El beso fue
corto, tan corto como Toño pudo.
—¡No, Cristina! —dijo él con un gesto de reprobación en su cara y apartándome—¡La cagaste, güey!
Toño caminó un poco tomándose los cabellos y se sentó sobre el cofre de la limosina con la cabeza totalmente agachada.
—¡Toño, perdóname, tenía que hacerlo, no puedo ocultarlo más, yo te amo, te amo desde siempre y sé que…!
Toño levantó la vista y se veía visiblemente molesto.
—Güey —me dijo señalando con su brazo izquierdo hacia ese costado—, ¿por qué no miras primero para ese lado?
Cuando voltee quedé desecha. Era Dante con una caja llena de champañas en los brazos. No la dejó caer de milagro y porque ser dramático solo se lo permitía él en el tango. Yo me cubrí las manos con el rostro porque como había dicho Toño, ni más ni menos, la había cagado.
Unos minutos antes de aquel tango desastroso, Toño estaba acomodando las cosas al interior de la limosina para meter dentro tres cajas de champaña regalo de uno de los invitados. Al principio había pensado servirlas durante la fiesta pero la persona que le había dado el regalo le indicó que eso era un error pues era una cosecha especial francesa del año 1967. Toño entonces optó por llevarlas a casa y esconderlas para que los vivos no pensaran que era parte del arsenal feliz de la celebración. Buscó a Penagos para que lo ayudará a cargar las cajas pero lo encontró tan borracho que decidió buscar a otra persona y entonces miró que Dante se había quedado solo en su mesa.
—Güey, ¿me ayudas a llevar unas cosas a la limosina?
—Si claro.
Ambos llevaron las primeras dos cajas hasta la limosina y las metieron dentro.
—Voy por la otra, tú mientras acomoda estas. Se ve que es buena cosecha.
—Sí, oye, güey, ¿y la Cristina?
—No sé, dijo que iba a caminar.
—Güey, estoy ya algo borracho, así que toma esto como una verdad absoluta. Te llevaste una vieja de diez, de verdad, güey. Eres afortunado, cabrón.
—Salud por eso. Le pediré matrimonio en San Francisco, durante el último baile que tengamos en la preliminar, así enfrente de la televisión.
—¿¡Neta!? ¡No mames, cabrón! —dijo Toño abrazando a Dante—¡Mucho, cabrón! ¡Mucho!
—Bueno, voy por la otra caja
—Vas cabrón, yo aquí hago más espacio.
Y ahora.
Cinco minutos después todo estaba hecho mierda.
Dante dejó
tranquilamente la caja dentro de la limosina y sin decir palabra, simplemente
se fue.
—Güey, no seas más pendeja, ve y búscalo —me dijo Toño.
Y eso hice. Lo encontré a la entrada del estacionamiento.
—¡Espera! ¡Perdóname!
—¿Perdonarte? Tranquila. No hay nada que perdonar. Tomé el riesgo y me la jugué, sabía que esto podía pasar siempre. Yo nunca pude suplantarlo ¿no?
—Soy una idiota.
—Sí, en parte.
Entonces escuché unos pasos presurosos detrás de mí. Era Alina.
—¡Chicos, lo he estado buscando por todas partes! —dijo Alina visiblemente ya algo embrutecida por el alcohol —ustedes me deben un regalo de bodas muy especial. La orquesta va a tocar un tango y ustedes tienen que darme el privilegio de verlos bailar. ¿Sí? ¡Por favor, por favor, por favor!
—Alina, no es el… —traté de explicar pero…
—Sí, ¿por qué no? —dijo Dante.
—¡Genial! ¡Anden, vengan, vengan! ¿Ustedes saben dónde se metió Toño?
—No, pero no te preocupes, él estará bien —respondió otra vez, con toda seriedad, Dante.
—Si verdad. Ya estoy poniéndome celosa y apenas es nuestra primera noche de casados.
Alina nos
puso enfrente de todos los invitados y nos anunció con toda su alegría. La
orquesta era una autentica de tango, con bandoneón, piano de cola y cuerdas.
Alina escogió la canción: “Bandoneón de arrabalero”. Yo estaba con el rímel
totalmente embarrado en la cara por tanto llorar, Dante se miraba con el
semblante desecho. Alina era la única que no parecía notar que ahí había dos
almas recién derribadas.
La música
comenzó.
—Es tu tango favorito, Cristina. Dime si él lo sabe —me dijo Dante al oído.
No respondí,
yo seguía en lágrimas.
—Te voy a pedir un último favor, Cristina.
—Sí, el que sea.
—Que no quede nadie vivo. Baila como nunca has bailado.
El bandoneón lloró junto a nosotros. No hicimos nada espectacular, no hubo nada de tango espectáculo, nunca rompimos el abrazo cerrado, no podía ser de otra forma pues era una historia de derrota la que contamos. Dante caminó mucho durante la pieza y en cada paso yo sentía su coraje, su decepción, su estado gris y desesperado.
Cuando terminó la pieza no hubo aplausos, no quedó nadie vivo, ni siquiera nosotros.
Terminado el tango Dante me soltó y yo busqué entre todo el mar de gente a Miranda. Al no encontrarla me escabullí hasta la parte más alejada del jardín a llorar bajo un árbol, no pasaron ni cinco minutos cuando en la noche seca escuché un lamento espantoso que me puso la carne de gallina, luego del susto reflexioné en que aquel grito había venido de la fiesta y pensé que quizás se trataba de los deslices de alguien que ya había ahogado la cordura en el licor. Así, me senté otra vez y debieron haber pasado otros treinta minutos cando detrás de mí sentí pasos. Eran Dante y Toño, entre la oscuridad de la noche y de mi alma me incorporé y pensé que era momento de definir las cosas y explicarles que había resuelto alejarme para siempre de la vida de ambos.
