Ya tenía
dieciocho años, de hecho ya estaba por cumplir los diecinueve, cuando tuve que
volver a ver a Miranda. Fue un día en que regresé a la preparatoria por unos
papeles que necesitaba para realizar los trámites de re-validación para
graduarme del bachillerato, etapa que finalmente y, con el orgullo de mi madre
y la incredulidad de mi padre, estaba por terminar. Primero tuve que ver a
Buenfil.
—Es increíble el cambio, señorita Cristina. Increíble.
—¿Por qué? ¿Qué cambio?
—Cuando usted llegó aquí a esta escuela era una completa delincuente y ahora está usted graduada y vestida como dios manda.
Lo estaba, sino como dios mandaba si como la sociedad lo pedía de una joven de clase media de mi edad que se jactaba de estar emocionalmente estable, ya no había nada de hip-hop ahí, solo había marcas de ropa conocidas que se aglomeraban en los grandes mall de nuestra ciudad tipo plaza Reforma o Polanco, ropa cara y bonita, como debía ser. Me sentí un poco triste pues el comentario de Buenfil era como la rendición de mi identidad.
Salí de su
oficina perturbada.
—Como dios manda… —dije en voz baja.
Traté de salir rápido de esa preparatoria que me traía sensaciones contrarias pero me topé con los jardines y sus eternos aspersores de agua y con Miranda llorando sentada en una banca a la sombra de un árbol. Primero dudé si era ella pero su atuendo no mentía como el mío, era la Wicca y sus ropas vaporosas de hippie atrapada en los 60. Luego de estar segura detuve mi andar. Dentro de mí dije —chinge su madre, que se joda— luego regresó el deseo por volver a tener amigas. En la Nacional de Danza no las tenía pues todas eran para mí unas extraterrestres que hablaban de técnicas y movimientos que yo no entendía pero que ejecutaba mejor que ellas, y eso las mataba de la envidia.
—Oye… —dije en voz alta pero sin acercarme mucho.
Ella levantó la vista y me miró con una expresión de sorpresa. Teníamos casi dos años sin vernos. No dijo nada y de nuevo pensé —chinge su madre, que se joda. Pero me quedé perpleja como ella hasta que…
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella.
—Vine por unos papeles. ¿Estás bien?
—Sí, es que… estoy sensible.
—Sí, la puta menstruación ¿no? Bueno, vas a estar bien, estoy segura, tú siempre hallabas la forma de estar bien.
Miranda bajó la mirada otra vez y nuevamente comenzaron a correr lágrimas en sus ojos.
—Oye, oye, vamos —dije acercándome a ella y sentándome a su lado—…tú no eres así, todo va estar bien. A ver dime ¿qué pasa?
—Tienes razón voy a estar bien. No es nada.
—¿Segura?
—Sí, gracias.
Me levanté y caminé unos metros. Mire atrás.
—Que se joda —volví a pensar. Di otro paso… miré atrás y súbitamente regresé.
—¡Wicca, por favor! ¡Vamos a tomar un café y arreglar todo esto!
La Wicca me respondió con una sonrisa. Luego saltó de su asiento y me abrazó.
—No sabía que tomabas café —me dijo cuando todavía nos abrazábamos.
Caí en cuenta de que el hábito de tomar café lo había aprendido de Dante, ese y otros hábitos propios de la clase alta como el vino en las comidas, las tardes de centro comercial, los viernes de cine VIP y las cenas en restaurantes de Polanco o la Condesa.
—No hay café aquí —dijo ella —pero enfrente de la plaza del Pancho Villa está el lugar donde venden tortas y está bueno, ahí podemos sentarnos.
Me pareció bien, así que tomamos una mesa en ese lugar aunque no pedimos ninguna torta, solo dos refrescos.
—¿Por qué llorabas?
Miranda pensó unos segundos su respuesta.
—Sabía que venías.
—¿Cómo?
—Sí.
—Pero entonces ¿por qué llorabas? —pregunté todavía sin entender lo que ella me quería decir.
—Espera… —ella bajó la cabeza y cuando la levantó estaba otra vez con lágrimas.
Entonces comprendí que yo había sido emboscada por una llorona.
—¡Hija de puta! ¡Estabas fingiendo!
