lunes, 3 de diciembre de 2018

4 MIRANDA



Al día siguiente a Miranda solamente pude hablarle hasta el descanso entre clases. En ese lapso de entropía estudiantil, la abordé cuando ella estaba sentada en una de las bancas del patio escolar. Decidida a resolver el misterio me vi obligada a interrumpir su almuerzo que consistía en una ensalada de zanahoria muy abundante servida en uno de esos recipientes caseros de plástico que resistían las microondas. Me paré enfrente de ella sin sentarme a su lado. La curiosidad me mataba ¿sería su padre algún diputado, senador o político influyente para poner así, como un manso gatito, a Buenfil? Miranda comía con delicadeza ese vegetariano festín cuando le pregunté súbitamente.

—Miranda ¿Quién es tu papá?

Ella lo tomó con calma, se llevó otra cucharada de zanahoria a la boca pero no dejaba de mirarme mientras masticaba su bocado. Finalmente, ya sin bocado me condicionó:

—Si te lo digo, no se lo dirás a nadie —y apartó su vista de mí para seguir comiendo.

—¿Es un criminal o qué? —bromeé.

—No, pero no se lo dirás a nadie y lo tienes que prometer —dijo esta vez con algo de comida en su boca pero llevándose la palma de la mano cerca de su rostro para cubrir el pecado de hablar con la boca llena.

—Lo prometo —y le mostré mis manos para evitar sospechas de cruzar los dedos.

—Está bien —dijo, luego me tomó de las manos desatendiendo ahora si totalmente su almuerzo —Cristina, mi papá es… el dueño de esta escuela.

—¡El dueño de la escuela! ¡Santa mierda! —exclamé.

—Shhh. Baja la voz. Bueno, no solo de esta escuela, tiene otras escuelas como ésta en el país…

—¡Santa madre de dios! Espera, ¿por qué nadie lo sabe? ¿Por qué no nos dijiste nada?

Ella solo se encogió de hombros y me invitó a sentarme a su lado. Entonces, como teníamos todo el descanso, comenzó a contarme su vida.
Miranda había nacido unos meses después que yo, justo el 20 de diciembre, en el seno de la familia de un empresario, de esos creyentes estoicos de que las buenas relaciones en los negocios harían mejorar, quién sabe cómo, el nivel de vida de todos los seres humanos. Todo mundo lo admiraba por su capacidad para llegar a acuerdos aun en las circunstancias menos favorables. Cuando ya era alguien con un nombre en el mundo de los negocios, conoció a la que sería la madre de Miranda; se llamaba Eloísa y había sido hija de un político muy influyente del Priismo duro que había ocupado el cargo de subsecretario de educación. No hizo falta mucho esfuerzo para el amor entre los padres de Miranda; las dos familias vieron conveniente el matrimonio y les otorgaron todo el apoyo financiero y moral. Miranda fue la menor de dos hermanas. Desde su niñez estuvo acostumbrada a una vida con bienes, diversiones y conceptos típicos de una clase social pudiente. Ella se desenvolvió en todo ese universo de abundancia como todos esperaban que fuera: una niña bien. Tuvo clases de ballet y cuando quiso fue a clases de pintura y aleatoriamente fue a clases de piano cuando no estaba en clases de natación. Su niñez fue feliz pero incluso ya desde entonces aborrecía su nariz aguileña, herencia de la familia de su padre y de unos juguetones genes de Euskadi. Por supuesto, esa broma del destino de darle una nariz tan fea a ella nunca le dio risa. A su amargura se agregaba que su hermana mayor tenía una nariz hermosa. El complejo creció conforme llegó a la adolescencia y se hizo insoportable la envidia. Eso la apartó de tener muchas amigas y ser parte de la elite popular de los lugares que frecuentaba. Su madre y su hermana trataban de animarla diciéndole que aun así, fea como ella se sentía, era hermosa y pronto los chicos comenzarían a frecuentarla; pero esas palabras no le parecían lo suficientemente válidas y pensaba que solo se lo decían porque la querían. En parte, tenía razón. Contrario a lo que podía pensarse, su problema en realidad no era tan grave y de hecho casi ninguno de sus compañeros de escuela se lo hacían notar; incluso Miranda ignoraba que, de hecho, había más de un chico que la miraba desde lejos sin valor para poder hablar con ella y declararle su amor. Durante la adolescencia Miranda tomó el hábito de leer, iba a las mejores escuelas privadas y sacaba buenas notas casi siempre salvo por descuidos ocasionales producto de sus depresiones por los complejos de su aspecto. Con todos los miembros de su familia tenía buena relación: amaba a su madre y admiraba a su padre, su hermana era como un modelo a seguir para ella aunque la envidia que sentía a veces la ponía en serio predicamento. Su hermana conocía el sentir de Miranda y en lugar de retarla siempre trataba de ayudarla y buscaba hacerla sentir mejor. Realmente le preocupaba que el complejo de su hermana pudiese ocasionar daños mayores; una pista alarmante era que en toda la secundaria Miranda no había tenido ningún novio. Al cumplir trece años su hermana habló con ella para decirle que no tenía por qué sentirse así:

