jueves, 16 de abril de 2020

7 TANGO



Al día siguiente de la golpiza, ni Rizo ni ninguno de sus secuaces asistieron a la escuela. Por otro lado los que si estaban, el resto del alumnado escolar, no molestó ni dijeron nada a Alina. Tampoco mencionaron nada del incidente, parecía que todos ahora querían ir con precaución respecto a entablar relación social conmigo y mis amigas, les había demostrado que no solo hablaba de dientes para afuera, también podía actuar. Fueron días tranquilos, ¡al fin días tranquilos! A la siguiente semana, Rizo regresó, tenía todavía una venda en la cabeza. Lo vi de lejos en el descanso, yo estaba con mis amigas a las cuales les pedí que observaran atentamente. Fui hasta donde Rizo y le dije:

—Préstame veinte pesos, Rizo.

El chico ni me soltó una palabra. Con su mano derecha buscó en una de las bolsas de su pantalón, sacó un billete de veinte pesos y me lo dio.

—Me las vas a pagar, pendeja —dijo al fin confusamente, al parecer le faltaban algunos dientes y le dolía aún la boca por el tremendo golpe que le había asestado Toño.

—Como tú digas Ricitos, podemos continuar así. ¿Cómo ves? —dije totalmente confiada.

Rizo hizo un gesto de negación con su cabeza. No quería la guerra. Esto era una capitulación. Entonces, regresé con mis amigas y les di el billete de veinte.

—Cómprenme una Coca —les dije indistintamente.

—¿Cómo hiciste eso? —preguntó Alina.

—¿No lo ves? —dijo con cierto tono de molestia Miranda —, los mandó golpear. El pobre de Rizo no aguanta el dolor.

—Así es, mis niñas, les dije que iba a solucionar todo esto —les dije bravuconamente.

—¡Gracias, gracias, mil gracias, Cristina! —me dijo una emotiva Alina que tomó el billete de veinte y corrió hasta la cafetería escolar para traer mi Coca.

En la ausencia de Alina, Miranda me confrontó.

—Sabes que eso no fue correcto —me dijo.

—Quizás, pero mírala —dije señalado a Alina—, está feliz, ya nadie la molesta y nosotras estaremos también más tranquilas.

—No sé cuánto pueda durar esto. La violencia no es buena, Cristina, tú que has leído tanto debes saberlo…

—Escucha, Miranda, era la única forma y así se hizo. Además yo no pedí que los golpearan, así se dieron las cosas, eso es todo… así es el mundo, disfrútalo.

Miranda guardó silencio por un minuto luego dijo.

—Todo tiene sus consecuencias, buenas y malas. Disfrutemos las cosas buenas que de esto se den.

—Ya vas entendiendo, Miranda.

—Sí. Por cierto, a Alina le gusta tu amigo, el pelirrojo.

Al escuchar eso pensé que era ridículo, Alina no tenía ninguna posibilidad con Toño, es decir, ella ni siquiera era una chica atractiva, tenía lo de su cara así que no me preocupe por eso ni me pregunté por qué Miranda lo había mencionado, ella no era una chica de chismes.

A pesar de los días tranquilos una cosa me preocupaba, Buenfil, él no podía haberse quedado cruzado de brazos ante lo ocurrido afuera de su escuela, seguramente se había enterado y mi intuición me decía que pronto sabríamos más del terrible prefecto. Como fuese, no nos llamó a su oficina ni hizo preguntas, todo parecía normal.

Esa semana las clases de tango no dejaron de ser poco prácticas. Yo ya había pasado, al fin, a otro nivel, pero el paso básico de ese baile es prácticamente una versión acomodada de caminar. Para mí fue una revolución completa tener una pareja en el baile y no caminar sola. Todos, hombres y mujeres nos rotábamos, de tal forma una podía apreciar la diferencia y el nivel de cada uno de los compañeros y, hasta se podría decir, que una podía sentir su carácter. Es simple: en un baile como este el hombre es el que lleva a la mujer, el que guía, para hacerlo depende de todo su cuerpo, de su intención y de la delicadeza de esta, no se requiere fuerza ni violencia para hacer obedecer a la mujer, pero sí bastante sensibilidad. Mi problema era que, al ser hija única con unos padres que poca atención y disciplina me inculcaron, yo era bastante terca y eso lo notaba cada hombre que quería ser mi pareja en el baile y, debo decirlo, también en lo sexual.

