Luego de dos
semanas de normalidad y de regresar al pasado, el futuro se apareció tocando a
mi puerta de repente. Yo estaba sola en casa y como no esperaba a nadie pensé
que quizás era Miranda con sus disculpas y armisticio, esa idea me elevó el ego
pero solo hasta que una mejor suposición se apoderó de mi mente: de que quien
tocaba la puerta fuera Toño. Cuando abrí el zaguán yo ya traía una sonrisa en
el rostro pero cuando vi aquella figura frente a mí simplemente no lo entendí,
iluminado por la fuerte y molesta luz del sol de media tarde, estaba Dante.
Cuando abrí la puerta y vi a Dante, no pude articular ninguna palabra, él por su parte balbuceó un poco antes de que de su boca saliera un tímido saludo.
—¿Qué haces aquí? —pregunté absolutamente sorprendida.
—Bueno, no te vi más en la clase.
Mi cerebro trabajó a mil por hora y recordé que en realidad yo no compartía clase de ningún tipo con Dante; él era el alumno más avanzado del maestro Agustín pero no era parte de la clase de Jordana a la que yo había asistido todo ese tiempo.
—¿A clase?
—De tango —dijo Dante y al notar que yo no salía de mi asombro insistió—. Solo he visto a tus amigas pero tú no has ido. ¿Estás bien?
La pregunta
fue sincera y mi respuesta también lo fue, yo estaba bien, mi vida de antes
había regresado.
—Estoy bien.
—¡Ah!, eso es bueno.
—Sí, es bueno.
Entonces, Dante, ahí de pie frente a mí se quedó completamente callado. Por mi parte yo no tenía idea de qué otra cosa hacer pero yo tenía una certeza: no quería invitarlo a pasar, no quería que esa vida relacionada con el tango regresara.
—Me dijeron —agregó al fin Dante—, que te habías lastimado el pie.
—No fue grave, no te preocupes. Es que… me caí de la bici —dije señalando a la de dos ruedas que por cierto yo jamás había pedaleado desde que Toño me la había regalado.
Dante aprovechó que señalé la bicicleta para invitarse a pasar él solo. Con una expresión de sorpresa y admiración cruzó la puerta del zaguán de mi casa y se puso de cuclillas frente a la bici observándola atentamente como un experto.
—Es una buena bici.
—¿De veras?
—Sí, debiste haber invertido mucho. ¿Te gusta mucho andar en bicicleta?
—¿Invertir mucho? No tengo ni idea de cuánto costó, fue un regalo de… mi papá.
—Se nota que le puso amor a esta bici, tiene buenas piezas.
—¿Cuánto cuesta? Es decir…
—Fácil tienes aquí unos treinta mil pesos: el cuadro es nuevo y de aluminio, los frenos son de disco, las piezas son de marca, las masas son…
Mientras Dante trataba de impresionarme con su conocimiento sobre bicicletas pensando que a mí me encantaban esos artefactos, por mi mente pasó una idea tremendamente loca.
—¡¿Treinta mil pesos?!
—Más o menos. Oye, en realidad estoy aquí para invitarte… para ver si no quieres salir y tomar un café.
Dante me decía algo fundamental para él pero yo no dejaba de mirar aquella bicicleta. Su silencio esperando mi respuesta me sacó de mis tribulaciones.
—¿A tomar un café? ¿En serio? Escucha, ahora no puedo pero ¿podrías acompañarme a un lugar?
—Sí, tú dime a dónde.
—Al deshuesadero que está aquí a unas calles de mi casa.
Dante quedó sorprendido por el lugar al que yo le pedía que me acompañara aunque el chico era capaz de acompañarme al infierno y de regreso. Yo ya conocía esa mirada en la cara de los hombres y en ese momento decidí utilizarla a mi favor, negociar con el Pitayas yo sola no era conveniente, era mejor si me veía acompañada de un caballero que viera por mí.
Al caminar por las calles de mi barrio Dante igualó mi paso rápido y apurado. En ese trayecto me cruzó por la mente tratar de hacer la plática con él, pero ningún tema se me ocurría. Entonces, pensé que antes de negociar con el Pitayas debía tener el dinero en mano y yo solo tenía una bicicleta, muy cara, pero al final era solo una bicicleta.
—¿Sabes dónde puedo vender la bici y que me la paguen bien?
—¿Vender? ¿Quieres vender tu bici?
—Yeap.
—Vaya, la caída debió haber sido fuerte. Bueno, hay dos o tres tiendas en las que te la podrían comprar pero quizás no al costo original porque está usada…
Me detuve un
instante, decidí ser clara de una vez.
—¡Oye!, escucha: esa bici no está usada, está totalmente nueva y no me la regaló mi padre, te mentí con eso de que me había caído porque la manera en que me lastimé el pie fue una pendejada completa y no quería quedar como estúpida frente a ti. Ahora que sabes la verdad y que te mentí, ¿quieres seguir caminado conmigo?
Dante solo puso una sonrisa, miró un segundo al horizonte.
—¿Estamos siendo claros? —me preguntó.
—Estamos.
