
Mi nombre es
María Cristina Daza Martínez. Nací un feo día del 91 sobre el espejismo que
quedaba de la tragedia de Tenochtitlán cuyo espacio ahora ocupaba la monstruosa
ciudad de México. Mi padre era un intelectual con sueños marxistas en un tiempo
donde la economía de mercado ya había ganado toda guerra con la bandera
vanagloriada de la globalización. Él usaba la barba estilo Lenin y daba cátedra
en la Universidad Nacional; mero hobbie, sus padres, mis abuelos, le
habían dejado dinero suficiente para terminar de vivir su vida sin angustias.
Esa situación lo deprimía un poco, pues sus enemigos políticos le reprochaban
siempre el origen burgués de su familia. Mi madre, por otro lado, era una ama
de casa con inclinaciones hacía el alcohol y las letras, ganaba dinero por
varias novelas de tinte feminista escritas con una gran diversidad de
pseudónimos. Ella y mi padre se habían conocido en la universidad y juntos
habían hecho sus estudios de posgrado en la lejana Unión Soviética cuando está
aún no se caía a pedazos. Luego de un romance entre las calles de San
Petersburgo regresaron a México y se casaron a las primeras de cambio para, a
los dos años, separarse. No me mal entiendan, mis padres tenían una buena
relación, solo se habían divorciado entendido a tiempo que no se soportaban el
uno al otro cuando estaban cerca. Eso ya lo sabían desde San Petersburgo antes
de casarse, pero luego del bodorrio aquello fue insoportablemente evidente. Sin
embargo, cuando se separaron, también se dieron cuenta de que no podían dejar
de verse con pasión cada que sus cuerpos lo pedían. Ese era su terrible dilema
y lo solucionaron de la forma más lógica: solo se veían de vez en cuando para
hacer el amor. Separados estaban enamorados y ambos me querían. Mis padres
tenían una revolución en su cama más o menos cada mes y yo llegué al mundo
cuándo ellos ya estaban legalmente separados. Mi madre le planteó a mi padre lo
de su embarazo con toda la tranquilidad que dan dos copas de vino, él al
principio no supo qué pensar, solo se le ocurrió decir que no se casarían otra
vez. Mi madre se rio a carcajadas, fue su forma expresiva de estar de acuerdo.
Ambos acordaron en una asamblea familiar (de dos personas) que a mí nunca me
faltaría nada de lo elemental: comida, casa, vestido y libros. Además, también
se acordó que yo tendría un gran futuro pero no contaban con lo que yo tendría
que decir años después.
Mi niñez fue
promedio: déficit de atención, problemas para obtener el grado de primaria,
mala influencia y alumna que no hacía la tarea. Desde siempre me sentí más
cómoda en la calle que en la escuela, mero afán de supervivencia. Disfrutaba
las tardes soleadas de mi ciudad en compañía de otros niños en los parques
urbanos escalando árboles, jugando a las escondidillas y asistiendo a las
ferias locales de los pueblos que había en la Delegación Xochimilco. Los
videojuegos y la televisión poco efecto tuvieron en mí, tampoco los libros me
atraparon a pesar de que mamá me animaba por todos los medios a leer la “buena
cultura”. Papá era una buena excusa para salir de la rutina, sus visitas eran
para mí un respiro ya que me sacaba de casa y me llevaba a museos y
exposiciones de arte que yo no entendía; pero por dios, salir de mi cuarto en
domingo era algo que ya valía la pena. A veces, él me llevaba a sus reuniones
con sus camaradas y mientras ellos se perdían en discusiones sobre política yo
trataba de no aburrirme escuchando música por medio de un aparato de DVD
portátil y discos piratas conseguidos en el tianguis que se ponía por mi casa. Sí,
comencé a escuchar música más o menos a mis once años y descubrí muchos estados
de ánimo, un día me cayó el hip-hop y me enamoró. Encontré que mi estatus de
clase media encajaba perfecto en el mundo del grafiti callejero, las patinetas
y la bicicleta de acrobacias. De ahí a tener aspiraciones de MC fue fácil. Pero
había un tremendo problema: yo era mujer y en el mundo del hip hop y la calle
todavía había “machos a caballo”. Por eso y mi mal carácter, no se me tomaba en
serio y se creía que mi única función era satisfacer las calenturas frecuentes
de mis múltiples y estúpidos novios. Al principio, yo me rebelaba a ese
evidente acto de discriminación. Luego de varios intentos fallidos y mucha
frustración me decidí por la guerra de guerrillas: cumplía con mí roll de
género y por debajo del agua seguía escribiendo rimas que hacía leer al amante
de turno para que este las presentara como suyas al resto de “la banda”. Solo
después de mucho tiempo todos supieron que mis rimas eran buenas y comencé a
recibir un tímido crédito que para mí era más que suficiente. Así, yo era ruda,
mal hablada y caliente; una maldita fiesta de hormonas que explotaba en versos
agresivos y de demanda. Curiosamente, con la llegada de la pubertad, pude al
fin leer libros sin que mi madre me presionara para hacerlo, lo hacía por puro
gusto. Esos eran libros simples pero que aumentaban mi vocabulario, cosa que me
emocionaba debido a que me hacía más fácil escribir rimas. Escribir… escribir
me entretenía por horas, buscando las palabras adecuadas para rimar y al mismo
tiempo decir algo coherente, “rebelde y muy cabrón”.