—Por favor, perdónenme, voy a irme lejos y ya nunca los voy…
—Cállate —dijo Dante.
—Cristina, ven con nosotros, hay un problema más importante ahora —explicó Toño.
Estaba confundida. ¿Podía haber otra cosa más importante que este triángulo amoroso? Los seguí y llegamos hasta la limosina, había otras personas y dentro del lujoso auto vi a Magda y Alina abrazando a Miranda que lloraba a rienda suelta.
—¿Qué pasó? —pregunté a Alina, pero fue Magda la que me contestó con la saliva espesa atorada en su boca:
—Encontraron a su hermana.
La noche de la boda de Alina la policía había buscado a los padres de Miranda para comunicarles la noticia. Pero los padres de Miranda y ella misma estaban en la boda de Alina. Entonces los policías llamaron al celular de la madre de Miranda pero está lo tenía apagado desde la ceremonia religiosa. La policía llamó al número del padre y la llamada la tomó Miranda pues su padre se había levantado de la mesa para ir al baño. Cuando Miranda preguntó el asunto de la llamada una voz fría y grave le informó con toda naturalidad que…
—Necesitamos que venga a reconocer y recoger los restos de su hija que denunció desaparecida hace nueve años. La encontramos.
En ese momento Miranda se bloqueó. Yo terminaba de bailar mi tango con Dante y escapaba hacía el árbol más alejado del jardín. Mientras tanto, el policía dio varias indicaciones que Miranda, como pudo, apuntó sobre una servilleta. Cuando el hombre colgó, Miranda miró a su madre y esta la miró de manera interrogativa.
—Encontraron a mi hermana. Está muerta —dijo y extendió el papel con los datos hacía su madre. Esta ni siquiera miró el papel, el grito que exhaló fue espantoso. Mientras la gente se acercaba a la madre de Miranda, la Wicca optó por alejarse corriendo hacia ninguna parte. La única que la vio fue Magda y a los pocos minutos, cuando ya todos sabían cuál era la razón de aquel llanto doloroso en plena boda empezaron a buscar a Miranda y a su padre. El padre se enteró y fue más ecuánime que las dos mujeres, solo se puso de rodillas y lloró en silencio. Magda interceptó a Miranda en el estacionamiento y la encontró sin lágrimas pero con la mirada totalmente perdida. Al ver la limosina abierta, la llevó hacia esta y la sentó en uno de los asientos del ostentoso auto rentado. Algunas personas las vieron y de inmediato se acercaron a tratar de ayudar aunque nadie tenía primeros auxilios para ayudar cuando alguien era informado de la muerte de una hermana años después de que esta desapareciera. Para cuando todos se percataron de que yo faltaba, Toño y Dante fueron juntos a buscarme.
La policía en realidad había encontrado e identificado el cadáver de la hermana de Miranda dos meses atrás, pero el asunto se había retardado por minucias en la documentación del expediente de la investigación. Otra cosa era que en realidad no había cadáver sino unos pocos indicios de hueso que algunos forenses raramente responsables analizaron con pruebas de ADN. El resultado de la prueba empató con el registro de una de las tantas mujeres reportadas como desaparecidas en el país. Se determinó que la chica había sido asesinada y descuartizada, luego colocada en un tambo con ácido sulfúrico que la desintegró casi por completo, pero al parecer el tanque fue vaciado y no volvió a usarse para desintegrar otro cadáver. El tanque permaneció en una remota bodega abandonada al norte de la ciudad. El dueño de la propiedad también había sido asesinado hacía varios años en lo que también era un crimen sin resolver. De tal manera, no se pudo determinar quién había matado a la hermana de Miranda ni con qué motivo. Cuando sus padres recibieron dos cajas de Petri como únicos restos de su hija, la demencia abordó a la madre de Miranda y ya nunca se recuperó. El padre pudo llevar el peso del duelo definitivo de mejor manera enfocándose en Miranda, tratando de no cometer el mismo error dos veces.
A la mañana siguiente Toño, Alina y el maestro Agustín tomaron el avión rumbo a San Francisco. Yo me quedé en casa de Miranda tres noches seguidas. No me atrevía dejarla sola y el sentir que estaba dándole apoyo me ayudaba a superar mi propia miseria existencial. Miranda hablaba poco, casi no comía y definitivamente no quería estar cerca de sus padres; de esa forma, nos pasamos casi todo el tiempo dentro de su cuarto viendo películas tipo B. Al tercer día, cansadas de ver tantos filmes sin descanso Miranda me pidió que habláramos. Pensé que iba por fin a soltarlo todo, que iba a ser su catarsis pero…
—Tú estás destrozada por dentro. ¿Qué pasó en la boda? —me preguntó Miranda.
—Wicca, no hablemos de eso. No es el momento, lo tuyo es más importante…
—Cristina, tú no estás aquí cuidándome, yo soy la que te está cuidando. Sí, yo me siento ahora muy mal, muchas cosas de mi pasado regresaron y sé que los próximos días van a ser muy complicados en mi vida. Pero tú eres la que está aquí por voluntad propia y no te has cambiado de ropa desde la noche de la boda, incluso has comido menos que yo. Por eso me siento curiosa ¿Qué te pasa?
Me quedé escéptica.
—No de verdad, yo…
—¿Estás con el corazón roto?
Di un largo suspiro. La miré a los ojos. Pensé que hablar de lo mal que yo estaba no iba a ayudarnos a estar mejor, pero ella no parecía que fuera a ceder.
—Soy una miserable. Besé a Toño durante la boda y Dante nos vio. Estate tranquila, Alina no sabe nada.
—Ya veo, parece de telenovela. Los besos prohibidos son siempre un problema. A todos nos pasa pero lo tuyo ha sido tan intenso que ahora creo saber porque todos dicen que podrías ser muy buena en el tango. Es porque eres todo pasión. Creo que vas a ser la mejor bailarina del mundo.
