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| Foto de Alejandro Muñoz. |
Con mis
nuevas compañeras tomé de nueva cuenta el Metro rumbo a un lugar de mi barrio.
A veces creemos que todas las personas se desenvuelven en los mismos sitios y
viven las mismas cosas que una, con esa venda en los ojos guiaba yo a estas
chicas al tianguis de calle que todos los martes se colocaba en las aceras de
mi cuadra. Cuando llegamos el barullo estaba en su apogeo de medio día.
Multitud de señoras llevaban bolsas cargadas con las compras de la semana:
carne de pollo, res y cerdo; en trozos, en bistec o molida; todo tipo de
hierbas como perejil o cilandro, nopales, huanzontles o maíz con huitalcoche.
Era el día de mercado con ese sol de primavera que hacía que, tanto vendedores
como clientes, sudaran abundantemente. Nosotras nos acercamos hasta los puestos
de ropa pues yo conocía a uno de los vendedores que sabía nos haría un buen
descuento.
—¡¡¡Ese mi cuchifluchi!!!
—Le grité al bato que atendía uno de los puestos con blusas y jeans más nice
del tianguis, era el Ernesto, un buen amigo de muchos años, al que aunque no le
compraba yo nunca nada, se llevaba bien conmigo pues coincidíamos en nuestro
gusto por las rimas y los versos.
—Cristinsita
¿cómo le ha ido? ¿Qué dicen los novios?
—Tranquilo
Ernesto, traigo a unas amigas para que escojan algo de ropa.
Ernesto miró
a Alina que llevaba el rostro oculto otra vez y con un gesto de reprobación
mencionó en voz baja que al menos una de mis amigas si necesitaba ropa más
bonita. Entonces mostró a Alina algunas de sus mejores piezas maquiladas en
alguna fábrica de mala muerte de China. Yo le dije a Alina que escogiera lo que
quisiera, era cortesía de la casa, sabía que estas prendas piratas no me
sangrarían mucho la bolsa. Entonces mire a Miranda, se veía sorprendida y algo
estresada.
—¿No te
gusta aquí?
Ella trato
de poner su mejor sonrisa.
—Está bien
aquí, es solo que hay mucha gente —dijo ella.
—¿Tú donde
compras? —insistí.
—En Plaza,
Perisur… no sé, cosas como esa.
Miranda era
niña de padres ricos y eso lo podías ver a mil kilómetros de distancia. En
efecto, sus ropas, aunque tenían ese estilo hippie, no se veían en absoluto de
mala calidad. Sus múltiples colgantes y pulseras debían ser de plata genuina y
sus aretes seguramente no eran una imitación barata como las prendas que vendía
Ernesto. Además, supuse que su operación de nariz había sido costosa, nada que
yo hubiera podido pagar ahorrando mil años con la mesada que me dejaba mi padre
cada mes. Al final no dije nada más, en otras ocasiones me hubiese burlado de
ella o hubiera explorado si tenía ideas materialistas para iniciar un debate como
mi padre me había enseñado, pero no tenía ganas y sentía empatía por estas
nuevas personas de mi vida.
Alina
escogió algo y las lleve a mi casa. No había nadie en casa; mamá estaba
trabajando y papá, como ya les he comentado, solo iba a la casa una vez al mes
para jugar con mi madre al fin de semana más pasional y romántico de todas las
historias posibles. Mi cuarto estaba en desorden: muchas prendas en el suelo,
los afiches desperdigados y las notas y cuadernos de la escuela completaban ese
laberinto de cosas tiradas y mal puestas. Por fortuna había tendido mi cama.
Alina tomó las nuevas prendas y se metió al baño. Al poco rato salió y se veía
bien, puso las prendas que se había quitado en una bolsa. Entonces guie a mis
invitadas a la cocina y les ofrecí un poco de agua.
—Tu casa es
bonita —dijo Alina.
Entonces les
comenté que aún no veían la mejor parte. Así las llevé a la azotea. Luego de
ascender las escaleras de herrería llegamos a lo alto de mi casa, un lugar
íntimo en donde un pequeño tejaban hacía sombra y te permitía observar un
paisaje pletórico de la ciudad.
—Hermoso —dijo
Miranda.
Decidí
entonces bajar a hacer limonada y cuando regresé Alina y Miranda se habían
sentado en el techo a la sombra del tejaban. Se reían y se llevaban bien. Les
ofrecí la limonada.
—Entonces
¿más cómoda Alina? —pregunté sin mirar a Alina en particular pues mi vista la
clave en el paisaje de smog y edificios del Distrito Federal.
—Sí, muchas
gracias… esto ha sido padre —dijo ella.