Pero vayamos
al grano. Yo era una ególatra empedernida y un día cumplí diecisiete años, y
aquí comienza la verdadera historia que tengo que contarles. Seguía escribiendo
rimas y escuchando mi música cuando de pronto me expulsaron, otra vez, de la
escuela preparatoria. A pesar de la no falta de costumbre, mi madre lloró intensamente
ese día (sobria), y aquello me causó un sentimiento de culpa enorme que no me
abandonó por mucho tiempo y que hizo que me prometiera a mí misma ser mejor
estudiante. Quizás, al fin, había comprendido lo que tenían que decirme los
maestros sin vocación, quizás solo estaba en mis días. El caso es que me decidí
a, esta vez, cumplir una promesa a como diera lugar y sin importar las
consecuencias. Así, fui con una nueva actitud a mi nueva escuela, una de esas
preparatorias privadas de mala calaña al sur de la ciudad. Realmente quería
cooperar, pero no tenía idea de que ellos —mis compañeros, maestros y las
autoridades escolares —no tenían la misma intención. A la semana, ya había
comprobado que el 99% de mis nuevos compañeros de grupo eran unos completos
idiotas. Perdidos y drogados por el Facebook y el Twitter que les suministraban
en altas dosis sus IPODS y SmartPhones que eran sus posesiones más preciadas.
Esos jóvenes no requerían ser esclavizados, ya lo estaban. Pasaban horas
enteras de clase mirando esos aparatos, construyéndose una imagen virtual de sí
mismos, una imagen que no les diera ganas de suicidarse. Al principio, pensé
que algunos escuchaban buena música pero pronto me di cuenta que todo era parte
de la farsa, un mecanismo de defensa contra la realidad, algo que ya había
visto multitud de ocasiones: personalidades de cartón. Había otros que
realmente estaban perdidos y escupían reggaetón y pop por sus hocicos de los
cuales era impensable que aparecieran ideas propias. Lo cierto es que muchos de
ellos no tenían la menor esperanza ni caso alguno, no serían nada ni nadie para
la sociedad, muchos terminarían en empleos mal pagados y rutinas aburridas si
es que no caían antes en los lugares comunes del embarazo temprano, el
desempleo, el VIH o la drogadicción. Esta masa de mentes simples no podía ser
controlada por una serie de docentes mediocres y autoridades escolares
despóticas que hacía muchos años habían perdido la esperanza y el entusiasmo en
el axioma de que podían hacer alguna diferencia en el mundo con la educación.
Por eso, esa masa docente se habían sumido en un letargo práctico de no hacer
más que cumplir y cobrar; algo sensato en todo caso pues, si los padres del
mundo no se comprometían a educar a sus hijos adolescentes ¿por qué alguien
externo debería intentarlo a cambio de un salario de miseria? Docentes y
estudiantes me daban lástima, pero yo nadaba en la misma cloaca que todos ellos
y no tenía esperanza de un mejor futuro que del resto.
Sin embargo,
siempre hay excepciones. Ya les dije, solo eran el 99%, había un minúsculo 1%
por el que podías apostar que se salvaría del que yo creía era el terrible
destino de la mediocridad. En esa nueva escuela hubo dos casos de estos
extraordinarios y que de inmediato me dieron la impresión de no ser zombis. No
hablo de chicas o chicos “nerd” o aplicados pues eso no necesariamente te
asegura que eres diferente y tienes un atisbo de sobreponerte a tu destino. No.
Habló de personas que desde mi punto de vista simplemente no me parecían tan
pendejas. La primera chica leía libros durante el descanso, algo muy poco
frecuente en este país de macroeconomía exitosa pero fracaso social voluntario.