Todavía llorando ella se soltó a reír. Luego de sentirme engañada pensé por un minuto en levantarme y salir de aquel lugar pero acepté que había sido una buena táctica y que había funcionado: estábamos hablando otra vez como en los viejos tiempos.
—Te ves muy diferente, Cristina.
—Es para encajar con la familia de Dante. Tú sabes que no soy así pero sus papás y toda su familia me invitan a convivios y cosas familiares donde no puedo ir vestida como antes lo hacía. Además mucha de esta ropa me la regala él. ¿Si sabías que estaba con Dante, verdad?
—Sí, si sabía. No importa quién te de la ropa, te ves muy bien.
—Bien, pero dime ¿cómo sabías que yo iba a venir a la escuela?
Entonces el celular de Miranda llamó. Ella contestó y sin dejar de mirarme…
—Sí, ya está aquí, estamos en las tortas del Pancho Villa.
Colgó.
—No es Alina ¿verdad?
—No. Ella no sé si esté preparada para verte otra vez. Tampoco sé si tú lo estás.
—¿Siguen juntos?
—Sí, siguen juntos. ¿Eso te molesta?
Sí, me molestaba, mucho. Pero…
—No, para nada, yo ya olvidé.
—¡Bien, un aplauso para el amor entonces!, oye quizás quieras verla al rato, le va a hacer bien verte sabiendo que ya no estás molesta con ella o con su relación con tu ex.
—Dijiste que no sabías si estaba ella preparada para verme…
—Porque no sabía si tú ya la habías perdonado.
No la había perdonado. Aunque ¿de qué habría que perdonarla? Yo era la que la había humillado, y sí, ella se había llevado a Toño… si debía perdonarla. La odiaba todavía, pero…
—Sí, ya la perdoné, a todo el pasado ya le dije adiós.
—Se quiso matar hace un mes ¿sabes?
—¡¿Qué?! ¿¡Cómo que…?!
—Sí, pero falló…
—¿Por qué? Es decir, tiene a Toño ¿no?
—Sí, pero lo de su rostro es muy difícil…
—Si no puede cambiar eso debería ya de aceptarse como es. El Toño la acepta ¿no?
—Sí.
—Ahí está, si ese güey la acepta ¿para qué se mata?
—Pues yo también estaría… más bien, yo estuve más o menos como ella, aunque una nariz fea no se compara con lo que ella pasó…
—Ok, pero si no lo puede cambiar…
—Si se puede, eso la frustra más.
—¡Pues entonces que lo haga!
—Cristina, no tiene el dinero para eso. Es una cirugía muy costosa. Yo misma la acompañe a ver a un médico. Ella no tiene el dinero para eso, mis papás no quisieron prestarnos e hicimos una fiesta para reunir el dinero pero solo salimos con pérdidas pues no la supimos organizar, fue un desastre.
—¿Cuánto cuesta?
—¿La fiesta?
—La pinche operación, Wicca.
—Son como doscientos mil pesos. En fin, tú ya le preguntarás más detalles al rato que la veas.
—¿En dónde la vamos a ver?
—En la clase. La de Jordana. Todos ahí te extrañaron.
—¡Ay, Wicca, no digas mentiras! Esa gente no me extraño. Pero está bien, iré contigo.
—No son mentiras, realmente todos pensaron que podías llegar a ser muy buena.
En ese momento se apareció Magda. Para mí fue sorprendente. Magda era lo más parecido que yo tenía a una amiga y a una entrenadora personal al mismo tiempo. No debía estar ahí en esa mesa aunque yo sabía que ella, todo este tiempo, había seguido asistiendo a la clase de Jordana.
—¡Oye!, ¿tú qué haces aquí? —le dije efusivamente al tiempo en que la saludaba.
—Pues ya ves. Es que queremos decirte algo —dijo Magda.
—Se hicieron amigas ¿o qué? Ustedes son muy diferentes. ¿Es por eso que sabías que yo iba a venir a la escuela, Miranda? ¿Magda te lo dijo?
Magda se sentó al lado de Miranda, muy junta… extremadamente junta. Luego se tomaron de la mano y colocaron esa unión sobre la mesa para que yo la notara. No me respondieron aunque era evidente que, en efecto, Magda le había informado a Miranda que yo iría a la escuela pues yo unos dos días antes le había pedido que me acompañara porque no quería enfrentarme a mi antigua escuela sola. A eso Magda solo me lanzó un —¡No mames, ve tu sola, pinche Cristina! — y no hablamos más del asunto.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunté.
