lunes, 12 de noviembre de 2018

3 COMPRAS… DE TIANGUIS

Foto de Alejandro Muñoz.


Con mis nuevas compañeras tomé de nueva cuenta el Metro rumbo a un lugar de mi barrio. A veces creemos que todas las personas se desenvuelven en los mismos sitios y viven las mismas cosas que una, con esa venda en los ojos guiaba yo a estas chicas al tianguis de calle que todos los martes se colocaba en las aceras de mi cuadra. Cuando llegamos el barullo estaba en su apogeo de medio día. Multitud de señoras llevaban bolsas cargadas con las compras de la semana: carne de pollo, res y cerdo; en trozos, en bistec o molida; todo tipo de hierbas como perejil o cilandro, nopales, huanzontles o maíz con huitalcoche. Era el día de mercado con ese sol de primavera que hacía que, tanto vendedores como clientes, sudaran abundantemente. Nosotras nos acercamos hasta los puestos de ropa pues yo conocía a uno de los vendedores que sabía nos haría un buen descuento.

—¡¡¡Ese mi cuchifluchi!!! —Le grité al bato que atendía uno de los puestos con blusas y jeans más nice del tianguis, era el Ernesto, un buen amigo de muchos años, al que aunque no le compraba yo nunca nada, se llevaba bien conmigo pues coincidíamos en nuestro gusto por las rimas y los versos.

Cristinsita ¿cómo le ha ido? ¿Qué dicen los novios?

—Tranquilo Ernesto, traigo a unas amigas para que escojan algo de ropa.

Ernesto miró a Alina que llevaba el rostro oculto otra vez y con un gesto de reprobación mencionó en voz baja que al menos una de mis amigas si necesitaba ropa más bonita. Entonces mostró a Alina algunas de sus mejores piezas maquiladas en alguna fábrica de mala muerte de China. Yo le dije a Alina que escogiera lo que quisiera, era cortesía de la casa, sabía que estas prendas piratas no me sangrarían mucho la bolsa. Entonces mire a Miranda, se veía sorprendida y algo estresada.

—¿No te gusta aquí?

Ella trato de poner su mejor sonrisa.

—Está bien aquí, es solo que hay mucha gente —dijo ella.

—¿Tú donde compras? —insistí.

—En Plaza, Perisur… no sé, cosas como esa.

Miranda era niña de padres ricos y eso lo podías ver a mil kilómetros de distancia. En efecto, sus ropas, aunque tenían ese estilo hippie, no se veían en absoluto de mala calidad. Sus múltiples colgantes y pulseras debían ser de plata genuina y sus aretes seguramente no eran una imitación barata como las prendas que vendía Ernesto. Además, supuse que su operación de nariz había sido costosa, nada que yo hubiera podido pagar ahorrando mil años con la mesada que me dejaba mi padre cada mes. Al final no dije nada más, en otras ocasiones me hubiese burlado de ella o hubiera explorado si tenía ideas materialistas para iniciar un debate como mi padre me había enseñado, pero no tenía ganas y sentía empatía por estas nuevas personas de mi vida.

Alina escogió algo y las lleve a mi casa. No había nadie en casa; mamá estaba trabajando y papá, como ya les he comentado, solo iba a la casa una vez al mes para jugar con mi madre al fin de semana más pasional y romántico de todas las historias posibles. Mi cuarto estaba en desorden: muchas prendas en el suelo, los afiches desperdigados y las notas y cuadernos de la escuela completaban ese laberinto de cosas tiradas y mal puestas. Por fortuna había tendido mi cama. Alina tomó las nuevas prendas y se metió al baño. Al poco rato salió y se veía bien, puso las prendas que se había quitado en una bolsa. Entonces guie a mis invitadas a la cocina y les ofrecí un poco de agua.

—Tu casa es bonita —dijo Alina.

Entonces les comenté que aún no veían la mejor parte. Así las llevé a la azotea. Luego de ascender las escaleras de herrería llegamos a lo alto de mi casa, un lugar íntimo en donde un pequeño tejaban hacía sombra y te permitía observar un paisaje pletórico de la ciudad.

—Hermoso —dijo Miranda.

Decidí entonces bajar a hacer limonada y cuando regresé Alina y Miranda se habían sentado en el techo a la sombra del tejaban. Se reían y se llevaban bien. Les ofrecí la limonada.

—Entonces ¿más cómoda Alina? —pregunté sin mirar a Alina en particular pues mi vista la clave en el paisaje de smog y edificios del Distrito Federal.
—Sí, muchas gracias… esto ha sido padre —dijo ella.
—¿Dónde vives Alina? —indagué.
—Al centro de la ciudad, en la Guerrero.

La piel se me puso de gallina, esta chica venía de unas colonias más bravas y conflictivas de la ciudad y aun así salía de su casa cada mañana para ir a la escuela. Inmediatamente imagine todas las burlas que la gente le hacía en todo ese trayecto.

—¿Y tú Miranda? —pregunté.
—Aquí a lado, en el pedregal.

Si, en el pedregal de a lado, el que era muy distinto a mi pedregal de calles desordenadas y una numeración en lotes y manzanas que nos delataba como descendientes de paracaidistas invasores del uso de suelo de conservación. Su pedregal era el de casa enormes, calles con camellones plantados con flores, árboles frondosos y siempre verdes; el pedregal de casetas de vigilancia y lujosos autos.
Finalmente platicamos de música, era lo más lógico a nuestra edad. A Miranda le gustaba el rock y el pop y durante media hora nos habló con pasión y nos hizo escuchar por su iPod las canciones que consideraba eran parte de su vida.

—¿Quiénes son estos? —le pregunté mientras el pequeño audífono me permitía escuchar un rock melódico cantado por una mujer.

—Son Ana Zeppelin y Los Olvidadizos, son de España, bueno, la vocalista es mexicana, son buenos —me explicó Miranda.

—¿Y a ti Alina que te gusta? —pregunté.
—El rock, la electrónica también, pero el tango me vuelve loca.

Tanto Miranda como yo miramos sorprendidas a Alina y preguntamos al unísono:

—¿El qué…?
—Sí. ¡Oigan, las invito este domingo a una milonga!