—Bueno, estoy aquí porque desde que te vi me pareciste una persona interesante y… me gustas mucho…
Dante siguió por medio minuto diciendo la misma cosa con diferentes palabras, estaba sudando de las manos pero cuando terminó parecía estar completamente liberado de algún peso enorme que había tenido que cargar durante mucho tiempo. En cambio, yo ya había estado en ese lugar multitud de veces y eso ya no me impresionaba, ni siquiera viniendo de Dante y su lujosa apariencia.
—Está bien —respondí haciendo un gesto de aprobación con mi pulgar y luego dejé que el chico respirara un instante —, pero ¿estamos siendo claros, no? Tú tienes novia.
—Sí.
—¿Sí? No te parece que…
—Bueno, mi novia lleva seis meses en Dresden, Alemania. Y hace tres meses está con Andrei, un tipo buena onda que toca en una banda de rock local de Praga. Pero se supone que yo no lo sé ¿Sabes? Se supone que yo no lo sé.
Miré a Dante
con cierta lastima, yo había sido muchas veces como su novia, había tenido
varios Andrei, aunque no tan fascinantes como parecía ser ese Andrei que tocaba
en una banda de rock en Praga.
—Bueno —dije—, entonces me parece justo.
Cuando llegamos al deshuesadero yo ya sabía dónde encontrar al Pitayas. El Pitayas era de la clase de tipos que no te querías encontrar por la calle: un gordo enorme cara dura que olía siempre a cerveza y usaba todos los días el mismo overol de mezclilla y un paliacate negro en la cabeza para ocultar su extrema calvicie. Era un tipo con facha de delincuente cuando no de vagabundo, pero estando dentro de su casa, cuyo exterior te daba la misma impresión de miseria material y mental, todo cambiaba, el Pitayas tenía una colección de muebles finos de muy diversos orígenes. Su casa era amplia porque estaba construida dentro del deshuesadero, eso le permitía extender la construcción de la casa de modo casi infinito y más si se toma en cuenta que el material primario de esa construcción era justamente la chatarra que llegaba al deshuesadero y que el Pitayas convertía en paredes, pisos y techos. Dentro, todo estaba en completo desorden y ese todo era de colección, absolutamente todo: baúles del siglo XVI, comedores con sus sillas de tendencia barroca, mesas de maderas que parecían serían eternas y que tenían todavía el brillo original a pesar de los años; también había aparatos eléctricos notables como radios y televisores de bulbos, refrigeradores de los años cincuenta de esos que todavía hacían escarcha en la hielera y hasta una máquina de café que decía había pertenecido a un famoso café del centro histórico que al Pitayas le había tocado ayudar a demoler. Nada estaba acorde con alguna estética pero el Pitayas te presumía de su última costosa adquisición con pasión. La clave de la abundancia de ese tipo que se alimentaba de comida chatarra era justamente la chatarra, el tipo había nacido con el don de conseguir como basura lo que podía vender como oro. Su colección nunca era estática, los objetos iban como entraban y el Pitayas siempre encontraba la forma de sacarle jugosa ganancia a cada trato. Frente a este tipo seguramente Toño no había tenido ninguna oportunidad al tratar de conseguir un buen costo para la venta del Mustang, y en cierta forma yo tampoco tenía ninguna aunque yo al tipo le hablaba con naturalidad, como si fuera un amigo de años, cuando en realidad él solo me conocía por haber sido la novia de Toño. El mismo Toño había sido una de las adquisiciones más importantes del Pitayas pues cuando Toño aún no se enamoraba de mí, el Pitayas lo había invitado a trabajar en el deshuesadero pensando en que necesitaba manos jóvenes que le ayudaran a triturar la lámina, pero pronto se dio cuenta que lo de Toño no era destruir sino restaurar. Toño mostró desde el comienzo una fascinación por la chatarra muy similar a la de su nuevo patrón y de inmediato mostró su don para arreglar casi cualquier cosa. Para cuando el Mustang llegó a la vida de Toño, este ya había ayudado al Pitayas a restaurar un Buick de los años 40’ y un taxi cocodrilo de los 50’. Aquello le había dado al Pitayas una gran suma de ganancia pues habían logrado venderlos a coleccionistas, esos locos que pagaban estratosféricas sumas por lo restaurado. Como premio a esos y otros éxitos menores, el Pitayas una vez llevó a Toño al lugar donde el Mustang llevaba descansando más de cinco años, una pequeña bodega improvisada dentro del deshuesadero que contenía otros autos cuya restauración lucía prometedora. En ese lugar, el Pitayas le dijo a Toño que el automóvil que escogiera sería suyo. Mi joven enamorado pensó en un auto digno para llevar a pasear a alguna chica en un domingo por la tarde y cuando miró el Mustang aquello fue amor a primera vista, un flechazo en toda regla. Luego de tres meses de arduo trabajo que incluía noches enteras sin dormir, Toño logró volver a hacer funcionar el motor del deportivo, luego de tres meses más y mucho dinero invertido pudo colocarle pintura nueva y conseguirle llantas. Los trámites para poder circular el Mustang por las calles Toño los hizo con prisa, no podía esperar a ver su más grande triunfo en la vida rodar por las calles. Y esa primera vez que Toño rodó el Mustang por la ciudad, en un semáforo sin ninguna particularidad, él me vio pasar, fue el segundo flechazo al corazón de Toño, desde aquel momento se enamoró de mí.