Ellas se miraron una a la otra como pensando quién iba a dar la explicación, pero Magda hizo algo más radical, besó la boca de Miranda frente a mis ojos y casi me voy de espaldas.
—¡¿Cómo?! ¡¿Desde cuándo?! —alcancé burdamente a decir.
Separaron sus bocas y Miranda me contestó.
—Hace un mes más o menos.
—Miranda —le dije—, no sabía que tu…
—Yo tampoco —contestó ella.
—Bueno, ¿qué piensas? —me preguntó Magda.
—Nada, es decir a ti te miro casi todos los días y por alguna razón nunca me pregunté qué te gustaba. Y a Miranda la deje de ver hace mucho tiempo, para mi es como, ¡cielos!, estuve mucho tiempo sin mirar muchas cosas. Pero para mí es igual, si tenían miedo de que yo les dijera que se iban a ir al infierno, pues no.
Entre ambas me contaron la dulce historia de amor, de cómo Magda pudo convencer a Miranda de tratar de ser pareja en el medio de un asunto de autodescubrimiento extremo y agotador. Magda había tenido ya otras relaciones fugaces con chicas, pero todo había sido más un asunto clandestino. Cuando conoció a Miranda por primera vez aquella ocasión de nuestra primera clase con Jordana, Magda sintió lo que los románticos llaman el amor a primera vista, pero se abstuvo y luchó lo más que pudo contra esa fuerza natural que le decía: —¡habla con ella! El tiempo le fue dando la razón al sentimiento y un día Magda se atrevió a sacar a Miranda a bailar uno de esos tangos remendados con tristezas. El único tema que se le ocurrió para hacer la plática fue preguntarle sobre mí con la excusa de que quería invitarme a su equipo de básquet. En esa ocasión Miranda dijo buenas cosas de mi persona pero lo más importante fue que Magda le cayó bien a ella. Cuando yo dejé de ir a las clases de tango y a los juegos de básquet Magda se convirtió en la persona que le informaba a Miranda todo lo que yo hacía y dejaba de hacer, pero llegó el día de sincerase y Magda fue la que se armó de valor y explicó en medio de una milonga de sabroso compás, que en realidad disfrutaba ser la informante por el simple hecho de que eso le permitía hablar con mi amiga. La Wicca se extrañó ante tal confesión y aprovechó otro tango para explicar que podían ser amigas, que ya lo eran, pero no nada más pues eso de la homosexualidad no era lo de ella. Magda lloró esa noche en el quiosco del parque que estaba cerca de la casa de la cultura pero extrañamente no se rindió, al parecer había alcanzado a leer la mentira en las palabras de la Wicca.
—Está bien, seamos amigas —le dijo un día Magda a Miranda y ese fue el comienzo del romance más complejo de toda la historia, un amor que cedía pero que se declaraba como simple amistad, una lujuria que se escudaba en el experimento y una pasión que solo encontraba, lo que son las cosas, su espacio público al bailar tango. Y es que, bailando, Magda y Miranda podían estar abrazadas y tomadas de la mano sin que la sociedad dijera nada, sobre el tango construyeron su romance pero pronto ya no bastó la pista de baile para ellas, necesitaban decirlo y yo era tan solo otro escalón en su camino hacia la visibilidad. Magda explicó que tenían que contarme porque, poco a poco, estaban informando a las personas que les eran más cercanas acerca de su relación, los padres de Miranda aún no lo sabían pero los de Magda ya, toda la Milonga y la clase de Jordana lo sabían y yo era una de las últimas en enterarse. Y ahora ahí estaban, esas dos personas abriéndose paso entre una serie de miedos reales e infundados que ellas y la sociedad tenían. Luego, Miranda apuntó que ya se hacía tarde para ir a la clase de tango. Magda entonces se preocupó.
—¿Estás segura que quieres ir a la clase, Cristina? —me preguntó Magda.
Yo sabía que iba a ver a Alina y si alguna vez iba a haber una tregua esta debía ser completa. Aunque yo por dentro no sentía todavía paz, al menos una solución política se le debía dar al asunto. Así, mi mente se preparó para volver a ver mis antiguos compañeros de clase, a Jordana y a Alina, pero nunca me preparé para ver a…
—¿¡Qué haces aquí!? —le pregunté a Toño tan solo lo vi en la clase de Jordana.