Miranda y yo aceptamos asistir aunque ninguna de las dos tenía idea de qué era una milonga. Yo al principio pensé en un restaurante argentino con un grupo musical en vivo, así que la idea me gustó. Se me hizo agua la boca de solo imaginar la carne bien asada, sustanciosa y jugosa. En ese momento no lo sabía pero aquello no tenía nada que ver con el apetito, lo cierto es que me cambiaría la vida para siempre.

Después de un rato la limonada se acabó y pensé en cervezas pero Miranda apuntó que era hora de irse a casa. Oficialmente el horario de la escuela se había terminado, había olvidado que de hecho, nos habíamos ido de pinta. Entonces las acompañe hasta el paradero de microbuses y autobuses y les di instrucciones suficientes para que pudieran salir de mis dominios. Miranda abordó un taxi de los color oro y rojo y Alina un simple camión que según decía la podía dejar directo en su casa.

La tarde cayó ese día y en la soledad de mi cuarto hice algunas tareas escolares muy básicas y recordé ir al café internet. Estando ahí no pude evitar buscar en la red la frase “cirugía plástica” pero los resultados fueron tantos y variados que me dio una tremenda flojera reparar en todos ellos. Luego de unos minutos de visitar algunas páginas de contenido científico cuestionable, terminé mi pequeña investigación pensando que de hecho no sabía nada del asunto y que era una cuestión de médicos especializados. 

Entonces busque otra palabra: milonga. Y caí en cuenta de que nada tenía que ver un buen corte de carne con eso, me esperaba a una tarde de domingo muy pero muy aburrida.


El siguiente día en la escuela Alina se presentó con ropa que ya no la hacía parecer una espía que trataba de pasar desapercibida. La saludé en la entrada y caminamos juntas por los pasillos de la escuela, los buitres no dejaban de mirarla. Antes de ingresar a la primera clase pregunté a una maestra, que intuitivamente me daba la impresión de ser sensata, si podíamos hablar durante algún descanso con el prefecto Buenfil. La maestra accedió pero Miranda no había llegado.

Buenfil estaba es su oficina desde donde podía ver la entrada de los alumnos y el cateo de los guardias. Al vernos entrar se acomodó en la silla de su escritorio y me preguntó qué hacía yo ahí.

—Usted —me decía—, veo que ha cumplido con lo que acordamos y eso me congratula mucho, pero ya tiene que ir a clase.

—Queremos hablar con usted —dije—, sobre que molestan a mi compañera aquí presente.

—¿Quién la molesta? —preguntó Buenfil sin siquiera mirarnos.
—Pues Rizo y todos en realidad. Rizo…
—¿Qué le han hecho?
—Pues no dejan de mirarla y de ponerle sobrenombres y…

Buenfil no dijo ninguna palabra por un momento que me pareció eterno, entonces por fin nos miró de frente, colocó sus manos sobre su escritorio y abrió algo que parecía una agenda.

—Usted —dijo al fin—, viene aquí a decirme que molestan a su amiga y le ponen sobrenombres. Señorita Cristina, solo dígame, ¿Cuántas personas en la escuela no concordarían con la descripción que usted acaba de dar?

Buenfil sabía su trabajo, era listo y tenía claro cómo defenderse para no hacer nada más allá de su rutina. Pero yo no podía dejarlo así, mi padre muchas veces había estado en esta situación, defendiendo lo indefendible, por lo tanto pensé que debía al menos tratar.

—Bueno, tiene razón, prefecto, pero mire el asunto de este modo: ninguno de mis compañeros tiene el problema de salud que ella tiene. El problema de su cara hace que los demás se burlen de ella y eso no la deja estudiar bien. Usted tiene la responsabilidad de atender estos casos pues es el prefecto, la autoridad en esta escuela. 
¡Dios bendito!, nunca me habían salido tantas palabras políticas y rimbombantes ni en una rima. Me sentí aliviada, pensé —trágate eso imbécil, cortesía de lo que mis padres me han enseñado. Buenfil me miró con rabia. Yo había dado en el clavo, lo había violentado. Durante un instante me dije a mi misma —prepárate aquí es cuando te expulsan.

—Ya veo, usted viene a denunciar una agresión que no ha pasado. Por favor, vayan a clase y si alguien trata de molestarla… ¿Cuál es su nombre señorita?
—Se llama Alina.
—¿Su compañera es muda? ¿No puede responder por si misma?
—Claro que puede, pero de eso justamente le hablo. El otro día la maestra de química la exhibió solo porque ella no puede hablar bien…
—Pero ahora, usted Cristina, ¿es su defensora?
—Si eso es necesario, sí. Si alguien se quiere hacerle algo malo yo la defenderé. Si usted no quiere actuar, yo la defenderé a mi modo.

Alina tenía los ojos llorosos. Ella pensaba que la estaba metiendo en un lio. Entonces arremetí con lo último para terminar de ablandar a Buenfil:

—Señor Buenfil, hay gente que actúa ante estas cosas con violencia, usted sabe que sus alumnos hacen eso; la molestarán, la harán sentir mal y si las autoridades escolares no frenan eso ¿de qué se trata? No podemos dejarla sola señor Buenfil. Yo le aseguro que ella será la mejor alumna que pueda usted tener. Y mejor aún, yo haré lo mismo, nunca más le causaremos problemas, nunca más le pediremos nada más, no volverá a vernos aquí en su oficina. Solo haga lo necesario para protegerla. Si alguien la molesta castíguelo, amenácelos de que si le hacen algo peor y no frenan sus burlas les pasará algo. Es todo lo que le pedimos.

Fue eso mi más grande ofrecimiento por nadie jamás. Buenfil aún estaba con el rostro duro, no dudo que su posición siguiera inflexible pero entonces su mirada se alzó, sus ojos se abrieron, fijó la vista en la entrada de su oficina y yo volteé para ver que lo había impactado, era la simple persona de Miranda.

—Hágalo por favor, Prefecto Buenfil. Mi padre lo tomará en cuenta —dijo levemente Miranda.

Buenfil regresó a mirarme. Yo no entendía.

—Está bien —dijo Buenfil—. Pero no habrá reglas especiales de protección para nadie. Hablaré con los maestros sobre este caso y les pediré que estén atentos. Además, acepto su propuesta señorita Cristina: usted será la mejor alumna que esta escuela pueda tener y si falla al menos una vez… la retendré aquí hasta que ya no tenga edad para poder entrar a la universidad.

