miércoles, 19 de diciembre de 2018

5 MILONGA



Como se había pactado, Miranda, Alina y yo, nos quedamos de ver cerca de un parque del centro histórico de la ciudad, en la parte mona, la que está libre de vendedores ambulantes y en cambio tiene museos que ocupan edificios históricos de los siglos XVIII y XIX con una memoria tan basta que se les doblan los cimientos. En la planta baja de aquellos viejos edificios abundaban los cafés bohemios y los restaurantes con platos considerablemente caros pero no necesariamente buenos. Gracias al nuevo gobierno había ya varias calles peatonales lo que le daban a esa parte de la ciudad un respiro, un lugar de paz entre su bullicio de bocinas automovilísticas. Por esas calles la gente caminaba sin estrés y compraban chuchería y media; un abuelo melancólico vería esas calles con agrado, había cierto desfase entre el mundo violento y globalizado de todos los días y esas librerías que aún existían a lado de los cafés. Yo disfrutaba aquel paseo con mis nuevas amigas. Alina era la que estaba más ansiosa por llegar al lugar que era un parque que había sido habilitado como tal luego de que un edificio se había derrumbado durante el terremoto de hacía ya más de veinte años; ahí donde había habido tantos cadáveres ahora había árboles y pasillos de adoquín, y en el centro un espacio lo suficientemente grande había sido improvisado como una pista de baile de tango.
Mis únicos antecedentes de tango eran una película de Al Pacino y poco más en YouTube, nunca le había puesto atención ni sabía absolutamente nada de su historia, sabía que era argentino por mera casualidad y a decir verdad no me causaba el menor interés.

Sin embargo, ahí estaba una veintena de personas bailando como si en ello se les fuera la vida, con pasión, mucha pasión. Recuerdo que pensé, —vamos están en un parque y nada más, no se hagan los faroles. Aquel era un grupo predominantemente de adultos de entre treinta y cincuenta años. Los más viejos eran la excepción pero los jóvenes eran una rareza exquisita. Además de mis dos amigas y yo había algunas chicas más y uno que otro muchacho que no pasaba de los treinta. Aquello me pareció lógico: música de viejos en el club senil. Todos iban decentemente vestidos, nada ostentoso. Si había alguien ahí que tenía dinero no lo quería presumir. La mayoría de las mujeres iban de falda y tacones medianos de entre 5 y 10 cm, predominaban el rojo y el negro en sus atuendos, los hombres tenían pantalones oscuros, la mezclilla era reprobada y casi todos vestían camisa en negro o blanco, uno que otro portaba un sombrero de esos de tiempos antiguos y europeos que le daban más porte. La música salía de un viejo y pequeño amplificador conectado al sistema de iluminación nocturna del parque. Estas personas seguramente habían tramitado algún permiso para estar ahí. Todos se movían cadenciosamente al compás de una estructura musical que me pareció sencilla y nada extraordinaria la primera vez.
Alina nos invitó a sentarnos en una de las bancas que rodeaban la improvisada pista, estas bancas eran espacios codiciados pues no todas las mujeres bailaban, había más mujeres que hombres y las que sobraban tenían que esperar su turno sentadas o de pie. Alina saludó a algunas personas que no se preocupó en presentarnos, todas la trataban con naturalidad como si su rostro no tuviera ni una sola marca. En cuanto llegamos pasaron dos canciones y un joven apuesto sacó a bailar a Miranda, aunque mi amiga mencionó que no sabía bailar aquello, el joven insistió. No había duda, mi amiga, era por mucho, la más bonita del grupo y aquí nadie sabía de su nariz. Pero el problema no eran ellas, ni Miranda ni Alina, era yo… verán, yo iba con mi peor aspecto, nunca me esforzaba en verme elegante, con la gente de mi barrio no lo necesitaba y menos en domingo. Ustedes me entienden, el domingo es para estar relajada, vestir ropa cómoda y es un buen día para no peinarse y solo amarrase el cabello y listo; no hablemos de tomar una ducha. Al ver a todas esas personas bien vestidas como en una pantomima de los años veinte, me di cuenta de que había cometido un error al traer mis jeans rotos y una blusa lisa y sin chiste; pero lo peor eran mis botas estilo militar, que si bien eran una sensación en un hoyo punk, aquí daban risa. Estaba fuera de lugar, ni más ni menos.
La música era aburrida, la gente era aburrida, el lugar era aburrido y mientras mis amigas bailaban una pieza tras otra, yo calentaba la banca. Para colmo, no había traído conmigo ninguna lectura. Me estaba hartando. Había pasado cerca de una hora sentada con mi jeta de molestia cuando decidí ir a buscar una tienda de abarrotes para comprar cigarros y una cerveza; se los juro, me tardé lo más posible, hasta entablé una pequeña conversación con unos albañiles que trabajaban en la fortificación de la estructura de un viejo edificio colonial. Me sentí más cómoda ahí con el humo de mi tabaco, el sabor amargo de mi Modelo clara y la plática con groserías y albures de esas personas. Pero debía regresar.
Al volver la gente seguía bailando pero mis amigas estaban sentadas en la banca. Cuando me les uní me dijeron que me habían estado buscando; les expliqué sin culpa alguna que solo había ido por una cerveza. Ya más tranquilas me hicieron espacio en la banca para sentarme y con tristeza noté que hablaban de ese horrible baile… ¡maldición! Alina, que no se quitaba su pañoleta del rostro, le explicaba a Miranda los cánones del baile del tango, que si la postura, el tiempo, la cadencia y otras madres que Miranda entendía por sus clases de ballet y danza jazz. Luego se echaron flores una a la otra durante largo tiempo, que eres una gran bailarina, que parecía que tenías años bailando, que el chico aquel dijo que lo haces muy bien, y que la chingada. Me aburría enormemente y no tenía más dinero para regresar a la tienda. Entonces, un hombre maduro, de los que usaban el clásico sombrero e iba elegantemente vestido, con su expresión sería y franca, tendió su mano frente a mí y me preguntó si quería bailar… Casi me cago de risa, volteé a ver a mis amigas que me dijeron que me animara. ¡Qué diablos!, si esto tenía algún sentido lo sabríamos en ese momento. Tomé la mano del hombre y traté de hacer todo lo que había visto en dos horas de tortura.