Jordana trataba de hacerme entender como a una mula y perdía la paciencia, para no verse mal simplemente atendía a otra alumna y me dejaba al encargo de Alina. Mi amiga tenía una extraña relación conmigo: yo había sido su salvadora, eso estaba claro; pero también, en el tango ella era la autoridad, en esas horas Alina me trataba con mucho respeto pero también con cierta severidad. Fuera, en la calle, yo tomaba de nuevo mi papel de hembra alfa y decía qué cosa o no se hacía. Aún dentro de la clase, Alina parecía tenerme cuidado y nunca me corregía constantemente como si hacía con otros compañeros. Mi terquedad no era tan mala, esa me había permitido continuar en el baile del tango a pesar del terrible sufrimiento y aburrimiento que Jordana me había hecho pasar. Pero resultaba un punto en contra cuando se trataba de estar dispuesta a seguir otra voluntad que no fuera la mía. Recuerdo que una vez, un poco harta de los regaños de Jordana sobre mi poca actitud sumisa en el baile, yo le dije que quizás el problema eran mis compañeros. Ella no puso ninguna expresión en su rostro, solo dijo: —ya veremos.

La siguiente clase, la del viernes, las tres inseparables amigas llegamos a la clase en medio de las risas y chistes que yo siempre decía a mis camaradas. Al estarnos cambiando de zapatos entraron al salón de clase dos figuras masculinas que era imposible que no fueran notadas. Yo reconocí al primero, era el hombre que en aquella primera milonga me había sacado a bailar y que además me hacía hecho volar con el placer del baile. De nuevo iba de traje, con sus zapatos de tango negros y lustrosos, su pantalón de vestir, camisa roja y un saco también en negro, esta vez no llevaba su sombrero lo que permitía ver sus rubios cabellos. Corroboré que era un hombre de mediana a avanzada edad. En fin, entró al salón sonriendo, lo acompañaba una figura igual de esbelta y alta, era más joven, cabello negro un poco largo, facciones europeas, barba de tres días, camisa negra, sin saco, pantalón de vestir y zapatos de tango.  Nos quedamos un poco mudas, aquellos apuestos hombres fueron a saludar a Jordana, con un beso en cada mejilla a la usanza argentina, eso me hizo preguntar a mis amigas:

—¿Son argentinos?

—No —respondió Alina—. Al mayor tú ya lo conoces, es el maestro Agustín, él te sacó a bailar la primera vez.

—Sí, claro que me acuerdo ¿quién es el otro?

—El otro es Dante —dijo Alina con una sonrisa —, mi pareja.

—¡¿Tu pareja?! —preguntamos al unísono Miranda y yo, asombradas de que...

—De baile, no piensen otra cosa. En las presentaciones.

—¿Presentaciones?  —pregunté.

—Sí, en teatros, escenarios, eventos. Él es un gran bailarín, muy joven y muy guapo, pero no se emocionen, tiene novia, la conozco, es modelo y es muy guapa. Con él no hay ningún chance.

—¿Quién quería chance con él? —pregunté muy segura pensando que yo tenía a Toño.

—Pues mira a la Wicca, no le quita los ojos —dijo Alina entre risas, yo también me reí y miré a Miranda que se puso roja como salsa de tomate.

—¡Atención, atención! —dijo Jordana a todos los alumnos—Hoy es viernes y podemos darnos el lujo de una clase más relajada. Están aquí con nosotros el maestro Agustín Casasola, que como saben es un excelente bailarín estudiado en Argentina y que ha recorrido el mundo bailando.

Todos aplaudieron al maestro, incluidas mis amigas. Yo no moví las manos.

—Y con él ha venido Dante, a él también ya muchos lo conocen, es el alumno más avanzado del profesor Agustín.