Sin embargo, la chica no tomaba notas ni ponía atención, solo dibujaba durante
las clases, pero eso a mi modo de ver era mejor que el iPad o el móvil. Su
físico también destacaba: mediana estatura pero con cabellos rubios, rasgos
finos, complexión ultra femenina y frágil. Era evidente que se había operado la
nariz porque ésta era perfecta, de cuento dirían los expertos, situación de la
cual aprovecharon los demás para burlarse de ella desde el primer día. Era
callada, vestía de manera que aparentaba descuido pero que en realidad era un
atuendo perfectamente planeado: sandalias, faldas largas de vivos colores, blusas
en tonos claros de manga corta, muchas pulseras de tela y cuero además de
collares de piedras bonitas pero no preciosas ni valiosas sino propias de la
artesanía urbana pseudo-indígena posmoderna. Luego de evaluarla unos días y
asegurarme que no recibiría argumentos estereotipados y vacíos de su parte,
decidí acercarme durante el descanso a hablar con ella.
—Hola —le
dije con mi voz ronca.
—Hola —respondió
ella mirándome de arriba abajo. Mis cabellos chinos indomables con mechones de
muchos colores, mi rostro con pearcings y mi ropa de segunda mano:
grandes botas negras, jeans ajustados con roturas reales por el uso (no de
moda), y una blusa negra sin ningún chiste; en fin, debí haberle parecido un
ser amenazante, lo supe por su lenguaje corporal pues de inmediato cerró la
libreta que tenía en sus manos y se recogió un poco.
—¿Qué tanto
dibujas? —pregunté con verdadera curiosidad.
—Cosas… —respondió ella aterrada.
Me costó un
poco más de trabajo sacarla de su desconfianza pero posteriormente me dijo que
se llamaba Miranda, también era nueva en la escuela y también estaba sola. Le
pedí que me mostrara sus dibujos y estos me parecieron realmente buenos, algo
rosas e infantiles, todo en tinta de diversos colores, pero tenían una
autenticidad agradable. La niña tenía ideas, muchas dudas y pocas respuestas.
La empatía fue inevitable gracias a eso último. Ese día que le hablé, regresé
contenta a casa y pensé que quizás, luego de muchos años, era probable que yo,
Cristina Daza, la MC más ruda del barrio de la Rosa, tuviera una amiga.
La segunda
persona interesante llegó a la semana de que yo lo había hecho y tan solo un
día después de que le hubiera hablado a Miranda. Al principio, me pareció una
pendeja más, de esas con un drama existencial y que lloraban por todo, dignas
representantes del estereotipo femenino débil y gastado. Su rostro lo llevaba
medio cubierto con una pañoleta y te hacía recordar a las mujeres árabes. Había
una buena razón para esa actitud del juego al escondite, su rostro estaba
desfigurado. No importaba qué tan indiferente fueras a la vida de las personas,
no podías evitar mirar aquel rostro cercenado, el morbo te comía completa y
necesitabas mirarla. La primera vez que la vi fue en la puerta del salón dónde
tomaríamos la aburridísima clase de química, que en ese entonces la daba una
tal profesora Chacón que se destacaba por ser de las más estrictas e inmunes a
las estupideces del alumnado. La chica en cuestión, miraba la hoja de horarios
que había en la puerta del salón. Al notar que era nueva y todavía sin darme
cuenta de su defecto físico, decidí ahorrarle el trabajo.
Le dije eso
sin esperar una respuesta suya y sin detenerme en mi camino adentro en el
salón. Me senté en mi pupitre y me puse mis audífonos para seguir escuchando a
los chicos de Control Machete. Mis audífonos estaban conectados a mi IPOD y
eran prácticamente imperceptibles para los maestros aunque mi asiento estaba
localizado en la tercera fila. Los maestros no notaban que yo casi nunca los
escuchaba hablar y esa paz era para mí infinitamente placentera. Ya habría
tiempo, generalmente pocos días antes del examen, para entender todas sus
pavadas en la Wikipedia o en el Rincón del Vago y así pasar sin mucho esfuerzo
los exámenes. Esa era yo, no me había olvidado de mi promesa a mi madre pero
tampoco estaba dispuesta a esforzarme más de lo necesario.
La chica
nueva entró al salón junto con la maestra y esperó a que todos tomaran un
pupitre, de esa forma pudo localizar uno vacío y lo ocupó. En ese instante yo
detuve mí privada sala de concierto de hip hop y puse atención al pase de lista
de la maestra Chacón. Era una tontería, esa maestra era la única que insistía
en esos inútiles protocolos y peor aún, tomaba la asistencia como criterio para
la evaluación. Al iniciar mi apellido con la letra “D”, yo era la quinta de la
lista, así que inmediatamente después de que confirmé mí asistencia con el
clásico “presente” me puse discretamente mis audífonos y el mundo se fue para
mí los siguientes tres minutos. Fueron las risas de todos mis compañeros las
que me sacaron del sopor y retiré los audífonos de nueva cuenta de mis oídos.
