jueves, 16 de abril de 2020

11 ALINA



Yo miraba por la ventana de mi cuarto, entre la cortina, como Miranda explicaba a Toño lo de mi supuesto dolor de cabeza. Cuando mis amigas entraron de nuevo a la casa y Toño se había ido yo ya las esperaba en la sala.

—Alina —dije—, tenemos que hablar.

—Ya son las seis, tengo que irme —dijo Alina.
Miranda guardaba silencio de manera expectante, parecía asustada. Yo tenía un semblante severo.

—Además, a ti te duele la cabeza ¿no? —remató Alina usando mi mentira.

—Miranda, dile a Alina que necesitamos hablar con ella —de esta manera exigía refuerzos y sacaba de su neutralidad a Miranda. Alina miró a Miranda que estaba justo a su lado y la pobre Wicca, ahora bajo presión, contestó diplomáticamente que no necesariamente tenía que ser ese día.

—Entre más pronto se resuelva mejor. Alina, Miranda me ha explicado lo que quieres tener con Toño, y verás, hemos decidido que te estás metiendo en un callejón sin salida. Conozco bien a Toño y creo que él solo te tiene… lástima.
Dije esa última palabra lo más clara que pude buscando que cada sílaba retumbara más allá del big bang.

Alina tomó una de las sillas del comedor de mi casa, cerró sus ojos y bajó la cabeza lamentándose, luego me miró de manera retadora, había despertado a la fiera. Un silencio espantoso llenó la habitación. Luego…

—¿Crees que estar así es fácil? ­—me preguntó Alina.

—Claro que sé que no es fácil, por eso te lo estamos diciendo, para que no salgas lastimada…

—¡Vete al carajo! —gritó Alina, era la primera vez que la escuchaba gritar, ni siquiera cuando el secuaz de Rizo le había torcido el brazo ella había gritado.

—¡Oye…! —reaccioné yo también violentamente.

Miranda tenía cara de susto.

—¡Escucha…! —, traté de continuar.

—Hace diez meses…

—…solo estamos…

—¡Cállate y escucha! —gritó ella otra vez. Y sí, me callé y comencé a escuchar.

—Hace un año y diez meses… fue hace un año y diez meses. Estaba en una fiesta. Iba a fiestas como todos los demás ¿saben? Él parecía un buen chico, era guapo y llevaba una chamarra de cuero, y yo pensé: ¡puta madre, que buen chico! Entonces…

Entonces ese chico sacó a bailar a Alina varias veces esa noche. Ya en confianza, se sentaron y hablaron por varios minutos. Él no llevaba solo una chaqueta de cuero, tenía un semblante que te daba confianza y su conversación era interesante, pero resulta que la chaqueta era porque al chico le gustaba el motociclismo. A Alina eso la volvía loca y a pesar de que en aquel entonces ella estaba enamorada de Dante, decidió que era tiempo para un free, simple coqueteo, un poco de placer para esa alma que no podía declarar su amor pues Alina, aunque era una cabrona como bien había dicho Magda, tenía como regla general no meterse en triángulos y le dolía en sobremanera que Dante tuviera una novia, una novia que además era modelo. Por eso, cuando el chico de la motocicleta, al final de la fiesta, le ofreció llevarla a su casa, ella no dudo en explicar a sus amigas que no regresarían juntas esa vez. El grupo de amigas de Alina, emocionadas por el éxito romántico, solo le pidieron que tuviera cuidado y que si ocurría cualquier cosa solo las llamara. Era la tercera o cuarta fiesta en la vida de Alina así que sus amigas sabían bien que ella no era muy experimentada en eso del sexo casual con desconocidos. La gente de la fiesta vio salir a Alina y a su caballero pasadas las tres de la mañana. El chico le dio algunas instrucciones de seguridad y le mostró como tomarlo a él por el torso. Aquella didáctica no estuvo exenta de cierto erotismo. Luego le dio el casco y ella se lo colocó, esos cascos son molestos y era la primera vez que Alina usaba uno, también era la primera vez que se subía a una motocicleta y, principalmente, fue la primera vez que viajó a más de ciento ochenta kilómetros por hora.