—No, yo no…
—Viajarás por muchos países y todo el mundo notará que nos cuentas tu desamor. ¿Sabes?, estoy muy feliz de conocerte y de ser tu amiga.
—Gracias…
—¡Pero hay una cosa! Me sentiré muy mal si no te veo feliz. Así que por favor al menos trata.
Nunca sentí a Miranda tan sobrenatural como en aquella ocasión en su cuarto plagado de imágenes de hadas y árboles mágicos, un pentagrama en colores alegres decoraba la habitación de una manera mística y su cama estaba colocada en el centro de la habitación y no adjunta a alguna de las paredes como era lo normal, en la puerta del cuarto se podía leer una frase en un idioma que yo no entendía.
—Te prometo que trataré. Pero no sé cómo.
—Sabrás. Ahora vete. Dúchate, duerme y descansa que en dos días tomas un avión a San Francisco.
Tomé las pocas cosas que había llevado conmigo y le dije…
—Ya no tengo casa.
—Tu mamá no te cerrará la puerta, no ahora que están tan contentos contigo.
—Tienes razón —dije ya casi saliendo de su habitación.
—¡Espera! —me gritó, se levantó y me abrazó con todas sus fuerzas que casi me truena los huesos—, no sé por qué pero siento que debo darte el mejor de mis abrazos.
—Bueno, cuando yo regrese te daré uno mejor, porque estaré mejor, ya te lo prometí.
Ella me miró y yo salí del cuarto. La escuché susurrar:
—Pero no vas a volver.
Miranda
tenía razón, mis papás me recibieron bien y por fortuna esa seguía siendo mi
casa. Le conté todo a Mamá y luego de todo eso me ofreció una botella de vino.
—Copa a copa, hija. Lentamente, bebe —me dijo acariciando mi cabello.
—¿Tú vas a beber conmigo? —le pregunté, realmente necesitaba compañía y ella parecía dispuesta a irse a la cama.
—No, deje de beber.
—¡¿Qué?!
—Ya veremos cuánto dura. Pero no te preocupes, no iré a dormir, realmente necesito un cigarrillo.
—Tú no fumabas. Me regañabas porque yo lo hacía.
—Pues ya ves.
—Estás loca mamá. Pero al menos tú si puedes sacar un clavo con otro clavo. ¡A mí me lleva la chingada!
Tuve un día
entero para dormir embrutecida por el vino. Después, medianamente recuperada,
fui al aeropuerto. Dante y yo no practicamos ni platicamos esa semana hasta que
nos vimos en la sala de espera sin esperanza como decía Sabina, listos para
partir.
—¿Qué va a suceder? —le pregunté mientras hacíamos fila en el check-in.
—Por el momento, hay que ir a competir dignamente.
—Hay que ir a hacer bien las cosas.
—No. Hay que hacerlas perfectas.
Del San Francisco International Airport un taxi nos llevó hasta el hotel y ahí nos cambiamos de ropa lo más rápido que pudimos para estar listos para nuestra primera prueba. Era un viernes y nos tocaba bailar a las seis de la tarde con quince minutos. Estuvimos ahí tan solo cinco minutos antes y al maestro Agustín ya casi le daba un infarto. Él y Alina ya habían bailado ese día y habían obtenido una calificación que los colocaba en el sexto puesto general, no cabía duda de que el maestro Agustín se estaba esforzando y que Alina tenía el nivel para seguirlo. Luego de que Dante y yo bailamos quedamos acomodados en el puesto 27.
—¡A ver! ¿Qué demonios está pasando aquí? Así no se baila. No están haciéndolo nada bien, es vergonzoso —el maestro Agustín tenía razón, habíamos sido mediocres, no habíamos contado ninguna historia y de hecho estábamos ambos tan deprimidos que nuestros pasos habían estado faltos de intensidad.
Esa noche en el hotel el tango que se interpretó fue el más raro de todos: nuestra habitación era doble con una sola cama porque cuando la habíamos reservado, Dante y yo, éramos todavía la pareja feliz que todo el mundo envidiaba; pero ahora éramos únicamente una simple pareja de baile, dos fantasmas que temían mirarse a los ojos y por ello no había modo de salir de esa habitación intactos.
—Voy a cambiarme —le dije.
—¿Al baño?
—Pues sí.
—Cristina, te conozco toda. No hay nada que no haya visto y que la puerta del baño me impida reconocer.
—Bueno, tienes razón en eso, pero ya no somos…
—Yo no he cortado contigo.
—Pero no quisiste que yo regresara a la casa…
—¿En serio? ¿Cuándo te corrí?
—Escucha, está bien. ¿Estamos siendo francos?
—Seamos francos.
—Yo estoy estúpidamente enamorada de Toño y eso es muy imbécil, lo sé. A ti te quiero…
—¿Me quieres? Eso se les dice a los amigos, a los hermanos.
—¡Escúchame, Dante! Pero si, a ti te quiero. Me gustas mucho, me pones bien caliente pero no siento por ti lo que siento por él.
—Eso suena muy complicado. Lo mío es más simple: te amo, me vuelves loco. O al menos eso era…
Dante se levantó de la cama y me tomó por la cintura.
—No tenemos nada que hacer en ésta pinche competencia ¿verdad? —le pregunté.
—Si te refieres a si quiero ganarla, no. Me importa muy poco esta competencia.
—Pues vámonos de aquí —concluí.
—Mañana a primera hora nos vamos de aquí, pero no quiero que mi último tango contigo sea eso que bailamos en la boda de estos chicos o lo nefasto de hoy. Tú marcaste mi vida y si voy a sufrir por olvidarte quiero empezar por un tango digno. Entonces, ¿me puedes dar el día de mañana? De todas formas te van a deportar, Daza.
