seguía sentada viendo aquella capitulación, ese armisticio tan doloroso. Su padre entonces la invitó a acercarse y Miranda obedeció aunque no quería unirse a tal duelo pues en el fondo, el dimitir de la búsqueda era para ella una buena noticia. Y así fue, unos meses más tarde, cuando las finanzas de la casa se estabilizaron un poco y ya no estaban sangradas por la búsqueda, Miranda entró al quirófano y salió con una nariz respingada. Sus padres sin embargo, no fueron los mismos y la relación de Miranda con ellos se tornó en una especie de reconocimiento: mucho se había perdido en esos dos años, mucho, no solo una hija.

lunes, 12 de noviembre de 2018

3 COMPRAS… DE TIANGUIS

Foto de Alejandro Muñoz.


Con mis nuevas compañeras tomé de nueva cuenta el Metro rumbo a un lugar de mi barrio. A veces creemos que todas las personas se desenvuelven en los mismos sitios y viven las mismas cosas que una, con esa venda en los ojos guiaba yo a estas chicas al tianguis de calle que todos los martes se colocaba en las aceras de mi cuadra. Cuando llegamos el barullo estaba en su apogeo de medio día. Multitud de señoras llevaban bolsas cargadas con las compras de la semana: carne de pollo, res y cerdo; en trozos, en bistec o molida; todo tipo de hierbas como perejil o cilandro, nopales, huanzontles o maíz con huitalcoche. Era el día de mercado con ese sol de primavera que hacía que, tanto vendedores como clientes, sudaran abundantemente. Nosotras nos acercamos hasta los puestos de ropa pues yo conocía a uno de los vendedores que sabía nos haría un buen descuento.

—¡¡¡Ese mi cuchifluchi!!! —Le grité al bato que atendía uno de los puestos con blusas y jeans más nice del tianguis, era el Ernesto, un buen amigo de muchos años, al que aunque no le compraba yo nunca nada, se llevaba bien conmigo pues coincidíamos en nuestro gusto por las rimas y los versos.

Cristinsita ¿cómo le ha ido? ¿Qué dicen los novios?

—Tranquilo Ernesto, traigo a unas amigas para que escojan algo de ropa.

Ernesto miró a Alina que llevaba el rostro oculto otra vez y con un gesto de reprobación mencionó en voz baja que al menos una de mis amigas si necesitaba ropa más bonita. Entonces mostró a Alina algunas de sus mejores piezas maquiladas en alguna fábrica de mala muerte de China. Yo le dije a Alina que escogiera lo que quisiera, era cortesía de la casa, sabía que estas prendas piratas no me sangrarían mucho la bolsa. Entonces mire a Miranda, se veía sorprendida y algo estresada.

—¿No te gusta aquí?

Ella trato de poner su mejor sonrisa.

—Está bien aquí, es solo que hay mucha gente —dijo ella.

—¿Tú donde compras? —insistí.

—En Plaza, Perisur… no sé, cosas como esa.

Miranda era niña de padres ricos y eso lo podías ver a mil kilómetros de distancia. En efecto, sus ropas, aunque tenían ese estilo hippie, no se veían en absoluto de mala calidad. Sus múltiples colgantes y pulseras debían ser de plata genuina y sus aretes seguramente no eran una imitación barata como las prendas que vendía Ernesto. Además, supuse que su operación de nariz había sido costosa, nada que yo hubiera podido pagar ahorrando mil años con la mesada que me dejaba mi padre cada mes. Al final no dije nada más, en otras ocasiones me hubiese burlado de ella o hubiera explorado si tenía ideas materialistas para iniciar un debate como mi padre me había enseñado, pero no tenía ganas y sentía empatía por estas nuevas personas de mi vida.

Alina escogió algo y las lleve a mi casa. No había nadie en casa; mamá estaba trabajando y papá, como ya les he comentado, solo iba a la casa una vez al mes para jugar con mi madre al fin de semana más pasional y romántico de todas las historias posibles. Mi cuarto estaba en desorden: muchas prendas en el suelo, los afiches desperdigados y las notas y cuadernos de la escuela completaban ese laberinto de cosas tiradas y mal puestas. Por fortuna había tendido mi cama. Alina tomó las nuevas prendas y se metió al baño. Al poco rato salió y se veía bien, puso las prendas que se había quitado en una bolsa. Entonces guie a mis invitadas a la cocina y les ofrecí un poco de agua.

—Tu casa es bonita —dijo Alina.

Entonces les comenté que aún no veían la mejor parte. Así las llevé a la azotea. Luego de ascender las escaleras de herrería llegamos a lo alto de mi casa, un lugar íntimo en donde un pequeño tejaban hacía sombra y te permitía observar un paisaje pletórico de la ciudad.

