viernes, 17 de abril de 2020

15 MUNDIAL



Nunca había tenido un techo en mi vida, una meta de esas que debías conseguir a sangre y fuego, el hip-hop se había escapado de mi vida hacía mucho tiempo y el tango había ocupado el centro de gravedad de todo lo que hacía; pero las rimas siempre me habían rechazado, el tango en cambio, me obligaba y me decía: Daza tu puedes ser muy buena. Esa fue la diferencia que hizo en mi vida el baile y por la cual me decidí a seguir esos pasos por más ridículo que pareciera el asunto. Cuando Dante me dijo que las eliminatorias del mundial de tango habían cerrado ya, yo pensé que eso era un chiste, eso significaba que faltaba un año entero para la siguiente eliminatoria. Y ese año, que también fue el último de mi estancia en la Nacional de Danza, se convirtió en el año más denso de toda mi existencia. El maestro Agustín hizo los arreglos necesarios para que varias de mis materias en la Nacional de Danza yo las exentara y así pudiera dedicar tiempo completo a la práctica del tango; así, ese año me graduaba como Bailarina en Danza Contemporánea y participaba por primera vez en el Mundial de tango o al menos en lo que eran sus preliminares. Dante dejó de ser mi novio para ser solamente mi pareja de baile pues ya solo nos quedaba tiempo para bailar y aunque los dos ansiábamos la carne del otro simplemente ya no había oportunidad, cuando no era el cansancio era la falta de privacidad y es que no pocas noches las pasamos en el estudio del Maestro Agustín practicando hasta muy tarde. Bailando tango nos amanecía. Ya no hubo fines de semana eróticos y debimos haber bailado ocho horas diarias de tango al día durante un periodo intenso de cuatro meses en que montábamos las doce coreografías que serían la base de nuestra presentación. A ese grupo de trabajo enfermizo, se unió Jordana, y es que el maestro Agustín no bailaría conmigo sino con Jordana que había sido su pareja de baile en los últimos cuatro años. Su mejor posición había sido estar en las semifinales del Preliminar de hace dos años, el último año no habían logrado pasar la preliminar debido a los problemas de salud del maestro Agustín que esta vez regresaba furioso a su última oportunidad para tratar de ganar el Mundial de Tango.

Mi vida social se escapó como agua por las fisuras que abría el trabajo desgarrador y exhaustivo. Deje de ver a Miranda, a Alina y sobre todo deje de ver a Toño, pero justo cuando todos ellos me parecían seres de un pasado lejano, Jordana se destrozó el tobillo en una práctica intentando hacer un giro; y además, en la caída se había roto el dedo medio del pie derecho. Los médicos le dieron cuatro meses de reposo pues el ligamento se había partido totalmente en dos y el dedo lo debía tener enyesado al menos un mes. Durante una semana solo yo y Dante practicamos ante la tutela del maestro Agustín pero una semana después de su accidente, Jordana entró al estudio; había desobedecido la instrucción médica de permanecer en reposo. El maestro Agustín, con su mal humor de casi siempre no le tuvo piedad a la falta…

—¡¿Qué chingados haces aquí?! —le reclamó al verla entrar.

—Tú lo sabes. Necesitamos ponerle solución a esto —dijo Jordana desde su silla de ruedas.

—¡Esto es una chingadera! Y estos dos niños nada más no hacen bien las cosas…

—Porque les pides que las hagan perfectas. Escúchame, yo no voy a estar lista…

—¡Si lo estarás, con un fregado demonio! ¡Lo estarás! Pero eso sí, eh, nunca vas a curarte si no le haces caso al doctor…

—No lo estaré. ¡No voy a estar bien, Agustín! Estas soñando. Debes tomar a Daza y bailar con ella. Es tu última oportunidad para ganar el mundial de tango.

El maestro Agustín caminaba de un lado a otro del salón, se tomaba con las manos los incipientes cabellos que le quedaban y miraba las tablas del piso como si a través de ellas pudiera ver el futuro.