—¡Pitayas?
¡¿Qué hay hombre?! —saludé amigablemente al Pitayas luego de casi un año de no
verlo ni hablarle. El tipo estaba tratando de hacer funcionar una vieja
tostadora de pan en su taller.
—¡Ah, chinga! ¡¿Y ese milagro?! —contestó él con cierta suspicacia.
—Bueno, ya ves, me perdí un tiempo pero pus’…
—Pues nada, ¿qué haces aquí, morra? Ya me contaron todo lo que le hiciste al Toñito. Eres cabrona, eh… ¿Tú quién eres, amigo? —dijo el Pitayas mirando despectivamente a Dante.
—Me llamó Dante, señor…
—Es mi amigo, Pitayas. Güey, él Toño sabía que… oye, hablando de Toño, el vino a venderte su coche ¿no?
—¿Su coche? Es mi coche, siempre fue mío, yo solo se lo presté.
—Pero te lo vendió ¿no?
—Sí, ya está pagado.
—¡Pues yo te lo compro, Pitayas!
—¡Ni madres! ¿Tú qué vas a hacer con un coche así?
—Regresárselo. Pitayas, sabes que no fue un precio justo, no puedes hacerle eso a tu amigo. Es un automóvil mucho más caro que por lo que te lo vendió…
—Sí, pero yo se lo di gratis en un momento…
—¡Exacto! Se lo diste, fue un premio, esas cosas no se cobran a lo chino…
El Pitayas dejó de hacer lo que estaba haciendo, se puso de pie y con un ademán me hizo pasar hasta otro cuarto del laberinto que era su deshuesadero. En un lugar, protegido de la lluvia y del viento, estaba el Mustang con su resplandeciente pintura amarilla.
—Ya se le puso tapicería nueva. Ya se tiene cliente, morra. Ese ya no es el coche que me vendió tu novio —cuando el Pitayas dijo eso, yo miré a Dante y le hice una seña de que eso de “mi novio” no era verdad.
—Pero eso no borra que se lo compraste a un precio injusto…
—¿Cuánto pagó por el coche? —preguntó Dante.
—Le dio solo veinte mil mil pesos —dije.
—Eso no es ni la mitad de su valor… —dijo Dante.
—Ni pedo, el trato ya fue hecho.
—Bueno —dijo Dante —hagamos un trato nuevo. ¿Cuánto pagará el nuevo cliente?
—Eso no te importa, niño…
—¿Cómo puedo hacerle una oferta si no sé cuánto está ofreciendo el otro comprador?
—Lanza una cifra, niño, y ya veremos.
—Le doy cincuenta mil, por lo de la nueva tapicería —entonces Dante abrió la puerta del conductor del automóvil y miró que dentro no había ninguna tapicería nueva, además…
—No le ha puesto la nueva tapicería, el estéreo está roto, el espejo lateral roto —Dante comenzó a dar una vuelta alrededor del automóvil—, golpe en la parte posterior derecha, el guardafangos no es original, la tapa de la llanta trasera derecha está dañada. Este rayón…
Dante entonces se agachó y miró debajo del auto.
—Y tira aceite, eso quiere decir que —entonces abrió el cofre como si el automóvil fuera suyo—… la junta del cárter o el retén del cigüeñal, o ambas cosas están rotos. ¿Tiene las llaves?
El Pitayas comenzó a reír a carcajadas, cuando terminó de reírse y miró que nadie más se estaba riendo con él, frunció el ceño y con voz ronca nos pidió que nos fuéramos. Yo estaba casi derrotada pero Dante insistió.
—Lo que más vale de este coche es su leyenda, señor, eso es justo lo que usted pagó por treinta mil pesos, fuera de eso el auto es chatarra…
—¿¡Y con qué crees que se trabaja aquí, pendejo?!
La situación era insalvable. Casi me resigno y Dante no parecía querer seguir en ese asunto que para empezar no era su asunto. Entonces el celular del Pitayas comenzó a sonar y todavía molesto, el supuesto gurú de las antigüedades contestó. Al otro lado de la línea debía haber alguna persona importante para él pues de inmediato su semblante cambió, se puso amable y risueño.
—¿Qué pasó, mi amor? No, aquí haciendo negocios ¿Y tú?... ¿¡Cómo?! ¡No mames, tú me dijiste que tenías seguro! ¡No, no mames! ¿¡De dónde chingados vamos a…?! ¡No, la mierda!, ¡No soy un pinche hombre rico Karina! ¡¿De dónde quieres que saque treinta mil pesos ahorita, no seas…?!
Y así ocurrió. El Pitayas se me quedó viendo como si yo fuera un cheque en blanco. Pidió a la persona que le estaba llamando que esperara un momento del otro lado de la línea y se dirigió a Dante y no a mí.
—¿Si te lo vendo en treinta y cinco tendrás el dinero mañana mismo?
