jueves, 16 de abril de 2020

14 EL MAESTRO AGUSTÍN



Miranda había logrado entrar a la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional y eso había sido una sorpresa para todos porque el lado científico no parecía empatar con una chica que vestía como hippie de los años sesenta y que creía en seres superiores imaginarios y rituales. Pero así era, la Wicca sería física y los primeros dos años de excelencia académica los combinó con romance lésbico furtivo y por supuesto, con tango. Tanto Magda como Alina no se habían decidido a estudiar nada. La primera seguía esperando que algún cazatalentos deportivo la encontrara y si eso no le funcionaba decía que solo debía tomar algunas pocas cosas y comenzar a caminar por el mundo. A veces le preguntábamos en dónde quedaba la Wicca en todo ese plan de trotamundos y ella no sabía que responder, simplemente no tenía idea de a dónde iba su relación con Miranda que además los padres de ambas desaprobaban. Alina por su parte seguía con sus sueños de ser la mejor bailarina de tango de este país, aunque tuvo que hacer una pausa breve en su camino en línea recta a su objetivo debido a la operación de reconstrucción facial que se le había podido realizar gracias a la venta del Mustang, para entonces ya vivía con Toño y eran la pareja de cuento de hadas que yo más odiaba en este mundo. Toño seguía su trayectoria como reparador de bicicletas, su taller era poco a poco más exitoso y comenzó a hacer otras cosas aparte de reparaciones de llantas ponchadas o cambio de zapatas en los frenos: el taller de Toño pronto fue conocido en el medio ciclista por ser el que mejores resultados daba a la hora de armar bicicletas personalizadas de las llamadas fixie. Dante tenía dinero siempre y era porque le había dado al clavo en no sé qué cosa de tecnología mercadotécnica relacionada con activos de internet para grandes compañías, manejaba su empresa sin contratiempos y tenía bastante tiempo libre que ocupaba conmigo y el tango. Yo por mi parte, estaba enclaustrada casi todos los días en la Nacional de Danza bajo la tutela del maestro Agustín. Mi agenda estaba llena de presentaciones no solo de tango sino de danza contemporánea que es realmente lo que ahí se estudia. Terminaba exhausta pero por primera vez veía mi tiempo aprovechado en algo, mi cuerpo era cada vez más fuerte y flexible como había dicho el maestro Agustín. Ya casi no jugaba básquet aunque trataba de asistir a los juegos al menos una vez al mes. Mis padres estaban sorprendidos y no sabían explicar qué era lo que según ellos habían hecho bien para tener de pronto una hija responsable y con futuro. Y por supuesto, les seguía encantando Dante, lo tenían en un pedestal y mi mamá soñaba con que algún día yo me casara con él. Sin embargo, su amor por Dante no era incondicional ni infinito, el día que les anuncié que me iría a vivir con él se negaron y pusieron sobre la mesa, muy a su pesar de sentirse viejos y de derecha, las típicas razones que dan los típicos padres cuando una hija se va de la casa materna a vivir con un hombre sin estar casada. Pero finalmente tuvieron que asimilarlo y de esa forma Mamá se quedó sola en la casa. Una semana después Papá se mudó con ella, decían que solo por un mes, mientras mi Mamá superaba el cambio que significaba ya no tenerme en la casa como parasito. Pero luego el mes se convirtió en dos meses y luego en tres; Papá ya nunca dejó la casa. Eso fue para mí algo cruel, ya que me hubiese gustado vivir en aquella casa con mis dos padres juntos y ahora daba la sensación de que su separación acordada desde mi nacimiento había sido mi culpa. Por otra parte, vivir con Dante fue complicado al principio, él era limpio y ordenado y yo no tenía empacho en, por ejemplo, dejar mi sostén en la mesa de la cocina o permitir que la basura orgánica que se acumulara por varios días en el cesto de basura y apestara la casa con un aroma podrido. Dante entonces tuvo que poner reglas y todas esas reglas atañían a mi persona y mi estilo ligero para con la limpieza y el orden. Sufrí esas reglas, pero a cambio era genial desayunar con él: las tazas de café hacían eternas las conversaciones matutinas; además, la casa comenzó a tener el aroma del café colombiano del desayuno. A las nueve de la mañana ya estábamos fuera de casa, yo en la Nacional de Danza y él en su despacho. En esa academia, mi vida era un “estira y afloja” entre la fatiga y la presión por tener buenas notas y conseguir los protagónicos en las distintas coreografías que servían como evaluación. Recuerdo que siempre tenía un hambre atroz dentro de esas instalaciones y aprovechaba cada pausa entre clases para poder comer cualquier cosa con mucha azúcar o sal, por supuesto eso aterraba a mis compañeras que seguían sin entender qué demonios hacía yo en una academia de danza si desde el primer día yo les había confesado que bailar no era lo mío. Luego de tres años entre aquellas paredes yo ya había aprendido a moverme y entendí la dinámica de ese espacio elitista, mis compañeras eran mucho más que un compendio surtido de chicas ricas con sueños de ballet, pronto me di cuenta de que ahí, debajo del eterno “yo soy mejor que tú”, había historias de vida, cada una de estas aderezada con su debida dosis de drama y fatalidad; logré penetrar a través de su felicidad aparente y encontré personalidades frágiles y que requerían de nimiedades para acabar en la tragedia o el éxtasis. Sin embargo, cuando estábamos en clase, compitiendo, esas almas frágiles se transformaban en terribles depredadores que te cazaban y te eliminaban a las primeras de cambio, este doble juego de las personalidades me encantaba y trataba de aprovecharlo en mi favor, pero lo cierto es que de a poco me contagié y yo misma, luego de tres años de martirio, me encontraba compitiendo aferradamente contra todas ellas. Por fortuna, todo eso tenía cada día un final, justo a las seis en punto volvía ver a Dante en el estudio del maestro Agustín y ahí practicábamos tres horas diarias. Esas prácticas eran igual de terribles, el maestro Agustín era quizás el hombre que más tiempo mis ojos veían cada día en aquel periodo de mi vida y es que en la Nacional de Danza yo tomaba cuatro clases bajo su tutela, luego comíamos juntos y después nos veíamos en su estudio. En esas tablas, Dante y yo éramos víctimas de la presión por bailar perfecto. ¿Cómo soporté todo aquello? Hoy en día lo recuerdo y pienso que desde el principio todo eso era imposible pero terminé acostumbrándome a lo insensato de aquella dedicación enfermiza a bailar. Fulminados, a las nueve de la noche, Dante y yo nos dábamos tiempo para ir a cenar a algún restaurante caro y al llegar a casa ya no quedaba espacio para mucha pasión. El fin de semana todo era diferente, dormíamos el sábado hasta tarde y solo nos levantábamos de la cama si debíamos ir a alguna presentación. El maestro Agustín comenzó a darnos a Dante y a mí un lugar en los espectáculos en los teatros a los que era invitado por los distintos tangueros de la ciudad. Aprendí poco a poco a saber controlar los nervios y a ser perfecta delante de cientos o miles de personas, que era justamente lo que el maestro Agustín exigía a sus alumnos. Si no había presentaciones, todo el fin de semana era tango improvisado que terminaba en sexo intenso y rejuvenecedor. Por supuesto, Dante y yo no nos parábamos por las milongas pero ni de chiste, aunque eso sí, éramos ya una leyenda urbana de la Línea Dos del sistema de trasporte colectivo Metro de la ciudad y hasta vídeo de YouTube teníamos pues cada domingo tratábamos de salir a bailar a esos vagones al menos una sola vez, tomábamos aquello como nuestro granito de arena para una sociedad mejor, es decir, unos ayudaban a los desprotegidos y sin techo, otros como mi padre jugaban al abogado que tomaba casos de gente humilde sin cobrarles, otros difundían acciones de firmas para apoyar alguna causa a través de la internet, otros salían a marchar para exigir cuentas a los corruptos de siempre y nosotros, dábamos dos minutos de fascinación gratis al pueblo, ese era nuestro aporte al mundo.