—Un día —le dijo a Miranda— tendrás un novio guapo y galante, irás a fiestas y a conciertos, y ¿sabes por qué lo sé? ¡Porque hay cirugía plástica, hermanita!

La idea de la cirugía plástica se volvió una obsesión para Miranda desde entonces y aunque sus padres trataron de pedirle que esperara a tener más edad, Miranda no tenía intenciones de ceder. Había un destino manifiesto en riesgo y ella ansiaba todas esas cosas que su hermana había dicho. La falta de novio de Miranda en su adolescencia temprana no solo obedecía al complejo de Cyrano de Bergerac, la otra razón, y quizás la de mayor peso, era que Miranda no se había enamorado ni una sola vez en su corta vida. Eso cambió justo cuando ya tenía la obsesión de la cirugía plástica. El chico era, para sorpresa de todas sus amigas, uno no muy notable; aunque tenía su encanto y unos enormes ojos color ámbar, pertenecía al grupo de los chicos tímidos y que frecuentemente era presa de los abusadores, pero de eso no se enteró Miranda en todo el tiempo en que derramó miel por el chico. Él era delgado, de buenos modales y de los que practicaba deporte. En algo no había duda: el susodicho no era una lacra. Lo del deporte era una bendición para Miranda pues el chico, de nombre Cisco, jugaba fútbol en la hora de descanso en una de las canchas que había en la escuela. Había dos certezas absolutas en el universo en ese entonces, una era que Cisco siempre estaba en esa cancha cada descanso para perseguir una pelota y la otra que Miranda siempre lo observaba desde afuera del aquel perímetro, admirándolo y llenándose la cabeza de ilusiones. La primera en notar el cambio de ánimo en Miranda fue su hermana: primero se dio cuenta de la ausencia en ánima de Miranda quien siempre estaba ahí, en la cocina, en el comedor, en la sala; pero al mismo tiempo no estaba ahí. Un día, la hermana mayor trató de jugarle un chiste a Miranda pero esta estaba tan en otro mundo que no se dio cuenta de la broma. Fue entonces que la hermana de Miranda comenzó a contar las horas que la enamorada pasaba encerrada en su cuarto escuchando música pop con temas de amor.

—Tú estás diferente —le dijo un día que Miranda salía de tomar una ducha y se preparaba para ir a la escuela. Miranda negó que hubiese algo diferente y su hermana tuvo que presentar sus pruebas como la fiscal más calificada del distrito.

—Si lo estás. Mírate, te arreglas para ir a la escuela y sí, siempre lo haces, pero ahora te tardas veinte minutos más. Además, no dejas de escuchar esas canciones rosas con letras de amor. Otra cosa es que ya no estudias tanto y cuando te encuentro sola tienes la vista así como perdida, sin mirar nada. Para mí aquí solo hay de dos sopas: o estás “chipil” o estás enamorada.