Trague saliva. Con un tímido movimiento de cabeza di un sí.

—Gracias —dijo Miranda y se retiró. Ni siquiera había entrado a la oficina, había dicho todo desde el umbral de la puerta.

Alina y yo salimos un poco después. Apenas estuvimos fuera de la dirección Alina me abrazó y comenzó a llorar tímidamente al tiempo que me decía una y otra vez la misma palabra: gracias. Nunca me había sentido mejor en mi vida. ¿Esto era lo que sentía papá al luchar por los obreros y sus familias? Al fin lo entendía: ayudar a otros se sentía tan bien. Es de lo que hablaban los sabios, las religiones, los grandes filósofos… pero esperen, durante un momento todo estaba perdido y Miranda lo había salvado. ¿Su padre lo tomaría en cuenta? ¿Quién era su padre? Estaba decidida a desenvolver el misterio.

lunes, 5 de noviembre de 2018

2 DOS MIL SIETE



Mi nombre es María Cristina Daza Martínez. Nací un feo día del 91 sobre el espejismo que quedaba de la tragedia de Tenochtitlán cuyo espacio ahora ocupaba la monstruosa ciudad de México. Mi padre era un intelectual con sueños marxistas en un tiempo donde la economía de mercado ya había ganado toda guerra con la bandera vanagloriada de la globalización. Él usaba la barba estilo Lenin y daba cátedra en la Universidad Nacional; mero hobbie, sus padres, mis abuelos, le habían dejado dinero suficiente para terminar de vivir su vida sin angustias. Esa situación lo deprimía un poco, pues sus enemigos políticos le reprochaban siempre el origen burgués de su familia. Mi madre, por otro lado, era una ama de casa con inclinaciones hacía el alcohol y las letras, ganaba dinero por varias novelas de tinte feminista escritas con una gran diversidad de pseudónimos. Ella y mi padre se habían conocido en la universidad y juntos habían hecho sus estudios de posgrado en la lejana Unión Soviética cuando está aún no se caía a pedazos. Luego de un romance entre las calles de San Petersburgo regresaron a México y se casaron a las primeras de cambio para, a los dos años, separarse. No me mal entiendan, mis padres tenían una buena relación, solo se habían divorciado entendido a tiempo que no se soportaban el uno al otro cuando estaban cerca. Eso ya lo sabían desde San Petersburgo antes de casarse, pero luego del bodorrio aquello fue insoportablemente evidente. Sin embargo, cuando se separaron, también se dieron cuenta de que no podían dejar de verse con pasión cada que sus cuerpos lo pedían. Ese era su terrible dilema y lo solucionaron de la forma más lógica: solo se veían de vez en cuando para hacer el amor. Separados estaban enamorados y ambos me querían. Mis padres tenían una revolución en su cama más o menos cada mes y yo llegué al mundo cuándo ellos ya estaban legalmente separados. Mi madre le planteó a mi padre lo de su embarazo con toda la tranquilidad que dan dos copas de vino, él al principio no supo qué pensar, solo se le ocurrió decir que no se casarían otra vez. Mi madre se rio a carcajadas, fue su forma expresiva de estar de acuerdo. Ambos acordaron en una asamblea familiar (de dos personas) que a mí nunca me faltaría nada de lo elemental: comida, casa, vestido y libros. Además, también se acordó que yo tendría un gran futuro pero no contaban con lo que yo tendría que decir años después.

Mi niñez fue promedio: déficit de atención, problemas para obtener el grado de primaria, mala influencia y alumna que no hacía la tarea. Desde siempre me sentí más cómoda en la calle que en la escuela, mero afán de supervivencia. Disfrutaba las tardes soleadas de mi ciudad en compañía de otros niños en los parques urbanos escalando árboles, jugando a las escondidillas y asistiendo a las ferias locales de los pueblos que había en la Delegación Xochimilco. Los videojuegos y la televisión poco efecto tuvieron en mí, tampoco los libros me atraparon a pesar de que mamá me animaba por todos los medios a leer la “buena cultura”. Papá era una buena excusa para salir de la rutina, sus visitas eran para mí un respiro ya que me sacaba de casa y me llevaba a museos y exposiciones de arte que yo no entendía; pero por dios, salir de mi cuarto en domingo era algo que ya valía la pena. A veces, él me llevaba a sus reuniones con sus camaradas y mientras ellos se perdían en discusiones sobre política yo trataba de no aburrirme escuchando música por medio de un aparato de DVD portátil y discos piratas conseguidos en el tianguis que se ponía por mi casa. Sí, comencé a escuchar música más o menos a mis once años y descubrí muchos estados de ánimo, un día me cayó el hip-hop y me enamoró. Encontré que mi estatus de clase media encajaba perfecto en el mundo del grafiti callejero, las patinetas y la bicicleta de acrobacias. De ahí a tener aspiraciones de MC fue fácil. Pero había un tremendo problema: yo era mujer y en el mundo del hip hop y la calle todavía había “machos a caballo”. Por eso y mi mal carácter, no se me tomaba en serio y se creía que mi única función era satisfacer las calenturas frecuentes de mis múltiples y estúpidos novios. Al principio, yo me rebelaba a ese evidente acto de discriminación. Luego de varios intentos fallidos y mucha frustración me decidí por la guerra de guerrillas: cumplía con mí roll de género y por debajo del agua seguía escribiendo rimas que hacía leer al amante de turno para que este las presentara como suyas al resto de “la banda”. Solo después de mucho tiempo todos supieron que mis rimas eran buenas y comencé a recibir un tímido crédito que para mí era más que suficiente. Así, yo era ruda, mal hablada y caliente; una maldita fiesta de hormonas que explotaba en versos agresivos y de demanda. Curiosamente, con la llegada de la pubertad, pude al fin leer libros sin que mi madre me presionara para hacerlo, lo hacía por puro gusto. Esos eran libros simples pero que aumentaban mi vocabulario, cosa que me emocionaba debido a que me hacía más fácil escribir rimas. Escribir… escribir me entretenía por horas, buscando las palabras adecuadas para rimar y al mismo tiempo decir algo coherente, “rebelde y muy cabrón”.