—No tengo ni puta idea ¿sabes? —le dije mirándolo a los ojos.

—No importa, pon tu mano aquí en mi hombro, pon los pies juntos y trata de seguirme.

La música comenzó pero él no se movió, luego de unos segundos trató de caminar hacia atrás pero yo no lo seguí, nuestros pies chocaron y se notó que a él le había dolido el punta pie, me sentí tan estúpida que por un instante quise salir de ahí corriendo, pero él lo volvió a intentar y esta vez yo ya había aprendido, así que saqué mi pie derecho hacía atrás y comenzamos a caminar. Él me corregía constantemente mi postura y me pedía escuchar la música y seguir el ritmo. Y ahí todo comenzó a tener sentido, empecé a escuchar la música, esa que me había aburrido tanto, comencé a sentirme cómoda y ligera a pesar de mi calzado tosco. Él tenía una habilidad increíble para hacerme saber lo él que quería que yo hiciera. Luego de un minuto de tango el asunto ya estaba en otro nivel y comencé a sentir que flotaba en esa pista de la cual desaparecieron todos, incluyendo mis amigas. Entonces, el hombre me llevó un poco más rápido y cuando la música había llegado a un momento dramático yo ya estaba enamorada. Dentro de mi había sentido una revolución, una cambio de perspectiva tan enorme que tuve conciencia de que mi vida no volvería ser igual nunca más. Fue tan agradable esa sensación de estar con él, con la música, que no pensé en nada más. Cerré mis ojos. Todo el universo se había ido a la mierda y sonreí, lo juro por esta mano que escribe ahora. Durante toda la pieza puse una sonrisa grande y placentera.
La música acabó. Dos minutos de vértigo. Un sueño. La adrenalina al tope, nada tenían que ver la cerveza ni la nicotina, estaba en un punto sin retorno. Pero entonces vi a mis amigas, se reían, y algunos otros también. El hombre me dio las gracias y me llevó, de la mano, hasta mi lugar otra vez y en ese trayecto noté que la gente me miraba con picardía. Me sentí mal, ridícula; caí en cuenta de mi horrible vestimenta, de mis botas enormes y varoniles que nada tenían que ver con lo que había sentido unos segundos antes.