—Me estás llamando Daza, eso quiere decir que estás rompiendo conmigo —dije sabiendo que me lo merecía.
—Sí, quizás así sea. Pero este final no es súbito, va a ser lento y doloroso porque así nos lo buscamos.
—Bien, mañana bailaremos lo último.
—Y que la competencia se joda —remató Dante con una sacada (paso del tango) mientras me indicaba dar vuelta hacía donde estaba el baño y me quitaba las manos de la cintura.
Dormimos esa noche tan cansados como todas las noches del último año. A la mañana siguiente Dante se ató la corbata y se colocó una camisa negra, tenía todo el aspecto de ir a un funeral. Yo por mi parte elegí un vestido clásico tanguero color negro y rojo. Al caminar por el pasillo del hotel esa mañana éramos unos completos desconocidos. Entonces, al arribar al lugar del concurso comenzamos a experimentar por primera vez la aburrida pero angustiante espera del registro de bailarines. Ese día el concurso ya era grabado para la televisión y las mejores partes se trasmitirían esa noche. Dante y yo bailaríamos dos tangos y como estábamos en el puesto 27 no teníamos ninguna chance de pasar a la semifinal y final del siguiente día. Mientras todos los demás participantes se morían de los nervios, Dante y yo estábamos en un sepelio personal cada uno, no había nerviosismo en nosotros.
—Are you the couple number four cero two? Alina and… —nos preguntó una señorita que parecía muy apurada.
—No, miss, we are the seventy tree —respondió Dante a la señorita de la organización. Que sin decir nada se fue rápido.
Más tarde, otra señorita nos informó que era nuestro turno y pasamos al escenario cuyas butacas lucían llenas, muy diferente al ambiente sombrío del día de ayer. La historia que contamos en ese primer tango versión de la Forever Tango, “La Bordona”, fue la indiferencia acompañada por el desprecio y al terminar sentí que Dante me humillaba. Todo salió tan perfecto que los aplausos fueron duraderos. Ni Dante ni yo nos entusiasmamos y aún nos quedaba un tango más en nuestra vida. Para nuestra sorpresa, la calificación fue alta, demasiado, una exageración de los jueces. Al terminar la ronda completa, Dante y yo habíamos ascendido al lugar ocho.
Para la segunda pieza de ese sábado el cansancio acumulado durante todo un año me mataba.
—Dante, si estamos en el lugar ocho, este no sería el último tango. Habríamos calificado, bailaríamos mañana.
—No, no necesariamente. Nada nos impide simplemente no presentarnos mañana.
—Bueno, eso sí. También podemos fallar a propósito.
Antes de entrar al escenario, Dante me robó un beso.
—El último, hoy es una tarde de cosas últimas. Y ¿fallar? ¡Nunca!
“La ultima curda” comenzó a sonar con Dante y yo dispuestos a cerrar el telón. Mientras nos presentaban al público yo pensaba que en realidad ese sería el último tango de mi vida, no tenía más intención de bailar nada nunca más. Una nostalgia me inundó el cuerpo, estaba realmente en una despedida, un rompimiento sangriento en el que ya el perdón era inútil. Con toda la tristeza de quien se despide de un sueño que no era el suyo, bailé lo que yo pensaba era el tango de mi vida. Terminamos con desdén y en su último movimiento Dante me arrojó lejos de él en una muestra total de desprecio que me dolió. Para él fue un acto honesto y verdadero que los jueces creyeron parte de la coreografía. No nos quedamos a ver la puntuación ni a ver la coreografía del maestro Agustín que vivía su propio drama de, lo que son las cosas, era su última oportunidad de asistir una vez más a un Mundial de Tango.
Al hotel llegamos y algunas personas nos felicitaron.
—¡Estáis séptimos! ¡A un pasito!, ¡venga mexicanos!
Dante agradeció en inglés y en español todas las muestras de cariño de aquellos que ahora tenían un poco idea de quiénes éramos. Ya en la habitación comenzamos a hacer las maletas.
—¿Te vas primero? —me preguntó Dante.
—Como quieras, el orden de los factores no altera el producto —le contesté.
—Vámonos juntos y ya que cada quién tome un taxi y un avión distinto. Yo me voy por la American.
—Está bien, vámonos.
Entonces alguien tocó a la puerta. Dante abrió. Era el maestro Agustín que quería que fuéramos a festejar su triunfo. En realidad era que iba quinto, justo detrás de nosotros, y eso le daba el último boleto para ir al Mundial de Tango en Argentina.
—¡Por primera vez en cuatro años, volverá a haber una pareja mexicana! Y serán ustedes o yo. Esto, por lo tanto no puede quedar sin festejarse.
Alina también estuvo en ese festejo y su expresión en toda la noche fue de felicidad absoluta, realmente estaba viviendo su sueño, ser la mejor bailarina de tango de México y a tan corta edad. Era una niña sin vicios, disciplinada, que tenía ya el triunfo de haberse sobrepuesto a la muerte, situación está última que le había forjado un carácter de acero. Para mí era fácil predecir, en medio de aquel festejo, que ella no solo sería la mejor de México sino de todo el mundo.
Y así, a Dante y a mí se nos frustró la huida. Le vimos el lado positivo: no habría que pagar recargo por el cambio de vuelo, entonces dormimos una noche más juntos, o más bien, separados como nunca antes.
—¿Estás despierta? —me preguntó en plena madrugada.
—Sí —le contesté aunque le estaba dando la espalda.
—Mañana, te iba a pedir matrimonio. Es decir, si no hubiese pasado lo que pasó.
—¿Se supone que debo sentirme miserable?
—Eso quiero.