—¡Cristina! —me saludó él efusivamente mientras me abrazaba. Alina también se portaba amable, parecía que en esos dos años yo era la única que había guardado el rencor con la cautela de no perderlo nunca.
—¡Pues que bailo tango, güey! —me dijo Toño emocionado y pensé que aquello era obvio siendo él pareja de Alina — ¿Dónde te habías metido en todo este tiempo, güey?
—Toño, yo…
Estaba en shock. Pensé en salir corriendo rápido de ahí y de hecho así lo hice. Todos se me quedaron viendo con cara de —¿Y ahora qué le pasa a esta?—. Como siempre, Miranda salió corriendo detrás de mí y ya afuera de la casa de la cultura me recargué sobre el tronco de ahuehuete de esos viejos y legendarios y no pude evitar vomitar el refresco que recién había bebido en el local de tortas de la plaza del Pancho Villa. Me sentí estúpida, tremendamente estúpida: luego de casi dos años no había podido con Toño y su recuerdo y esa absurda estadística me hacía sentir la más pendeja del mundo. Era como decía una canción, mis poderes no eran nada y el tiempo no lo cura todo, el tiempo no cura nada. Tampoco era verdad que un clavo saca a otro clavo pues no había clavo más lindo y apuesto que Dante y aun así mi corazón me traicionaba. Levanté la vista al cielo pidiendo una clemencia que no llegaba.
—¿Estás bien? —me preguntó Miranda.
—Wicca, no me dijiste que…
—Pensé que era obvio. Perdón.
—Está bien. No te preocupes.
—¿Quieres que te acompañe a casa?
—No, volveré, solo necesito un poco de aire. Necesito respirar y necesito, necesito… necesito refuerzos.
Tomé mi celular.
—¿Mi amor?, ¿estás ocupado? Sí, yo estoy bien. Oye, estoy en la casa de la cultura donde es la clase de Jordana, ¿no quieres bailar un poco?
Dante no lo pensó, nunca podía decime que no y menos cuando se trataba de bailar un tango conmigo. Estaría ahí en veinte minutos o lo que el tráfico le permitiera.
Regresé con Miranda adentro de la sala de la cultura.
—Perdón, es
que sonó mi celular —dije tontamente como excusa.
Entonces Jordana los puso a bailar, era viernes último de mes y eso significaba que había clase libre, era una milonga. Jordana me explicó que debía pagar la clase aunque fuera libre y le di el dinero sin ningún problema. Durante algunas piezas permanecí sentada platicando con algunos de los compañeros que decían que era un gusto volver a verme otra vez. Magda bailaba con Miranda y Alina con Toño, no había ninguna sorpresa ahí, las primeras eran toda armonía y en cambio Alina batallaba con los dos pies izquierdos de Toño. Fue él, Toño, el primero en invitarme a bailar. Alina no dejaba de ser amable pero se notaba a leguas que el que Toño bailara conmigo no la hacía feliz.
—¡Wow!, eres muy fácil de llevar, Cristina. No parece que bailaras por primera vez.
—No es mi primera vez, Toño.
—Bueno, en dos años me refiero, bailas muy bien para odiar esto. Me acuerdo que decías que lo odiabas.
—Toño, concéntrate, estás perdiendo el tiempo.
—Sí, perdón. Me cuesta todavía mucho trabajo ¿sabes?
Yo estaba sufriendo. No terminé la pieza y le dije que mis pies me dolían. No era mentira, bailar tanto cada día en la Nacional de Danza mataba mis pies, pero mi sufrimiento no llegaba de ese lado, venía de más arriba y a la izquierda, venía de estar cerca de Toño y saber que estaba prohibido descansar mi cabeza sobre su regazo. Entonces llegó Dante y a Jordana y a mí se nos iluminaron los ojos. Como siempre, él vestía impecable y yo lo recibí con un gran beso en la boca enfrente de todos. Jordana casi se muere del espanto y los demás apenas atinaron a entender lo que pasaba. Luego le pedí algo inaudito con mi boca todavía muy cerca de la suya.
—Vamos a bailar y por favor, vamos a barrer este lugar. Vamos a acabar con todos ellos. No dejemos a nadie vivo. Mostrémosles, ¿quieres?