—¡Treinta! —grité feliz.
—¡Ni madres! —contestó molesto el Pitayas sin siquiera mirarme. El que si me miró fue Dante y con un gesto con mis manos le hice saber que lo teníamos.
—Puedo darle treinta mil mañana y dos mil la próxima semana —dijo Dante sereno y tranquilo.
—¡Treinta y cinco! —reclamó el Pitayas.
—Podemos hacerlo cómo usted quiera, yo solo le daría treinta y dos.
El Pitayas puso el teléfono celular sobre una mesa llena de mil cosas y entre ellas buscó algo, cuando lo encontró se lo mostró a Dante, era la factura del coche que todo este tiempo había estado sobre una mesa grasienta entre latas de cerveza.
—Treinta y dos mil quinientos mañana a las nueve o no hay trato. Como puedes ver todo es legal.
Dante apretó la mano del chatarrero y quedó cerrado el trato.
Cuando salimos de ahí Dante dio un gran suspiro y yo estaba saltando de la felicidad, pero entonces caí en cuenta de que yo no tenía tanto dinero, solo tenía una bicicleta que valía menos que eso y no tenía el maldito dinero en mano. Pero entonces Dante me dijo que al día siguiente llevaría el dinero, que yo no me tenía que preocupar y que él vendería la bicicleta a alguna otra persona, que conocía el medio y sabía quién podía comprársela a buen precio. Yo me quedé impresionada y recordé que él solo había venido para tomar una simple taza de café. Entonces, cuando ya estaba oscuro, se dijo fatigado y se fue sin mucho drama, yo pensé que al día siguiente corría el riesgo de no verlo nunca más, pero a las nueve de la mañana tocó a la puerta de mi casa y fuimos hasta el deshuesadero. El Pitayas parecía ya estar más tranquilo y luego de recibir y contar el dinero nos dio las llaves. No dijo o hizo nada más.
—¿Sabes conducir? —me preguntó Dante mientras miraba el automóvil a detalle.
—¡Por supuesto, sube!
Quería dar a Dante un paseo mágico en el nuevo automóvil que ahora era mío pero el tráfico de la ciudad frustró mi audaz plan. Dante al ver mi estrés por el tráfico, me invitó a pasarme al asiento del pasajero. Yo accedí harta de todo aquello y nos cambiamos de lugar mientras duraba una luz roja de esas bastante prologadas. Ya al volante Dante hizo una pregunta clave en todo este asunto.
—¿Cuándo vas a devolvérselo al dueño original?
La pregunta me tomó en curva. Yo me había desparramado sobre el asiento del pasajero sin pensar en nada más, pero al escuchar aquella pregunta mi cuerpo se puso tenso y me incorporé mientras trataba de balbucear alguna respuesta coherente y al no encontrarla…
—Voy a ser otra vez franca otra vez. ¿Ok?
—Ok.
—No voy a devolvérselo al dueño original. Ese tipo me lastimó y yo bueno… ¡no voy a devolverle el puto automóvil!
—Interesante. ¿Te lo vas a quedar entonces?
Era una buena pregunta. No tenía ni idea de qué quería hacer con el Mustang. Solo me había dado el impulso de tenerlo pues lo tenía al alcance de mi mano. ¿Había sido una venganza contra Toño? No, era más bien quedarme con algo de él, al menos una cosa. Pero entonces pensé que aquello era ridículo, yo ni siquiera tenía licencia de conducir y si hubiese chocado aquel automóvil mientras lo conducía me hubiese metido en serios problemas.
—Bueno, Dante, hagamos esto, vamos a venderlo. Yo te doy la bicicleta y te doy algo de lo que nos paguen por el automóvil.
—¿Sabes dónde venderlo?
—No, no tengo ni puta idea.
—Yo sí. ¿Quieres que vayamos ahora?
Miré a Dante con sorpresa, era un estuche de monerías.
—Bien, vamos.
Y así volamos, lo que nos permitió el Periférico a medio día, hasta uno de esos sitios donde se venden y compran automóviles usados. Dante aparcó el Mustang y me pidió esperar un poco, luego de veinte minutos apareció con un hombre que sin duda tenía mucho mejor aspecto que el Pitayas. El hombre examinó el Mustang durante más de treinta minutos, detalle a detalle.
—Está a medio restaurar, pero aquí tenemos…
—Un clásico… —se adelantó Dante.
—Exacto, una edición especial. ¿Ya viste la cola? ¿Cómo demonios lo tienes tú? No te gustaban los deportivos.
—Es de ella, una amiga.
El hombre me saludó de beso y luego volvió a irse con Dante. Luego Dante regresó y me pidió las llaves del Mustang.
—Vámonos, despídete de él.
—¿Eso fue todo? ¿Está vendido?
—Sí, así es.
Acaricié la puerta del conductor del Mustang y le dije a esa digna máquina: —A mí también me abandonó.
—Bien, puedes tomar dos mil pesos de los treinta mil ¿de acuerdo? —dije a Dante luego de salir de mi despedida nostálgica de un automotor.
—Voy a tomar los dos mil, pero, no lo vendí en treinta.