—Hermoso —dijo Miranda.

Decidí entonces bajar a hacer limonada y cuando regresé Alina y Miranda se habían sentado en el techo a la sombra del tejaban. Se reían y se llevaban bien. Les ofrecí la limonada.

—Entonces ¿más cómoda Alina? —pregunté sin mirar a Alina en particular pues mi vista la clave en el paisaje de smog y edificios del Distrito Federal.
—Sí, muchas gracias… esto ha sido padre —dijo ella.
—¿Dónde vives Alina? —indagué.
—Al centro de la ciudad, en la Guerrero.

La piel se me puso de gallina, esta chica venía de unas colonias más bravas y conflictivas de la ciudad y aun así salía de su casa cada mañana para ir a la escuela. Inmediatamente imagine todas las burlas que la gente le hacía en todo ese trayecto.

—¿Y tú Miranda? —pregunté.
—Aquí a lado, en el pedregal.

Si, en el pedregal de a lado, el que era muy distinto a mi pedregal de calles desordenadas y una numeración en lotes y manzanas que nos delataba como descendientes de paracaidistas invasores del uso de suelo de conservación. Su pedregal era el de casa enormes, calles con camellones plantados con flores, árboles frondosos y siempre verdes; el pedregal de casetas de vigilancia y lujosos autos.
Finalmente platicamos de música, era lo más lógico a nuestra edad. A Miranda le gustaba el rock y el pop y durante media hora nos habló con pasión y nos hizo escuchar por su iPod las canciones que consideraba eran parte de su vida.

—¿Quiénes son estos? —le pregunté mientras el pequeño audífono me permitía escuchar un rock melódico cantado por una mujer.

—Son Ana Zeppelin y Los Olvidadizos, son de España, bueno, la vocalista es mexicana, son buenos —me explicó Miranda.

—¿Y a ti Alina que te gusta? —pregunté.
—El rock, la electrónica también, pero el tango me vuelve loca.

Tanto Miranda como yo miramos sorprendidas a Alina y preguntamos al unísono:

—¿El qué…?
—Sí. ¡Oigan, las invito este domingo a una milonga!

Miranda y yo aceptamos asistir aunque ninguna de las dos tenía idea de qué era una milonga. Yo al principio pensé en un restaurante argentino con un grupo musical en vivo, así que la idea me gustó. Se me hizo agua la boca de solo imaginar la carne bien asada, sustanciosa y jugosa. En ese momento no lo sabía pero aquello no tenía nada que ver con el apetito, lo cierto es que me cambiaría la vida para siempre.

Después de un rato la limonada se acabó y pensé en cervezas pero Miranda apuntó que era hora de irse a casa. Oficialmente el horario de la escuela se había terminado, había olvidado que de hecho, nos habíamos ido de pinta. Entonces las acompañe hasta el paradero de microbuses y autobuses y les di instrucciones suficientes para que pudieran salir de mis dominios. Miranda abordó un taxi de los color oro y rojo y Alina un simple camión que según decía la podía dejar directo en su casa.

La tarde cayó ese día y en la soledad de mi cuarto hice algunas tareas escolares muy básicas y recordé ir al café internet. Estando ahí no pude evitar buscar en la red la frase “cirugía plástica” pero los resultados fueron tantos y variados que me dio una tremenda flojera reparar en todos ellos. Luego de unos minutos de visitar algunas páginas de contenido científico cuestionable, terminé mi pequeña investigación pensando que de hecho no sabía nada del asunto y que era una cuestión de médicos especializados. 

Entonces busque otra palabra: milonga. Y caí en cuenta de que nada tenía que ver un buen corte de carne con eso, me esperaba a una tarde de domingo muy pero muy aburrida.


El siguiente día en la escuela Alina se presentó con ropa que ya no la hacía parecer una espía que trataba de pasar desapercibida. La saludé en la entrada y caminamos juntas por los pasillos de la escuela, los buitres no dejaban de mirarla. Antes de ingresar a la primera clase pregunté a una maestra, que intuitivamente me daba la impresión de ser sensata, si podíamos hablar durante algún descanso con el prefecto Buenfil. La maestra accedió pero Miranda no había llegado.

Buenfil estaba es su oficina desde donde podía ver la entrada de los alumnos y el cateo de los guardias. Al vernos entrar se acomodó en la silla de su escritorio y me preguntó qué hacía yo ahí.

—Usted —me decía—, veo que ha cumplido con lo que acordamos y eso me congratula mucho, pero ya tiene que ir a clase.

—Queremos hablar con usted —dije—, sobre que molestan a mi compañera aquí presente.