Dante agradeció la presentación de Jordana, quién además no cesaba en su sonrisa; entonces los alumnos comenzaron a pedir que ambos maestros bailaran una pieza. Ellos aceptaron sin que les rogaran mucho. Pusieron un tango en el reproductor de sonido y comenzaron. Hasta entonces no había visto nada similar en mí vida, había visto a algunas parejas en las milongas bailar por el gusto de hacerlo pero esto era una especie de exhibición privada, y vaya, ¡qué exhibición! Los dos maestros mostraron pasos bellos y complicados, castigadas, voleas, giros, ochos, molinetes, sacadas y vaivenes, todos hermosamente adornados y ejecutados para un gran final que dejó a Jordana abierta en split sin dejar de mirar los ojos del maestro. Eran eso, maestros. Al terminar todos aplaudieron, hasta yo que había quedado fascinada. Ambos hicieron una pequeña reverencia y entonces los alumnos comenzaron a pedir a Dante y Alina que bailaran una pieza, entonces Jordana pidió silencio y habló.

—Bien, antes de que Alina y Dante nos deleiten con una pieza, quiero pedirle al maestro Agustín que baile con Cristina —la clase calló. Confusión, algunos hicieron como que no habían escuchado bien. Jordana se acercó a mí con una sonrisa en su rostro y me dijo.

—Ayer te quejaste de que los errores que cometías no eran tú culpa sino la de tus compañeros, si eso es cierto, podrás bailar excelentemente con un gran maestro ¿no lo crees?

Nadie me sacaba de mi asombro y nadie dejaba de mirarme. Entonces el maestro empeoró las cosas:

—Encantado —dijo él con toda calma y confianza.
Alina me empujó hacía el frente y yo di un paso atrás. Entonces ella con cierto enojo me dijo al oído.

—El tango es solo caminar, solo haz lo que has aprendido.

Eso no era ninguna motivación, aun así caminé hacía el maestro totalmente concentrada, decidida a salir de esta lo mejor librada posible. Jordana me pedía que demostrara mi punto y bueno, estaba dispuesta a tomar el reto aun y cuando tenía un miedo terrible de “morderme la lengua”.

Jordana me puso delante del maestro. Él olía bien, se notaba que cuidaba cada detalle de su aspecto y sabía bien a qué había venido: a lucirse. Me tomó la mano derecha, yo puse mi mano izquierda sobre su hombro derecho y tomé la posición. En todo ese tiempo él me miraba a los ojos con otra sonrisa, todo el mundo parecía muy feliz aquí menos yo que me moría de los nervios.

—¡Buena posición! Excelente porte —mencionó el maestro al momento que el tango comenzó.

Él lo tomó con calma, dejó escapar los primeros tiempos y entonces me llevó hacia atrás. Lo seguí en automático. Su tacto era perfecto, no apretaba ni era endeble, se sentía firmeza, seguridad, eso me agradó y comencé a bailar. Yo era aún una principiante pero aquel hombre me llevó a las cuatro esquinas del cuadro durante los dos minutos que duró el tango. Sentí de nuevo esa magia y solo puedo decir que me solté al gozo. Él no intentó pasos complicados como los que había hecho con Jordana, pero si me dejó realizar cosas como ochos y giros que yo solo había visto hacer a algunos de mis compañeros más avanzados y por supuesto a Alina. El cierre de la canción era cadencioso, por ello él lo hizo a tiempo muy lento y sutil. Al final, por primera vez en mi vida, me aplaudieron. El maestro soltó mis manos y yo di un tremendo respiro. Alina y Miranda se me acercaron inmediatamente a felicitarme, luego el resto de mis compañeros que estaban visiblemente sorprendidos también se me acercaron. Yo tenía una expresión de satisfacción y cansancio que no podía con ella. Entonces Jordana anunció que habría milonga libre el resto de la clase, lo que significaba que la clase no sería tal sino que las piezas se pondrían para que todos bailaran con quien quisieran. Yo me alejé un poco del tumulto y observé que Jordana hablaba con el maestro Agustín. Decidí acercarme a recibir más elogios pero ya más acerca les alcance a escuchar lo que decían de mí.