La motocicleta era una Harley auténtica, varias de sus partes estaban cromadas y reflejaban como espejos el paso de los dos jóvenes rompiendo el silencio de las calles desiertas de la madrugada citadina que particularmente esa mañana presentaba una niebla espesa y atípica. La moto iba rápido y no podía ser de otra manera, el asfalto desolado invitaba a la imprudencia vomitada con alcohol. No pasó mucho tiempo en realidad, luego el desastre ocurrió: la moto bajó la velocidad para tomar una curva en un cruce de esos peligrosos y que invitan a la tragedia, ahí se dio el impacto contra un automóvil Chevy modelo 2001 cuyo conductor también se jactaba de audaz solo por tener unas copas encima. Luego de golpear la motocicleta por un costado el Chevy se impactó contra el muro de contención pero justo en el medio entre la masa de concreto y el automotor quedó la motocicleta. Alina no escuchó el estruendo de los fierros retorciéndose porque el casco había amortiguado el ruido del golpe a más de cien kilómetros por hora. Como consecuencia del impacto, Alina salió volando varios metros, eso evitó que fuera aplastada por el Chevy de manera completa y al final de ese trayecto en el que ella fue simplemente un proyectil, su cabeza golpeó contra el asfalto. Sintió que cada vertebra de su cuello se moría al momento del golpe y pensó por un instante que aquello era el fin y que así se sentía morir, pero ni siquiera se desmayó, increíblemente seguía consciente. Su cuerpo tardó en volver a tener sensaciones. No sentía dolor intenso aunque imaginaba que nada estaba bien, absolutamente nada. Primero intentó mover la cabeza y todo pareció correcto, el cuello le dolía pero tenía movilidad, luego probó con cada una de sus extremidades y se dio cuenta de que todo el cuerpo le dolía pero podía moverlo, se sintió segura de hacer el intento de levantarse y fue como un milagro resurgiendo entre la niebla. Entonces tomó la peor decisión de toda su vida: se quitó el casco. Cuando sus ojos estuvieron libres del empañado plástico de la visera del casco y sus oídos pudieron percibir el sonido del tanque de gasolina del Chevy vaciándose de a poco, Alina escuchó un gemido tímido y sincero, cuando clavó su vista en el lugar de donde venía aquel lamento, pudo apreciar la escena dantesca: el chico de la chamarra de cuero estaba sobre el asfalto tratando de tomarse la pierna derecha, una pierna que estaba inmóvil sobre el asfalto a unos cuatro metros de distancia del desafortunado. Alina no tuvo tiempo de horrorizarse de aquel paisaje, en ese instante una pipa cargada de agua de coladera, una camión de cagadero como suelen llamarlos, se impactó contra el Chevy destrozado y la chatarra se convirtió en el segundo proyectil de la noche. Los restos del auto golpearon a Alina de frente y ya sin la protección del casco. En ese segundo impacto Alina si perdió el conocimiento pero lo recuperó al poco rato pues sintió el agua. Intentó entonces levantarse porque sus piernas se le estaban congelando en esa agua terriblemente fría y hedionda. Trató de apoyar su brazo derecho sobre el piso pero fue entonces que sintió el horrible dolor de un hueso roto. Cayó de bruces contra el suelo y entonces sintió un terrible dolor en su cara, era un sufrimiento mil veces más terrible que el del brazo. Trató de gritar y ahí fue cuando supo que todo estaba hecho mierda. No pudo gritar, peor aún, no podía hablar. Pensó que el agua se le estaba metiendo por la boca pero no era agua, era su propia sangre. Entonces, trató de calmarse y esperar. Esperar, esa fue la peor parte.