Entonces, Dante comenzó a acariciar mi espalda. Eran esas manos que me habían acariciado durante seis años, manos grandes pero dóciles y con un tacto finísimo. Sin hablar, Dante me hizo dar vuelta para quedar de frente a su cuerpo. Ya en esa posición tomó mi brazo y con movimiento suave me acercó hacía él. Para ese momento yo ya estaba encendida, su mano bajo por mí abdomen hasta la unión de mis piernas y en ese estrecho geográfico de mi anatomía él se detuvo… pero entonces me soltó, encendió la luz y se vistió…
—¿Qué pasó? —pregunté con mis ojos todavía deslumbrados por la luz.
—Eso me sigo preguntando, voy al bar a tomar un trago.
Y se fue para no regresar esa noche.
A la mañana
siguiente Alina tocó a la puerta para despertarme.
—¡¿Qué rayos haces, mujer?! ¡Es tarde! ¡Apresúrate, es el gran día! ¡El día que siempre soñé! ¡Al fin se hizo realidad!
—Alina, no voy a ir. Dante se fue.
—¡Tonta! ¡Él está allá abajo con Toño, se están tomando unos tragos! Él ya está listo.
—Entonces si fue al bar.
—Sí, pero tú estás hecha un desastre. ¿Qué nunca soñaste este día?
—No. Este es tu sueño, no el mío.
—¿De qué hablas? Es de las dos, hoy puedes ganar. Oye te tengo una noticia.
Odiaba las noticias cuando venían de esa parte del mundo.
—Estoy embarazada.
Me desplomé sobre la cama.
—¡No, no! ¡A la ducha mujer! ¡Vamos!
Alina me manejó como a un títere esa mañana, me ayudó a vestirme o más bien me obligó a vestirme. En el pasillo, en efecto, estaban Dante y Toño, hablando como si nada hubiera pasado. Era el mundo al revés, no podía creer que esos dos pudieran si quiera verse las caras, ¿acaso se habían hecho amigos en medio de mi acto de infidelidad? ¿no se suponía que Dante debía golpear a Toño para recuperar algo de honra masculina? Quizás sí, pero en la realidad eso no había pasado.
—Felicidades, ya supe que tendrás un hijo —le dije a Toño con la rabia más escondida que un criminal huyendo de sus captores.
Toño solo levantó su copa y Alina nos hizo correr hacía el taxi que nos llevó a todos juntos hacía el teatro donde se llevaría a cabo la final de la Preliminar Regional del Mundial de Tango.
El Teatro del Conservatorio de San Francisco era el lugar más hermoso que jamás había visto. Todo en él inspiraba una tremenda clase y elegancia de los tiempos pasados. Esa mole de concreto con sus columnas enormes parecían también contar su historia.
—¿En esta fase cuántas parejas quedan? —pregunté.
—Quince, y solo califican cinco al Mundial. Los canadienses van en primero, en segundo tres parejas de Estados Unidos y luego una cubana, luego, yo y el profesor Agustín, y ustedes están séptimos —dijo la experta Alina.
Estábamos en el hall realizando el registro. El maestro Agustín se acercó a nosotros, nos saludó y luego los demás fueron a saludar a otras personas. Yo quedé sola con el maestro y me confesé.
—Maestro, no quiero bailar más, no quiero estar aquí. Quiero irme.
—Es normal…
—¡No, es en serio! ¡Lo único que quiero es salir corriendo de aquí. No soporto esto, además yo no lo pedí!
—Hace seis años eras una terca adolescente mal vestida y hoy estás entre los mejores del mundo, al menos del norte del continente, ¿y quieres huir? No has madurado nada, Daza. Piensa bien las cosas niña, la puerta del teatro está abierta y tú puedes huir desde ahora pero no lo harás porque sigues siendo terca y quieres ver hasta dónde termina todo esto, además, tu eres como yo: un competidor. Estás desecha por dentro pero cada célula de tu cuerpo quiere ganar esta. Piénsalo un poco más, tienes tiempo, ustedes son la pareja quince en pasar.
Y así era, tras bambalinas las parejas practicaban. Dante bebía un vaso de agua y se miraba mal dormido.
—Yo ya no puedo bailar —le dije a Dante.
—¿Ya ves que van a tener un hijo?
—Sí. No me lo digas, eso solo…
—¿Y sabes cómo le van a poner si es niña?
—No me importa —dije harta de su juego.
—Cristina, le pondrán tu nombre en tu honor ¿no es ridículo? Ahora si estás enojada, nunca te miré con los ojos tan llenos de rabia —me dijo burlonamente Dante.
En ese preciso momento nos avisaron que era nuestro turno. Nos paramos en el escenario, Dante tenía desecha la corbata, estaba en un aspecto lamentable, esa vestimenta nos iba a quitar muchos puntos, pero para mi sorpresa, nuevamente, los jueces lo creyeron parte de la coreografía. Otra vez, trasmitimos el odio, contamos la historia de despecho que tanto efecto había tenido antes pero ahora yo era más agresiva que Dante e incluso al final de la pieza fui yo la que lo desprecié a él. Era otra vez el sentimiento genuino el que nos puso en el lugar ocho.
—Estas personas están imbéciles ¿o qué? —le dije a Dante en cuanto salimos fuera de cámara.
—Creen que nuestra desgracia es una coreografía.
—Entonces ¿realmente me odias?
—Estoy aprendiendo a hacerlo, Daza. En este tango final deberíamos irnos en el medio de la canción. Solo dejar el escenario y nunca más volver a vernos, yo cambio la fecha de mi vuelo y listo.
—Hecho, es un trato —le dije en el medio de un suspiro. ¡Qué más daba! yo solo quería morirme.