Entre todo ese barullo de actividades la Wicca me seguía buscando para platicar. Luego apareció el Facebook y de ese modo pensamos que estaríamos más en contacto pero lo cierto es que esa cosa solo hizo que nos viéramos cada vez menos, por eso establecimos que al menos una vez por semana el grupo de amigos se reuniría para disfrutar de la vida, la Wicca llegaba acompañada por Magda y pedían litros y litros de té, Dante y yo nos sentábamos a la mesa y pedíamos siempre vino tinto de los valles chilenos, luego aparecían siempre tarde, Toño y Alina que tragaban como barriles sin fondo cerveza barata. Magda y Miranda siempre ordenaban vegetariano, Dante y yo jugábamos con la mezcla de gastronomía internacional y Toño y Alina siempre terminaban pidiendo los mismos tacos al pastor con mucha salsa verde. Luego de cenar, las tres parejas de tango establecidas se dignaban a probar la salsa, el cha-cha-cha y hasta la electrónica, en los ritmos tropicales las cosas se invertían, Dante pasaba a ser el principiante y Toño el maestro, Magda, Miranda y Alina no tenían ningún problema, todas gustaban de mover el bote al ritmo que les tocarán y aunque sin duda, Alina llegaba a ser la más sexy en la salsa, yo sorprendía a todos con la perfección; para mí era simplemente aplicar todo lo que había aprendido y adaptarlo a una variedad de ritmos y condiciones que en el pasado me eran extraños pero que ahora enfrentaba sin problemas. Era divertido bailar otra cosa que no fuera tango o contemporánea, pero siempre, sin excepción, Dante pedía bailar un tango, ese tango frente a mis amigos era para mí la dosis de calmante que necesitaba cada semana para sopesar mi rabia y rencor que se mantuvieron intactos todo ese tiempo por no estar con Toño. Ese rencor se incrementaba con el tiempo: pasaban los años y Toño y Alina no rompían, tampoco rompíamos Dante y yo (Magda y la Wicca rompían y regresaban todo el tiempo), eso era bueno pero para mí era cuestión de orgullo, y estoy segura que yo amaba a Dante, sin embargo me bastaba ver a Toño una vez por semana y todo se iba a la chingada dentro de mi cabeza. El tiempo no aliviaba mi rencor pero cada tango que bailaba frente a mis amigos era mi forma de decir: en esta nadie me gana, ni tu Alina.