—Bien hecho —me dijo Alina.

—Si Cris, bien… bailado —secundó Miranda con una risita.

—¡A la mierda! ¡Váyanse al diablo! Estúpidas.

Se quedaron calladas ante mi seriedad, hasta ese momento me habían visto molesta todo el tiempo, iracunda algunas veces, pero nunca había sido en contra de ellas. Entonces, una bella mujer, una de las que se veía no pasaba de los treinta se nos acercó, vestía de manera un poco más sport pero sin perder la elegancia y el porte. Por supuesto, todo el atuendo correspondía con el disfraz: falda y blusa en negro, una mascada roja rompía la impresión de un triste funeral en aquel atuendo y su cabello largo, castaño negro y recogido le daban el aire de juventud que resaltaba al mismo tiempo con su piel perfecta y sus rasgos faciales finos. Era alta y delgada, parecía bastante hábil y caminaba con gracia. Postura totalmente erguida. Esto último era su rasgo más notable, la mujer, era la encarnación del canon de las proporciones femenino pero hasta ese momento yo ni la había notado.

—Chicas —dijo Alina —ella es mi maestra, Jordana.

—Hola, chicas —dijo Jordana. Su voz era dulce.

—Maestra —continuó Alina—, esta es mi amiga Miranda y quiere tomar clases, le dije que podía unírsenos.

Miranda se puso de pie y saludó a Jordana de mano y con una sonrisa.

—Ya veo, estará muy bien —dijo jordana un poco más seria —¿y qué hay de ti? Si tú, la chica de negro.

—Ella es mi amiga Cristina, pero no le gusta el baile —dijo Alina, tratando de regresar al asunto de Miranda, de hecho Miranda era el asunto no yo, pero…

—Tranquila, Alina, solo le estoy preguntando ¿No te gusta el baile, Cristina?

Quede un poco sorprendida. Al principio pensé que era una típica maestra de baile tratando de hacerse de más alumnos por el simple hecho de que un alumno más es un pago más, pero…

—Nunca he bailado nada —dije contundentemente

—No pregunté eso —dijo ella también contundentemente.

—Bueno, sí, no me gusta. No se ofenda pero esto es de viejitos…

—Eso no fue lo que vi hace un momento —dijo la maestra y luego se dirigió a Alina—. Asegúrate de traerla el martes.

Jordana dio media vuelta y justo cuando pensábamos que se iba solicitó una cosa más a Alina.

—¡Y que se consiga unos zapatos!

Mis dos amigas estaban más sorprendidas que yo. Ese día no hablamos más del asunto. Cuando llegó el punto en que las tres tomaríamos caminos distintos para ir cada una a nuestras casas, Alina finalmente me dijo, y digo finalmente porque parecía haberlo pensado mucho:

—Cristina, el martes a las siete te veré en el metro Chapultepec. ¿De qué número calzas? Te conseguiré unos zapatos…

—Del siete Alina pero ¿quién te dijo que yo voy a ir…? No mames.

—Cristina —intervino Miranda—, no digas nada, a veces no puedes contradecir al destino. Nos veremos el martes a las siete.

Miranda puso su típica sonrisa, con la que parecía decretar cada cosa que se debía hacer y cumplir mientras sobaba uno de sus dijes de Wicca. Suspiré y tomé camino a casa sin decir nada más.



Ese martes fuimos a la colonia Roma. El lugar de la clase era una casona del porfiriato muy bien conservada. Su esencia era tranquila a pesar de los muros gruesos y tenía muchas macetas con plantas de ornato ligeramente secas y descuidadas, además de pinturas de pintores anónimos en las paredes, era una “casa de la cultura”, etiqueta que reservaba el gobierno a las actividades artísticas o lo que es lo mismo, a todo aquello que no sirve para hacer dinero. La gente que caminaba por los pasillos de este centro era muy distinta a la que caminaba por mi barrio, desde su manera de vestir hasta la forma de hablar; era gente adulta y que parecía tener buena posición económica, o al menos el tiempo para aprender pintura, música o baile.
Llegamos puntuales, eso había sido siempre una de mis cualidades y al parecer mis amigas también tenían la misma virtud. Luego de subir unas escaleras inmensas y anchas de mármol llegamos al salón, un amplio espacio de techo alto con piso cubierto de duela y espejos en las paredes.
Adentro ya estaba Jordana y algunos otros alumnos, reconocí a algunos que habían estado el domingo en la milonga del parque del centro histórico. Cuando me vieron, algunos de estos alumnos se rieron. Me habían reconocido. Sentí rabia, cerré los puños.
Alina saludó a varios de estos alumnos separándose de nosotras y cuando saludó a la maestra me señaló como diciendo “cumplí el mandato”. Jordana me pidió a mí y a Miranda que nos acercáramos.