Pero vayamos al grano. Yo era una ególatra empedernida y un día cumplí diecisiete años, y aquí comienza la verdadera historia que tengo que contarles. Seguía escribiendo rimas y escuchando mi música cuando de pronto me expulsaron, otra vez, de la escuela preparatoria. A pesar de la no falta de costumbre, mi madre lloró intensamente ese día (sobria), y aquello me causó un sentimiento de culpa enorme que no me abandonó por mucho tiempo y que hizo que me prometiera a mí misma ser mejor estudiante. Quizás, al fin, había comprendido lo que tenían que decirme los maestros sin vocación, quizás solo estaba en mis días. El caso es que me decidí a, esta vez, cumplir una promesa a como diera lugar y sin importar las consecuencias. Así, fui con una nueva actitud a mi nueva escuela, una de esas preparatorias privadas de mala calaña al sur de la ciudad. Realmente quería cooperar, pero no tenía idea de que ellos —mis compañeros, maestros y las autoridades escolares —no tenían la misma intención. A la semana, ya había comprobado que el 99% de mis nuevos compañeros de grupo eran unos completos idiotas. Perdidos y drogados por el Facebook y el Twitter que les suministraban en altas dosis sus IPODS y SmartPhones que eran sus posesiones más preciadas. Esos jóvenes no requerían ser esclavizados, ya lo estaban. Pasaban horas enteras de clase mirando esos aparatos, construyéndose una imagen virtual de sí mismos, una imagen que no les diera ganas de suicidarse. Al principio, pensé que algunos escuchaban buena música pero pronto me di cuenta que todo era parte de la farsa, un mecanismo de defensa contra la realidad, algo que ya había visto multitud de ocasiones: personalidades de cartón. Había otros que realmente estaban perdidos y escupían reggaetón y pop por sus hocicos de los cuales era impensable que aparecieran ideas propias. Lo cierto es que muchos de ellos no tenían la menor esperanza ni caso alguno, no serían nada ni nadie para la sociedad, muchos terminarían en empleos mal pagados y rutinas aburridas si es que no caían antes en los lugares comunes del embarazo temprano, el desempleo, el VIH o la drogadicción. Esta masa de mentes simples no podía ser controlada por una serie de docentes mediocres y autoridades escolares despóticas que hacía muchos años habían perdido la esperanza y el entusiasmo en el axioma de que podían hacer alguna diferencia en el mundo con la educación. Por eso, esa masa docente se habían sumido en un letargo práctico de no hacer más que cumplir y cobrar; algo sensato en todo caso pues, si los padres del mundo no se comprometían a educar a sus hijos adolescentes ¿por qué alguien externo debería intentarlo a cambio de un salario de miseria? Docentes y estudiantes me daban lástima, pero yo nadaba en la misma cloaca que todos ellos y no tenía esperanza de un mejor futuro que del resto.

Sin embargo, siempre hay excepciones. Ya les dije, solo eran el 99%, había un minúsculo 1% por el que podías apostar que se salvaría del que yo creía era el terrible destino de la mediocridad. En esa nueva escuela hubo dos casos de estos extraordinarios y que de inmediato me dieron la impresión de no ser zombis. No hablo de chicas o chicos  “nerd” o  aplicados pues eso no necesariamente te asegura que eres diferente y tienes un atisbo de sobreponerte a tu destino. No. Habló de personas que desde mi punto de vista simplemente no me parecían tan pendejas. La primera chica leía libros durante el descanso, algo muy poco frecuente en este país de macroeconomía exitosa pero fracaso social voluntario. Sin embargo, la chica no tomaba notas ni ponía atención, solo dibujaba durante las clases, pero eso a mi modo de ver era mejor que el iPad o el móvil. Su físico también destacaba: mediana estatura pero con cabellos rubios, rasgos finos, complexión ultra femenina y frágil. Era evidente que se había operado la nariz porque ésta era perfecta, de cuento dirían los expertos, situación de la cual aprovecharon los demás para burlarse de ella desde el primer día. Era callada, vestía de manera que aparentaba descuido pero que en realidad era un atuendo perfectamente planeado: sandalias, faldas largas de vivos colores, blusas en tonos claros de manga corta, muchas pulseras de tela y cuero además de collares de piedras bonitas pero no preciosas ni valiosas sino propias de la artesanía urbana pseudo-indígena posmoderna. Luego de evaluarla unos días y asegurarme que no recibiría argumentos estereotipados y vacíos de su parte, decidí acercarme durante el descanso a hablar con ella.

—Hola —le dije con mi voz ronca.
—Hola —respondió ella mirándome de arriba abajo. Mis cabellos chinos indomables con mechones de muchos colores, mi rostro con pearcings y mi ropa de segunda mano: grandes botas negras, jeans ajustados con roturas reales por el uso (no de moda), y una blusa negra sin ningún chiste; en fin, debí haberle parecido un ser amenazante, lo supe por su lenguaje corporal pues de inmediato cerró la libreta que tenía en sus manos y se recogió un poco.
—¿Qué tanto dibujas? —pregunté con verdadera curiosidad.
—Cosas…  —respondió ella aterrada.

Me costó un poco más de trabajo sacarla de su desconfianza pero posteriormente me dijo que se llamaba Miranda, también era nueva en la escuela y también estaba sola. Le pedí que me mostrara sus dibujos y estos me parecieron realmente buenos, algo rosas e infantiles, todo en tinta de diversos colores, pero tenían una autenticidad agradable. La niña tenía ideas, muchas dudas y pocas respuestas. La empatía fue inevitable gracias a eso último. Ese día que le hablé, regresé contenta a casa y pensé que quizás, luego de muchos años, era probable que yo, Cristina Daza, la MC más ruda del barrio de la Rosa, tuviera una amiga.