Inmediatamente le pregunté a un compañero que estaba a mi lado qué era lo que
pasaba. Él seguía riendo al tiempo que me señalaba con la mano a la nueva chica
que estaba, a diferencia de todos, de pie a un costado del pupitre que hacía
unos minutos había elegido.
—Otra vez,
esto no es una broma, señorita. Si yo digo su nombre espero que me responda
presente de forma fuerte y clara ¿puede usted decir “presente” de forma
correcta? —decía la maestra Chacón con tono molesto.
Las risas
volvieron, yo solo miraba a la nueva, su postura estaba encorvada y parecía que
cualquier leve brisa podría derribarla. Volteé nuevamente a preguntar a mi
compañero de a lado y éste trato de explicarme la situación en voz baja pues la
maestra había dado un ultimátum al grupo para que guardáramos silencio.
—Rizo le
quitó el trapo de la cabeza a esa morra cuando le pasaron lista y ella gritó
bien cagado —me explicó mi compañero— ¿No le has visto la cara? ¡Está horrible!
—Presente…
—intentó decir la chica nueva, pero balbuceaba en llanto y en realidad era
complicado entenderle. La maestra entonces se acercó hasta dónde la chica
estaba, toda asustada y expuesta. La maestra miró el rostro de la chica y trató
de no impresionarse, luego prosiguió.
—Esta clase
no es para jugar, señorita Alina Sandoval. Deje de llorar o la tendré que
mandar a la dirección. ¡Deje de llorar! —gritó al final desesperada la maestra.
Se
escucharon murmullos y algunas risitas discretas. La maestra no dejaba de
ordenarle que dejara de llorar y los demás no dejaban de reír en aquello que
parecía una escena sacada de un manicomio. Los lobos tenían presa.
—¡Ay, ya por
favor, que no mame la maestra…! —¡demonios!, la frase se me había escapado en
voz alta justo en el instante en que la maestra había logrado nuevamente que el
grupo guardara absoluto silencio. Me sentí estúpida, todos voltearon a verme y
nuevamente rieron a carcajadas, lo único que pude pensar en ese instante fue:
¡ups!
—¿Tiene
algún problema, señorita Cristina?
Pensé en
sacar la bandera blanca, pensé que lo mejor para mí era disculparme y bajar la
cabeza. El problema es que realmente pensaba que todo el asunto era por demás
estúpido, quizás por eso no pude evitar ser cómo mi padre por primera vez en mi
vida; es decir, sacar la espada para ayudar a otros.
—Bueno,
maestra ¿Qué importa todo esto? Ya le contestó. Usted ya vio que ella si está
aquí, póngale asistencia y ya.
La maestra
Chacón, el diablo encarnado de la química, me miró con ojos de ira y repulsión;
vi claramente como cerró sus puños al tiempo que los demás dejaron escapar una
profunda expresión de —¡tráguese esa!— expresada con un largo y eterno —uhhh.
Chacón hizo
una mueca con la cara, cerró y abrió los ojos, era evidente de que estaba
tratando de controlar su ira. Luego, como si por su mente jamás hubiese pasado
el deseo de hacerme daño me pidió atentamente que saliera del salón y fuera por
un reporte a la oficina del prefecto. Fue cuando sentí por primera vez dolor
por un reporte, ya saben, era por mi promesa. La había cagado y me sentía
terrible por ello. No pude dejar de pensar en mi madre y en todo lo que me
diría si me suspendían. Con toda la dignidad de la que fui capaz, inicié mi camino
hacia afuera del salón, entonces:
Volteé
furiosa hacía el insensato que había dicho aquello. Troll era el apodo que mis
nuevos compañeros me habían asignado y no me gustaba nada, realmente lo
detestaba. Ser comparada con esas creaturas mundanas, feas y torpes del mundo
de la fantasía me ponía especialmente sensible. Ahora era yo la que cerraba los
puños, pero para mí desgracia, todo el salón ya reía a carcajada suelta otra
vez. Lo único que me quedó como recurso fue:
—¡Muérete,
pinche Rizo! —le dije con todo mi enojo al cabrón.
Rizo era una
fichita, desde el principio me había caído mal con su pose de galán de
telenovela y sus bromas estúpidas.
—¿Sí,
pendeja? ¡Muérete tu primero, pinche troll de mierda…!
—¡Rizo!
¡Cállese! —gritó la maestra Chacón.