—¿Quién la molesta? —preguntó Buenfil sin siquiera mirarnos.
—Pues Rizo y todos en realidad. Rizo…
—¿Qué le han hecho?
—Pues no dejan de mirarla y de ponerle sobrenombres y…

Buenfil no dijo ninguna palabra por un momento que me pareció eterno, entonces por fin nos miró de frente, colocó sus manos sobre su escritorio y abrió algo que parecía una agenda.

—Usted —dijo al fin—, viene aquí a decirme que molestan a su amiga y le ponen sobrenombres. Señorita Cristina, solo dígame, ¿Cuántas personas en la escuela no concordarían con la descripción que usted acaba de dar?

Buenfil sabía su trabajo, era listo y tenía claro cómo defenderse para no hacer nada más allá de su rutina. Pero yo no podía dejarlo así, mi padre muchas veces había estado en esta situación, defendiendo lo indefendible, por lo tanto pensé que debía al menos tratar.

—Bueno, tiene razón, prefecto, pero mire el asunto de este modo: ninguno de mis compañeros tiene el problema de salud que ella tiene. El problema de su cara hace que los demás se burlen de ella y eso no la deja estudiar bien. Usted tiene la responsabilidad de atender estos casos pues es el prefecto, la autoridad en esta escuela. 
¡Dios bendito!, nunca me habían salido tantas palabras políticas y rimbombantes ni en una rima. Me sentí aliviada, pensé —trágate eso imbécil, cortesía de lo que mis padres me han enseñado. Buenfil me miró con rabia. Yo había dado en el clavo, lo había violentado. Durante un instante me dije a mi misma —prepárate aquí es cuando te expulsan.

—Ya veo, usted viene a denunciar una agresión que no ha pasado. Por favor, vayan a clase y si alguien trata de molestarla… ¿Cuál es su nombre señorita?
—Se llama Alina.
—¿Su compañera es muda? ¿No puede responder por si misma?
—Claro que puede, pero de eso justamente le hablo. El otro día la maestra de química la exhibió solo porque ella no puede hablar bien…
—Pero ahora, usted Cristina, ¿es su defensora?
—Si eso es necesario, sí. Si alguien se quiere hacerle algo malo yo la defenderé. Si usted no quiere actuar, yo la defenderé a mi modo.

Alina tenía los ojos llorosos. Ella pensaba que la estaba metiendo en un lio. Entonces arremetí con lo último para terminar de ablandar a Buenfil:

—Señor Buenfil, hay gente que actúa ante estas cosas con violencia, usted sabe que sus alumnos hacen eso; la molestarán, la harán sentir mal y si las autoridades escolares no frenan eso ¿de qué se trata? No podemos dejarla sola señor Buenfil. Yo le aseguro que ella será la mejor alumna que pueda usted tener. Y mejor aún, yo haré lo mismo, nunca más le causaremos problemas, nunca más le pediremos nada más, no volverá a vernos aquí en su oficina. Solo haga lo necesario para protegerla. Si alguien la molesta castíguelo, amenácelos de que si le hacen algo peor y no frenan sus burlas les pasará algo. Es todo lo que le pedimos.

Fue eso mi más grande ofrecimiento por nadie jamás. Buenfil aún estaba con el rostro duro, no dudo que su posición siguiera inflexible pero entonces su mirada se alzó, sus ojos se abrieron, fijó la vista en la entrada de su oficina y yo volteé para ver que lo había impactado, era la simple persona de Miranda.

—Hágalo por favor, Prefecto Buenfil. Mi padre lo tomará en cuenta —dijo levemente Miranda.

Buenfil regresó a mirarme. Yo no entendía.

—Está bien —dijo Buenfil—. Pero no habrá reglas especiales de protección para nadie. Hablaré con los maestros sobre este caso y les pediré que estén atentos. Además, acepto su propuesta señorita Cristina: usted será la mejor alumna que esta escuela pueda tener y si falla al menos una vez… la retendré aquí hasta que ya no tenga edad para poder entrar a la universidad.

Trague saliva. Con un tímido movimiento de cabeza di un sí.

—Gracias —dijo Miranda y se retiró. Ni siquiera había entrado a la oficina, había dicho todo desde el umbral de la puerta.

Alina y yo salimos un poco después. Apenas estuvimos fuera de la dirección Alina me abrazó y comenzó a llorar tímidamente al tiempo que me decía una y otra vez la misma palabra: gracias. Nunca me había sentido mejor en mi vida. ¿Esto era lo que sentía papá al luchar por los obreros y sus familias? Al fin lo entendía: ayudar a otros se sentía tan bien. Es de lo que hablaban los sabios, las religiones, los grandes filósofos… pero esperen, durante un momento todo estaba perdido y Miranda lo había salvado. ¿Su padre lo tomaría en cuenta? ¿Quién era su padre? Estaba decidida a desenvolver el misterio.