La segunda persona interesante llegó a la semana de que yo lo había hecho y tan solo un día después de que le hubiera hablado a Miranda. Al principio, me pareció una pendeja más, de esas con un drama existencial y que lloraban por todo, dignas representantes del estereotipo femenino débil y gastado. Su rostro lo llevaba medio cubierto con una pañoleta y te hacía recordar a las mujeres árabes. Había una buena razón para esa actitud del juego al escondite, su rostro estaba desfigurado. No importaba qué tan indiferente fueras a la vida de las personas, no podías evitar mirar aquel rostro cercenado, el morbo te comía completa y necesitabas mirarla. La primera vez que la vi fue en la puerta del salón dónde tomaríamos la aburridísima clase de química, que en ese entonces la daba una tal profesora Chacón que se destacaba por ser de las más estrictas e inmunes a las estupideces del alumnado. La chica en cuestión, miraba la hoja de horarios que había en la puerta del salón. Al notar que era nueva y todavía sin darme cuenta de su defecto físico, decidí ahorrarle el trabajo.

—Química, grupo 302.

Le dije eso sin esperar una respuesta suya y sin detenerme en mi camino adentro en el salón. Me senté en mi pupitre y me puse mis audífonos para seguir escuchando a los chicos de Control Machete. Mis audífonos estaban conectados a mi IPOD y eran prácticamente imperceptibles para los maestros aunque mi asiento estaba localizado en la tercera fila. Los maestros no notaban que yo casi nunca los escuchaba hablar y esa paz era para mí infinitamente placentera. Ya habría tiempo, generalmente pocos días antes del examen, para entender todas sus pavadas en la Wikipedia o en el Rincón del Vago y así pasar sin mucho esfuerzo los exámenes. Esa era yo, no me había olvidado de mi promesa a mi madre pero tampoco estaba dispuesta a esforzarme más de lo necesario.
La chica nueva entró al salón junto con la maestra y esperó a que todos tomaran un pupitre, de esa forma pudo localizar uno vacío y lo ocupó. En ese instante yo detuve mí privada sala de concierto de hip hop y puse atención al pase de lista de la maestra Chacón. Era una tontería, esa maestra era la única que insistía en esos inútiles protocolos y peor aún, tomaba la asistencia como criterio para la evaluación. Al iniciar mi apellido con la letra “D”, yo era la quinta de la lista, así que inmediatamente después de que confirmé mí asistencia con el clásico “presente” me puse discretamente mis audífonos y el mundo se fue para mí los siguientes tres minutos. Fueron las risas de todos mis compañeros las que me sacaron del sopor y retiré los audífonos de nueva cuenta de mis oídos. Inmediatamente le pregunté a un compañero que estaba a mi lado qué era lo que pasaba. Él seguía riendo al tiempo que me señalaba con la mano a la nueva chica que estaba, a diferencia de todos, de pie a un costado del pupitre que hacía unos minutos había elegido.

—Otra vez, esto no es una broma, señorita. Si yo digo su nombre espero que me responda presente de forma fuerte y clara ¿puede usted decir “presente” de forma correcta? —decía la maestra Chacón con tono molesto.

Las risas volvieron, yo solo miraba a la nueva, su postura estaba encorvada y parecía que cualquier leve brisa podría derribarla. Volteé nuevamente a preguntar a mi compañero de a lado y éste trato de explicarme la situación en voz baja pues la maestra había dado un ultimátum al grupo para que guardáramos silencio.

—Rizo le quitó el trapo de la cabeza a esa morra cuando le pasaron lista y ella gritó bien cagado —me explicó mi compañero— ¿No le has visto la cara? ¡Está horrible!

—Presente… —intentó decir la chica nueva, pero balbuceaba en llanto y en realidad era complicado entenderle. La maestra entonces se acercó hasta dónde la chica estaba, toda asustada y expuesta. La maestra miró el rostro de la chica y trató de no impresionarse, luego prosiguió.

—Esta clase no es para jugar, señorita Alina Sandoval. Deje de llorar o la tendré que mandar a la dirección. ¡Deje de llorar! —gritó al final desesperada la maestra.
Se escucharon murmullos y algunas risitas discretas. La maestra no dejaba de ordenarle que dejara de llorar y los demás no dejaban de reír en aquello que parecía una escena sacada de un manicomio. Los lobos tenían presa.

—¡Ay, ya por favor, que no mame la maestra…! —¡demonios!, la frase se me había escapado en voz alta justo en el instante en que la maestra había logrado nuevamente que el grupo guardara absoluto silencio. Me sentí estúpida, todos voltearon a verme y nuevamente rieron a carcajadas, lo único que pude pensar en ese instante fue: ¡ups!

—¿Tiene algún problema, señorita Cristina?
Pensé en sacar la bandera blanca, pensé que lo mejor para mí era disculparme y bajar la cabeza. El problema es que realmente pensaba que todo el asunto era por demás estúpido, quizás por eso no pude evitar ser cómo mi padre por primera vez en mi vida; es decir, sacar la espada para ayudar a otros.

—Bueno, maestra ¿Qué importa todo esto? Ya le contestó. Usted ya vio que ella si está aquí, póngale asistencia y ya.

La maestra Chacón, el diablo encarnado de la química, me miró con ojos de ira y repulsión; vi claramente como cerró sus puños al tiempo que los demás dejaron escapar una profunda expresión de —¡tráguese esa!— expresada con un largo y eterno —uhhh.
Chacón hizo una mueca con la cara, cerró y abrió los ojos, era evidente de que estaba tratando de controlar su ira. Luego, como si por su mente jamás hubiese pasado el deseo de hacerme daño me pidió atentamente que saliera del salón y fuera por un reporte a la oficina del prefecto. Fue cuando sentí por primera vez dolor por un reporte, ya saben, era por mi promesa. La había cagado y me sentía terrible por ello. No pude dejar de pensar en mi madre y en todo lo que me diría si me suspendían. Con toda la dignidad de la que fui capaz, inicié mi camino hacia afuera del salón, entonces:

—Bien hecho, Troll.

Volteé furiosa hacía el insensato que había dicho aquello. Troll era el apodo que mis nuevos compañeros me habían asignado y no me gustaba nada, realmente lo detestaba. Ser comparada con esas creaturas mundanas, feas y torpes del mundo de la fantasía me ponía especialmente sensible. Ahora era yo la que cerraba los puños, pero para mí desgracia, todo el salón ya reía a carcajada suelta otra vez. Lo único que me quedó como recurso fue:

—¡Muérete, pinche Rizo! —le dije con todo mi enojo al cabrón.

Rizo era una fichita, desde el principio me había caído mal con su pose de galán de telenovela y sus bromas estúpidas.