Acto
seguido, la maestra Chacón mandó a Rizo por su quinto reporte en tan solo una
semana. El patán lo tomó como rutina y así, escoltados por un alumno elegido
por la maestra Chacón, Rizo y yo caminamos el largo pasillo hasta las oficinas
administrativas. Cruzamos varios salones de clase rodeados de jardines donde
los aspersores daban agua a los árboles haciendo ese sonido muy particular que
tienen al girar y arrojar las gotitas de agua al aire. Llegamos a la zona de
los laboratorios atestada de alumnos con batas blancas, luego pasamos por las
canchas de basquetbol que a esa hora estaban completamente vacías y se fundían
al sol. Finalmente, entramos a las oficinas administrativas. En todo ese
trayecto, Rizo tenía esa sonrisa cínica que lo caracterizaba, sonrisa que
intensificaba cada vez que se daba cuenta que yo lo miraba con rabia. El chico
que nos escoltó informó de la situación a la secretaria del prefecto y ésta le
paso el recado vía telefónica a la autoridad escolar. Nos hicieron esperar de
pie unos diez minutos, luego la secretaria recibió una llamada y preguntó quién
era Daza. Levanté mi mano con desgane y la señorita, de aspecto mediocre,
entrada en los cincuenta y de cabello grasoso y mal teñido, me informó que yo
sería la primera en pasar.
Ya adentro
conocí al prefecto. Era uno de esos de expresión sin vida y que deduces que no
tiene nada mejor que hacer que ser burócrata educativo, por ello tiene la
necesidad imperiosa de joder al prójimo (cualquiera que esté por debajo de su
jerarquía). A veces me pregunto, ¿qué pasaría si un día toda esta gente se
preocupara por hacer realmente su trabajo y trataran con entusiasmo de
educarnos?
—Señorita
Cristina —me dijo—, mi nombre es Buenfil, prefecto Buenfil. Veo su historial y
no es nada bueno, por no decir que tampoco es nada nuevo. Frecuentemente
aceptamos personas como usted que solo vienen a causar conflicto y se
convierten en un problema. Así que dejémonos de trivialidades y vayamos al
grano ¿cuántos años quiere usted pasar bajo mi yugo señorita Cristina?
Me quedé
atónita, este era peor que con los que había tratado antes.
—¿No
responde? ¿Fue muy severa la pregunta? La plantearé de la siguiente forma
señorita Cristina, si usted se tiñe el cabello de un solo color, si deja de
usar sus pearcings mientras esté en las instalaciones de esta escuela y trae
ropa decente y sin tantos estoperoles; además, si permanece sin causar
problemas como los que causó en su anterior escuela, se porta bien y cumple las
reglas, usted podrá salir de aquí en año y medio. De lo contrario señorita
Cristina, me esforzaré por retenerla aquí el mayor tiempo posible y los años le
parecerán insoportables porque si usted pasa más de dos años en esta escuela,
significará que usted y yo estaremos en guerra, y de verdad… no lo soportará,
nunca lo hacen. Así que… ¿mañana la podre ver con el aspecto que le pido?
Aquí tenía a
alguien a mi nivel, en el pasado me hubiera encantado retar a este charlatán de
la CIA, pero como ya les he mencionado, ahora quería ser buena y tener las paces
con mi madre y la sociedad. Además, me emocionó la idea de que ninguna
suspensión había sido planteada, ni siquiera un reporte, solamente tenía que
darles el aspecto que querían, pensé que era mi oportunidad de salir bien
librada de esto.
—Sí señor
—dije con mi mejor entusiasmo y seriedad— cambiaré mi atuendo a algo...
decente.
Buenfil puso
entonces una sonrisa sin mostrar los dientes, se acomodó las mangas de la
camisa y se sentó en la silla de su oficina que era más triste que su traje
gris. Me ordenó salir y yo hice caso con paso presuroso. Iba yo cruzando la
puerta de su recinto cuando todavía advirtió:
—No lo
soportaría señorita.
No respondí
nada y me escabullí fuera de la oficina lo más rápido que pude.
Al salir me
tope de frente con la chica nueva con su rostro desfigurado. La escoltaba el
mismo chico que en un principio nos había vigilado a Rizo y a mí. Su mirada no
se cruzó con la mía pues ella la traía clavada al suelo, como con vergüenza,
una vergüenza infinita. La pobre entró en la oficina de Buenfil. Afuera, Rizo
seguía con su patética actitud de tener controlada la situación y estaba
fumando un cigarrillo fuera del edificio. La secretaría de Buenfil se dio
cuenta de que yo me quedé detenida un momento, entonces me recomendó:
—A clase
niña, no te quedes en el chisme.
Era evidente
que a pesar de sus instrucciones quería compartir “el chisme” así que le seguí
la corriente, pero muy en voz baja para evitar que Rizo pudiese escucharnos.
—¿Sabe qué
onda con la chica esa? —pregunté tratando de aparentar verdadera curiosidad.
—¿La nueva?