—Daza querida —me dijo el maestro Agustín tres años después de que habíamos hecho la limpieza en la casa de la cultura donde enseñaba Jordana y donde estudiaban las que otra vez yo llamaba mis amigas.

—Dígame, profesor.

—Necesito pedirte tres cosas fundamentales.

—Adelante. Usted dirá.

—Has bailado conmigo en los escenarios pero quería saber si te puedo invitar a una milonga.

—Usted nos ha dicho que las milongas son…

—Sí, lo son. Pero yo alguna vez como tú iba a ellas a bailar. De muy joven por supuesto, cuando no era nadie en el tango, iba a tratar de enamorar chicas y funcionaba ¡Ja! Y si me dejas decirlo sin ofenderte, tú hubieses sido una linda chica para enamorar en una milonga. La segunda cosa es que luego de bailar sobre ese pavimento horroroso me dejes invitarte un café. Finalmente, la tercera es a largo plazo. Quiero que tú y Dante participen en la preliminar del Mundial de Tango. Y que cuando yo no esté, y tan solo termines tu curso en la Nacional, vayas a Argentina a estudiar con el maestro Nicola Sampeiro, él es un colega excelente y debo decir que como bailarín y maestro es mucho mejor que yo.

—Maestro, primero, ¿Qué quiere decir que cuando usted no esté?

—Soy ya un viejo de esos que apestan más a ataúd que a loción, Daza.

—No, pero usted no está viejo, usted…

—Solo dime que me cumplirás esas tres cosas.