Poco a poco su cuerpo recuperaba las sensaciones y los dolores por todas partes aparecían. Ya sabía que su brazo estaba roto, pero en su torso también sentía una serie de dolores intensos, sucedía que se le habían roto cuatro costillas y una de las astillas de esos huesos pulverizados le había perforado un pulmón: Alina se estaba muriendo y el agua la sentía cada vez más fría. Otro problema eran sus piernas, lo frío del agua en realidad estaba ayudando a mitigar el dolor de varias contusiones y una simple, pero en ese momento insoportable, esguince de tobillo de tercer grado. Con el único brazo que le queda móvil, pudo levantar la vista y entonces volvió a percibir el frío de la madrugada. Escuchó los gritos de auxilio, lamentos de espectro que reconocía eran del chico que hacía unos minutos ella abrazaba furtivamente tratando de ignorar la alta velocidad a la que viajaban.

—¡Auxilio! ¡Ayúdenme por favor! ¡Mi pierna, mi pierna! ¡¿Dónde está mi pierna!? ¡Ah…!

Gritaba el chico constantemente y Alina solo podía llorar.

Nunca un tango pudo superar jamás la sensación de alivio que causaron, en los oídos de Alina, el chillar de las sirenas; cuando las escuchó tuvo nuevamente vida, sin embargo el infierno tenía preparadas más sorpresas. Alina había estaba atrapada debajo de lo que quedaba del Chevy, no estaba a la vista de los rescatistas, como no podía hablar, nadie se percató de que ella estaba desahuciándose.

—Está muerto —escuchó decir a uno de los rescatistas que estaban fuera de su campo de visión, ella solo podía ver el reflejo de las luces de las ambulancias y patrullas que habían acudido al auxilio.

Alina lloró (todavía más) al saber la noticia del deceso, luego cayó en cuenta que no la podían ver y ya estaba amaneciendo, si no hacía algo pronto nadie la ayudaría a tiempo y moriría. Como no podía hablar lo único que se le ocurrió fue golpear el agua con su brazo bueno. El sonido lo repitió varias veces en medio de la más atroz desesperación pero nadie aparecía en su auxilio. Entonces, desistió de hacer ruido de forma desordenada. De entre el lodo que había nacido del agua de la pipa, la gasolina del Chevy y los sedimentos de la carretera, logró obtener una roca de canto rodado, ¡una milagrosa roca de canto rodado! Su primera idea fue que quizás podría arrojarla hacía donde se observaba que estaba ocurriendo todo el movimiento, pero la idea era absurda pues no podía moverse y además, si nadie aparecía, si no lanzaba la roca con fuerza suficiente, perdería ese gran chance que ahora tenía, esa roca era oro. En medio del miedo a morir, el instinto y el ingenio pidieron una última oportunidad: Alina comenzó a golpear la roca contra el retorcido metal del Chevy en el mínimo ángulo que el movimiento de la muñeca de su mano izquierda le permitía, esta vez trató de imitar la melodía de su tango favorito, Soledad de Carlos Gardel, y aquello fue un S.O.S que no pasó inadvertido para uno de los rescatistas.

—¡Hey, acá hay otro! ¡Vengan, acá hay otro!

Alivió. Pero no por mucho tiempo.

—Déjame ver —dijo primero uno de los rescatistas —. Sí, está viva. ¡Los bomberos! ¡Hay que sacarla de aquí!

—Ya vienen, espérate. No la muevas… déjame revisar… tiene el brazo roto, fractura expuesta. Hay que sacarla de aquí. Es mujer. No tiene parte del maxilar inferior, lo perdió. ¡Dios mío, el que esté viva es un milagro!

Alina seguía consiente y su mirada era de terror mientras escuchaba los primeros diagnósticos de su condición.

En la ambulancia la sedaron y luego vino la desolación. Los médicos lograron salvarle la vida de último momento y cuando cuatro días después ella despertó del efecto de la anestesia su médico le reconoció el tenzón que había mostrado.

—Te aferraste a la vida, chamaca —le decía.