—Está bien, no importa, toma los dos mil. ¿En cuánto lo vendiste?
—Trescientos cincuenta mil pesos.
Un nudo se me hizo en la garganta. Luego pensé que era una broma y puse una sonrisa pícara…
—¡Casi me engañas!
—Habrá que pagar algún impuesto. Pero te puedes quedar con el resto del dinero. Fue tu carro, fue tu idea.
—¡Espera! ¡No lo vendiste en eso!
—Cristina, es un clásico, una joya. Lo vendí a un mal precio porque el dueño anterior, tú amigo, le puso piezas no originales, eso hizo que el auto valiera menos, pero lo que tenías era un auto impresionante. Solo se fabricaron cien de estos… ¡No puedo creer que el tipo del deshuesadero no lo supiera! ¡Si me hubiera dicho que cien mil se los habría dado en ese instante!
Yo quedé asombrada. Dante me preguntó si yo tenía alguna cuenta de banco y le contesté que no tenía alguna cosa así. Entonces me dijo que eso era bueno, que día a día me llevaría cinco mil pesos hasta completar la cantidad pagada. Decía que era mejor poco a poco pues llevar mucho dinero en efectivo por la ciudad no era para nada una idea segura. Y así fue. El siguiente día me dio cinco mil pesos y le invité un café. Empezamos a hablar por horas, él estaba fascinado conmigo y me lo había demostrado.
—¿Qué harás con el dinero? Ahora tienes mucho dinero —me preguntó Dante cuando daba un sorbo a su expreso.
—Bueno, no lo sé. Es demasiado dinero. En realidad no lo necesito pero creo que compraré una mezcladora, una computadora y un paquete para grabar mi música.
—¿La música rap de la que me has hablado tanto?
—Sí, esa música.
—¿Puedo hacerte una sugerencia?
—¿También eres experto en mezcladoras?
—No, es una sugerencia en otro sentido. Compra un vestido y unos zapatos.
—¡Oye, no me visto tan mal!
—Perdón, aclaró: cómprate un vestido y unos zapatos de tango. Para bailar.
—¡No, no! De ninguna manera volveré a ese baile horrible.
Dante se quedó callado y solo dio un sorbo más a su café, recordé que él era uno de esos apasionados por el tango y traté de corregir mi muy honesta opinión de la que Jordana decía que era una danza.
—Es decir, es horrible para mí… pero, bueno, no es horrible en el sentido general…
—Apostemos. No creo que en realidad pienses que el baile es horrible. Baila conmigo otra vez.
—Bueno, sí. Quizás la próxima semana podamos ir a una de esas cosas… milongas.
—Me refiero ahora. Aquí, ahora.
—Dante, esto es una cafetería, no hay ni siquiera música aquí.
Dante entonces sacó de su bolsillo una IPOD y la puso sobre la mesa. Era un aparato de esos caros, seguramente tendría buen sonido. La cafetería estaba compuesta por una sola pieza que al fondo tenía el mostrador con el aparador lleno de trozos de pasteles caros y caducos, galletas de avena y uno que otro sándwich congelado, no era sin duda una buena cafetería, las mesas eran pequeñas, apenas para dos personas, y había una diez de estas, todas ocupadas pero separadas por un pasillo lo suficientemente amplio como para bailar casi cualquier cosa.
—Si lo que dices es verdad y este baile es horrible no disfrutarás bailarlo otra vez, y podrás quedarte con la bicicleta.
—¡Dante…!
—Pero si logro hacerte sentir algo especial, al menos algo positivo durante una sola pieza de baile, un solo tango. Tendrás que venir a clases conmigo.
—No volveré con Jordana.
—Yo no tomo clases con ella, me refiero a las clases del maestro Agustín.
—¿El dónde da clases?
—Solo da clases particulares. Cobra muy caro, por supuesto. Pero ahora ya tienes dinero.
—Por supuesto —dije yo con cierto tono de burla y entonces, aquel chico se puso de pie y con su mano derecha me invitó a bailar.
—Dante… no, hay gente… traigo tenis no tacones…
Con su mano izquierda puso play al iPod y comenzó a sonar el tango de “Por una cabeza”.
—Por favor —dijo él como pidiendo piedad y yo se la di. Me puse de pie y él me tomó por la cintura y me llevó un poco lejos de la mesa. Me colocó en posición de tango y dio el primer paso. No fallé y él tampoco. Primero el paso básico y luego del cruce regresamos a dos, de ahí caminamos hasta el otro extremo de la habitación y me ordenó una castigada en la cual mi pie izquierdo casi golpea con el aparador de los pasteles insípidos, luego una serie de “ochos” completos y si han escuchado esa pieza, hay un momento dramático que te obliga a aumentar la intensidad del paso, Dante lo aprovechó para que diéramos un giro vertiginoso y de ahí caminó rápido hasta la otra esquina del café. La gente ya estaba desquiciada para entonces, todos habían dejado de charlar y hasta el dueño del café, un hombre barrigón y generalmente malhumorado, tenía una sonrisa como de niño mirando fuegos artificiales. Dante aprovechó aquel estrecho espacio que teníamos y lo hizo parecer infinito. A media pieza los nervios me habían abandonado y ya tenía nuevamente la sensación de estar danzando por las nubes. “Por una cabeza” terminó suave y ese cándido cierre Dante lo aprovechó para deslizar su mano sobre mi pierna y llevar mi boca muy cerca de la suya. Así quedamos como estatuas por un segundo hasta que escuchamos los aplausos de algunos de los presentes y entonces él me besó por primera vez.