—¿Dónde
vives Alina? —indagué.
—Al centro de
la ciudad, en la Guerrero.
La piel se
me puso de gallina, esta chica venía de unas colonias más bravas y conflictivas
de la ciudad y aun así salía de su casa cada mañana para ir a la escuela.
Inmediatamente imagine todas las burlas que la gente le hacía en todo ese
trayecto.
—¿Y tú
Miranda? —pregunté.
—Aquí a
lado, en el pedregal.
Si, en el
pedregal de a lado, el que era muy distinto a mi pedregal de calles
desordenadas y una numeración en lotes y manzanas que nos delataba como
descendientes de paracaidistas invasores del uso de suelo de conservación. Su
pedregal era el de casa enormes, calles con camellones plantados con flores,
árboles frondosos y siempre verdes; el pedregal de casetas de vigilancia y
lujosos autos.
Finalmente
platicamos de música, era lo más lógico a nuestra edad. A Miranda le gustaba el
rock y el pop y durante media hora nos habló con pasión y nos hizo escuchar por
su iPod las canciones que consideraba eran parte de su vida.
—¿Quiénes
son estos? —le pregunté mientras el pequeño audífono me permitía escuchar un
rock melódico cantado por una mujer.
—Son Ana
Zeppelin y Los Olvidadizos, son de España, bueno, la vocalista es mexicana, son
buenos —me explicó Miranda.
—¿Y a ti
Alina que te gusta? —pregunté.
—El rock, la
electrónica también, pero el tango me vuelve loca.
Tanto
Miranda como yo miramos sorprendidas a Alina y preguntamos al unísono:
—¿El qué…?
—Sí. ¡Oigan,
las invito este domingo a una milonga!
Miranda y yo
aceptamos asistir aunque ninguna de las dos tenía idea de qué era una milonga.
Yo al principio pensé en un restaurante argentino con un grupo musical en vivo,
así que la idea me gustó. Se me hizo agua la boca de solo imaginar la carne
bien asada, sustanciosa y jugosa. En ese momento no lo sabía pero aquello no
tenía nada que ver con el apetito, lo cierto es que me cambiaría la vida para
siempre.
Después de
un rato la limonada se acabó y pensé en cervezas pero Miranda apuntó que era
hora de irse a casa. Oficialmente el horario de la escuela se había terminado,
había olvidado que de hecho, nos habíamos ido de pinta. Entonces las
acompañe hasta el paradero de microbuses y autobuses y les di instrucciones
suficientes para que pudieran salir de mis dominios. Miranda abordó un taxi de
los color oro y rojo y Alina un simple camión que según decía la podía dejar
directo en su casa.
La tarde
cayó ese día y en la soledad de mi cuarto hice algunas tareas escolares muy
básicas y recordé ir al café internet. Estando ahí no pude evitar buscar en la
red la frase “cirugía plástica” pero los resultados fueron tantos y variados
que me dio una tremenda flojera reparar en todos ellos. Luego de unos minutos
de visitar algunas páginas de contenido científico cuestionable, terminé mi
pequeña investigación pensando que de hecho no sabía nada del asunto y que era
una cuestión de médicos especializados.
Entonces busque otra palabra: milonga.
Y caí en cuenta de que nada tenía que ver un buen corte de carne con eso, me
esperaba a una tarde de domingo muy pero muy aburrida.
El siguiente
día en la escuela Alina se presentó con ropa que ya no la hacía parecer una
espía que trataba de pasar desapercibida. La saludé en la entrada y caminamos
juntas por los pasillos de la escuela, los buitres no dejaban de mirarla. Antes
de ingresar a la primera clase pregunté a una maestra, que intuitivamente me
daba la impresión de ser sensata, si podíamos hablar durante algún descanso con
el prefecto Buenfil. La maestra accedió pero Miranda no había llegado.
Buenfil
estaba es su oficina desde donde podía ver la entrada de los alumnos y el cateo
de los guardias. Al vernos entrar se acomodó en la silla de su escritorio y me
preguntó qué hacía yo ahí.
—Usted —me
decía—, veo que ha cumplido con lo que acordamos y eso me congratula mucho,
pero ya tiene que ir a clase.
—Queremos
hablar con usted —dije—, sobre que molestan a mi compañera aquí presente.
—¿Quién la
molesta? —preguntó Buenfil sin siquiera mirarnos.
—Pues Rizo y
todos en realidad. Rizo…
—¿Qué le han
hecho?
—Pues no
dejan de mirarla y de ponerle sobrenombres y…
Buenfil no
dijo ninguna palabra por un momento que me pareció eterno, entonces por fin nos
miró de frente, colocó sus manos sobre su escritorio y abrió algo que parecía
una agenda.