—Bueno, son en realidad cuatro. Sí, puedo ir con usted a la milonga, lo del café delo por hecho, pero lo del mundial de tango, no estoy lista, aún no soy tan buena…

—Me dices que si vas conmigo a barrer una milonga pero al mismo tiempo que no eres todavía tan buena. Daza, no te contradigas. Estás lista y por supuesto no espero que ganen, pero al menos los irán conociendo. Tenemos tiempo para prepáralos…

—Y lo de Argentina…

—Hay cosas que son endémicas, Daza. Si yo hubiese querido ser el mejor beisbolista del mundo no podría serlo jugando solo en México, hubiera tenido que ir a Estados Unidos, ¡a romper las grandes ligas! Un pintor no puede perdonarse no ir a París al menos una vez en su vida así como un bailarín no puede quedarse sin ir a San Petersburgo. ¡Ah, San Petersburgo! Si eres tanguera, Daza, debes ir a la Meca de ese baile, debes aprender con los mejores, y los mejores no están me México mi querida Daza. ¡Argentina es tu destino!

El maestro Agustín hablaba muy en serio y yo lo respetaba como la figura de autoridad más importante que jamás yo había tenido en mi vida. Él mismo había estudiado por años en Argentina, bajo el viento frío y los días nublados de Buenos Aires, había sentido la discriminación por ser un simple fantoche mexicano aun con todo y su cartel del ballet ruso, había sudado mucho para ganarse el respeto de los de lunfardo y con sangre había firmado sus mejores presentaciones alrededor del mundo.

Así, ese domingo fuimos a la Milonga del parque, ahí yo solo había bailado con el profesor Agustín aquella primera vez que el tango me había tocado. Él había sido el primer hombre que me había mostrado el paraíso de lo que bailar significaba. Cuando la gente lo vio llegar todos les mostraron su respeto. No sabían que él iba ahí a barrerlos, era un depredador con la idea clara de mostrarles cómo se debía hacer aquello. Pero para mí derrota, ahí estaban Alina, Miranda y sí, Toño. Me arrepentí mucho ese día de estar ahí y todo fue peor todavía.

Aún me recordaba dando a Toño doscientos cincuenta mil pesos en efectivo. Se los di en una bolsa negra de basura. Cuando Toño salió de mi casa con todo ese dinero en la mano me sentí desolada y no pude dejar de llorar esa tarde. ¡Le había regalado doscientos cincuenta mil pesos, puta madre! Ya no me quedaba nada de él, ni el Mustang, ni su dinero y ni siquiera la bicicleta, ya nada me ataba a Toño más allá de la jodida química que gobernaba mi hipotálamo y que me hacía desearlo con fuego. Además, ese dinero aseguraba que él nunca dejaría de amar a Alina pues esta tendría una cara normal otra vez (o al menos de eso se jactaba el cirujano). Aunque en teoría yo había hecho la paz con mis amigas y salíamos frecuentemente todos a cenar o a bailar, yo no podía dejar de sentir rencor y celos, por no decir amor. Todo fue peor cuando Alina comenzó a recuperarse de su operación. El cirujano realmente había hecho un gran trabajo y aquella chica no parecía más haberse partido la maceta en una motocicleta a más de cien kilómetros por hora. Su rostro, aunque a veces era inexpresivo y extraño, ya no tenía ninguna parte de plástico. Le habían injertado un sustituto para el hueso de la mandíbula inferior y lo habían recubierto con piel de su propio cuerpo extraída por cultivo de una de sus piernas, que más decir, eran milagros de la medicina. Las cicatrices se las estaban tratando y para cuando la vi en esa milonga estas eran casi imperceptibles. Nada había sido dejado al azar por los magos de la cirugía: Alina tenía ahora una dentadura perfecta, una sonrisa hermosa y su claridad al hablar era notable. Por supuesto, ya no usaba esos velos que le cubrían el rostro y había regresado a ser la más prometedora bailarina de tango de su círculo y según palabras de Magda, ya no era la pinche bruja que había sido en el pasado antes del accidente, al parecer el jugar a la casita con Toño le había cambiado el carácter más que el accidente automovilístico.

Toño estaba feliz y radiante, y cuando me vio llegar a esa Milonga me abrazó como si me debiese la vida. Por fortuna, Jordana no estaba pero la Wicca no pudo evitar cuestionarme, como siempre, la ética de mis acciones.

—¿Vienes aquí a barrer?