—No —dijo finalmente el maestro Agustín—. Veinticinco abriles… yo ya soy viejo y ellos son el futuro, no voy a romper lo que se avecina. Si tu no vas a estar lista tendré que bailar con otra, pero no con Daza, no voy a separar esa pareja, que aunque se cae de pendeja... No. No, necesito bailar con otra.

—Bueno, pensemos. ¿Carla Díaz? —dijo Jordana tratando de esforzar su memoria.

—Naaa, es más vieja que yo, los dinosaurios no ganan mundiales.

—¿Clarisa Melendez?

—No, esa bruja es una patada en el trasero, su carácter es horrible…

—Pues entonaría con el tuyo. ¿Qué me dices de Adriana Ontiveros?

—¡Ella es perfecta!, pero está con Carlo Bracho, el muy cabrón dice que va a ganarme otra vez. ¡Pobre cubano imbécil!

—Cálmate. Encontraremos a una.

—Necesito a una joven, las establecidas no pueden ser moldeadas. Necesito a una de las jóvenes, una que quiera ser la mejor bailarina de México. Tráeme a Alina.

—Alina no está lista. Además, aunque se arregló lo de su cara, su expresión facial sigue siendo extraña, un close-up televisivo y se acabó el asunto. Si quieres una de las jóvenes toma a otra ¿Qué tal Miranda?

—¿Quién?

—Es la chica rubia, amiga de Alina.

—Si no la conozco es que no sabe bailar.

—A Magda si la conoces.

—A esa le gusta más jugar el rol de niño. Si quieres que yo sea la mujer la traemos. No, tráeme a Alina. Necesitamos a alguien con ambición. Además tiene la misma edad que Daza y a dios mío, creo que baila mejor que Daza, ¡sí, escuchaste bien!, comparado con lo que estás bailando hoy cualquier payaso es mejor que tú.

El maestro Agustín decía todas esas cosas sin dejar de mirarme, era evidente que quería picarme el orgullo. Yo sabía que la elección de Alina no era trivial, era un asunto de poner a competir a dos leonas para elevar el nivel del juego y el espectáculo. Yo no estaba de humor, era día veintiocho de mes y me estaba bajando, tan puntual como siempre mi reloj natural, más preciso que la maldita luna, y justo ese día el maestro decía que quería traer a mi peor enemiga. Por supuesto, Alina no sabía que era mi peor enemiga, pero yo sabía que me envidiaba porque yo estaba a las puertas de participar en un mundial de tango y ella, con su sueño de ser la mejor de México, seguía siendo la segunda en una casa de la cultura miserable.

—Sí, tráeme a Alina, no se diga más —finalizó su sentencia el maestro Agustín.

—Está bien, la tendrás mañana pero no digas que no te lo advertí.

—¡Patrañas! ¡Ahora, ustedes dos pónganse de pie y bailen una pieza bien, con un carajo!

Y así fue, al parecer Alina cumpliría su sueño de ser la mejor bailarina de este jodido país. Y aunque el maestro Agustín decía que ella era mejor que yo, todos sabíamos que eso no era así, el maestro tendría que trabajar mucho con ella, debería forzar su paciencia y eso me convenía pues ahora sus regaños se vaciarían sobre Alina y no sobre mí. Sí, yo era mucho mejor bailarina que Alina, yo había estado matándome seis años en la Nacional de Danza y en cambio ella solo bailaba en las clases con Jordana y en las milongas de baja calaña. Alina definitivamente no tenía chance, yo era la mejor, la promesa del tango…

—¡Hija de tu pinche madre, Daza! ¡Maldito sea el día que pensé que podías bailar tango! ¡Es una simple castigada, hazla bien!, ¡hazla bien por el puto diablo! Alina, ponle el ejemplo —escupía con genuino enojo, y ante mi sorpresa, el maestro Agustín.

—Pero ¿qué estoy haciendo mal?

—¡Todo! ¡Todo lo haces mal, Daza!

Estaba cansada, harta, estaba frustrada porque Alina solo recibía felicitaciones y yo regaños. Dante no estaba mejor aunque él no recibía improperios ni gritos, todo era contra mí.

