jueves, 16 de abril de 2020

10 IMPOSIBLE



La semana había sido buena en términos generales aunque no había tenido la oportunidad de ver a Toño. En cambio, con Miranda y con Alina la amistad crecía, realmente creía que con estas dos mujeres podría tener por siempre y para siempre una verdadera relación de amistad, de esas de salta y yo salto. Todo era bueno. Y para el sábado por la tarde les había prometido a esas dos mujeres asistir a otra de esas aburridas milongas en las que yo pasaba horas leyendo sentada mientras ellas bailaban pieza tras pieza; pero no importaba, quería pasar un buen rato con ellas y experimentar de nuevo la sensación de “tener amigas”. Así, les presenté a mi mamá que no les prestó en realidad mucha atención. Luego pasamos gran parte de la tarde escuchando música y hablando. Alina no evitó hablar de tango pero un suceso extraordinario la interrumpió: mi madre me avisó que Toño estaba en la puerta y quería verme. Miré a mis tres amigas y rápidamente bajamos hasta la puerta del zaguán de mi casa, era Toño y una… bicicleta.

—¡Hola, damas en peligro! ¿Cómo están? —saludó Toño de manera alegre, se veía realmente contento, habían pasado dos semanas sin verlo desde que había regresado por su auto y ahora tenía ahí a mi caballero andante de nuevo frente a mí.

—Güey ¿qué haces aquí?  —le pregunté.

—Te traigo un regalo. Gracias por haber guardado el Mustang ¿tu mamá no se molestó?

—No, tú sabes que a ella le caes bien, ¿pero qué haces aquí? —insistí emocionada por el regalo.

—Pues te traje esto, es una bicicleta nueva, para dama, con cambios y que te servirá para ir a la escuela.

—Toño, no necesito una bicicleta, desde niña no he tenido una. Además la escuela está hasta la chingada, mejor te la cambio… ¡por el Mustang! —dicho esto solté una pequeña risa, realmente estaba muy contenta de ver a Toño y que todo eso lo estaban viendo mis nuevas amigas.

—El Mustang lo vendí, te lo dije —dijo él con cierto desánimo.

—Sí, lo sé. Pero de verdad, lo de la bicicleta…

—Asúmelo, es mejor que el pinche Metro lleno de gente.

—Pero esta ciudad es peligrosa, los conductores son unos pendejos… por ejemplo, hace poco tu casi matas a unos veinte ciclistas… —mire a mis amigas y con una mueca les expliqué que lo que había dicho era un chiste, pero hablaba en serio sobre mi poca fe sobre la bicicleta.

—Bueno, sí, no hay que hacer las cosas así a lo güey, pero por eso también quiero invitarte a que vengas conmigo el día de mañana a un paseo ciclista nocturno, así iras tomando más confianza e irás conociendo tu bicicleta…

La invitación delante de mis amigas me sonrojó un poco, al principio me pareció evidente que Toño no había perdido el interés en mí en lo más mínimo. Por más estúpido que pareciera lo de la bicicleta, era un extraño y dulce nuevo comienzo, pero entonces…

—Además alguna de tus amigas puede venir también. ¿Alina, cierto? Ves, si me acuerdo de tu nombre —Toño dijo esto último ignorando prácticamente a Miranda y a mí y al mismo tiempo sus ojos se clavaron en Alina de una forma terriblemente perturbadora a mi modo de ver. Alina puso una sonrisa grande, la mejor que su prótesis le permitía, y entonces pensé en intervenir, pero en ese instante Miranda me tomó del brazo y me miró a los ojos como diciendo “no lo hagas”, pero lo cierto es que no tenía idea de qué hacer ni de qué demonios estaba pasando exactamente.

—¿No tienen sed? —dijo Miranda y agregó—, ¿quieres un vaso de agua, Toño?

Toño aceptó la invitación del agua y eso fue el tiempo justo para que Miranda me tomara del brazo y me llevara junto con ella a la cocina al tiempo que me pedía que le ayudara con el asunto del agua.

Al llegar a la cocina y notar mi perturbación, Miranda se puso enfrente de mi para captar toda mi atención.

—Cristina, se hablan desde hace unos días. Él la esperó un día afuera de la escuela, tú ya te habías ido, el asunto se ha repetido desde entonces: tú te vas y él llega. Te lo dije desde antes de que todo esto comenzara.

Aquella información de Miranda no la entendí en absoluto. Con el rostro hice un gesto diciéndole “¿De qué demonios estás hablando?” y ella abrió las cortinas de la ventana de la cocina que daba hacía el patio. Por esa ventana pude ver a Toño acariciando el cabello de Alina, estaban muy juntos, inconmensurablemente juntos. Eso me mandó al infierno, sentí una frustración terrible, me tomé los cabellos con las manos, en un segundo tuve ganas de llorar pero la presencia de Miranda me obligó a guardar un poco de compostura.

—Espera, espera, espera… esto no está bien. ¡Es imposible!

—¿Por qué? —cuestionó ella.

—Pues porque… Miranda tú y yo sabemos que Alina está… bueno… ¡tú sabes!

—Sí, lo sé y no me digas que Toño no lo ve… ¿Hago agua de limón o de naranja?

—¡Al diablo con el agua, Miranda! Tenemos un problema muy serio, es decir… bueno, voy a decirlo, él es mío ¿entiendes?

—No, el problema es que tú creías que seguía enamorado de ti…

—Me regaló una bici ¿no? Eso es…

—Eso es un acuerdo, una forma de ponerte contenta para que no te moleste que sale con una de tus amigas. Creo que te tiene un poco miedo… Ambos te tienen miedo.

—¡Carajo!

—Cálmate y baja la voz. Te pueden oír —advirtió Miranda.

Miranda tenía razón, pero al mismo tiempo yo también la tenía, eso de Alina y Toño, no podía durar, ni siquiera podía llegar a ser algo serio. Era una tontería. Eso me reconfortó un poco, entonces Miranda agregó.

—No sé qué pueda pasar Cristina, no sé qué hacer pero creo que deberías hablar con Alina primero…

—Sí y convencerla…

—¿De qué?

—¡Pues de que no mame con esto, qué no siga!

Miranda ya no dijo nada más. Yo estaba muy nerviosa, incomoda y muy encabronada. Le pedí que les llevara el agua, que le dijera a Toño que dejara la bicicleta y que mintiera diciendo que me había dado dolor de cabeza. Fui a mi cuarto repitiendo una y otra vez la misma palabra…

—Imposible, imposible, ¡imposible!

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