—No traigo una escoba, Wicca.

—Así se dice ¿no? Cuando los grandes bailarines vienen a las milongas.

—No sé. Yo solo vine con mi maestro y yo no soy una gran bailarina.

—Él fue el primero que te sacó a bailar, justo aquí, hace casi seis años. En ese entonces no te gustaba estar aquí.

—Oye, Wicca, me sigue sin gustar estar aquí ¿de acuerdo?

—Pero ahora eres muy buena aunque digas que no, si lo eres y lo sabes, se te ve en la cara y en la actitud que tienes con todos. Has hecho algo increíble en muy poco tiempo. A veces pienso que todo esto estaba escrito.

—¿De qué hablas, Wicca? Nadie me conoce, sigo siendo una maldita desconocida.

—Te planchas el cabello, usas vestidos ajustados y elegantes al bailar, también tacones y no botas, pero todos saben aquí quién eres, todavía se acuerdan cuando viniste la primera vez. Te han visto bailar tango escenario en las presentaciones y no ignoran que eres la alumna más avanzada del maestro Agustín. Saben que estas en la Nacional de Danza y que eres la que baila en el Metro.

—Ves, bailo en el Metro. Sí, me pongo tacones y…

—Maquillaje.

—Sí, maquillaje también, pero sigo bailando en la calle, en el pinche Metro…

—No pides dinero por bailar, no lo necesitas.

—¡Wicca! ¿!Qué es lo que estás buscando?!

—Eso es lo que yo te pregunto Cristina. ¿Qué es lo que estás buscando?
La Wicca hizo la pregunta y entonces Toño, en su versión más típica: la versión feliz, nos interrumpió y me pidió bailar.

—Ella —dijo una molesta Miranda —no va a bailar hoy con nadie más aquí que con su maestro. Ese maestro dice que crea ángeles y Cristina es el más reciente de ellos.

—¡Cállate ya, Wicca! ¡No soy ningún puto ángel! Vamos a bailar Toño.

En eso, el sonido de la Milonga del parque anunció que el maestro Agustín estaba entre los bailarines y se pidió despegar la pista. No pude bailar con Toño.
Aplausos y más aplausos, ya me estaba acostumbrando. Pero una persona no aplaudía, era Alina. La cabrona se moría de la envidia y tan solo por eso aquella tarde soleada en ese parque el numerito valía la pena. Pero entonces, el maestro Agustín me pidió algo muy extraño: llamó a un hombre regordete y poco atractivo, obeso hasta decir basta. Lo saludó con respeto, como si aquel hombre fuera un experto.

—Baila con el señor, por favor, Daza.

—Sí, maestro.

En cuanto comencé a bailar con aquella persona entendí que aquello era diferente. En primer lugar su abrazo era cerrado y eso solo lo había hecho con Dante. Su paso era diferente y su manejo del tiempo también. Tropecé una vez. Dos veces. Lo peor es que escuchaba las risitas de la gente que nos observaba. Estaba haciendo el ridículo, además, el hombre era mucho más bajo de estatura que yo, lo que hacía que aquello tomará proporciones de contraste de circo. Casi al final de la pieza que ni recuerdo cuál fue, di un pasó a atrás para no caer y mi tacón se encajó en una grieta del pavimento, se escuchó un crack y supe que mi zapato se había roto. Las risitas eran ya carcajadas por lo que yo no terminé la canción, con la excusa de mi zapato roto regresé hasta donde estaba el maestro Agustín, escondido entre las sombras de los árboles del parque.

—Mucha vida sin baldosas gastadas, Daza. Y no me refiero necesariamente al pavimento, aunque si lo comparamos con el recubrimiento de caoba al que estás acostumbrada, sí, también te falta caminar por el pavimento rugoso y agrietado. Te falta calle.

—¡Usted lo sabía! ¡¿Por qué me hizo esto?!