La madre y el padre de Alina llegaron casi en estado de infarto y cuando entraron y vieron a su hija totalmente deshecha no pudieron evitar el llanto. Alina pasó después tres operaciones más que intentaron repararle el rostro, lo cierto es que aquellos intentos de los cirujanos habían sido heroicos y disminuyeron el daño notablemente. Le acomodaron la prótesis y luego de cuatro meses de terapia de rehabilitación, la asistencia social la dio de alta. Si Alina quería cirugía estética debería pagarla por ella misma y, por supuesto, su familia no estaba para tales lujos. De tal forma, la niña se quedó con el rostro deforme.

Para cuando el accidente había pasado, Alina ya tenía tiempo en romance con el tango. Resultaba que su padre trabajaba como obrero en una fábrica de galletas y su supervisor era un argentino de esos con el lunfardo en la lengua cada que no estaba trabajando y cada día del trabajo le regalaba a sus empleados un CD con éxitos de tango. Al padre de Alina le habían tocado varios de esos discos que se fueron arrumbando en el rincón de la casa hasta que sus sugestivas portadas llamaron la atención de Alina que, para cuando tenía seis años, pensaba que las bailarinas de tango eran como princesas. Así, Alina improvisaba desde muy pequeña, en la sala de su humilde casa, sus primeros pasos de tango. Al ver esto, el padre de Alina decidió llevarla una vez a alguno de los convivios que de vez en cuando había en la fábrica para que su supervisor viera hasta donde había llegado el efecto de los discos que regalaba. El supervisor observó bailar a Alina y les recomendó a sus padres que la metieran a clases de baile. El padre de Alina jugó de manera inteligente y mencionó que él no tenía dinero para pagarle a su hija una escuela de baile, pero no contaba con que el tango era barato, peor aún, era gratis.

—¡No hay problema! Las milongas del parque del centenario son gratis.

Y entonces, Alina insistió durante varios días a su padre que la llevara a la milonga. El progenitor esta frustrado por no sacar ninguna ventaja de la pasión temprana de su hija pero terminó llevándola, sin muchos ánimos, a la milonga del parque. Y ahí, Alina fue adoptada por todo el grupo de bailarines, se convirtió en la integrante de la milonga más joven de todos los tiempos y se ganó el cariño de los profesores, de los bailarines e incluso de los curiosos que solo se detenían a mirar.

Cuando le ocurrió el accidente, el hospital se llenó de visitas de mexicanos que soñaban esquivando las baldosas de la vida. Le llevaban flores y por supuesto música. Un día, luego del accidente, Alina tuvo que regresar a la milonga del parque, para entonces ya era alumna de Jordana y el domingo que ella regresó a bailar fue emotivo para todos, como el final feliz de una película de superación personal. Pero Alina sabía que su rostro estaba hecho añicos así que su cambio en su forma de ser fue contrastante. Luego de dejar de ser la niña consentida de la milonga y haber pasado a convertirse en la adolescente talentosa y atractiva de la misma, paso a ser el ejemplo de vida y tenacidad, y cuando ese impacto por su drama pasó, solo quedó Alina, la del rostro desfigurado. Para cuando la conocimos Miranda y yo, Alina ya había intentado suicidarse dos veces. Y ahora…

—…me arrepiento de haber intentado matarme solo por esto. Pensé que nadie nunca me querría, pero ahorita está Toño y…

—¡Suficiente! ­—exigí—, demasiado lloriqueo por hoy.

No es que su historia no me hubiera conmovido, era que ella se estaba metiendo en algo tremendamente valioso para mí. Tuve que jugar a ser cruel.

—Esa historia es muy triste, Alina, pero te repito que Toño solo te tiene lastima, nadie lo conoce mejor que yo. Así que por favor se realista y no insistas más. ¡Por dios, solo mírate al espejo!

 No debí haber dicho aquello, no debí pero lo dije. Les juro que me dolió decirlo...

Entonces Alina se puso de pie velozmente y al tiempo que me mentó la madre se dirigió hacia la puerta. Miranda le cerró el paso.