—¿Sí, pendeja? ¡Muérete tu primero, pinche troll de mierda…!

—¡Rizo! ¡Cállese! —gritó la maestra Chacón.

Acto seguido, la maestra Chacón mandó a Rizo por su quinto reporte en tan solo una semana. El patán lo tomó como rutina y así, escoltados por un alumno elegido por la maestra Chacón, Rizo y yo caminamos el largo pasillo hasta las oficinas administrativas. Cruzamos varios salones de clase rodeados de jardines donde los aspersores daban agua a los árboles haciendo ese sonido muy particular que tienen al girar y arrojar las gotitas de agua al aire. Llegamos a la zona de los laboratorios atestada de alumnos con batas blancas, luego pasamos por las canchas de basquetbol que a esa hora estaban completamente vacías y se fundían al sol. Finalmente, entramos a las oficinas administrativas. En todo ese trayecto, Rizo tenía esa sonrisa cínica que lo caracterizaba, sonrisa que intensificaba cada vez que se daba cuenta que yo lo miraba con rabia. El chico que nos escoltó informó de la situación a la secretaria del prefecto y ésta le paso el recado vía telefónica a la autoridad escolar. Nos hicieron esperar de pie unos diez minutos, luego la secretaria recibió una llamada y preguntó quién era Daza. Levanté mi mano con desgane y la señorita, de aspecto mediocre, entrada en los cincuenta y de cabello grasoso y mal teñido, me informó que yo sería la primera en pasar.

Ya adentro conocí al prefecto. Era uno de esos de expresión sin vida y que deduces que no tiene nada mejor que hacer que ser burócrata educativo, por ello tiene la necesidad imperiosa de joder al prójimo (cualquiera que esté por debajo de su jerarquía). A veces me pregunto, ¿qué pasaría si un día toda esta gente se preocupara por hacer realmente su trabajo y trataran con entusiasmo de educarnos?

—Señorita Cristina —me dijo—, mi nombre es Buenfil, prefecto Buenfil. Veo su historial y no es nada bueno, por no decir que tampoco es nada nuevo. Frecuentemente aceptamos personas como usted que solo vienen a causar conflicto y se convierten en un problema. Así que dejémonos de trivialidades y vayamos al grano ¿cuántos años quiere usted pasar bajo mi yugo señorita Cristina?

Me quedé atónita, este era peor que con los que había tratado antes.

—¿No responde? ¿Fue muy severa la pregunta? La plantearé de la siguiente forma señorita Cristina, si usted se tiñe el cabello de un solo color, si deja de usar sus pearcings mientras esté en las instalaciones de esta escuela y trae ropa decente y sin tantos estoperoles; además, si permanece sin causar problemas como los que causó en su anterior escuela, se porta bien y cumple las reglas, usted podrá salir de aquí en año y medio. De lo contrario señorita Cristina, me esforzaré por retenerla aquí el mayor tiempo posible y los años le parecerán insoportables porque si usted pasa más de dos años en esta escuela, significará que usted y yo estaremos en guerra, y de verdad… no lo soportará, nunca lo hacen. Así que… ¿mañana la podre ver con el aspecto que le pido?

Aquí tenía a alguien a mi nivel, en el pasado me hubiera encantado retar a este charlatán de la CIA, pero como ya les he mencionado, ahora quería ser buena y tener las paces con mi madre y la sociedad. Además, me emocionó la idea de que ninguna suspensión había sido planteada, ni siquiera un reporte, solamente tenía que darles el aspecto que querían, pensé que era mi oportunidad de salir bien librada de esto.

—Sí señor —dije con mi mejor entusiasmo y seriedad— cambiaré mi atuendo a algo... decente.

Buenfil puso entonces una sonrisa sin mostrar los dientes, se acomodó las mangas de la camisa y se sentó en la silla de su oficina que era más triste que su traje gris. Me ordenó salir y yo hice caso con paso presuroso. Iba yo cruzando la puerta de su recinto cuando todavía advirtió:

—No lo soportaría señorita.

No respondí nada y me escabullí fuera de la oficina lo más rápido que pude.
Al salir me tope de frente con la chica nueva con su rostro desfigurado. La escoltaba el mismo chico que en un principio nos había vigilado a Rizo y a mí. Su mirada no se cruzó con la mía pues ella la traía clavada al suelo, como con vergüenza, una vergüenza infinita. La pobre entró en la oficina de Buenfil. Afuera, Rizo seguía con su patética actitud de tener controlada la situación y estaba fumando un cigarrillo fuera del edificio. La secretaría de Buenfil se dio cuenta de que yo me quedé detenida un momento, entonces me recomendó:

—A clase niña, no te quedes en el chisme.

Era evidente que a pesar de sus instrucciones quería compartir “el chisme” así que le seguí la corriente, pero muy en voz baja para evitar que Rizo pudiese escucharnos.

—¿Sabe qué onda con la chica esa? —pregunté tratando de aparentar verdadera curiosidad.

—¿La nueva? Ay, qué difícil. La cambiaron porque en su otra escuela la molestaban demasiado. Tiene cortes en las manos que ella misma se hace ¿te diste cuenta? Pobrecita.

—¿Por qué pobrecita? ¿Qué le paso? —insistí ahora verdaderamente intrigada.

—Accidente automovilístico. Si fuera mi hija le tendría compasión, en lugar de mandarla a la escuela la llevaría a un médico. Y luego a esta escuela… aquí mandan a todos los que expulsan… ¿pero tú no verdad “mija”?

—No, cómo cree, es que esta escuela me queda más cerca de mi casa —mentí.

—Bueno, espero que Dios ayude a la pobre chica. Mira que ser muchacha y tener ese defecto en la cara debe ser muy feo. De verdad que Dios la ayude.

Yo no creía en Dios ni en nada parecido, me daba risa la gente que se expresaba de esa forma sobre entidades mágicas que todo lo podían, pero sabía guardar respeto y salirme por la tangente, ya que de lo contrario esta gente podía arrinconarte con una plática de conversión religiosa tan odiosa que me daban nauseas de tan solo imaginarla. Así, fui diplomática.

—Sí, Dios dirá.