Dante se durmió unos minutos mientras yo solo miraba un vaso de agua que nos habían dado al terminar nuestra primera pieza. Los demás bailarines practicaban o estaban absortos observando lo que las demás parejas bailaban sobre el escenario, nos miraban como a alienígenas pues Dante y yo mostrábamos tan poco nerviosismo y mucho desdén que parecía que no estábamos compitiendo. No hubo mucho espacio y tuve que despertar a Dante cuando nos avisaron que era nuestro turno, como había comerciales televisivos teníamos dos minutos extra. Y entonces se apareció Alina en su peor versión.
—¡Chicos! ¿Ya vieron la tabla de puntuaciones? Primer lugar asegurado para los canadienses, colombianos, cubanos y los de los Estados Unidos cuartos. ¡Yo y el profesor Agustín quintos! Solo quedan de pasar ustedes. Y van últimos, pero bueno, es porque no han punteado, pero chicos, esto es serio: si ustedes no logran una calificación alta, el maestro Agustín podrá ir a su último Mundial de Tango. Ustedes saben que está muriendo y no sabemos cuánto tiempo le quede al pobre. ¿Entonces, podrían hacerme el favor de fallar?
Alina estaba pidiendo eso realmente de todo corazón. La chica no tenía idea de que en realidad el pase al Mundial lo tenía en la bolsa un minuto antes de decirnos eso. Dante y yo la miramos perplejos, ella entonces pareció darse cuenta de su error y trató de corregir.
—Bueno, piénsenlo, háganlo por él.
Y se esfumó de nuestra presencia llena de vergüenza.
Entonces nos
hicieron entrar al escenario y yo todavía seguía impresionada de haber sido
testigo de la versión de Alina de la que Magda me había hablado hacía años: la
cabroncita que consigue siempre lo que quiere a cualquier precio.
—Señoras y señores —decía el presentador—, la última pareja de este día: Dante Rogelio Lavalle y María Cristina Daza, representando a la Ciudad de México, México. Bailaran, “Nueve de Julio”.
—¿Soy yo o nos pidió abiertamente que perdamos? —le pregunté a Dante mientras la gente nos aplaudía.
—Nos lo pidió —respondió él.
—Por ella.
—Sí, el maestro jamás pediría tal cosa.
—La muy cabrona…
—Sí...
Dante me tomó en abrazo. El público terminó de callar los aplausos de presentación.
—Me podrías hacer un favor… —nos dijimos ambos al mismo tiempo. Luego nos miramos con una sonrisa de oreja a oreja y también al mismo tiempo nos dijimos: —que no quede nadie vivo.
—De acuerdo, pero atenta, confía en mí —me dijo Dante al que la adrenalina parecía haberle vuelto al cuerpo.
—Está bien —dije decidida a confiar en el hombre al que yo había hecho perder toda la confianza y la fe en el mundo, confiar en el hombre que ahora quería verme muerta antes que reconciliarse conmigo, tenía que confiar en el diablo… y decidí hacerlo.
La introducción al piano de “Nueve de Julio” terminó entre nuestra charla y comenzó su melodía a tiempo veloz y rampante. Yo estaba lista para comenzar la coreografía pero Dante me mandó otra cosa totalmente diferente y a la velocidad de la luz, obedecí. Ochos rápidos y llenos de vértigo y precisión, luego una caminata larga aprovechando todo el ancho y largo del rectángulo, un giro con sacada, aguja y ocho cortado para llenar el ojo y yo que estaba disfrutando todo lo que él me mandaba y entendía perfectamente cuando me daba espacio para ingresar un adorno de esos que hacían a nuestro baile la cosa más linda de este mundo. Entre uno de los giros veloces en los cuales Dante intercalaba precisas sacadas y yo remataba con voleas contundentes, frené con una castigada pero esa pausa fue tan sutil que pareció champagne servido sin derramar ni una sola gota de espuma de la copa, luego pasamos al siguiente nivel: más giros, más ochos, americanas, molinetes y picadas, todo más rápido pero sin perder el tiempo jamás, siempre todo acomodado en el acento preciso de las teclas de graves del piano, todo exacto, todo en extremo perfecto. Dante nunca rompió el abrazo en todo el repertorio de habilidad que se llevaba a cabo sobre el escenario. En la parte sugerente del tema le metimos más sensualidad, esa que habíamos clausurado y luego, velocidad otra vez con ganchos y poses de escultura que hicieron la noche de los fotógrafos. Y para cerrar, de manera súbita tal y como sierra la pieza, Dante me elevó al aire al tiempo que me giraba, yo decidí abrir mis piernas en un perfecto split en el aire y justo cuando pensé que todo estaba perdido por una decisión tan intrépida, nunca ensayada e insolente, Dante me tomó con el último aliento que sus fuerzas de hombre trasnochado le permitieron y me colocó sobre el piso absorbiendo todo el peso de la caída libre de mi cuerpo que al último compás, en la última nota, quedó delicadamente postrado en el suelo. Fue pura suerte terminar mirándonos el uno al otro totalmente exhaustos luego de 2.12 minutos de intensidad pura. Aquello fue devastador para el público y todos aquellos que miraban, incluidos los jueces.
Hubo una pausa y entonces supe que lo habíamos hecho. Esa pausa antes del aplauso explosivo sucedía cada vez que, en efecto, nadie quedaba vivo, todos estaban muertos del asombro. Y solo hasta que alguno de los presentes resucitaba haciendo ruido con sus palmas los demás salían del trance y pasaban a ser invitados de la euforia. Era claro, no había duda, les habíamos dado la improvisación perfecta.
—¡Esto es quinto lugar seguro! —le dije a Dante con una seguridad notable.
—¡Estoy agotado! —solo alcanzó a decir él.
La televisión hizo un close-up de Dante mientras el tablero electrónico hacía del dominio público los resultados de la puntuación:
1.
Daza &
Lavalle… 934 pts.
2.
Roger…
—¡Ah,
primeros! —exclamó Dante, pero no mostró la típica alegría eufórica y
desbordada que se esperaba de un ganador.