—Para que entiendas, Daza. ¿Creíste que veníamos a barrer? No, Daza, ellos me aplauden y me ponen alfombras rojas porque mi historia los impresiona más que mis pasos. Es mi fama y no mi tango lo que hace que yo los tenga comiendo de mi mano. Pero yo no vengo aquí a barrer a nadie, yo vengo aquí a aprender. Eso que bailaste es otro estilo de tango, ese hombre baila orillero y es una autoridad en eso. Nada tiene que ver ese estilo con las coreografías o los bailes eróticos que haces con tu novio y que son la sensación en la internet.

—¡No son eróticos!

—Daza, entiendo, tienes veinte años.

—De hecho, tengo veintitrés ya, llevo seis años en la Nacional ¡y si estoy ahí es porque no voy a venir a bailar a estos lugares con piso de su puta madre!

—Como sea. Escucha Daza, en una cosa tenías razón: no eres lo suficientemente buena, pero lo serás. Y cuando lo seas no debes olvidar que si eres tan buena es porque fallaste e hiciste el ridículo así como hoy. Si tienes la humildad de saber quién te puede enseñar aunque los demás digan que tú eres la reina del tango y que por eso ya nada puedes aprender, lo habrás logrado todo. Si un día te despiertas y te das cuenta de que crees saberlo todo, ve y sal a la calle, Daza. Búscate una milonga callejera, ahí la realidad te volverá al cuerpo y te mantendrá cuerda para no dejar que los halagos se te suban a la cabeza. Ahora, ¿vamos por mi café?

Yo seguía molesta y casi no había escuchado lo que el maestro me había dicho. Me despedí de mis amigos.

—Lo siento, Cristina. ¿No te lastimaste verdad? —me preguntó la Wicca que ahora se ponía de amor maternal conmigo.

—No, estoy bien, gracias. Y oye, gracias, a veces las cosas que me dices…

—De nada. Ahora ve que te está esperando tu maestro. ¿Nos veremos en la semana?

—Si vas al entrenamiento de básquet con Magda sí.

—Ahí te miro.

Ya en la cafetería el maestro no dejaba de mirarme con una sonrisa.

—¡Ya perdóname! —me dijo casi riendo.

Yo estaba seria, no podía olvidar mi ridículo.

—Oiga, maestro. ¿Quién era el tipo con el que bailé?

El maestro se puso serio.

—Oleger, es un cabrón que baila como el mismo lucifer. Pero siempre queda segundo en las preliminares del mundial de tango.

—Baila muy bien, extremadamente bien. Si siempre queda en segundo lugar, el que queda en primero debe ser muy bueno.

—Más o menos.

—¿Quién es? ¿Conoce al que gana?

—Soy yo.

—¿Usted ha ido al mundial tango? ¿Por qué yo no lo sabía?

—Cuatro veces he ido. Calificar es complicado. Los últimos años he sido vencido en las preliminares. No lo sabías porque haces bien en estar todo el día bailando y no estás de chismosa como tus compañeras, haces siempre pocas preguntas sobre la vida de los demás, Daza, eres discreta y eso es bueno. Pero tú participarás ahora y pasarás al Regional, de eso no queda duda, pero no sé si en tu primer año puedas llegar al Mundial. Eso sería un récord. Escucha Daza, no te invité un café para alardear de mi pasado o hablar de la competencia, quiero decirte que me estoy muriendo, me quedan pocos años y este será mi última competencia.

—Maestro, usted no es tan viejo.

—No me voy a morir de viejo, Daza. Mucho vodka en mis parrandas por Moscú, todo ese vino en los arrabales de Buenos Aires y el tequila de aquí de México, ¡ah, la vida fue buena conmigo!, pero me excedí con el alcohol.

—¿Tiene…?

—Cirrosis, Daza. Y no queda mucho por hacer. Por eso es fundamental que vayas a Argentina con el profesor Nicola Sampeiro. ¡Debes ir a Argentina! Y debes prometerlo, aquí, sobre este café que sabe a mierda de calcetín.

La primera promesa que había hecho en mi vida me había sido salido bien por casualidad, terminé el bachillerato de forma decente y así le cumplí a mi madre que tampoco estaba muy lejos de la cirrosis; ahora, otro alcohólico me pedía que prometiera otra vez desafiar al destino. Se lo prometí porque ese hombre, mi maestro, me había esculpido con paciencia durante tres años.

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