Ay, qué difícil. La cambiaron porque en su otra escuela la molestaban
demasiado. Tiene cortes en las manos que ella misma se hace ¿te diste cuenta?
Pobrecita.
—¿Por qué
pobrecita? ¿Qué le paso? —insistí ahora verdaderamente intrigada.
—Accidente
automovilístico. Si fuera mi hija le tendría compasión, en lugar de mandarla a
la escuela la llevaría a un médico. Y luego a esta escuela… aquí mandan a todos
los que expulsan… ¿pero tú no verdad “mija”?
—No, cómo
cree, es que esta escuela me queda más cerca de mi casa —mentí.
—Bueno,
espero que Dios ayude a la pobre chica. Mira que ser muchacha y tener ese
defecto en la cara debe ser muy feo. De verdad que Dios la ayude.
Yo no creía
en Dios ni en nada parecido, me daba risa la gente que se expresaba de esa
forma sobre entidades mágicas que todo lo podían, pero sabía guardar respeto y
salirme por la tangente, ya que de lo contrario esta gente podía arrinconarte
con una plática de conversión religiosa tan odiosa que me daban nauseas de tan
solo imaginarla. Así, fui diplomática.
Salí del
edificio y Rizo me miraba, entonces le hice la seña grosera del dedo medio pero
el patán solo rio y me dijo:
—Ya veremos,
Troll. Salúdame a tu amiga la cara de coladera. Le haremos el favor de
arrancarle la cara en trozos para ver si le sale piel nueva. Me voy a cagar en
ustedes, Troll.
Rizo sacó
entonces una navaja pequeña, miré hacia atrás pensando que quizás la secretaría
podría estar observándonos mientras al mismo tiempo me preguntaba cómo este
delincuente había logrado pasar una navaja a la escuela sin que el cateo de la
entrada se la detectara. El miedo me subió hasta la cabeza y continué rápido mi
camino no sin escuchar su risita burlona.
Ese mismo
día, en la salida vi a aquella chica, la cara de coladera como la había
bautizado Rizo, estaba esperando el bus, sentada en la banca dispuesta para
ello junto con otros personajes que para mí fortuna abordaron un transporte y
me dejaron en soledad con ella. Me aseguré de que ni Rizo ni nadie del salón
estuvieran cerca y tomé entonces la decisión de acercarme. Había más curiosidad
que empatía en mí proceder, pero eso ya era un principio.
—Entonces,
¿qué te pasó en la cara? —pregunté intempestivamente. Me gustaba abordar así a
la gente, retenerla en la sorpresa de algo contundente pero por un instante me
pareció que había sido demasiado intransigente. Así, traté de corregir.
—No te
preocupes —le dije, tratando de tranquilizarla —soy de las buenas. Yo no te voy
a molestar.
—Un
accidente —dijo ella con timidez.
—¿Y cómo
fue? —pregunté estúpidamente. Ella cambió su semblante tímido a uno lleno de
ira.
—La mierda,
fue una mierda —dijo ella con enojo, algo que ya era un cambio ante tanta
vulnerabilidad que mostraba. Ahí supe que dentro de toda esa fragilidad había
una fiera dispuesta a sobreponerse a todo eso.
—Me imagino,
mi nombre es Cristina ¿Cómo te llamas tú?
Ella hizo
una pausa, cerró los ojos, se observaba en ella una frustración perpetua y
entonces la mire más de cerca: la belleza de sus ojos estaba intacta, eran unos
ojos de mirada profunda de color oscuro, su frente también estaba invicta, ni
una sola mancha o cicatriz la perturbaba; el problema venía en la parte baja
del rostro, su nariz estaba cruzada por una cicatriz como de si una hoja filosa
la hubiese cortado perpendicularmente a la altura media, sus mejillas estaban
llenas de cortes que además estaban tapizados por insipiente acné, pero el peor
asunto era que la chica había perdido parte de su labio inferior, ese espacio
dejaba entrever sus dientes inferiores y una prótesis de plástico cuyo aspecto
exterior trataba de simular el color y la textura de la piel humana pero eso
solo hacía que se hiciese más desagradable a la vista. Esa prótesis detenía su
lengua y le permitía poder hablar aunque sus palabras no eran muy claras. Su
cabello castaño era hermoso y largo, era el cabello más lindo que había visto
en mucho tiempo, y el resto de ella no parecía tener secuelas de ningún tipo,
de hecho, su cuerpo tenía la clásica forma de guitarra que tanto aprecian los
hombres. Sin duda, sin el rostro desfigurado, la niña podía pasar por una chica
muy guapa y atractiva.
—Está bien,
perdona. Me voy… —dije pensando que me había equivocado al quedármele mirando y
notar que ella notaba que yo la miraba.