A pesar del
cansancio, pude mirar de nueva cuenta y leer una y dos veces el resultado. Un
mar de gente se nos acercó y comenzaron a felicitarnos. Alguna persona me dio
un ramo inmenso de flores y yo seguía en shock. Entonces…
5. Claessens & Bredner… 786 pts.
6. Agustín
& Sandoval… 781 pts.
Era todo, Alina había quedado fuera de Argentina por este año y por el siguiente si es que estaba embarazada.
Dante y yo regresamos al hotel y a la depresión sin querer platicar con la prensa o cualquier otra persona, ni siquiera con el conductor del taxi. Esa madrugada yo debía dejar Estados Unidos y solo pensaba en descansar. En el hotel, Dante pidió ser el primero en tomar una ducha y yo le concedí aquello. Mientras se bañaba y para no dormirme, decidí ir al balcón del último piso del hotel desde donde se miraba la ciudad de San Francisco. Subí por el ascensor y pensé en abortar mi plan cuando noté que había alguien más en el pasillo. Di una segunda mirada, era Alina. Detuve el ascensor y salí a su encuentro, ella escuchó mis pasos y se volteó de inmediato…
—No es lo que piensas, amor… Ah, no eres Toño. Eres… tú.
Ella estaba llorando y entonces comprendí que el “no es lo que piensas” se refería a otro intento de suicidio.
—¿Qué haces? —pregunté, aunque sabía exactamente lo que pasaba.
—Nada. Ya puedes irte… campeona.
—Oye, no es mi culpa. Pero por qué no mejor te alejas un poquito del barandal.
Lo pensé, era fácil, ese barandal no sería obstáculo importante, solo tenía que empujarla con fuerza suficiente para borrarla del camino y tener a Toño solo para mí, si él no era mío, al menos no sería de ella, pero la cordura me volvió al alma y el oxígeno me regresó al cerebro y enfrió mi locura asesina coartando para siempre el inicio de mi carrera criminal.
—¡Déjame en paz! Yo me paro donde quiera
Hubo un silencio obtuso y pensé en llamar a alguien del personal de seguridad del hotel para que me ayudara.
—Me robaste mi sueño. Lo sabes, lo hiciste a propósito, ni porque te lo pedí —me dijo Alina.
—Oye, yo no te robé nada. Tú vas a poder regresar a estas cosas los siguientes años si así lo quieres. Para mí este fue mi último baile.
—Eres una mentirosa. No será el último, ahora eres la estrella. ¿Cómo pudo pasar? Tú odiabas esto. ¡Jurabas que lo odiabas!
—Lo sigo odiando.
—¡Otra vez mientes!
—Oye, ¿quieres una verdad? Yo también siento que tú me robaste mi sueño, ¡al carajo, me robaste la vida! ¿Y te acuerdas que una vez te pedí que me dejaras el paso libre con Toño? ¿Qué me dijiste? ¡Me mandaste a la chingada!
—¿¡Quieres todavía a Toño!?
—Pues sí. No voy a casarme con Dante ni con nadie.
—Dante se casará contigo, me lo dijo hace como un mes…
—No, él ya sabe que me gusta Toño. Nos vio besándonos el otro día... —lo había jodido todo, completito. El ganarle el pase al Mundial de Tango, el habérselo arrebatado de las manos cuando ella lo había tenido tan cerca no había causado tanto efecto como cuando le dije lo de Toño y yo.
—¿¡Qué!? ¡Mientes!
—Sí, ahora si dije una mentira, ahí si mentí…
—¡No mientes! ¡Eres una maldita puta! ¡Te voy matar hija de perra!
Alina se
abalanzó contra mí y me tiró al suelo entre golpes. Con su puño cerrado y
hambriento de destrucción me golpeó en mi ojo y luego otro golpe lo recibí en
mi boca, luego más golpes y para cuando me vio sangrando copiosamente de la
nariz se asustó y salió corriendo hacía el ascensor, la máquina cumplió el
protocolo de cerrar sus puertas sin prisa y eso desesperó aún más a Alina. Yo
me incorporé y cuando estuve de pie el elevador cerró sus puertas pero ella
alcanzó a gritarme:
—¡Hija de puta! —y jamás la volví a ver.
Yo estaba llorando y sangrando. Nadie me había puesto antes una golpiza improvisada tan perfecta. Me recargué sobre el barandal del balcón y subí mis pies en la repisa. Mi primer intento de suicidio me pasó por la mente. Había hecho ya muchas estupideces y pensé que una más no le importaría a nadie. Entonces escuché que el ascensor llegaba de nuevo a ese piso y entre el miedo a que fuera Alina me preparé para al menos asestarle algún golpe esta vez. Sin embargo, era el maestro Agustín quien llegaba.
—¡Daza! ¿¡Que te pasó?!
—Pues… me caí y me pegué.
El maestro Agustín me llevó hasta mi habitación, cuando Dante salió de la ducha y me vio sangrando se preocupó y con cierto escepticismo escuchó mi versión de los hechos sobre lo torpe que había sido yo para caerme en el balcón.
—¿Y te golpeaste la nariz, la boca y el ojo, todo al mismo tiempo?
—Pues verás… sí. Yo me las arreglo para hacer lo imposible algo posible.
Con mi cara
ya limpia y sin dejar de sangrar el maestro me explicó…
—Daza, te estaba buscando porque quiero que mañana a primera hora hables con unas personas.
—No puedo maestro, mi avión sale en unas horas.
—Aplazaremos tu vuelo, es importante que hables con ellos.
—No puedo, el permiso para estar aquí solo…
—¡Daza, el maestro Nicola Sampeiro está aquí, en San Francisco! Debes hablar con él.