—Con gusto. Por ti haría eso y más —contestó él.
“Tiempos
viejos” de Sosa comenzó a sonar en el altavoz. Dante comenzó como le gustaba
siempre comenzar: discreto, como alguien que no rompe ni un plato y que está
muerto de miedo. Luego, su primer paso súbito pero siempre al tiempo y
ejecutado de manera impecable. Posteriormente, su caminar sin tache y sincopado.
Y yo que lo seguía. Dante me llevaba pero era él que me había hecho caso: me
lució, me mostró y pronto la rueda de milonga fue imposible de sostener, nadie
podía bailar con algo tan impresionante cerca, era demasiada gravead la que
Dante y yo, como pareja, teníamos en ese sistema circular. Dante entonces
monopolizó el centro del salón y soltó los mejores pasos, esos del tango
espectáculo.
—Termíname en split —rogué en mi orgasmo de venganza.
Y así fue. Fue un split sin falla. Todos, a excepción de Jordana y Alina, aplaudieron impresionados. Pero Dante y yo desdeñamos el halago y fuimos más soberbios y más groseros. “En carne propia” de Vázquez, comenzó inmediatamente su melodía amargada y sufrida, y sobre esa pieza les dejamos la segunda parte de esa masacre. La tercera fue aún más inmensa, “La cumparsita”, la pieza que era la que Jordana más gustaba de presentar en los espectáculos de escenario, en esa fue cuando mostramos nuestra más grande gama de habilidad, bailando a abrazo cerrado y al viejo estilo toda la primera parte de la canción, y luego de un minuto de tango soberbio Dante rompió el abrazo y comenzó a mandarme los pasos vistosos, esos del tango espectáculo que tan bien nos salían. Terminé tres giros completos y rápidos antes de que Dante me levantara en un típico final de tango fabricado para sorprender, una de esas salidas que una solo puede mirar en los videos del YouTube. “Divina”, de Ruiz ya comenzaba, pero a la pieza Jordana no la dejó viva ni diez segundos: apagó el aparato de sonido, caminó hasta nosotros y fijó su vista directa en Dante. Estaba furiosa. Dante bajó la vista un segundo y se sintió culpable. Lo que hice después fue leyenda muchos años entre los alumnos de aquella casa de la cultura: me coloqué entre Jordana y Dante, y sin dejarla de mirarla fijamente a los ojos, solo le dije —Mu— en alusión al sonido que hacen las vacas. Ella permaneció sería, mirándome fijamente y yo a ella, así permanecimos durante unos pocos segundos y fue ella la que ya no sostuvo la mirada y se alejó a encender nuevamente el sonido.
—Vámonos —le dije a Dante —. Aquí ya cumplimos.
Pero la gente no dejó que nos fuéramos. Nos pedían regresar a bailar. Yo encendí un cigarrillo para tener una excusa legal para no volver a entrar a aquel recinto nunca más en mi vida.
—Si quieres ve y baila —le dije a Dante, y éste, como un niño a quien se le acababa de dar permiso para salir a jugar, regresó gustoso al salón.
Fume dos o tres cigarros más. Realmente los estaba disfrutando. Aquellas personas me mantenían sentada durante sus milongas y ahora yo les había dejado claro que compartir una pista de baile conmigo sería para ellos un privilegio. Como decía el maestro Agustín, yo no estaba para bailar en casas de la cultura, yo era un ángel. Iba a encender el cuarto de los cigarros cuando…
—Eso te va a matar.
Era Toño con su cara de niño travieso. Se sentó a mi lado.
—¡Eres una chingonería en esta madre, Cristina!
—Lo sé.
—¡No mames!, ¿lo sabes? —Toño hizo una pausa, luego continuó—, has cambiado, Cristina. No sé si para bien, pero te noto diferente.
No le dije nada. No quería ni mirarlo.
—¿Estás bien?
Yo no le respondí. ¿Qué pensaba? ¿Que ahora podía ir y ser amigo de la nueva diva de aquella casa de la cultura? ¿Qué solo porque me seguía volviendo loca podía socializar conmigo?