Fue hasta
entonces que me miró a los ojos. En esos ojos se veía que habían llorado mucho.
—Alina —dijo
ella como evaluando mi sinceridad.
—Ya estás
Alina. No se me olvidará. Bueno, me voy. Nos vemos mañana. Y si esperas el
camión que va al sur te recomiendo que camines a la parada que está antes, sino
aquí lo encontrarás completamente lleno.
Dicho eso di
media vuelta y caminé por la acera y entré al subterráneo. De pronto me habían
dado unas ganas de huir terribles, no quería cometer más torpezas. Me puse a
pensar cómo reaccionaría yo si tuviera el rostro de esa forma. Por supuesto, yo
había tenido granos y en ese entonces seguía teniéndolos, sin embargo, y aunque
me resultaban muy molestos, no representaban para mi ningún problema más allá
del pequeño dolorcillo que implicaban. No había comparación, no podía ni
pensarlo. No se podía ser ajeno a la mala vista que ofrecía aquella muchacha,
era imposible no mirarla, era imposible no sentir compasión.
Viajé
durante media hora hasta llegar a mi estación en medio de aquel agobiante calor
humano propio del hacinamiento de tantos primates en un espacio pequeño que
llamamos vagón del Metro. De nuevo en la superficie, caminé quince minutos más
por las calles de mi vecindario, el Barrio de la Rosa, mi querido lugar con sus
calles estrechas evidencia de un pasado de burros y carretas; las casas no
tenían más de dos pisos, había telarañas de cables en cada poste y comercios
pequeños desafiantes a las grandes cadenas comerciales se aglomeraban en la
planta baja de casi todas las construcciones: una papelería por ahí, un taller
mecánico por allá, una zapatería ahora. Mi casa, una modesta de dos pisos con
una toma de agua que daba a la calle, un zaguán de lámina que no guardaba
ningún automóvil (el último mi papá lo había vendido hacía cinco años durante
su etapa de obsesión por el cambio climático) era por dentro un verdadero
“dulce hogar”. Me gustaba mi casa y mi familia; mi enojo con el mundo tenía
otros orígenes, nada que ver con mi ambiente.
Mamá no
estaba, así que tomé algo de dinero de nuestro bote de ahorros y fui hasta
donde cortaban el cabello por modestas cantidades. No caminé mucho, en esta
ciudad hay un negocio de esos en cada cuadra. Mi pelo multicolor ya no lo fue
más. Lo teñí de negro. Luego fui hasta la fonda que estaba en la misma cuadra
de mi casa, la de Doña Chepe, un carismático negocio con tres mesas de metal
que en la parte superior exhibían en tonos rojos la publicidad de la cerveza
Tecate, cada mesa con cuatro sillas con la misma publicidad en su respaldo.
Pedí una “tlayuda” con harto queso y la comí de pie pues todas las mesas
estaban ocupadas, así era todos los días en ese pequeño restaurante. Satisfecho
mi estómago, regresé a casa. Ya en mi
cuarto, me miré al espejo, mis rasgos faciales resaltaban más con el nuevo
tinte negro. Noté las espinillas que había en mi nariz y di gracias de no ser
Alina. Me quité los metales de mi cara y los guardé en un mueble de mi alcoba
prometiéndoles que en tiempos mejores los usaría otra vez. Puse algo de música hip-hop
y me recosté en la cama. Ya inspirada comencé a hacer rimas y a escribirlas. El
tiempo se fue volando y no recordé nada de lo que había ocurrido ese día en la
escuela.
A la mañana
siguiente elegí cuidadosamente mi vestuario que no era nada espectacular, ya no
más: una blusa en negro liso sin ninguna leyenda ofensiva o violenta, unos
jeans azul marino holgados sin cortes y unos zapatos tenis imitación converse.