—Está lista —le decía el maestro Agustín a Jordana —ya ponle los pasos.

—Ya lo estoy haciendo —contestó ella.

—Bien, el único problema es que parece una vaca.

—Pues sí, muy gorda —respondió Jordana.

¡Una vaca! Miré mi cuerpo, estaba algo pasada de peso pero de eso a una vaca era demasiado. Sentí, en lugar de enojo, vergüenza. Bajé mi cabeza y entonces una voz detrás de mí me pidió bailar. Todo hubiese sido normal, a pesar de la comparación del maestro Agustín sobre mi persona con el animal vacuno, pero resultaba que esa voz era femenina y no era ninguna de mis dos amigas.

El tango es una danza que comenzó como un baile entre hombres, por ello no es mal visto un baile entre dos varones. En otros bailes latinos el que dos mujeres bailen es más común, pero en tango simplemente es necesario porque en las clases para aprender tango en todo el mundo generalmente hay más mujeres que hombres y, debido a ello las mujeres debemos bailar entre nosotras, pero aun así el asunto no es tan común. La chica que me pedía bailar se llamaba Magda y era, aparte de mis dos amigas y yo, una de las más jóvenes. Su estatura no era mucha, su complexión era delgada y su tez blanca, su cabello castaño oscuro con corte corto y unos muy bonitos ojos verdes, era sin duda junto con Miranda de las más bellas, algo que no se podía decir de mí.

Acepté bailar con ella y fue muy extraña la sensación. Muy diferente a ser guiada por un hombre, aquí había una delicada franqueza, una mano suave y pequeña, un mando que antes de cualquier cosa parecía preguntar si todo estaba bien. Durante el baile, Magda me propuso algo que quedó en suspenso.

—Escuche que te dijo vaca. El maestro ese —me dijo.

—Sí, ¿lo escuchaste?

—Yo estaba justo detrás de ti cuando lo dijo. Que mal educado, pero si quieres bajar de peso debes hacer ejercicio.

—No sé, meterme a un gimnasio me parece muy aburrido y la verdad el maestrito ese puede decir lo que quiera, que se lo lleve la chingada.

—El baile también te parecía aburrido, te escuchaba decírselo a tus amigas. Por cierto tu amiga Alina es buena.

—Bueno, tú también lo eres, te he visto.

—Gracias, pero tú podrías ser mejor.

—Claro…

—Tienes el cuerpo…

—¿De una vaca?

—La estatura. He tomado clase con varios maestros, no solo con Jordana y todos creen que en la mujer lo mejor es ser alta y delgada, les parece estético.

—A mí me falta lo delgada.

—Y un poco de coordinación en los pies —dijo Magda pues la había pisado.

—¡Lo siento!

—No te preocupes —dijo ella con toda calma y sin dejar de concentrarse en guiarme por la pista—. Si quieres solucionar lo de tus kilos de más yo puedo ofrecerte ayuda.

—No vendes pastillas o mentiras de esas ¿verdad? — dije mirándola sospechosamente.

—No, para nada. Es hacer ejercicio de forma divertida. Además nos falta una como tú.

—¿Cómo yo? ¿Qué te falta? ¿Una vaca? ¿A quiénes les hago falta?

—Te veo el domingo en la entrada del deportivo Carranza, sé que vives por ahí, me lo dijo tu amiga, la güera; ven con ropa de deporte, tenis, protector solar. A las nueve y media de la mañana. No faltes. Ahora, el chico guapo quiere bailar contigo y no ha dejado de verte.

En ese momento terminó la pieza y ella me soltó de inmediato, y cuando iba a pedirle más información sobre su invitación, la mano de Dante se cruzó ante mis ojos.