—Esta clase la pueden tomar gratis, pero las siguientes las deberán pagar ¿entienden?
Miranda dijo que sí pero yo fui insolente.

—Yo pensé que nos las daría todas gratis.

—El buen conocimiento no es gratis. Aquí no vas a aprender algo que puedas aprender allá afuera por nada —dijo ella sin molestarse en lo absoluto.

—Está bien, era una broma —dije mientras Alina me miraba de forma reprobatoria y me daba mis zapatos.

Estos zapatos eran unos sencillos con tacón mediano en color negro, cerrados y de mi número, con una correa que se ataba por encima del empeine y que los hacía más justos a mi planta y talón. Me los probé y eran cómodos, me quedaban, pero…

—¡Mierda! —le dije a Miranda —casi nunca había usado tacones en mi vida. Esto es horrible. ¿Por qué tú traes esos zapatos?

—Son zapatos de jazz. Recuerda que practicaba danza antes.

—Si ya sé.

La maestra ordenó que todos se reunieran al centro del salón, yo caminé como pude.

—Bienvenidos. Tenemos tres  alumnos nuevos: Oscar, Miranda y… ¿me repites tu nombre?

¿Me repites tu nombre? Maldita bruja, ni mi nombre se había aprendido, me di cuenta de que había sido yo un timo, era la estrategia perfecta de marketing, se los dije: un alumno más, una paga más. Y además se reía de mí. Ya no traía las botas, pero de nueva cuenta mi atuendo era inadecuado: pantalones deportivos, blusa lisa sin chiste (otra vez) y nada más.

—Cristina —dije sin bajar la cabeza pero con el deseo enorme de desaparecer de ahí.

—Gracias. Y Cristina. Mis alumnos míos, el tango es una danza, quizás una de las más terribles, dramáticas y contundentes. Necesitas valor para bailar tango y el juego es mortal pues hacen falta dos. Para sentir el tango debes tener el corazón abierto; gózalo, vívelo y luego cuenta tu historia. Hagamos honor a eso y demos lo mejor de nosotros en esta clase. Ustedes, los nuevos vengan conmigo. Alina, que el resto caminen.

Los tres nuevos fuimos apartados. El chico nuevo era un pecoso sin mucha gracia pero sin duda encajaba más que yo.
Jordana nos explicó la postura del cuerpo y luego de eso nos unimos a la caminata alrededor del centro del salón. Yo era un caso de desequilibrio.

—Cristina, alza la cabeza, no te encorves —me dijo una vez.

—Cristina, levanta el torso —me dijo otra vez.

—Cristina, estira bien la pierna —eso me dijo unas seis veces al menos.

Entonces Jordana llamó a los alumnos avanzados al centro del salón y los tres nuevos seguimos caminando. Esa fue la parte más frustrante, mientras los demás veían pasos de baile los tres nuevos pasamos toda la clase caminando. Yo era especial blanco de Jordana en correcciones, no solo verbales, cada cuanto caminaba hacia mí y con sus propias manos acomodaba mi cuerpo en la postura correcta.
Al final de la clase Miranda, Alina y yo nos acercamos a despedirnos de Jordana.

—Asegúrate de que vega mañana —ordenó Jordana con todo su don de mando a Alina refiriéndose a mí.
El miércoles ahí estuve, era una cuestión de orgullo. Y camine todo el día. Alina se aseguró de que yo estuviera ahí el jueves. Ese jueves camine todo el día, pero lo peor del jueves es que Miranda avanzó un nivel y se reunió con los que ya hacían pasos. Y el viernes nuevamente a caminar, pero ahora hacia atrás.