—Bien, te veo mañana con otros cinco mil pesos para ir por un vestido y unos zapatos de tango y de ahí vamos a practicar —dijo Dante seguro de que había ganado la apuesta.
—¿Mañana? Mañana queda muy lejos, paguemos y vamos al kiosco del parque.
—¿Para qué?
—Quiero más… —le dije al honroso caballero que tenía ante mí y que me había robado un suspiro.
Y así fue, hasta más allá de media noche Dante y yo bailamos en el kiosco lejos de los mirones. No solo bailamos, cada paso con Dante me arrancaba un poco más de piel. Animada por una lujuria que ninguna otra cosa me había sentir nunca antes esa noche fui completamente dichosa.
Esos días vi
a Dante de forma diaria. Cada día el chico me daba cinco mil pesos y una cuota
de besos y pasos de baile todavía más grande. Cualquiera que no supiera de la
venta del Mustang sospecharía que yo me estaba vendiendo muy cara. El chico era
apuesto y lindo, ese último adjetivo era en serio, no solo me llevaba el
dinero, los tangos y las caricias, también, de vez en cuando, un regalo como
una rosa o un disco de algún rapero que algún tipo de alguna tienda de discos
le había recomendado o le había dicho que era el que estaba de moda.
En la
escuela yo seguía ignorando a mis amigas y ellas habían comenzado la guerra con
Rizo pues el ojete ya no me veía cerca de ellas y pensaba que yo era la que les
había proporcionado protección. En cierta forma el patán tenía razón, pero no
sabía que ahora Alina andaba con el tipo que le había partido la nariz. Sin
embargo, Alina jamás mandaría golpear otra vez a Rizo, estaba segura de que ni
siquiera le decía nada a Toño de todo ese asunto del bullying. La única
que me buscó de mi pasado fue Magda. La muy maldita me reclamó no haber ido a
los juegos de básquet durante dos semanas y yo simplemente le expliqué que ya
no era amiga de Alina ni de Miranda
—¿Y eso qué, güey? —me contestó indignada.
Así, no solo me vi obligada a seguir asistiendo a los juegos, también tuve que ir a los entrenamientos y los sábados a correr al bosque del Pedregal con Magda. Si ella no hubiese sido una buena compañía jamás lo hubiera soportado, pero comencé a tomarle afecto a la buena Magda y comenzamos a hacernos muy amigas. Un día le ofrecí comprar nuevos uniformes para el equipo y aprovechando el día de shopping compré no solo uno sino cuatro vestidos para bailar tango además de tres pares de zapatos para el mismo fin.
—¿Te vas a clavar en esto del tango? —me preguntó ese día mientras me probaba unos zapatos.
—Depende.
—¿De qué?
—De cuanto dure con Dante.
—¡Andan!
—Bueno…
—¡Eres una pinche puta! —me dijo Magda en buena onda.
—¡Oye, cálmate! El me buscó, no yo…
—Bueno, el güey está bien bueno… ahora ya sé porque tienes tanto dinero.
—No es por eso. Vendí una cosa y por eso tengo para estos zapatos y también con eso compré los uniformes. Pero sí, él está bien bueno.
—¿Se la pasan como conejos? —me preguntó Magda con una sonrisa pícara.
—¿Cómo es eso?
—Pues cogiendo, pinche Cristina.
—No pues, cómo te digo que no si sí —dije riendo—. Es diferente a todos ¿sabes? Cada que bailo con Dante terminamos en la cama y él me trata muy… delicadamente. Así siento que lo disfruta tanto como yo y no nada más es pinche sexo para él Hasta en la cama es un caballero, siempre me pregunta y siempre me complace. Es el mejor sexo que he tenido nunca, solo quizás comparable con el que tenía con…
Hice una pausa, el recuerdo de Toño me asaltó y me sentí muy confundida. La nostalgia no era algo que me gustara, siempre la desdeñaba y pensaba que era un sentimiento inútil, pero en ese instante me consumió completa y era terrible pues ese sentimiento no debía estar ahí, justo cuando se suponía yo era la persona más feliz y afortunada de todo el desdichado planeta.
—¿Con quién? —preguntó Magda con curiosidad.
—Con nadie, no importa —dije para evadir—. ¡Disfruto mucho estar con Dante!
—Entonces te vas a clavar un chingo en esto del tango porque a él le encanta…
Y así fue.
Durante los siguientes seis meses bailaba diario unos veinte tangos al día, y
lo hacía por pura pasión, por pura calentura de sentir a Dante. No pocas veces
nuestro baile terminaba en la cama de alguno de los dos, no pocas veces esos
bailes eran el preludio de orgasmos interminables. Fue una época maravillosa.