—Usted —dijo
al fin—, viene aquí a decirme que molestan a su amiga y le ponen sobrenombres. Señorita
Cristina, solo dígame, ¿Cuántas personas en la escuela no concordarían con la
descripción que usted acaba de dar?
Buenfil
sabía su trabajo, era listo y tenía claro cómo defenderse para no hacer nada
más allá de su rutina. Pero yo no podía dejarlo así, mi padre muchas veces
había estado en esta situación, defendiendo lo indefendible, por lo tanto pensé
que debía al menos tratar.
—Bueno,
tiene razón, prefecto, pero mire el asunto de este modo: ninguno de mis
compañeros tiene el problema de salud que ella tiene. El problema de su cara
hace que los demás se burlen de ella y eso no la deja estudiar bien. Usted
tiene la responsabilidad de atender estos casos pues es el prefecto, la
autoridad en esta escuela.
¡Dios
bendito!, nunca me habían salido tantas palabras políticas y rimbombantes ni en
una rima. Me sentí aliviada, pensé —trágate eso imbécil, cortesía de lo que mis
padres me han enseñado. Buenfil me miró con rabia. Yo había dado en el clavo,
lo había violentado. Durante un instante me dije a mi misma —prepárate aquí es
cuando te expulsan.
—Ya veo,
usted viene a denunciar una agresión que no ha pasado. Por favor, vayan a clase
y si alguien trata de molestarla… ¿Cuál es su nombre señorita?
—Se llama
Alina.
—¿Su
compañera es muda? ¿No puede responder por si misma?
—Claro que
puede, pero de eso justamente le hablo. El otro día la maestra de química la
exhibió solo porque ella no puede hablar bien…
—Pero ahora,
usted Cristina, ¿es su defensora?
—Si eso es
necesario, sí. Si alguien se quiere hacerle algo malo yo la defenderé. Si usted
no quiere actuar, yo la defenderé a mi modo.
Alina tenía
los ojos llorosos. Ella pensaba que la estaba metiendo en un lio. Entonces
arremetí con lo último para terminar de ablandar a Buenfil:
—Señor
Buenfil, hay gente que actúa ante estas cosas con violencia, usted sabe que sus
alumnos hacen eso; la molestarán, la harán sentir mal y si las autoridades
escolares no frenan eso ¿de qué se trata? No podemos dejarla sola señor
Buenfil. Yo le aseguro que ella será la mejor alumna que pueda usted tener. Y
mejor aún, yo haré lo mismo, nunca más le causaremos problemas, nunca más le
pediremos nada más, no volverá a vernos aquí en su oficina. Solo haga lo
necesario para protegerla. Si alguien la molesta castíguelo, amenácelos de que
si le hacen algo peor y no frenan sus burlas les pasará algo. Es todo lo que le
pedimos.
Fue eso mi
más grande ofrecimiento por nadie jamás. Buenfil aún estaba con el rostro duro,
no dudo que su posición siguiera inflexible pero entonces su mirada se alzó,
sus ojos se abrieron, fijó la vista en la entrada de su oficina y yo volteé
para ver que lo había impactado, era la simple persona de Miranda.
—Hágalo por
favor, Prefecto Buenfil. Mi padre lo tomará en cuenta —dijo levemente Miranda.
Buenfil
regresó a mirarme. Yo no entendía.
—Está bien
—dijo Buenfil—. Pero no habrá reglas especiales de protección para nadie.
Hablaré con los maestros sobre este caso y les pediré que estén atentos.
Además, acepto su propuesta señorita Cristina: usted será la mejor alumna que esta
escuela pueda tener y si falla al menos una vez… la retendré aquí hasta que ya
no tenga edad para poder entrar a la universidad.
Trague
saliva. Con un tímido movimiento de cabeza di un sí.
—Gracias
—dijo Miranda y se retiró. Ni siquiera había entrado a la oficina, había dicho
todo desde el umbral de la puerta.
Alina y yo
salimos un poco después. Apenas estuvimos fuera de la dirección Alina me abrazó
y comenzó a llorar tímidamente al tiempo que me decía una y otra vez la misma
palabra: gracias. Nunca me había sentido mejor en mi vida. ¿Esto era lo que
sentía papá al luchar por los obreros y sus familias? Al fin lo entendía:
ayudar a otros se sentía tan bien. Es de lo que hablaban los sabios, las
religiones, los grandes filósofos… pero esperen, durante un momento todo estaba
perdido y Miranda lo había salvado. ¿Su padre lo tomaría en cuenta? ¿Quién era
su padre? Estaba decidida a desenvolver el misterio.

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