Miranda se sintió descubierta. Aunque sabía que todo lo que había dicho su hermana era discutible y podía ser refutado sin mucha dificultad quería ser descubierta ¡ansiaba ser descubierta! El sentimiento que guardaba dentro la sofocaba de una forma que para ella era desconocida. Necesitaba urgentemente confesarse y así lo hizo esa mañana con su hermana, pero como era tarde para ir a la escuela solo pudo decir:

—Sí, me gusta uno.

Eso le bastó. Ese día Miranda se sintió más libre y fue más feliz en el descanso mirando a Cisco. Luego de esa confesión a su hermana les dijo a sus amigas que Cisco le gustaba. Ellas ya lo sabían pero aun así se hicieron las sorprendidas.

Como Cisco no sabía que Miranda existía, las amigas armaron toda una serie de estrategias para forzar un encuentro entre ambos. Durante semanas las amigas realizaron intentos infructuosos que fracasaban una y otra vez. Esos juegos de cortejo infantil que emocionaban a sus amigas pronto hartaron a Miranda que por primera vez en su vida tomó las riendas de un asunto serio que directamente le competía. Un día lunes habló directamente con quien ella pensaba era un amigo de Cisco, un chico de nombre Rafael que iba en el grupo de Cisco y que además era primo de la amiga de la amiga de una de una de las amigas de Miranda. Ese parentesco lejano había bastado para que un año antes, Rafael y Miranda, hablaran casualmente en una tardeada escolar. Esa charla trivial y sin importancia había ocurrido cuando Miranda todavía no era presa del amor por Cisco. Entonces, un año después, en medio de los sentimientos ardientes de pasión juvenil, Miranda se plantó ante Rafael para pedirle el inmenso favor de que le presentara a Cisco. Rafael a duras penas si recordó a Miranda pero, sin nada que perder, decidió ayudarla solo porque era amiga de su prima, o al menos eso había entendido él. Lo que Miranda no sabía es que Rafael no era amigo de Cisco, de hecho, Cisco lo consideraba su peor enemigo pues Rafael era el tipo que más bromas pesadas le jugaba y no pocas veces, Cisco, había soñado con matar a Rafael a puñaladas para luego arrojar su cadáver a un río.
Unos pocos días antes de las vacaciones decembrinas, Rafael interceptó a Cisco en uno de los pasillos escolares. A sus espaldas estaba Miranda que esa mañana había puesto todo su esfuerzo en verse linda. Ella estaba escoltada por cuatro de sus amigas que no querían perderse el hecho. Cisco pensó que era otra emboscada de su abusador, pero particularmente ese día no estaba de humor y de hecho se sentía listo para, al fin y de una vez por todas, lidiarse a puños con su abusador.

—Güey, quiero presentarte a alguien —dijo  Rafael a Cisco.

El tímido chico se sorprendió, no estaba preparado para algo así. Notó a Rafael muy distinto, parecía que le mostraba respeto. Entonces Rafael le pidió a Miranda que se acercara.

—Cisco, ella es Miranda. Miranda él es Cisco —dijo Rafael con toda decencia.

Cisco quedó sin reacción. No le interesaba en lo más mínimo Miranda. Entonces, su odio por Rafael regresó y su actitud defensiva le ordenó salir de ahí de inmediato. Rafael lo prendió por el brazo tan solo Cisco había dado unos cuantos pasos.

—¡Güey, te estoy presentando a alguien! ¡Por lo menos saluda! —dijo Rafael cerrando su puño y mostrándoselo a Cisco de forma amenazante.

La cobardía regresó a Cisco tan solo vio el puño cerrado de Rafael. Torpemente regresó hasta Miranda y sin verla a los ojos le dijo.

—Hola.