Además, gracias al deporte y la dieta que me hacía llevar Magda para ser mejor
basquetbolista, yo había perdido muchos kilos, ya no era una…
—¡Una vaca! Recuerdo que te dije eso, Daza. Pero no lo decía en serio, era solo para molestar a Jordana —me decía el maestro Agustín durante una de las clases.
Si Jordana era estricta, el maestro Agustín era el diablo: nos hacía bailar a mí y a Dante durante tres horas consecutivas y nos corregía todos los detalles habidos y por haber.
—Tienes el porte chica, lo tienes. Sin embargo todavía eres muy frágil. Daza, necesitas hacerte más fuerte y flexible al mismo tiempo.
—Bueno, si sigo bailando tanto…
—¿Bailar tanto? ¡Esto no es nada, Daza! No. Hablo de entrar de lleno a esto, mi reina. Tú tienes un don pero si no lo desarrollas serás como… Jordana por ejemplo.
—¿¡Jordana!? Yo ya quisiera ser como ella, profesor.
—¿Y terminar dando clases en alguna casa de la cultura?
—Bueno, mis profesores de la escuela dicen que si yo termino vendiendo mangos en la calle seré un éxito. Así que dar clases de baile para mí sería mucho pedir.
—Quiero proponerte algo. Entra a la escuela de danza, a la Nacional de Danza.
El maestro
Agustín no solo daba clases en la Nacional de Danza, él era una leyenda en ese
recinto, él había sido bailarín de ballet en su juventud y se había presentado
en el teatro del ballet Bolshói en Rusia. Bueno, eso era solo la punta del
iceberg.
—¿Qué edad tienes, Daza?
—Cumpliré dieciocho en dos meses. Ya estoy grandecita como para pensar en bailar ballet, profesor.
—Sí, pero no queremos que hagas ballet. Aún con esa cintura que has logrado para ellos sigues siendo una vaca, ¡ja! No. Daza, harás contemporánea y esa será tu base para lograr lo que sea en el tango. O dime, ¿acaso tienes otros planes? ¿Realmente quieres vender mangos?
Reí con su broma pero luego me puse sería. Este tipo realmente creía que yo podía lograr algo en mi puta vida; ni mis padres, mis maestros o mis amigos me habían dado tantas alas. Así pues…
—Pues sí, entraré entonces. Ya veremos qué pasa.
—¡Bella! —exclamó feliz el maestro Agustín mientras daba un aplauso que retumbó en el salón donde daba sus clases privadas.
—Pasará lo que tenga pasar. No pierdas tiempo, mañana ven conmigo al Instituto Nacional de las Artes.
—Profesor, apenas voy en el primer año de la preparatoria, he repetido algunos grados… no puedo ir a la universidad de un salto…
—Te equivocas, en la Nacional terminarás la preparatoria y ya está. La Nacional no es una universidad, Daza… es una academia de arte. Estamos por encima de una universidad normal. Aquí no vamos a formar una burda profesionista, en la Nacional forjamos ángeles.
Y ese fue el comienzo de mi contrato celestial.
Dante rompió
con su antigua novia vía Skype. Ella lloró a través de la fibra óptica de la
manera más genuina que pudo y luego pasó esa noche en un bar de cervezas
alemanas de barril fumando y bebiendo con su rock-star. Nosotros por
nuestra parte, seguíamos en la clandestinidad pero un buen día decidimos que
eso ya era estúpido y había dejado de ser divertido. Cuando mi mamá conoció a
Dante lo adoró. Entonces una vez ella nos invitó a Dante y a mí a una cena de
celebración junto a papá. Mi mamá celebraba que había conseguido un nuevo
trabajo en una revista de opinión política, le pagarían menos que lo que le
pagaban por escribir horóscopos pero parecía que ella se estaba moviendo hacía
el extremo feliz del espectro de la vida. En esa cena, papá y Dante platicaron
harto sobre la situación del mundo, que si Gaza e Israel, que si Chávez u Obama,
que si el petróleo era nuestro o de las multinacionales. Papá luego me diría
que Dante era muy inteligente y culto, eso me importaba poco a mí, no era eso
lo que exactamente me atraía de él. Mamá estaba más acertada a ese respecto.
—Es guapo, ¿eh?
—¿Dante?, pues si, Mamá.
El día que tuve que conocer a la familia de Dante sentí una presión infinita. La última novia de Dante había sido una modelo, y ahora llegaba… ¿yo? No había punto de comparación y la familia de Dante me hizo sentir eso desde el primer minuto. Su madre no dejaba de hablar de Olivia, la exnovia, y su padre fue al grano:
—¿A qué te quieres dedicar, Cristina? —me preguntó midiendo el volumen de su voz y la fuerza de mi carácter.
—¿Qué? Bueno, no lo sé todavía.
—Se inscribió en la Nacional de Danza, papá —dijo Dante que también parecía estar tan nervioso como yo.
—¿Quieres ser bailarina? —insistió el padre.
—No sé, ya veremos qué pasa.
—No entiendo ¿Entonces para qué te inscribes? —preguntó inquisidora la madre.
—Porque no tengo nada mejor que hacer.