Miré a Dante y no me dijo nada, ni con palabras ni con su expresión, estaba totalmente divorciado de mí. Al final, mi avión a México partió pero yo no estaba abordo. La última vez que vi a Dante fue cuando tomó el taxi rumbo al aeropuerto, portaba un traje gris y su maleta; se veía hermoso a pesar del cansancio y la desolación. Yo tomé un taxi pero hacía otro hotel. Me acompañaba el maestro Agustín.
—Maestro Nicola, es un gusto que nos reciba —dijo el maestro Agustín a un hombre de edad similar a la suya pero que tenía un aspecto de mafioso siciliano. Estaba acompañado de otro hombre obeso y no de mejor aspecto. Ambos tomaban una copa en un bar.
—El gusto es mío, che. Y aquí está la mina que le robo el corazón a todos anoche… ¡Pero por el amor de Dios! ¿¡Que te ha pasado!?
—Ha sufrido un accidente terrible, terrible —dijo el maestro Agustín—, figúrese que se cayó de una moto cuando regresaba al hotel luego de ganar el Preliminar.
—¡Una moto! —Exclamó el maestro Nicola.
Todo era falso, pero era la forma del maestro Agustín de decirme que sabía quién me había hecho eso.
—Debes tener más cuidado, mina, que la cara bonita para una tanguera es fundamental. Bueno, les presento a un buen amigo, se llama Jorge Bonfiglio, pero todos le decimos El Padre.
Luego del protocolo, el maestro Agustín les habló de manera detallada a aquellos dos hombres sobre cómo me había descubierto y entrenado.
—Y no tengo que decir más, ustedes vieron cómo ganó ayer en la noche. Ella lo tiene todo para ser la mejor.
—Increíble, fue increíble. Pocas he visto algo así. Primero pensábamos que ustedes solo podían danzar la tristeza, que es básica en el tango pero que luego de dos piezas aburre, eh. Luego sacaron la furia y al final, nos dieron algo que pocas veces se ve para calificar a un Mundial, eh, una improvisación perfecta porque eso se notó que fue. Pero hablemos claro, niña, si vos pasas a ser mi alumna no será fácil, es mucho trabajo duro pero creo que si bien hoy no eres tan buena puedes llegar a serlo.
—Para mí puede ser la nueva reina del tango —dijo El Padre.
—Tranquilo che, que es mexicana y además ¿ya te fijaste? Tiene nombre de india: María Cristina Daza. Pero al menos, puede ganar el Mundial una vez, puede que sí.
—¿Daza? Che, como en el Amor en los Tiempos del Cólera —apuntó El Padre.
—Si al menos fuera colombiana, pero es mexicana. Y yo que me quejaba el año pasado de tener a un polaco y a una rusa bajo mi tutela, che —bromeaba cruelmente el maestro Nicola.
—Gracias, por el halago y el puntapié, señor —dije con desagrado en uno de esos actos míos de guardar la dignidad.
—Agresiva la mina —dijo el maestro Nicola—. Vos tenes el porte pero en especial tenes la actitud. Pues yo que te digo che, que la tomo, puede volverse en un avión hoy mismo a Buenos Aires con nosotros.
—Tengo que… —dudé al escuchar eso de tomar un avión a Buenos Aires ese mismo día.
—¿A qué tienes que volver a México, Daza? —preguntó el maestro Agustín.
—Pues a avisar a mis padres… mi ropa…
—Daza, no me vengas con… Te repito otra vez la pregunta Daza, ¿qué hay en México para ti?
La pregunta no la entendieron los dos argentinos, pero yo sí, en ese momento el maestro Agustín me pareció el hombre más iluminado del mundo. En efecto, en México todo estaba jodido para mí pero entonces pensé en la final de ese año del Mundial en Buenos Aires, tenía que prepararla con Dante…
—Maestro la final del Mundial… —dije al fin.
—Este año no, Daza. Lo ganarás más adelante —contestó el maestro Agustín.
—Mina, ¿acaso vos miras que estemos hablando contigo y tu pareja? —dijo el maestro Nicola.
—No.
—Bien, es inteligente la mina, eh. Te queremos a ti. Ya te conseguiremos una pareja fija para que puedas ganar el Mundial de dos o tres años adelante. Porque ganar esto de San Francisquito, mina, es fácil; pero en Buenos Aires te vas a encontrar con la crema y nata de cada barrio de esa ciudad de dios, sin contar con los representantes de las provincias de fuera del área metropolitana y ellos, mina, son la crema y nata de la Argentina entera; vos no vas a poder ganarles con jueguitos como los que ayer hiciste con tu novio.
—Daza —intervino el maestro Agustín —¿realmente tu novio sigue siendo tu novio?
Las lágrimas inundaron mis ojos.
—No.
—¡Que les digo, ches! —dijo el maestro Agustín a los dos argentinos—, la mina rompió hoy con el novio. ¡Una tragedia!
—Una tragedia, seguro —agregó El Padre.
—Pues anímate, mina, porque en Buenos Aires encontrarás a un pibe guapo que te haga feliz. ¡Qué no, Padre!
—Seguramente, la mina es atractiva.
—Y va a ser la reina del tango, la nueva María Nieves, al menos de México —dijo burlonamente el maestro Nicola.
Los hombres rieron y El Padre me apartó para tomarme los datos para comprarme un boleto de avión a Buenos Aires. Luego del formalismo me dijo.
—Anímate, Daza. Todo en Buenos Aires te gustará más.
El maestro Agustín me ayudó a subir mi maleta en un taxi que iba a abordar yo junto a los dos argentinos e iba rumbo al aeropuerto. Entre lágrimas despedí al maestro Agustín.
—Daza, tranquila y prométeme una quinta cosa: no regreses a México.
Fue la última vez que vi al Maestro Agustín, él murió tan solo cuatro meses después de que yo me fui. Nunca volvió a calificar al Mundial de Tango, por eso yo lo gané en su nombre, siete veces.

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