Y eso fue todo.
Cisco caminó sin voltear a ver aquella tragedia que había dejado a su paso. Miranda quedó en ridículo. Rafael trató de alcanzar a Cisco, no para hacer que volviera sino para darle un puñetazo en el rostro, pero recordó que estaba en pleno pasillo escolar, un sitio que las autoridades escolares tenían bien vigilado. Las amigas de Miranda quedaron tan petrificadas como ella y no atinaron a decir ninguna palabra de consuelo. En ese momento el corazón de Miranda cauterizo de golpe la herida pero eso no la exentó de llorar un río sobre ese pasillo escolar. Cuando llegó a su casa ese día se encerró en su cuarto y no salió hasta la tarde siguiente. El encierro fue uno de los episodios más amargos de su vida. La hermana explicó a sus padres todo el asunto pues el chisme del fracaso amoroso se había extendido como mecha de pólvora por la escuela. Los padres entonces decidieron animar a Miranda a cualquier precio o mejor dicho, al precio que costara una nueva nariz.

Llegó la navidad y se suponía que al pie del árbol de plástico donde regularmente se colocaban muñecas, juegos de té y ropa fina, ese año habría un cheque que cubría los honorarios del cirujano. Pero la navidad no fue así. Miranda vio a su hermana por última vez la mañana de ese 24 de diciembre. Se suponía que la hermana iría al centro comercial con sus amigas y regresaría para la hora de la comida. Cuando no llegó a comer, la madre de Miranda no se preocupó: pensó que seguramente su hija mayor estaría en casa de alguna de sus amigas y la habrían invitado a quedarse a comer. Entonces se acercó el momento de la cena, el padre de Miranda, que para entonces ya era responsable de varias escuelas privadas como había dicho Miranda, se encontró con la sorpresiva ausencia de su hija. A su vez, Miranda, no tenía preocupación; en ella solo cabía la emoción de su regalo: una hermosa nariz.
Los padres llamaron a la casa de las amigas de la hermana de Miranda. El asunto se fue al traste cuando una de las adolescentes que verían a la chica en la plaza aseguró que ésta nunca llegó a la cita. La madre perdió el control y se angustió, entonces llamaron a todos los familiares, al novio, a los compañeros de la escuela… a todos. Miranda fue testigo del derrumbe de sus padres en esos minutos atroces cuando la pesadilla comenzaba, nunca más recuperarían lo que habían sido antes de esos minutos de horror. La policía llegó horas más tarde, hicieron las preguntas de rigor y Miranda fue interrogada; lloraba, y no era por su hermana, el sobre con el dinero de su operación seguía al pie del árbol y no podía dejar de mirarlo pero la navidad se había fugado para siempre.
La búsqueda se extendió al día siguiente y para entonces la casa ya estaba atiborrada de policías, familiares y amigos. Todos ayudaron, menos Miranda quién pasó ese día en su cuarto con la esperanza de que su hermana regresara, la reprenderían, ella no le hablaría en una semana por haber arruinado la navidad y el regalo de su operación se pospondría tan solo hasta el seis de enero, día de los reyes magos. Pero esa fecha se cumplió y no había pistas de su hermana, lo que si había eran anuncios en cada poste con la foto de la chica perdida. Poco a poco la fatalidad se fue haciendo rutina. Miranda prácticamente fue ignorada por sus padres todo ese tiempo, de la misma forma la casa, la servidumbre y los respectivos trabajos de sus padres fueron descuidados al límite. Al año, la familia estaba en bancarrota, la búsqueda había agotado todos los recursos, habían tenido que pedir prestado y eso solo empeoró la situación.
En ese mar de soledad, y por increíble que parezca, Miranda sobrevivió y mantuvo la cordura. Lo más extraordinario de todo fue que nunca se quejó. Aprendió a vivir sin padres y sin servidumbre, atendió todas sus necesidades y cubrió todos los trámites correspondientes a su escuela; a falta de dinero, ella misma se inscribió al bachillerato en una de las escuelas que aún estaban bajo la administración de su padre, quien como puede entenderse delegó prácticamente todas sus funciones a una serie de directores, prefectos y gente como Buenfil. Miranda dejó de asistir a clases de esto y aquello pero en cambio comenzó a sembrar y cuidar árboles en el jardín familiar. También visitaba a su abuela materna que se convirtió para Miranda en una de las pocas personas con las que podía cruzar una conversación de más de dos palabras. Su misma abuela la inmiscuyó en el rito y la cultura wicca de hechicería y pronto, lo que era un pasatiempo, Miranda lo adoptó como principio de vida; ya saben, respeto por la vida, creencia en un universo o entidad suprema, equilibrio y poder de la naturaleza. Eso explicaba el porqué de sus dijes y demás ornamentos que solía portar con regularidad.
Un buen día los tres miembros restantes de la familia coincidieron en espacio y tiempo en el comedor de la casa, algo que era ya muy raro y casi imposible. Habían pasado dos años, tres meses y veinticuatro días de intensa búsqueda y no había habido ningún resultado. Y entonces ahí estaban esas tres almas en la misma mesa de comedor. Sus padres habían envejecido al menos diez años y sus rostros se veían extenuados debido al efecto severo de la sombra abrupta en las cuencas de sus ojos. Miranda no les dirigía la palabra pues había aprendido que eso no le garantizaba una respuesta de sus padres. Tomó un tazón de cerámica turca, vertió leche en él y se sirvió cereal que ella misma se había encargado de comprar con dinero que pedía prestado a su abuela. Y justo cuando se disponía a regresar el cubo de leche al refrigerador notó que su padre no apartaba su vista de ella. Su madre en cambio estaba perdida acomodando rebanadas de jamón sobre un duro pan blanco para emparedados.