—No creo que esa actitud te de mucho en la vida, hija. Uno debe de buscar ganarse el sustento. El dinero no cae del cielo —explicó el padre de Dante y todos apoyaron su idea.
En ese momento el mesero llegó con la cuenta. Yo me atravesé y tomé el recibo antes que el padre de Dante lo hiciera. Fui grosera, el mesero miró al padre de Dante…
—Perdón, por favor, déjenme invitarlos —dije con voz dulce para ablandar su reacción.
Miré la cuenta: eran más de cuatro mil pesos de cena y es que estábamos en un buen restaurante, Dante, sus padres, sus hermanas, su abuela y yo. Saqué el dinero asegurándome de que todos vieran ese enorme fajo de billetes, además dejé una generosa propina.
—Sí, señor, el dinero no cae del cielo.
Fue el acto de dignidad más caro de toda mi puta vida.
Luego, Dante
y yo bailamos durante una hora frente a su familia y los demás comensales.
Cuando no bailábamos en restaurantes lujosos, Dante me demostraba lo divertido que era: Él no usaba coche, vivía cerca de su lugar de trabajo, en Polanco, entonces solía caminar y pagar taxis. Una vez, decidimos no pagar el taxi sino tomar el Metro. Era domingo y había poca gente.
—¿Cómo van las cosas en la Nacional de Danza?
—Locas.
—¿Locas?
—Mucho. Está llena de chavitas fresas y niños gays. Son relajados pero a veces me pregunto si no sabrán que el mundo es una mierda.
—Lo saben, pero es mejor no verlo.
—¿Cómo lo sabes?
—Yo soy uno de esos chavitos fresas ¿no?
—No, tú eres distinto, tú lees y sabes un montón de cosas. Pero bueno, tienes razón, tú tienes más tiempo tratando con personas así, con un montón de lana y poco cerebro. Eso es peor que la gente sin lana y poco cerebro.
—Tú eres ahora una persona con dinero y mucho cerebro.
—No, yo también soy tonta. Antes pensaba que todos eran pendejos menos yo, pero ahora no tengo ni puta idea de qué voy a hacer en la vida.
—Creo que está bien que no pienses en eso todavía si no sabes lo que quieres. Pero en cuanto lo sepas…
—Es que según yo ya sé, ¿sabes? Siempre digo que escribo rimas de hip hop pero mi… un amigo que tenía me dijo que no he hecho nada con eso y es verdad. ¡Mírame! ¡Tengo dinero para comprar la consola y la mezcladora desde hace meses y no he hecho ni madres!
—Pero te has comprado varios vestidos de tango, zapatos…
—Vale mierda… ese baile.
—¿Quieres bailar?
—Sí, cuando lleguemos…
—No, aquí, ahora…
—¿En el metro? ¿¡En el puto metro!?
—Bueno, no es tan malo. Representa un reto técnico interesante.
Dante se levantó de su asiento y sacó su iPod que yo sabía podía sonar como el leviatán. Comenzó un tango y me invitó a bailar, otra vez, en un lugar inesperado. Y otra vez, “Por una cabeza”.
—¡¿Otra vez?! ¿No tienes otra rola en tu iPod? —pregunté ya tomando su mano derecha y su hombro izquierdo.
—Ya la tenemos montada, la gente común la conoce y la adora ¡es nuestra carta de presentación!
En el Metro viajan los cadáveres de la ciudad, incluso en domingo esos vagones están llenos de rostros inexpresivos y almas en pena sin ganas de vivir. Nuestro comienzo cadencioso no les pareció en absoluto interesante, y ni con la música volteaban a vernos. Pero entonces Dante y la orquesta encerrada en el iPod aceleraron el tiempo y esos rostros desencajados comenzaron a observar. Veníamos de practicar, así que ambos teníamos los zapatos adecuados y yo portaba un vestido que, aunque no era vistoso si dejaba ver la elegancia de mis pasos. Se los juro, esos viajeros del inframundo comenzaron a reaccionar, nos otorgaron primero su mirada curiosa y luego sus pupilas abiertas, a algunos les sacamos una sonrisa y a todos les robamos el asombro. Cuando el tango terminó, una señora obesa de esas de aspecto proletario que parece que nunca tienen descanso en la vida, nos otorgó dos aplausos.
Dante me soltó poco a poco mientras el tren arribaba a una estación y abría sus puertas. Un hombre de vestir sport descendió del vagón pero antes de perderse en el “antes de subir permita bajar” ofreció a Dante una moneda de dos pesos. Dante la recibió y ambos nos reímos. Bajamos del vagón y nos carcajeamos por largo rato. Éramos felices, insolentes y presumidos.
—¿Lo hacemos otra vez? —me preguntó.
—¡Vale!
Y bailamos de vagón en vagón, capoteando a la policía y la mafia de vendedores ambulantes. Esa tarde, luego de bailar por dos horas en los trenes, obtuvimos trescientos pesos que usamos para beber un café.
—Dante, ¿dónde habías estado todo este tiempo en mi vida? —pregunté realmente enamorada.

No hay comentarios:
Publicar un comentario