—¡Espera, espera! No quiso decir eso…

—¿Qué? ¡Ya lo dijo! —gritó Alina entre lágrimas.

—No, no, está molesta. Perdónala… —pidió la Wicca que estaba desesperada por como todo el asunto se le resbalaba por las manos.

—¡No necesito que me perdone nada, Miranda! —espeté brutalmente sacando lo peor de mí—¡Solo he dicho la verdad! ¡¿Qué crees que va a pasar Alina?! ¡¿Crees que él no te ve la pinche cara?! ¿Qué pasará cuando esté caliente y quiera besarte? ¿Lo has pensado? ¡Esto no es cuento de hadas Alina! ¡Sentirá tus cicatrices y…!

Ya estábamos en el patio de la casa, Miranda la tomaba de las manos a Alina. Entre el llanto Alina comenzó a balbucear.

—Te dije que se iba a enojar, Wicca. Te lo dije…

Miranda la abrazó e incrementó las palabras susurrantes de consuelo. Yo miraba aquello con cierto placer culposo, me di cuenta de que había sido sádica con Alina por mi simple frustración. Entonces traté de corregir inútilmente cuando ellas ya habían salido de la casa.

—¡Hey! No lo dije en serio…

Pero no me oyeron. Todavía frustrada y teniendo la bicicleta nueva delante de mí le asesté una patada con toda mi irá y cuando mi pie derecho golpeó el cuadro de la de dos ruedas, clarito escuché como se rompió algo en mi pie y el dolor fue insoportable, a tal grado de que grité pidiendo ayuda a mi mamá. Cuando ella llegó a auxiliarme le jure que me había roto algún hueso del pie, pero ella al revisarme solo encontró mi uña del pie totalmente desprendida de la carne. Esa tarde y el siguiente domingo los pasé en reposo sin poder caminar, además no quería ni bailar, ni jugar al maldito básquetbol, estaba tan herida que pedí al destino que mi incapacidad para poder caminar fuese eterna y de esa forma no pudiera nunca ser obligada a regresar a la escuela y volver a ver a Alina y a Miranda. Sin embargo, el aburrimiento de no poder caminar pronto me minó y supe que era mejor andar ese lunes al colegio. Cojeando entré al salón de clases a primera hora y miré que ahí estaban tanto Miranda como Alina. No las saludé y busqué no cruzar mirada con ellas, todo ese día las ignoré y también el siguiente y el día después de siguiente. Luego de una semana entera sin hablarle a mis amigas el resto de los compañeros ya habían notado el conflicto pero no se atrevían a preguntarme nada, entre otras cosas porque ya les había quedado claro que yo era persona de cuidado. En cambio, Alina y Miranda no corrieron con tanta suerte y tenuemente el bullying en contra de ellas comenzó a regresar, recuerdo que eso me dio gusto aunque temía que Toño regresase para defender a Alina en contra de los abusadores, pero eso en realidad tenía pocas probabilidades de ocurrir pues la figura de Rizo había prácticamente desaparecido de nuestras vidas.

Luego de que el dolor y el enfado disminuyeron su intensidad, pensé en algún momento hacer “las pases” con Miranda, pero solo con ella pues la persona de Alina me seguía causando tremenda repulsión y eso no duro poco. Sin embargo, empecé a notar que mi vida regresaba a la estabilidad que había tenido antaño: volví a ser alguien de temer y sin amigas, tenía otra vez mucho tiempo libre que podía pasar haciendo nada encerrada en mi cuarto pues ya no tenía ni clases de tango, ni milongas, ni juegos de basquetbol sacados de la manga. Mi vida se estaba colocando en orden y todo regresaba a su balance original salvo por un pequeño detalle, no podía sacar a Toño de mi mente. Era claro que estaba loca por él y que lo extrañaba y deseaba. La tortura de no poder verlo en varios días me estaba matando y cada que regresaba a casa pasaba varios minutos mirando la bicicleta que él me había regalado y que seguía aparcada, como objeto totalmente inútil, en la cochera de mi casa.

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