—¿Quién compró ese cereal? —preguntó su padre.

Miranda dudo un poco en responder y al fin lo hizo con su voz calmada y apacible.

—Yo lo compre, pueden tomar.

Su padre no respondió, seguía mirándola fijamente. Era un alma regresando a una realidad que había casi olvidado y por primera vez en dos años caía en cuenta que tenía otra hija. Era evidente que la independencia de Miranda sorprendía a su padre que se preguntaba para sí, ¿cómo había Miranda logrado sobrevivir sin ellos? Todo ese tiempo el silencio de su hija menor había resultado cómodo pues de esa forma la pareja había podido concentrarse en la hija perdida. Su padre sintió culpa y fascinación al mismo tiempo y los ojos se le pusieron brillosos de lágrimas mientras Miranda sorbía leche de su plato con cereal. Por su parte, su madre seguía atendiendo el emparedado.

—Estás más alta… —dijo al fin su padre. Luego preguntó —¿cómo ha estado la escuela?

Aquello sorprendió a Miranda, pero al mismo tiempo un enojo le subió por la médula, no era que la pregunta de su padre le supiera a hipocresía o mentira, sino que era tan absurda, verdaderamente absurda. Miranda miró fijamente a su padre, por ello derramó un poco de leche sobre la mesa, eso la sacó de su asombro y corrió por una servilleta. Su padre se sintió igual de incomodo así que fue al grano.

—Hemos decidido abandonar la búsqueda de tu hermana —dijo con la voz entrecortada.

Entonces, su madre soltó un amargo llanto. El padre de Miranda fue a consolarla y abrazar aquel drama. Miranda seguía sentada viendo aquella capitulación, ese armisticio tan doloroso. Su padre entonces la invitó a acercarse y Miranda obedeció aunque no quería unirse a tal duelo pues en el fondo, el dimitir de la búsqueda era para ella una buena noticia. Y así fue, unos meses más tarde, cuando las finanzas de la casa se estabilizaron un poco y ya no estaban sangradas por la búsqueda, Miranda entró al quirófano y salió con una nariz respingada. Sus padres sin embargo, no fueron los mismos y la relación de Miranda con ellos se tornó en una especie de reconocimiento: mucho se había perdido en esos dos años, mucho, no solo una hija.

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