—Daza, escúchame. Esto es tango y se trata de autenticidad, tú haces esa castigada así como lo haces y no me dices nada, ¡nada! ¿Qué te enseñaron qué es la danza todos estos años en la Nacional? Dime la prima máxima de la danza, ¡Dímela y no me mires así!

—Un lenguaje.

—Y si es un lenguaje ¿¡Qué puta madre y chingaos me estás tratando de decir con esa pinche castigada sin ningún pinche puto sentimiento!?

—¡Si le pongo sentimiento!

—¡No, no es así! Tu baile no me dice nada Daza. ¿Qué acaso el hombre que tienes ya no te calienta?

—¡Oiga…!

—Ese es el maldito problema, lo conoces tanto, conoces la coreografía, lo sabes todo de él y de la pieza, como una maldita fórmula matemática. Ese es el maldito y jodido problema. Necesito que hables con la danza, que me cuentes la historia. ¡Jordana, dame ese libro que estás leyendo!

Desde su silla de ruedas, Jordana se acercó hasta nosotros y le dio el libro al maestro Agustín que lo abrió en cualquier página y comenzó a leer el texto sin mucho sentido.

—“A pesar de la oscuridad pude ver, a la luz de la luna en cuarto menguante, que mi rostro había sido borrado de la pared, todavía no había un dibujo nuevo, pero era evidente que algo se trabajaba en ese lienzo de ladrillos blancos, era por los esbozos, el trazo de un nuevo rostro.” ¿Qué jodidas chingaderas estás leyendo, Jordana? —dijo el maestro despectivamente al tiempo que arrojaba el libro hasta donde ella estaba.

Cuando hubo terminado de leer un párrafo completo nos dijo a todos.

—¿Se leer? ¡Contéstenme!

—Sí —dijimos todos al unísono.

—Sí, se leer, pero eso no significa que esté contando una historia. La coreografía es el texto y lo puedo aprender de memoria porque se leer. Pero si no cuento una puta historia no sirve para jodidamente nada. Se bailar; sí, sé bailar, puedo acomodar los pasos para que sean como las letras en un texto, pero si no sé contar una historia con esos pasos, ¡estoy jodido! ¡estoy reverendamente jodido!

Mientras el maestro decía todo eso caminaba de un lado a otro sin dejar de mirarme. Esa noche, al terminar la práctica, exploté.

—¡Estoy harta, Dante!

—Cálmate, amor. Vas a molestar a los otros comensales.

—¿Voy a molestarlos? ¡Escuchen todos, estoy harta!

Dante dejó su silla y me abrazó, el capitán de meseros se acercó y Dante explicó de la mejor manera que pudo que yo estaría bien.

—Pero está llorando, señor —respondió preocupado el capitán.

—Sí, ella ha tenido mucha presión laboral.

—¿Presión laboral? Es muy joven y linda para eso. Debería estar riendo, ánimo linda, la vida mejorará —dijo una señora que estaba sentada en una de las mesas cercanas.

—Gracias, señora —contestó Dante cortésmente.

Ya más tranquila y limpiándome las lágrimas pude hablar ya sin tantos aspavientos.

—¿Para qué me dicen que soy la mejor? ¿Para decirme después que soy la puta mierda?

—Nadie ha dicho ni una cosa ni la otra, amor. Todo lo que la gente ha dicho es que podrías llegar a ser muy buena y que…

—Debo contar una jodida historia.

—Escucha, yo te amo. Yo soy tu pareja de baile y al mismo tiempo soy la persona que más te quiere en este mundo, no estás sola, en cada paso yo estoy ahí. Confía en mí, como cuando bailábamos en el Metro o el kiosco del parque.
Entonces llegó Alina, era la cena semanal.

—Perdón por el retraso. ¿Ya ordenaron? ¿Cristina, qué te pasa?

—Es por lo que pasó hoy —dijo Dante.

—No le hagas tanto caso al maestro, Cristina —dijo Alina—, verás que mañana todo es diferente.

—No quiero regresar mañana.

—No te rindas, lo estás haciendo muy bien, si él te regaña tanto es porque le importas…

En mi silencio mande a Alina y su comentario muy lejos. Entonces, llegó Toño. El infierno estaba completo.

