—¿Ya estás
lista, amor?
—Sí. Ya estoy vestida. Al menos.
El vestido era azul, ceñido hasta la cintura y volado hasta las rodillas, escote en V y como complemento una chalina. ¿Y los zapatos?, de tango por supuesto. Me veía hermosa, pero no era yo la que estaba vestida de blanco.
—Bueno, pues vámonos porque no tengo idea de dónde esté la iglesia. ¡Espero que el taxista sepa!
En el taxi fui sería y para mi mala fortuna el taxista si sabía dónde estaba exactamente la iglesia. Un taxista incompetente era mi última salvación, pero ni eso me había otorgado la buena fortuna.
Cuando
arribamos ya caía la noche.
—Dante, hola —nos recibió Miranda.
—Hola Wicca, ¿cómo estás? Te ves guapísima.
—Gracias, ¿oye, me permites hablar con Cristina un ratito?
—Claro, adelante, yo voy a saludar a Toño. Las miro.
Dante se fue y yo me quedé sola con la Wicca, teníamos algo así como veinte minutos antes de comenzar la ceremonia.
—¿Estás bien?
—Sí, vamos, hay que saludar a la novia.
—No, no estás bien.
—Si lo estoy, es que todo esto del Mundial de tango ya me tiene…
—Ven, vamos a sentarnos a esa banca de allá —dijo Miranda y así lo hicimos.
Luego continuó:
—Ahora, yo no soy estúpida y los demás tampoco, empezando por tu novio. Todos saben que esto te duele mucho.
—¿¡Si lo saben porque me obligan a…!?
—Estoy hablando en sentido figurado, Cristina. Me imagino que lo saben pero por alguna razón nadie te lo dice pero todos tienen la esperanza de que cambies. Pero si no ha pasado en seis años, no va a pasar ahora. Escucha, independientemente de lo que sientes debes razonar que ese hombre no está enamorado de ti, que ama a una de tus amigas y que hoy se van a casar. Y creo que ante eso solo tienes el tiempo a tu favor.
—Es muy estúpido, Wicca. Yo razono y razono eso todo el tiempo, cada minuto, cuando pienso que ya lo olvidé duro mucho tiempo sin pensar en él pero lo veo un ratito y todo se mueve adentro de mí. Acá —dije señalando el corazón—, no se arregla, Wicca.
La Wicca me abrazó.
—Por favor, no llores. Pero creo que deberías cerrar el asunto con Toño alguna vez. Hablando con él y diciéndole lo que sientes. Pero no hoy, ¿quieres? Yo voy a estar a tu lado todo el tiempo, ¿ok? No estás sola.
Las palabras
de la Wicca realmente me reconfortaron y me hicieron creer que podría soportar
la boda.
—¿Alguien
tiene alguna objeción para que este matrimonio no se lleve a cabo? —preguntó el
sacerdote—Que hable ahora o calle para siempre.
En ese momento sentí que todos los presentes me miraban.
—No —dije en susurro que con el eco de las paredes del templo dominico del siglo XVII jugó a ser un grito espantoso.
Entonces sí, todos me miraron. Yo puse una sonrisa de vergüenza.
—Perdón —dije discretamente.
El sacerdote continuó.
—Entonces los declaro marido y mujer.
La fiesta fue en uno de esos jardines espantosos donde el frío de la madrugada te aplasta aunque tengas varias copas encima. En la foto oficial de la boda se me puede ver la desolación en la cara, soy la única que no sonríe. En una pausa del grupo musical que interpretaba el clásico repertorio de una boda salí del jardín hasta el estacionamiento del lugar. Caminé por entre los automóviles y entonces vi a Toño, estaba tratando de acomodar algo dentro de la limosina que habían rentado para el evento. Él me vio y se quitó el saco.
—Güey, te vas a congelar. ¿Qué no tienes frío? —entonces puso el saco sobre mis hombros desnudos. Yo no dije nada.
—¿Estás bien? Todo este tiempo has estado rara, Cristina, tú no eres así. Quizás no lo sepas pero eres una chica bien afortunada, el futuro te va a sonreír bien cabrón, todavía no lo sabes pero vas a ser bien feliz, por eso no me gusta verte triste. Yo recuerdo una Cristina bien vale madres y chingona para rimar. ¿Te acuerdas, güey? Cuando rimabas y yo trataba de seguirte haciendo sonidos según yo bien hip-hoperos con mi boca.
Toño me sacó una sonrisa, por supuesto que me acordaba. ¿Cómo no me iba a acordar? Lo recordaba como una película vista mil veces. Entonces, cuando vio que yo sonreí él comenzó a reír.
—Ves —decía él—, güey, ya te hice reír…
Y lo besé. Fue como cuando un bandoneón llora todas sus notas.

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