Salí del edificio y Rizo me miraba, entonces le hice la seña grosera del dedo medio pero el patán solo rio y me dijo:

—Ya veremos, Troll. Salúdame a tu amiga la cara de coladera. Le haremos el favor de arrancarle la cara en trozos para ver si le sale piel nueva. Me voy a cagar en ustedes, Troll.
Rizo sacó entonces una navaja pequeña, miré hacia atrás pensando que quizás la secretaría podría estar observándonos mientras al mismo tiempo me preguntaba cómo este delincuente había logrado pasar una navaja a la escuela sin que el cateo de la entrada se la detectara. El miedo me subió hasta la cabeza y continué rápido mi camino no sin escuchar su risita burlona.

Ese mismo día, en la salida vi a aquella chica, la cara de coladera como la había bautizado Rizo, estaba esperando el bus, sentada en la banca dispuesta para ello junto con otros personajes que para mí fortuna abordaron un transporte y me dejaron en soledad con ella. Me aseguré de que ni Rizo ni nadie del salón estuvieran cerca y tomé entonces la decisión de acercarme. Había más curiosidad que empatía en mí proceder, pero eso ya era un principio.

—Entonces, ¿qué te pasó en la cara? —pregunté intempestivamente. Me gustaba abordar así a la gente, retenerla en la sorpresa de algo contundente pero por un instante me pareció que había sido demasiado intransigente. Así, traté de corregir.

—No te preocupes —le dije, tratando de tranquilizarla —soy de las buenas. Yo no te voy a molestar.

—Un accidente —dijo ella con timidez.

—¿Y cómo fue? —pregunté estúpidamente. Ella cambió su semblante tímido a uno lleno de ira.

—La mierda, fue una mierda —dijo ella con enojo, algo que ya era un cambio ante tanta vulnerabilidad que mostraba. Ahí supe que dentro de toda esa fragilidad había una fiera dispuesta a sobreponerse a todo eso.

—Me imagino, mi nombre es Cristina ¿Cómo te llamas tú?

Ella hizo una pausa, cerró los ojos, se observaba en ella una frustración perpetua y entonces la mire más de cerca: la belleza de sus ojos estaba intacta, eran unos ojos de mirada profunda de color oscuro, su frente también estaba invicta, ni una sola mancha o cicatriz la perturbaba; el problema venía en la parte baja del rostro, su nariz estaba cruzada por una cicatriz como de si una hoja filosa la hubiese cortado perpendicularmente a la altura media, sus mejillas estaban llenas de cortes que además estaban tapizados por insipiente acné, pero el peor asunto era que la chica había perdido parte de su labio inferior, ese espacio dejaba entrever sus dientes inferiores y una prótesis de plástico cuyo aspecto exterior trataba de simular el color y la textura de la piel humana pero eso solo hacía que se hiciese más desagradable a la vista. Esa prótesis detenía su lengua y le permitía poder hablar aunque sus palabras no eran muy claras. Su cabello castaño era hermoso y largo, era el cabello más lindo que había visto en mucho tiempo, y el resto de ella no parecía tener secuelas de ningún tipo, de hecho, su cuerpo tenía la clásica forma de guitarra que tanto aprecian los hombres. Sin duda, sin el rostro desfigurado, la niña podía pasar por una chica muy guapa y atractiva.

—Está bien, perdona. Me voy… —dije pensando que me había equivocado al quedármele mirando y notar que ella notaba que yo la miraba.
Fue hasta entonces que me miró a los ojos. En esos ojos se veía que habían llorado mucho.

—Alina —dijo ella como evaluando mi sinceridad.

—Ya estás Alina. No se me olvidará. Bueno, me voy. Nos vemos mañana. Y si esperas el camión que va al sur te recomiendo que camines a la parada que está antes, sino aquí lo encontrarás completamente lleno.

Dicho eso di media vuelta y caminé por la acera y entré al subterráneo. De pronto me habían dado unas ganas de huir terribles, no quería cometer más torpezas. Me puse a pensar cómo reaccionaría yo si tuviera el rostro de esa forma. Por supuesto, yo había tenido granos y en ese entonces seguía teniéndolos, sin embargo, y aunque me resultaban muy molestos, no representaban para mi ningún problema más allá del pequeño dolorcillo que implicaban. No había comparación, no podía ni pensarlo. No se podía ser ajeno a la mala vista que ofrecía aquella muchacha, era imposible no mirarla, era imposible no sentir compasión.

Viajé durante media hora hasta llegar a mi estación en medio de aquel agobiante calor humano propio del hacinamiento de tantos primates en un espacio pequeño que llamamos vagón del Metro. De nuevo en la superficie, caminé quince minutos más por las calles de mi vecindario, el Barrio de la Rosa, mi querido lugar con sus calles estrechas evidencia de un pasado de burros y carretas; las casas no tenían más de dos pisos, había telarañas de cables en cada poste y comercios pequeños desafiantes a las grandes cadenas comerciales se aglomeraban en la planta baja de casi todas las construcciones: una papelería por ahí, un taller mecánico por allá, una zapatería ahora. Mi casa, una modesta de dos pisos con una toma de agua que daba a la calle, un zaguán de lámina que no guardaba ningún automóvil (el último mi papá lo había vendido hacía cinco años durante su etapa de obsesión por el cambio climático) era por dentro un verdadero “dulce hogar”. Me gustaba mi casa y mi familia; mi enojo con el mundo tenía otros orígenes, nada que ver con mi ambiente.

Mamá no estaba, así que tomé algo de dinero de nuestro bote de ahorros y fui hasta donde cortaban el cabello por modestas cantidades. No caminé mucho, en esta ciudad hay un negocio de esos en cada cuadra. Mi pelo multicolor ya no lo fue más. Lo teñí de negro. Luego fui hasta la fonda que estaba en la misma cuadra de mi casa, la de Doña Chepe, un carismático negocio con tres mesas de metal que en la parte superior exhibían en tonos rojos la publicidad de la cerveza Tecate, cada mesa con cuatro sillas con la misma publicidad en su respaldo. Pedí una “tlayuda” con harto queso y la comí de pie pues todas las mesas estaban ocupadas, así era todos los días en ese pequeño restaurante. Satisfecho mi estómago, regresé a casa.  Ya en mi cuarto, me miré al espejo, mis rasgos faciales resaltaban más con el nuevo tinte negro. Noté las espinillas que había en mi nariz y di gracias de no ser Alina. Me quité los metales de mi cara y los guardé en un mueble de mi alcoba prometiéndoles que en tiempos mejores los usaría otra vez. Puse algo de música hip-hop y me recosté en la cama. Ya inspirada comencé a hacer rimas y a escribirlas. El tiempo se fue volando y no recordé nada de lo que había ocurrido ese día en la escuela.