—¡Hola! ¡Camarada, Dante! ¡Amor! ¡Cris…! ¿Qué te pasa?

—Hoy la regaño el maestro muy feo —explicó Alina.

—Ah, ese maestrito. Ya un día deberían mandarlo a la verga. Se pasa de ojete el cabrón. Maestro Dante, defienda usted a su dama.

—Bueno, el regaño en realidad fue para todos…

—No fue para todos, Dante. Fue para mí —dije todavía molesta.

—Bueno, ya, ya. Hoy no es una noche para estar así Cristina —dijo Toño—. De hecho, quiero que tú y Dante sean partícipes de una cosa buena.

—¿Qué cosa, amor? —dijo Alina, y esa palabra y forma de decirlo… amor…

—Escúchame, Cristina —siguió diciendo Toño—Alina me ha contado mil veces como le hablaste por primera vez a ella en aquella parada de autobús afuera de la preparatoria a la que iban. También me acuerdo cuando me pediste ayuda para hacer que dejaran de molestarla. Y luego lo del dinero que nos diste…

—No era mi dinero.

—Como sea. Has hecho cosas muy importantes por nosotros, Cristina. Para Alina y para mi eres una persona muy especial. Te estaremos siempre agradecidos. Y por eso queremos pedirte que seas…

Toño hizo una pausa y con su brazo derecho hizo una señal extraña, como pidiendo al mesero que acudiera a la mesa.

—…la dama de honor de Alina.

Eso fue terrorífico.

—¿Cómo que mi dama de honor? —preguntó Alina.

—Sí, amor. Yo… ¡chingada madre ya entren, carajo!

Entonces, Penagos, Rogelio y otros muchachos amigos de Toño entraron tocando con guitarras acústicas lo que parecía ser la melodía de “Así se baila el tango” de Ricardo Tanturi aunque la pieza sonaba bastante desentonada.

—Yo quiero que te cases conmigo.

Entonces los meseros colocaron sobre la mesa una botella de champagne. La gente de las otras mesas comenzó a prestarnos toda su atención y estaban absolutamente conmovidos. Toño se puso de rodillas y de uno de sus bolsillos sacó el anillo con el que pedía a Alina la unión eterna.

Fue el momento más duro de toda mi existencia. Cada una de mis células se hicieron añicos y quedé petrificada con mis lágrimas de cocodrilo que ya a nadie importaban.

—¡Sí! Me caso contigo — contestó Alina y ya saben: el beso de rigor.

Me levanté al baño y fui a vomitar. El resto de la cena no fue mejor, a esta se sentaron todos los amigos de Toño y este trataba de explicar que mi mal humor era porque el maestro Agustín me había regañado. Yo solo tragaba saliva por el tremendo dolor que sentía, de vez en cuando una lágrima se me escapaba y Dante me reconfortaba diciendo cosas como —Mañana lo harás mejor. Ahora disfruta este momento feliz. Un día yo te pediré que te cases conmigo, pero será mejor… te lo prometo.

Y entonces solo dolía más. Yo habría podido ser Alina, yo habría podido ser la mujer de Toño, pero la realidad era que yo solo era la puta dama de honor. 

A la mañana siguiente llegué temprano al estudio y encontré dormido al maestro Agustín. Lo desperté con un grito.

—¡Ya llegué!

—¡Eh! ¡Ay dios mío! Daza, no me hagas eso, me vas a mandar a la tumba antes de lo pensado. Te ves molesta ¿qué te pasa?

—Usted dijo que el tango es para contar una historia ¿no?

—Sí, así es.

—Bueno, la mía será de despecho y de odio. Esa será mi historia. Voy a contarle la más grande tragedia con cada paso y usted se lo va a tener que tragar todo.

—Daza, ¿estás bien?

—Nunca había estado mejor.

Comencé mis ejercicios de calentamiento. Una hora después arribó Dante y pocos minutos después lo hicieron Alina y Jordana. Alina no evitó dar la buena nueva de que sería la señora de Toño. Nuevamente todos los aplausos del mundo para la maldita de Alina. Comenzamos el ensayo y ya abrazada a Dante le pedí otra vez…

—¿Me podrías hacer un favor?