—¡Sobre metatarsos, Cristina! —me indicaba constantemente Jordana. Era una mujer dura, una piedra en el zapato y yo comenzaba a odiarla.

La siguiente semana caminé hacia atrás y hacia adelante. Y la siguiente semana también y esa era toda la clase para mí. Para mi fortuna nunca estaba sola en esa horrible rutina, siempre había gente nueva. A favor mío se podía decir que mientras muchos nuevos no regresaban yo no me rendía. Una ira me impulsaba a no claudicar y a pagar por cada clase, el dinero no era problema, realmente las clases costaban bastante poco pero al final de cada sesión mis pies me dolían y me sentía tremendamente cansada, con ganas de no regresar nunca más. Al mes llegué a mi punto muerto.

—¡Estoy harta, Alina! No voy a volver jamás a esa chingadera —dije a mi amiga al final de una de las clases.

—No te rindas…

—¡A la mierda con eso! ¡¿Qué estoy haciendo aquí?! ¡Esto ni siquiera me gusta, odié este puto baile desde el principio y lo odio ahora, detesto a esas personas que se ríen de mí y detesto a Jordana, esa bruja que…! ¡Me caga!

Luego de un silencio insoportable Alina se atrevió a decir algo…

—Aunque no lo creas ella nota lo que estás haciendo. Lo valora. Debes esforzarte, no rendirte…

—¡¿Para qué chingados?!

—¡Porque ella vio algo en ti! Y te caga y te caga porque le importas. Ni siquiera conmigo fue o es así. Un día yo seré la mejor bailarina de tango de este país y se lo deberé todo a Jordana. Todo lo que soy se lo debo a ella, solo te pido que tengas paciencia. Ella sabe lo que hace.

Al escuchar eso casi se me sale una lágrima: la veneración de mi amiga por su maestra era entendible pero Alina tenía el sueño de ser la mejor en esto, al menos del país, y yo de inmediato pensé que ella nunca podría serlo con el rostro así como lo tenía, no la dejarían nunca ser la mejor. Me pareció tan inocente. En cambio, para mí la motivación era puro coraje y orgullo, realmente no tenía mucha importancia a dónde acabaría esto ni sabía exactamente en qué punto podría yo declararme vencedora o algo por el estilo. La vida simplemente me había enseñado a ser una mula terca.

Cumplido el mes, llegó la clase del lunes, un lunes cualquiera. La misma rutina de siempre, caminar y entonces todos se reúnen al centro para comenzar a practicar los pasos. Yo ni me inmuto, sigo concentrada en caminar. Las rodillas derechas, pisar con metatarso, el abdomen firme, los hombros hacia adelante, vista al frente… tenía pesadillas en la noche con eso. Mis pies, que ya me dolían menos, habían hecho callos. La envidia me come, odio a Miranda que es la novedad del grupo: chica bonita y que tiene facilidad para el baile, odio a Alina que siempre es usada para poner el ejemplo del nuevo paso y se da el lujo de ayudar a los más inexperimentados, la odio porque en esa clase de baile ella no es la vulnerable y tímida Alina de la escuela y de la calle, ahí no siente vergüenza de su cara deforme, ahí la desgraciada soy yo, la que ocupa el último lugar soy yo, Cristina Daza. Las odio con toda mi alma durante esas dos horas que dura la clase pero luego son ellas las que me consuelan, me consienten en el camino de regreso a casa… les doy lastima. Y entonces…

—Cristina, ven al centro —me ordenó Jordana. Casi no la escuché, pensé que quizás me mandará por un encargo. Así fui al centro del salón.

—Bien, ya estamos completos, la semana pasada vimos la castigada

—¿Jordana, qué quieres? —pregunté confundida.
Jordana me lanzó una mirada de fuego pues la había interrumpido.

—Que te quedes, toma una pareja.

¿Había sido cierto lo que había dicho? Creí que estaba soñando. Quedé en estado de shock por unos segundos…

—Cristina si sientes nostalgia por seguir dando vueltas alrededor del salón puedes regresar a hacerlo —me dijo Jordana al sentir mi duda.

—No, lo siento —Miranda me abrazó. Alina me miró con gusto. Y yo ingenuamente creí que a partir de ahí todo sería más fácil. Pero no, ya nunca sería fácil. Nunca.

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