A la mañana siguiente elegí cuidadosamente mi vestuario que no era nada espectacular, ya no más: una blusa en negro liso sin ninguna leyenda ofensiva o violenta, unos jeans azul marino holgados sin cortes y unos zapatos tenis imitación converse. Nada contestatario, nada rebelde, solo yo. Así, recorrí el camino a la escuela sin ningún contratiempo más allá del tumulto de la gente en la estación Coyoacán o el rutinario concierto sinfónico de bocinas automovilísticas malhumoradas y con prisa. Debido a un incidente el año anterior en el que habían acuchillado a un chico del último grado, ahora a todos los hombres los cateaban una serie de tipos robustos de seguridad privada a la entrada de la escuela en busca de armas punzocortantes. Aquello se había convertido en una rutina de rigor y cuatro o cinco guardias la llevaban a cabo con estricta disciplina militar. Eso estaba bien —pensaba yo. Pero el acto de seguridad paranoica tenía la desagradable consecuencia de retrasar horrorosamente el ingreso a las instalaciones escolares. Entre ese tumulto matutino reconocí a Alina, o lo que parecía ser ella pues estaba vestida con ropa holgada en color gris, nada que ver con sus jeans y su blusa del día de ayer, llevaba en la cabeza una gorra de esas de visera que tenía en la frente el escudo de los Yanquis de Nueva York y atado al rostro una bufanda que le cubría medio rostro y solo dejaba ver sus expresivos ojos. Cuando la vi, me pareció el peor de los disfraces. Uno de los guardias de la puerta la llamó y le ordenó descubrirse el rostro y dejarse catear pues la había confundido con un hombre. Ella trataba de explicarse pero sus palabras las decía con tal inseguridad que eso solo alertó más a los guardias. Entonces, uno de ellos comenzó a descubrirle el rostro y ella no oponía resistencia. Cuando su cara quedó expuesta, me pareció que era peor que ayer. Los intensos rayos de sol del amanecer casi paralelos al horizonte iluminaban directamente su rostro. Entre los alumnos que ahí estaban se escucharon expresiones de todo tipo pero predominaban las burlas sobre la compasión. No lo pude aguantar, aunque dudé por instante, al final me di valor, fui hasta Alina la tomé de la mano y la saque de la fila.

—Vámonos —le dije y ella me siguió dócilmente. Casi terminábamos de recorrer la barda de la escuela cuando vimos a la también tímida Miranda que iba camino a clases. Nos vimos por un instante y le expliqué.

—No vamos a entrar ¿quieres venir?

Ella no respondió y solo puso cara de sorpresa. Pensé —¡Qué diablos! Que se quede —y seguí mi recorrido a no sé dónde con Alina tomada de mi mano.  Unos segundos más tarde me percaté de que Miranda ya nos seguía justo detrás, había aceptado la invitación a ninguna parte. Ya en un lugar más tranquilo me detuve.

—Alina, ¿por qué vistes así? —pregunté aunque sabía la respuesta.
—Para mí es mejor —dijo ella—, no te preocupes, estoy acostumbrada.
—No puedes dejar que los demás se burlen así de ti. ¡No mames!

Un coraje me recorrió el alma, pensé que eso era lo que sentía papá cuando los obreros y campesinos le contaban sus penas…

—¿Qué vamos a hacer para que ya no la molesten? —preguntó sorpresivamente Miranda, uniéndose al problema, entendiéndolo al instante. Definitivamente esta chica si tenía materia gris. Lo que me encantó fue que su pregunta era en plural, se incluía, me hizo sentir más segura.

—Pues no sé. ¿No has ido a un doctor, Alina? —dije y la chica contestó que sí pero que eso no había servido de nada.

—Cristina… —dijo al fin Alina tratando de salirse del ojo del huracán—¿A ti qué te pasó?
Caí en cuenta de que en efecto, mi aspecto era muy distinto, era decente…

—Sí, bueno, es un cambio que debo hacer —ni yo misma me creía mis palabras—, pero tú no te preocupes buscaremos una solución para ti…

—Eso. Mi papá conoce a algunos doctores, buenos cirujanos, puedo preguntarle si puede contactarnos con alguno —completó Miranda.
Y entonces caí en cuenta: yo, la más individual del mundo, la que odiaba a papá por querer salvar al planeta y no ponerme más atención a mí y a mis berrinches, la que nunca hacia suyos los problemas de nadie, iba a tratar de ayudar a esa niña sin saber nada de ella ni de su problema. Eso no tenía ningún sentido. Tenía que tener cuidado, le había prometido a mi madre ser mejor y ahora iba a entrar en guerra con los abusadores que en este caso eran ¿toda la escuela?… Si hacía algo mal me pondría en problemas con Buenfil y no lo soportaría. Quería desmayarme. Sentía miedo y por un instante pensé en alejarme de todas esas pendejadas de buena voluntad, dejar Miranda y a Alina ahí paradas y regresar a la escuela, pero…

—Además, mañana hablaremos con Buenfil —dijo Miranda y me hizo el día. Entonces tomó la mano de Alina y la mía al tiempo que sonreía. Mientras tanto yo estaba tratando de salir de mi estrés y Alina tenía su rostro desencajado de vergüenza, era evidente que no le gustaba levantar la cara. Entonces puse mi vista sobre Miranda que no dejaba de sonreír y no pude evitar preguntarlo.

—¿Quién demonios eres Miranda?

Ella solo sonrió más. Inmediatamente Alina preguntó qué haríamos el resto del día. Pensé por un segundo que lo mejor era volver a casa pero algo dentro de mí me hizo querer estar más tiempo con esas extrañas. Era un sentimiento nuevo de integración el que yo sentía.

—Pues… definitivamente iremos de compras —dije.

 Y así lo hicimos.