—Ya sé. Que nadie quede vivo.

—Exacto.

—Será un placer —Y me besó.

La música comenzó: “Rencor” de Sassone. Y con cada paso, como había prometido, conté la historia del terrible dolor que sentía. El maestro Agustín, que acostumbraba interrumpir siempre con alguna corrección, esta vez se mantuvo callado de principio a fin. No puedo decir con palabras lo que ocurrió en aquel salón de baile solitario en el sur de la ciudad, pero eso lo logramos reproducir con honestidad más o menos plausible cada vez que bailamos esa pieza. Cuando terminó solo hubo silencio y yo sabía que ese silencio era la señal del éxito.

—¡Eso es lo que necesitamos, chingada madre! —festejó el maestro.

—¡Perfecto! —dijo Jordana.

Alina se quedó callada, ahora ella la que parecía estar en un funeral. A pesar de las felicitaciones mi expresión siguió triste y perdida durante varios días más.

A un mes del Metropolitano, el maestro Agustín decidió que nos hacía falta calle luego de estar enclaustrados durante nueve meses en el estudio. Durante ese mes nos llevó a cada Milonga existente en la ciudad: La Moderna, la 13, la Malena, el Arrabalero y La de todos, solo por mencionar algunas. Y no íbamos a barrer ni nada de eso, ni siquiera bailábamos entre nosotros, cambiábamos constantemente de parejas y en mi caso bailé con todo tipo de hombre: jóvenes, viejos, experimentados, guapos, feos, gordos, delgados, de mando delicado y aquellos que te suprimían toda libertad. Algunos me hablaban durante toda la pieza y otros eran mudos como las rocas más solitarias, unos se tomaban todo tan apecho y otros se mostraban tan desenfadados como el viento de verano, pocos me pedían el abrazo cerrado y casi nadie, al terminar el baile, evitó soltarme un halago, ya fuera por mi belleza física, ya fuera porque llevarme había sido realmente para ellos la mejor experiencia bailable de su vida. Las milongas eran un mar de personalidades y el maestro se dignó una vez a explicarme.

—Tú te sabes el texto de memoria, Daza. Pero ¿Qué pasaría si en plena competencia, te cambio el texto e improvisas?

—Bueno, eso se hace mucho en el hip-hop, improvisas, lees el ritmo y empiezas a rimar las palabras al tiro.

—Exacto, y es auténtico, pero en la improvisación puede haber errores, es mucho más probable equivocarte cuando improvisas. Por eso, lo más perfecto es la improvisación perfecta. Y eso solo lo pueden hacer los mejores: Copes, Lizardo, Gavito... ¡Genios! La coreografía se nota a mil kilómetros, los jueces la leen como las letras de la sopa. Y pasa lo mismo con la improvisación. Si hacemos ver una coreografía como una improvisación, podemos calificar al mundial. Pero si podemos bailar una improvisación autentica de manera perfecta, entonces podemos ganar el Mundial.

El maestro tenía razón, el Metropolitano lo ganamos y pasaban veinte parejas. Luego, el regional era otra cosa. Para empezar no era en la ciudad de México, era en San Francisco, California y para obtener la visa de Estados Unidos yo sufrí un calvario de varios meses pues mi papá era persona no grata para Estados Unidos por su activismo abiertamente de izquierda. Finalmente, el padre de Miranda, un hombre de esos duros de la derecha, fue el que arregló la situación y pidió una autorización especial a nombre de la Secretaría de Educación Pública. Yo me comprometía a estar en aquel lugar solo por tres días, lo que duraba el evento. Eso significaba que Dante y yo tendríamos una desventaja notable con respecto a las demás parejas que podrían arribar desde una semana antes. Nosotros, prácticamente al bajarnos del avión, tendríamos que bailar. Por si fuera poco, la boda de Toño y Alina fue pactada para una semana antes de salir a San Francisco, de esa forma, la nueva pareja pasaría su luna de miel en aquella ciudad de vientos de libertad. Yo deseaba que el día de la boda no llegara, pero el calendario se mostró implacable y el día fatídico llegó. Y yo solo era la puta dama de honor…

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