Dante sabía bien el efecto que ocasionaba en las mujeres pero no era un patán, en ese sentido le faltaba malicia y se podría decir que era del tipo romántico de hombre, de esos que esperan a la mujer perfecta. Cuando tomó mi mano para pedirme bailar sentí su agradable aliento a menta y escuché su voz varonil que derretía cualquier tempano. Un muñeco en toda regla. Acepté sin más y traté de hacerlo lo mejor que pude. El cerraba los ojos y parecía realmente inspirado por la pieza que se tocaba: un tango con bastante cadencia que me hizo las cosas un poco más fáciles pues no invitaba a revoluciones complicadas ni a sobresaltos dramáticos, de hecho la melodía me encantó y luego sabría que se llamaba el Bandoneón de Arrabalero. Al terminar la pieza comenzó otra más y en esa Dante me preguntó mi nombre, le respondí tratando de no perder mi concentración, pero mi estado casi celestial se fue al suelo cuando me dijo que yo era una buena bailarina. Solté una buena risa, perdí el piso, el ritmo y lo perdí a él. El trató de regresarme, me pidió que escuchara la música y tratara de sentirla, así lo hice y el final de la pieza lo terminamos de manera digna. Entonces me llevó a sentarme y él se sentó a mi lado.

—¿Hace cuánto tiempo bailas? —me preguntó.

—Hace apenas unos dos meses —contesté mirando su rostro y sus expresivos ojos.

—Lo haces muy bien.

Yo sabía que ese tipo de halagos se hacían entre los bailarines de tango con tanta regularidad que quien se los tomaba en serio estaba en riesgo de basar su ego en puras mentiras. En ambientes más íntimos los mismos bailarines repartían críticas hacia los demás que expresaban realmente lo que creían sobre la calidad del baile de los otros. Por eso, yo no me tomé en serio lo que Dante me decía, además volví a recordar que ya se había dicho que yo tenía el cuerpo de una vaca. Así, traté de cambiar de tema lo más pronto posible.

—¿Bailas con Alina? —pregunté.

—Sí, de vez en cuando, pero dime, ¿antes del tango qué habías bailado? —preguntó, parecía que su curiosidad era genuina.

—Nada —contesté de manera simple e inexpresiva.

—¿En serio? Parece que has bailado por mucho tiempo.

Más halagos vacíos, ante la insistencia quise jugar un poco.

—¿Eso crees? ¿Soy mejor que Alina?

—Bueno, eres diferente.

—¿Diferente es malo?

—No, solo diferente, creo…

—Escucha amigo, no soy tu juguete ¿ok? Yo sé cómo bailo y el trabajo que me cuesta hacerlo, no necesito que me eches flores. El día que yo baile bien ese día lo defenderé con mi boca, pero mientras tanto sé que soy una pinche principiante que solo sabe algunos pasos ¿entendido Romeo?

—Me llamó Dante…

Dante no solo era guapo y amable, también como ya dije era un poco inocente. Se mostraba sorprendido y ahora tenía el aspecto de un perrito que sabía que había hecho algo malo. Me sentí un poco culpable. Entonces, lo mejor que se me ocurrió fue poner una sonrisa como diciendo “ah, fue un chiste”. Pero no funcionó, Dante realmente parecía asustado, trató de disculparse y entonces yo intenté explicarle lo mejor que pude que mi forma de ser era agresiva y que no se lo tomará personal. Al parecer aquello finalizó en buenos términos pues Dante me dijo que ojalá pudiéramos vernos otra vez y así podríamos bailar de nuevo. Se los juro, su interés parecía genuino, pero yo vivía de tantas dudas que no se lo pude creer entonces.

La milonga improvisada en la clase terminó y todos fuimos a casa, mis amigas casi no hablaron conmigo en todo ese tiempo, se la pasaron bailando con otros como siempre, pero la novedad era que ahora yo también había pasado esa hora y media bailando con todos mis compañeros. Jordana me miraba de vez en cuando y al final de la clase se despidió de mí diciendo.

—Casi podría darte la razón. Sigue así Cristina.

Y así fue, esa semana las clases ya no eran un martirio, sacar los pasos era para mí un reto que aceptaba de forma divertida. Sin notarlo mucho, poco a poco fui mejorando mi técnica, mi postura y sensibilidad.

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