Nada contestatario, nada rebelde, solo yo. Así, recorrí el camino a la escuela
sin ningún contratiempo más allá del tumulto de la gente en la estación
Coyoacán o el rutinario concierto sinfónico de bocinas automovilísticas
malhumoradas y con prisa. Debido a un incidente el año anterior en el que
habían acuchillado a un chico del último grado, ahora a todos los hombres los
cateaban una serie de tipos robustos de seguridad privada a la entrada de la
escuela en busca de armas punzocortantes. Aquello se había convertido en una
rutina de rigor y cuatro o cinco guardias la llevaban a cabo con estricta
disciplina militar. Eso estaba bien —pensaba yo. Pero el acto de seguridad
paranoica tenía la desagradable consecuencia de retrasar horrorosamente el
ingreso a las instalaciones escolares. Entre ese tumulto matutino reconocí a
Alina, o lo que parecía ser ella pues estaba vestida con ropa holgada en color
gris, nada que ver con sus jeans y su blusa del día de ayer, llevaba en la
cabeza una gorra de esas de visera que tenía en la frente el escudo de los Yanquis
de Nueva York y atado al rostro una bufanda que le cubría medio rostro y solo
dejaba ver sus expresivos ojos. Cuando la vi, me pareció el peor de los
disfraces. Uno de los guardias de la puerta la llamó y le ordenó descubrirse el
rostro y dejarse catear pues la había confundido con un hombre. Ella trataba de
explicarse pero sus palabras las decía con tal inseguridad que eso solo alertó
más a los guardias. Entonces, uno de ellos comenzó a descubrirle el rostro y
ella no oponía resistencia. Cuando su cara quedó expuesta, me pareció que era
peor que ayer. Los intensos rayos de sol del amanecer casi paralelos al
horizonte iluminaban directamente su rostro. Entre los alumnos que ahí estaban
se escucharon expresiones de todo tipo pero predominaban las burlas sobre la
compasión. No lo pude aguantar, aunque dudé por instante, al final me di valor,
fui hasta Alina la tomé de la mano y la saque de la fila.
—Vámonos —le
dije y ella me siguió dócilmente. Casi terminábamos de recorrer la barda de la
escuela cuando vimos a la también tímida Miranda que iba camino a clases. Nos
vimos por un instante y le expliqué.
—No vamos a
entrar ¿quieres venir?
Ella no
respondió y solo puso cara de sorpresa. Pensé —¡Qué diablos! Que se quede —y
seguí mi recorrido a no sé dónde con Alina tomada de mi mano. Unos segundos más tarde me percaté de que
Miranda ya nos seguía justo detrás, había aceptado la invitación a ninguna
parte. Ya en un lugar más tranquilo me detuve.
—Alina, ¿por
qué vistes así? —pregunté aunque sabía la respuesta.
—Para mí es
mejor —dijo ella—, no te preocupes, estoy acostumbrada.
—No puedes
dejar que los demás se burlen así de ti. ¡No mames!
Un coraje me
recorrió el alma, pensé que eso era lo que sentía papá cuando los obreros y
campesinos le contaban sus penas…
—¿Qué vamos
a hacer para que ya no la molesten? —preguntó sorpresivamente Miranda,
uniéndose al problema, entendiéndolo al instante. Definitivamente esta chica si
tenía materia gris. Lo que me encantó fue que su pregunta era en plural, se
incluía, me hizo sentir más segura.
—Pues no sé.
¿No has ido a un doctor, Alina? —dije y la chica contestó que sí pero que eso
no había servido de nada.
—Cristina…
—dijo al fin Alina tratando de salirse del ojo del huracán—¿A ti qué te pasó?
Caí en
cuenta de que en efecto, mi aspecto era muy distinto, era decente…
—Sí, bueno,
es un cambio que debo hacer —ni yo misma me creía mis palabras—, pero tú no te
preocupes buscaremos una solución para ti…
—Eso. Mi
papá conoce a algunos doctores, buenos cirujanos, puedo preguntarle si puede
contactarnos con alguno —completó Miranda.
Y entonces
caí en cuenta: yo, la más individual del mundo, la que odiaba a papá por querer
salvar al planeta y no ponerme más atención a mí y a mis berrinches, la que
nunca hacia suyos los problemas de nadie, iba a tratar de ayudar a esa niña sin
saber nada de ella ni de su problema. Eso no tenía ningún sentido. Tenía que
tener cuidado, le había prometido a mi madre ser mejor y ahora iba a entrar en
guerra con los abusadores que en este caso eran ¿toda la escuela?… Si hacía
algo mal me pondría en problemas con Buenfil y no lo soportaría. Quería
desmayarme. Sentía miedo y por un instante pensé en alejarme de todas esas
pendejadas de buena voluntad, dejar Miranda y a Alina ahí paradas y regresar a
la escuela, pero…
—Además,
mañana hablaremos con Buenfil —dijo Miranda y me hizo el día. Entonces tomó la
mano de Alina y la mía al tiempo que sonreía. Mientras tanto yo estaba tratando
de salir de mi estrés y Alina tenía su rostro desencajado de vergüenza, era
evidente que no le gustaba levantar la cara. Entonces puse mi vista sobre
Miranda que no dejaba de sonreír y no pude evitar preguntarlo.
—¿Quién
demonios eres Miranda?
Ella solo
sonrió más. Inmediatamente Alina preguntó qué haríamos el resto del día. Pensé
por un segundo que lo mejor era volver a casa pero algo dentro de mí me hizo
querer estar más tiempo con esas extrañas. Era un sentimiento nuevo de
integración el que yo sentía.
—Pues…
definitivamente iremos de compras —dije.