—Bueno, creo que estás molesta y no sé por qué. Pero bueno, ¡ya sé!, yo te platico. Formé un grupo ciclista y puse un taller de bicis. La gente me dice el converso, por eso de la guerra entre las bicis y los autos. Ya no trabajo en la Goodyear, ahora tengo mi propio negocio. Y está chido ¿sabes?, pero apenas nos alcanza para comer. Ya vivo con Alina. Esta chido, güey, pero ella no está bien. No sé si Magda y la Wicca ya te contaron que se trató de matar. ¡No mames! No entiendo cómo alguien quiera matarse. Me siento de la mierda al no poder ayudarla, no tengo varo para pagarle el médico que ella quiere y que dice que le puede ayudar… chale, creo que sigues enojada…
Ya no lo estaba, escuchar hablar a Toño con la misma cadencia de siempre y con sus groserías que solo hacían más tierno, su discurso me habían ablandado, yo estaba conmovida.
—Toño. Tú puedes ayudarla.
—Yo trato pero…
—No eres pobre. Tú tenías un coche y lo vendiste.
—Chinga, ya vas a empezar otra vez con eso, si lo vendí y la verdad…
—No lo vendiste al precio justo.
—Lo sé, ya no me lo digas. Siempre me regañas con eso.
—Toño, cállate y escucha. Yo compré el auto otra vez, se lo compré al Pitayas, ¿no te dijo?
—No he visto a ese güey en un chingo de tiempo. Pero ¿cómo que lo compraste? ¿Tú tienes el Mustang?
—No, lo compré y lo vendí otra vez. Y ese dinero es en parte tuyo porque era tu coche. Toño, tú tienes doscientos cincuenta mil pesos. Habías vendido un automóvil de colección a un precio muy pendejo. Yo lo vendí también a un precio muy barato, pero mejor que el tuyo.
—Ese auto no era de colección.
—Eso no fue lo que dijeron los expertos. Toño, tengo el dinero en efectivo en mi casa, puedes ir mañana mismo por él. Son doscientos cincuenta mil pesos. Con eso le puedes pagar la cosa esa que necesita Alina.
—¿En serio me darías ese dinero para curar a Alina?
—Es que ese dinero no es mío Toño, entiende. Sí, me gasté una parte, pero veámoslo como mi comisión por haber hecho la venta.
—Cristina, sé que hemos pasado muchas cosas y por eso mismo no te creo que me estés dando ahora todo ese dinero. ¿Por qué me lo darías?
—¿Por qué tú me diste una bici de treinta mil pesos, Toño?
—Sabes, güey, eso todavía ni yo lo sé.
—Bueno, me pasa lo mismo ahora, no sé exactamente qué cosa espero al darte tu parte del dinero. Podría hacerle como siempre y ser una hija de su puta madre, una culera como me dijiste alguna vez. Pero no, es justo que tengas tu dinero.
Alina, Miranda, Magda y Dante salieron al patio de la casa de cultura y se aceraron hasta nosotros.
—¿Todo bien? —preguntó de manera preventiva Miranda.
—Sí, es decir, Cristina ha hecho un milagro. Ella dice que puede pagar…
—¡Ya te dije que es tu dinero! Yo no voy a pagar nada.
Entonces tomé la mano de Dante y lo besé enfrente de todos (otra vez).
—¿Nos vamos, amor? Ya es tarde y estoy cansada.
—Sí, claro. ¿No quieres ir a cenar?
—¡Al restaurante argentino!
—Perfecto, vamos al restaurante argentino.
Le di otro beso y nos encaminamos a la salida. Ahí puse el último clavo del ataúd de esa venganza teatral mía que solo yo entendía.
—¡Mañana puedes venir por los doscientos cincuenta mil pesos! ¡Es tu dinero! Pero entre más tardes en venir yo me lo gastaré más y más.
—No creo que diga la verdad —dijo Alina.
—No, si la dice —confirmó Magda —al equipo de básquet nos compró uniformes nuevos, de marca, muy bonitos y caros.
Trágate esa Alina, pensé.
Cuando ya habíamos salido de la casa de la cultura la Wicca nos alcanzó. Jadeó un poco y me preguntó:
—¿Viniste a hacer aquí la paz o la guerra?
Miranda siempre me sorprendía con sus preguntas y esta era terrible, lo peor era que no podía decirle la verdad o decirle que no lo sabía. Así pues, lo único que se me ocurrió decirle a punto de llorar fue:
—Nunca dejes de ser mi amiga Wicca, por favor.

No hay comentarios:
Publicar un comentario